El artículo que se analiza en éste post
El intento de explicar sucesos extraordinarios protagonizados por distintas personas a través de diagnósticos clínicos, ya sean psicológicos o médicos, constituye una tentación recurrente a lo largo de la historia de la ciencia, pero nos ocuparemos de estas formas de comprender lo asombroso en otros artículos. En éste post nos detendremos a analizar una de las tantas respuestas de este tipo que ha tenido un impacto masivo en su momento y que persiste aún en la creencia de muchas personas..
Uno de los ejemplos más célebres de esta tendencia es el artículo publicado en 1964 por el neurólogo británico Lee Illis, titulado On Porphyria and the Aetiology of Werewolves ("Sobre la porfiria y la etiología de los hombres lobo"). En dicha obra, el autor postuló que los relatos históricos sobre licantropía no eran meras invenciones supersticiosas ni fruto de la histeria colectiva, sino el resultado de observar a personas reales afectadas por porfiria congénita, una rara enfermedad metabólica.
Creo que los llamados hombres lobo del pasado pueden haber sufrido, al menos en la mayoría de los casos, de porfiria congénita. La prueba de esto radica en la notable relación entre los síntomas de esta rara enfermedad y los numerosos relatos sobre hombres lobo que han llegado hasta nosotros.(Illis, 1964)
El autor de ese artículo recopila un conjunto de descripciones folklóricas, históricas y médicas antiguas sobre supuestos licántropos (seres humanos que se transforman en "hombres lobo") y busca trazar un paralelismo sintomático con las manifestaciones de las porfirias.
Es difícil componer una imagen de un hombre lobo, pero la más consistente sería la de un hombre,(ocasionalmente una mujer o un niño), que vaga de noche. La piel es pálida, con un tinte amarillento o verdoso, con numerosas escoriaciones y con la boca roja. Los ojos son inestables. Ocasionalmente, se describe a los hombres lobo como peludos. Muestran (por decir lo menos) un comportamiento alterado. Su distribución es prácticamente mundial, pero con focos particulares de fuerte creencia, como el sur de Alemania. Se remontan al menos a la época griega.
El médico parte de la idea de que si una creencia se encuentra ampliamente extendida en el tiempo y el espacio, debe tener necesariamente una base real .
Una creencia tan extendida tanto en el tiempo como en el espacio como la del hombre lobo debe tener alguna base real. O bien los hombres lobo existen, o bien debe existir o haber existido algún fenómeno sobre el cual, por miedo, superstición y el azar, se construyó y creció una leyenda.
Lógicamente el autor descarta de plano la primer posibilidad -rápidamente lo trata de "mito"- y se adentra en la segunda.
Existen dos hipótesis principales sobre el origen de este mito. La primera sostiene que nació del miedo y de prácticas vinculadas a la brujería o la invocación de espíritus malignos, como un intento de explicar sucesos extraños e incomprensibles para la filosofía de la época. Aunque esta concepción resulta sugerente, es insuficiente: no logra aclarar por qué la creencia se extendió tanto ni aporta elementos concretos sobre la etiología del miedo. Por mi parte, sugiero que el mito surgió de manera independiente en distintas regiones aisladas como respuesta a eventos raros pero recurrentes, para luego integrarse de forma paulatina en la conciencia colectiva.
Lee Illis se inclina por la base física o biológica real sobre la cual se construyó la leyenda y describe los síntomas de la porfiria
La porfiria congénita es una enfermedad rara, debida a un gen recesivo, en la que existe una incapacidad para convertir el porfobilinógeno en porfirina en la médula ósea. La afección se caracteriza por:
(1) Fotosensibilidad severa en la que se produce un eritema vesicular por la acción de la luz. Esto puede ser especialmente notable durante el verano o en una región montañosa (Vannotti 1954).
(2) La orina suele ser de color marrón rojizo como resultado de la presencia de grandes cantidades de porfirinas.
