1.10.26

Por qué la porfiria no explica la leyenda del hombre lobo

    

 El artículo que se analiza en éste post

El intento de explicar sucesos extraordinarios protagonizados por distintas personas a través de diagnósticos clínicos, ya sean psicológicos o médicos, constituye una tentación recurrente a lo largo de la historia de la ciencia, pero nos ocuparemos de estas formas de comprender lo asombroso en otros artículos. En éste post nos detendremos a analizar una de las tantas respuestas de este tipo que ha tenido un impacto masivo en su momento y que persiste aún en la creencia de muchas personas..

Uno de los ejemplos más célebres de esta tendencia es el artículo publicado en 1964 por el neurólogo británico Lee Illis, titulado On Porphyria and the Aetiology of Werewolves ("Sobre la porfiria y la etiología de los hombres lobo"). En dicha obra, el autor postuló que los relatos históricos sobre licantropía no eran meras invenciones supersticiosas ni fruto de la histeria colectiva, sino el resultado de observar a personas reales afectadas por porfiria congénita, una rara enfermedad metabólica. 

Creo que los llamados hombres lobo del pasado pueden haber sufrido, al menos en la mayoría de los casos, de porfiria congénita. La prueba de esto radica en la notable relación entre los síntomas de esta rara enfermedad y los numerosos relatos sobre hombres lobo que han llegado hasta nosotros.(Illis, 1964)

El autor de ese artículo recopila un conjunto de descripciones folklóricas, históricas y médicas antiguas sobre supuestos licántropos  (seres humanos que se transforman en "hombres lobo") y busca trazar un paralelismo sintomático con las manifestaciones de las porfirias. 

Es difícil componer una imagen de un hombre lobo, pero la más consistente sería la de un hombre,(ocasionalmente una mujer o un niño), que vaga de noche. La piel es pálida, con un tinte amarillento o verdoso, con numerosas escoriaciones y con la boca roja. Los ojos son inestables. Ocasionalmente, se describe a los hombres lobo como peludos. Muestran (por decir lo menos) un comportamiento alterado. Su distribución es prácticamente mundial, pero con focos particulares de fuerte creencia, como el sur de Alemania. Se remontan al menos a la época griega.

El médico parte de la idea de que si una creencia se encuentra ampliamente extendida en el tiempo y el espacio, debe tener necesariamente una base real .

 Una creencia tan extendida tanto en el tiempo como en el espacio como la del hombre lobo debe tener alguna base real. O bien los hombres lobo existen, o bien debe existir o haber existido algún fenómeno sobre el cual, por miedo, superstición y el azar, se construyó y creció una leyenda.

Lógicamente el autor descarta de plano la primer posibilidad -rápidamente lo trata de "mito"-  y se adentra en la segunda.

Existen dos hipótesis principales sobre el origen de este mito. La primera sostiene que nació del miedo y de prácticas vinculadas a la brujería o la invocación de espíritus malignos, como un intento de explicar sucesos extraños e incomprensibles para la filosofía de la época. Aunque esta concepción resulta sugerente, es insuficiente: no logra aclarar por qué la creencia se extendió tanto ni aporta elementos concretos sobre la etiología del miedo. Por mi parte, sugiero que el mito surgió de manera independiente en distintas regiones aisladas como respuesta a eventos raros pero recurrentes, para luego integrarse de forma paulatina en la conciencia colectiva.

Lee Illis se inclina por la base física o biológica real sobre la cual se construyó la leyenda y describe los síntomas de la porfiria 

La porfiria congénita es una enfermedad rara, debida a un gen recesivo, en la que existe una incapacidad para convertir el porfobilinógeno en porfirina en la médula ósea. La afección se caracteriza por:

(1) Fotosensibilidad severa en la que se produce un eritema vesicular por la acción de la luz. Esto puede ser especialmente notable durante el verano o en una región montañosa (Vannotti 1954).

(2) La orina suele ser de color marrón rojizo como resultado de la presencia de grandes cantidades de porfirinas.

