Reseña de "El libro de los hombres lobo: un relato de una terrible superstición" (1865), por Hunter Dukes, editor jefe de The Public Domain Review
Sabine Baring-Gould (1834–1924), un clérigo anglicano cuya bibliografía incluye más de 1200 obras, entre ellas más de 100 libros, ha sido descrito como "el último hombre que lo sabía todo", según la frase prestada de Matthew Walther. Sus intereses desbordaban los estantes de las bibliotecas: "filología, antropología, folklore, cuentos infantiles, himnología, hagiografía, geología, topografía, pintura, óptica, metalurgia, historia antigua y moderna, teoría musical, arqueología bíblica, la plausibilidad de los milagros, los detalles de la industria minera de sal inglesa y el teatro". Nacido en Exeter en 1834, creció viajando al extranjero con su familia antes de ingresar al Clare College de Cambridge, donde luego se ordenó como sacerdote. Como profesor, era excéntrico; se dice que enseñaba a sus alumnos con un murciélago mascota posado en su hombro. Como escritor, era insaciable, escribiendo rutinariamente tres mil palabras al día en su escritorio . En sus memorias de infancia, revela que su voraz hábito de lectura era una forma de encontrar sociabilidad donde no la encontraba en otro lugar:
"Al mirar atrás a ese período de adolescencia torpe, puedo ver que me generó un rechazo a la sociedad y, en consecuencia, un amor por el aislamiento, junto con una falta de dones para la conversación... Aquellos cuyas palabras realmente valoro se encuentran en los libros, no en charlas triviales sobre comida, autos, tenis, bridge y novelas".
"Los licántropos son conocidos por muchos nombres" , escribe el sacerdote anglicano Baring -Gould "la mitad del mundo cree, o creía, en los hombres lobo".
En la región francesa de Périgord, se dice que aquellos nacidos fuera del matrimonio se transforman en louléerou con cada luna llena. En Normandía, los loups-garoux obtienen su piel del diablo. Los búlgaros y eslovacos conocían a esta criatura como vrkolak; para los serbios, era vlkoslak; en el "antiguo Léxico Bohemio de Vacerad", se llamaba vilkodlak; y en Rusia, oborot. Entre los anglosajones, se decía que un utlagh (o proscrito) tenía cabeza de lobo. En Islandia y Noruega, se creía que algunos hombres eran eigi einhamir, "no de una sola piel".
¿Dónde se originó la creencia en el hombre lobo?
Baring- Gould responde en su libro, que fue en Arcadia, la antigua provincia griega que se ha convertido en sinónimo de utopía gracias a Virgilio. En el cuadro Et in Arcadia Ego (1637-38) de Nicolas Poussin, unos pastores se reúnen alrededor de una tumba para examinar la inscripción "incluso en Arcadia, estoy yo", una sombría sugerencia de que ni siquiera los muros del Edén pueden detener el avance de la muerte.
En su reseña Hunter Dukes menciona que para el sacerdote autor del libro, el hombre lobo representa una espina para cualquier visión de progreso de la civilización o para cualquier lamento por los paraísos perdidos. El monstruo sirve como recordatorio de que los paraísos utópicos, libres de depredadores, siempre se construyen sobre las tumbas de una matanza masiva —como en Inglaterra, donde los lobos fueron "erradicados... bajo los reyes anglosajones"— o bien de un sacrificio realizado por los bárbaros.
En ese sentido señala Baring- Gould:
Se debe observar que el principal foco de la licantropía fue Arcadia, y se ha sugerido de manera muy plausible que la causa podría rastrearse en la siguiente circunstancia: los nativos eran un pueblo pastoril y, en consecuencia, sufrían gravemente por los ataques y depredaciones de los lobos. Naturalmente, instituyeron un sacrificio para obtener liberación de esta plaga y seguridad para sus rebaños. Este sacrificio consistía en la ofrenda de un niño y fue instituido, según la mitología, por Licaón [un rey arcadio que ofreció a su hijo como alimento a Zeus y posteriormente fue transformado en lobo por su perversidad]. A partir de la naturaleza humana del sacrificio y de la particularidad del nombre de su originador, surgió el mito.
Pero el licántropo -añade Dukes- también sugiere que, sin importar cuántas bestias sean sacrificadas o cuántos niños sean ofrecidos a los dioses, la depredación violenta del lobo nunca podrá ser erradicada, ya que este comportamiento reprimido también existe en los humanos, esperando emerger cíclicamente en sincronía con la luna.
Añade que si ampliamos el enfoque a consideraciones generales como la "metempsicosis, la crueldad innata, las alucinaciones, etc.", como lo hace nuestro Baring -Gould, la "transformación en bestias forma una parte integral de todos los sistemas mitológicos".
Transformaciones en otros animales
Además de extensos estudios de casos sobre hombres lobo notables y sus ejecuciones —el Ermitaño de S. Bonnot, Thievenne Paget, el Sastre de Châlons-Roulet, el granjero alemán Peter Stumpp, entre otros—, Baring-Gould explora la cinantropía y la boantropía, fenómenos en los que los humanos se transforman en perros y vacas.
El clérigo, además, rastrea relatos de hombres que se convierten en serpientes en la India, hienas en Abisinia y osos en Livonia, quienes deben permanecer "arrodillados en un mismo lugar durante cien años" para recuperar su forma humana.
En la tradición nórdica, la etimología de berserker (aquellos temibles guerreros vikingos que luchaban en estados de trance) también podría revelar asociaciones con los osos. A diferencia de Björn Halldorson, quien deriva la palabra de "bare of sark" (es decir, sin armadura), Baring-Gould argumenta que el nombre proviene de cómo "aquellos valientes campeones... vestían bear-sarks, o túnicas hechas de piel de oso sobre sus armaduras". Los contextos culturales y los animales pueden variar —"¡una cuestión de gusto!", escribe el autor—, pero para el sacerdote los procesos de transformación son, en esencia, los mismos.
Orígenes psicológicos de la creencia en hombres lobo
En cuanto a los orígenes psicológicos, Baring-Gould encuentra en el hombre lobo un anhelo primordial cristalizado, sobre cómo "anhelamos nuestra continuidad perdida".
En palabras de Baring-Gould
El alma humana, parecía ser algo ya perfecto en un estado preexistente al actual. En la doctrina griega de la metempsicosis, similar a la creencia en la reencarnación, rastreamos los anhelos y tanteos del alma en busca de la fuente de la cual se derivó su propia conciencia actual. Los sueños y alucinaciones serían destellos de memoria que registran actos ocurridos en un estado anterior de existencia.
Sin embargo, para el clérigo, este "estado anterior de existencia", que aún se refleja en nuestros sueños y mitos, desafía una idea central del progreso: la creencia de que los humanos somos fundamentalmente diferentes del mundo animal. Nuestros antepasados no pudieron establecer una distinción clara entre el instinto y la razón, y Baring-Gould sostiene que, en realidad, esa distinción no existe —algo que todavía nos resulta difícil aceptar—. Por ello, los humanos se vieron forzados a separarse del mundo animal, refugiándose en ideales de templanza y racionalidad. Sin embargo, esta represión no es completa: el hombre lobo simboliza la bestialidad que resurge, y por eso se convierte en una bestia literal en los mitos. Esta transformación sirve para externalizar y controlar los deseos animales que aún habitan en los seres humanos. Así, para reafirmar nuestra humanidad, el hombre con impulsos brutales es representado literalmente como una bestia.
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