(3) Existe una tendencia a que las lesiones cutáneas se evisceren o ulceren, y estas úlceras pueden atacar el cartílago y el hueso. A lo largo de los años, estructuras como la nariz, las orejas, los párpados y los dedos sufren una mutilación progresiva.
(4) En las zonas fotosensibles pueden desarrollarse hipertricosis (exceso de vello corporal) y pigmentación.
(5) Los dientes pueden ser rojos o de color marrón rojizo debido al depósito de porfirinas.
(6) La médula ósea es hiperplásica, por lo general asociada con esplenomegalia y anemia hemolítica.
Mas adelante, Illis concluye que un paciente afectado por porfiria, desfigurado por el sol, sin orejas ni nariz, con vello facial, dientes rojizos, que solo camina de noche y padece alteraciones mentales o delirios, habría sido interpretado por comunidades ignorantes y medievales como un hombre lobo real.
Textualmente, lo dice así:
Es posible, entonces, componer un cuadro de un porfírico que, aunque no sea necesariamente característico o típico, encajará con toda la evidencia disponible en la literatura sobre la porfiria: tal persona, debido a la fotosensibilidad y la desfiguración resultante, puede optar solo por vagar de noche. La piel pálida, amarillenta y escoriada puede explicarse por la anemia hemolítica, la ictericia y el prurito. Estas características, junto con la hipertricosis y la pigmentación, encajan bien con las descripciones de hombres lobo en la literatura antigua. La persona desdichada puede estar mentalmente perturbada y mostrar algún tipo o grado de comportamiento anormal. En la antigüedad, esto se vería acentuado por el trato físico y social que recibía de los demás aldeanos, cuyos instintos serían explicar la aparición en términos de brujería o posesión satánica.
Los dientes rojos, la expulsión de orina roja, las vagancias nocturnas, la mutilación de rostro y manos, el comportamiento alterado: ¿qué podrían sugerir estos síntomas a una comunidad primitiva, llena de miedo y relativamente aislada? La Fig. 2 ofrece una respuesta obvia.
Y culmina su artículo con la siguiente foto
Fig. 2 Porfiria congénita que muestra fotosensibilización, cicatrización y mutilación (Hausmann 1923)
Crítica a la etiología porfírica del mito del hombre lobo
Desde nuestro punto de vista, la hipótesis de Illis es reduccionista y especulativa. Aunque su propósito fue desmitificar una superstición mediante un enfoque naturalista, desde nuestro punto de vista cometió el error de manipular la evidencia clínica para hacerla encajar con las narrativas del folklore. Pensamos que el mito del hombre lobo no nació en la ruta metabólica del grupo "hemo", sino que está más en línea con las propuestas de los estudiosos del folklore: la intersección entre el miedo ancestral a los depredadores, el terror a la enfermedad de la rabia (sin ninguna cura en ese entonces), los trastornos psiquiátricos interpretados según patrones culturales y las histerias colectivas de las sociedades premodernas. Con posterioridad, los rumores, leyendas y caracterizaciones elaboradas por los medios de difusión masiva terminaron de moldear la idea contemporánea que podamos tener del monstruo.
La porfiria congénita es demasiado rara para haber creado un mito tan masivo. Pensar lo contrario exige creer que en cada aldea medieval había alguien con esta enfermedad y que el caso era conocido por casi todos.
Por otra parte los pacientes que padecen realmente de porfiria congénita no se transforman en depredadores sedientos de sangre, ni generan una metamorfosis física como la descripta en los relatos tradicionales.
Illis incurrió en un claro sesgo de confirmación al seleccionar síntomas aislados de diversas variantes de la enfermedad para ensamblar un perfil sintomático a la medida de la leyenda, ignorando que una apariencia física desfigurada no implica una conducta agresiva o devoradora de seres humanos. En todo caso, una persona con un cuadro psicótico en la Edad Media no actuaba como lobo porque tuviera una alteración metabólica relacionada con la sangre, sino porque su mente estructuraba la alteración mental recurriendo al imaginario colectivo de su entorno rural.



