Foto cortesía del Observatorio del pluralismo religioso en España
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En los debates sobre grupos cerrados, nuevos movimientos religiosos u organizaciones con liderazgos fuertes, suelen aparecer términos como "control mental" o "lavado de cerebro". Estos conceptos generan confusión porque, aunque remiten a preocupaciones válidas, no siempre cuentan con el mismo respaldo científico. Está documentado que ciertos grupos, como Peoples Temple of the Disciples of Christ y Heaven's Gate , aplicaron el aislamiento y el control emocional para retener a sus miembros. Sin embargo, esto no implica que todas las organizaciones con creencias alternativas utilicen métodos coercitivos.
Hace ya varias décadas que investigadores como Dick Anthony y Thomas Robbins cuestionaron la idea del "lavado de cerebro", que supone que una persona pierde su voluntad de forma automática al entrar en un grupo. Estos autores señalaron que tales modelos eran conceptualmente vagos y que tendían a ignorar la voluntad de los propios participantes (Anthony & Robbins, 1980). Si bien el modelo de persuasión coercitiva es útil para explicar situaciones de violencia de género, su aplicación en grupos cerrados se basa mayormente en estudios de caso y testimonios, lo que dificulta la replicación experimental de sus hallazgos.
La vulnerabilidad como estado situacional
Para analizar estas situaciones con mayor precisión, resulta más productivo recurrir al concepto de vulnerabilidad psicológica. Es importante aclarar que este término no describe un rasgo fijo de la personalidad ni una enfermedad mental; tampoco implica una debilidad moral o intelectual.
En psicología, hablamos de estados situacionales en los que una persona, debido a circunstancias vitales (como un duelo, una separación o un período de estrés intenso), puede experimentar una disminución temporal de sus recursos emocionales. En esos momentos, evaluar opciones complejas o tolerar la incertidumbre se vuelve mucho más difícil. Este enfoque está alineado con el modelo diatesis-estrés: los eventos vitales estresantes interactúan con factores personales y afectan transitoriamente la manera en que pensamos y decidimos (Monroe & Simons, 1991).
Como bien señalaron Lazarus y Folkman (1984), en contextos de presión elevada, las personas tienden a buscar respuestas claras y estructuradas. Esto no es exclusivo de los grupos cerrados; ocurre también en ámbitos laborales, políticos o familiares. Cuando la incertidumbre resulta difícil de procesar, las soluciones simplificadas pueden volverse psicológicamente atractivas.
La gran mayoría de las personas que atraviesan crisis vitales no llegan a integrarse en grupos cerrados ni adoptan creencias extremas. Además, muchos acercamientos a grupos espirituales o ideológicos son exploratorios. Como señalan estudios sociológicos clásicos sobre conversión, la curiosidad inicial suele traducirse en una participación superficial. (Lofland & Stark, 1965). La incorporación plena solo ocurre cuando la persona acepta activamente comprometerse con el grupo.
Procesos de influencia y control
La psicología social describió procesos normales y cotidianos que pueden darse en muchos contextos grupales y que explican la permanencia en estos grupos sin necesidad de recurrir a ideas tales como "lavado de cerebro" o "control mental":
Refuerzo comunitario y pertenencia: Los seres humanos tenemos una necesidad básica de pertenecer. Baumeister y Leary (1995) mostraron que esto no es un lujo, sino una motivación fundamental. Cuando un grupo satisface esa necesidad en un momento difícil, la experiencia resulta gratificante, especialmente en momentos difíciles. Eileen Barker (1984) documentó cómo muchas personas permanecen en grupos controvertidos no por obligación, sino porque el entorno les resulta emocionalmente significativo. Este tipo de refuerzo puede convertirse en dependencia emocional si el grupo pasa a ser la principal (o única) fuente de validación, sin que sea necesario que medien amenazas ni engaños explícitos.
Internalización de normas y exclusión del disenso: En grupos cohesionados, las normas no siempre se imponen desde afuera, sino que se internalizan. Herbert Kelman (1958) explicó la diferencia entre obedecer por miedo y adoptar normas como propias; en este último caso, la autocensura surge de manera espontánea. Es lo que Irving Janis (1972) llamó "groupthink": el disenso se percibe como una amenaza a la armonía y se termina desconfiando sistemáticamente de la información externa.
Culpa y autoexigencia como mecanismos de control: A menudo, el control no se ejerce mediante castigos, sino generando expectativas morales internas. Cuando alguien duda, puede sentir culpa o una sensación de fracaso personal Tangney (2007) y Bandura (1991). La teoría de la disonancia cognitiva de Festinger (1957) ayuda a entender por qué, tras haber invertido mucho emocionalmente, una persona prefiere reafirmar su adhesión al grupo antes que enfrentar el malestar que implicaría cuestionar sus decisiones. En muchos casos, la forma de presión más determinante es aquella que el propio individuo internaliza y ejerce sobre sí mismo.
El costo emocional de abandonar el grupo: Salir de un grupo no es sencillo, incluso si nadie lo prohíbe. Implica perder identidad y sentido de pertenencia. Como explicó Iannaccone (1994), muchos grupos funcionan aumentando los costos sociales y emocionales de la partida, lo que refuerza la permanencia sin necesidad de coerción.
Mi posición personal sobre el debate
Desde mi punto de vista, una postura escéptica debería evitar los dos extremos: tanto el alarmismo sin evidencias como la negación absoluta de cualquier impacto asociado a la vulnerabilidad emocional. Este tipo de indefensión constituye un estado situacional, común en distintos momentos de la vida que puede dar lugar a experiencias subjetivas complejas. Las experiencias en grupos religiosos cerrados no implican necesariamente la comisión de delitos ni una pérdida total de la autonomía, pero sí requieren un análisis atento y matizado.
Bibliografía de consulta
Barker, E. (1984). The Making of a Moonie. Blackwell.
Bonanno, G. A. (2004). Loss, trauma, and human resilience: Have we underestimated the human capacity to thrive after extremely aversive events? American Psychologist, 59(1), 20–28.
Cialdini, R. (2001). Influence: Science and Practice. Allyn & Bacon.
Escudero Nafs, A., Polo Usaola, C., López Gironés, M., & Aguilar Redo, L. (2005). La persuasión coercitiva, modelo explicativo del mantenimiento de las mujeres en una situación de violencia de género. I: Las estrategias de la violencia. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 25(95), 85–117.
Janis, Irving. (1972) Victims of Groupthink: A Psychological Study of Foreign-policy Decisions and Fiascoes. Boston: Houghton, Mifflin.
Kelman, H. C. (1958). “Compliance, identification, and internalization”. Conflict resolution VII N° 1
Lofland, J., & Stark, R. (1965). Becoming a world-saver: A theory of conversion to a deviant perspective. American Sociological Review, *30*(6), 862–875. Monroe, S. M., & Simons, A. D. (1991). “Diathesis–stress theories in the context of life stress research”. Psychological Bulletin.
Robbins, T. & Anthony, D. Brainwashing and the persecution of “cults”. J Relig Health19, 66–69 (1980). https://doi.org/10.1007/BF00996781

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