(3) Existe una tendencia a que las lesiones cutáneas se evisceren o ulceren, y estas úlceras pueden atacar el cartílago y el hueso. A lo largo de los años, estructuras como la nariz, las orejas, los párpados y los dedos sufren una mutilación progresiva.

(4) En las zonas fotosensibles pueden desarrollarse hipertricosis (exceso de vello corporal) y pigmentación.

(5) Los dientes pueden ser rojos o de color marrón rojizo debido al depósito de porfirinas.

(6) La médula ósea es hiperplásica, por lo general asociada con esplenomegalia y anemia hemolítica.

Mas adelante, Illis concluye que un paciente afectado por porfiria, desfigurado por el sol, sin orejas ni nariz, con vello facial, dientes rojizos, que solo camina de noche y padece alteraciones mentales o delirios, habría sido interpretado por comunidades ignorantes y medievales como un hombre lobo real. 

Textualmente, lo dice así:

Es posible, entonces, componer un cuadro de un porfírico que, aunque no sea necesariamente característico o típico, encajará con toda la evidencia disponible en la literatura sobre la porfiria: tal persona, debido a la fotosensibilidad y la desfiguración resultante, puede optar solo por vagar de noche. La piel pálida, amarillenta y escoriada puede explicarse por la anemia hemolítica, la ictericia y el prurito. Estas características, junto con la hipertricosis y la pigmentación, encajan bien con las descripciones de hombres lobo en la literatura antigua. La persona desdichada puede estar mentalmente perturbada y mostrar algún tipo o grado de comportamiento anormal. En la antigüedad, esto se vería acentuado por el trato físico y social que recibía de los demás aldeanos, cuyos instintos serían explicar la aparición en términos de brujería o posesión satánica. 

Los dientes rojos, la expulsión de orina roja, las vagancias nocturnas, la mutilación de rostro y manos, el comportamiento alterado: ¿qué podrían sugerir estos síntomas a una comunidad primitiva, llena de miedo y relativamente aislada? La Fig. 2 ofrece una respuesta obvia.  

Y culmina su artículo con la siguiente foto

Fig. 2 Porfiria congénita que muestra fotosensibilización, cicatrización y mutilación (Hausmann 1923)

 

Crítica a la etiología porfírica del mito del hombre lobo

Desde nuestro punto de vista, la hipótesis de Illis es reduccionista  y especulativa. Aunque su propósito fue desmitificar una superstición mediante un enfoque naturalista, desde nuestro punto de vista cometió el error de manipular la evidencia clínica para hacerla encajar con las narrativas del folklore. Pensamos que el mito del hombre lobo no nació en la ruta metabólica del grupo "hemo", sino que está más en línea con las propuestas de los estudiosos del folklore: la intersección entre el miedo ancestral a los depredadores, el terror a la enfermedad de la rabia (sin ninguna cura en ese entonces), los trastornos psiquiátricos interpretados según patrones culturales y las histerias colectivas de las sociedades premodernas. Con posterioridad, los rumores, leyendas y caracterizaciones elaboradas por los medios de difusión masiva terminaron de moldear la idea contemporánea que podamos tener del monstruo.

La porfiria congénita es demasiado rara para haber creado un mito tan masivo. Pensar lo contrario exige creer que en cada aldea medieval había alguien con esta enfermedad y que el caso era conocido por casi todos.

Por otra parte los pacientes que padecen realmente de porfiria congénita no se transforman en depredadores sedientos de sangre, ni generan una metamorfosis física como la descripta en los relatos tradicionales. 

Illis incurrió en un claro sesgo de confirmación al seleccionar síntomas aislados de diversas variantes de la enfermedad para ensamblar un perfil sintomático a la medida de la leyenda, ignorando que una apariencia física desfigurada no implica una conducta agresiva o devoradora de seres humanos. En todo caso, una persona con un cuadro psicótico en la Edad Media no actuaba como lobo porque tuviera una alteración metabólica relacionada con la sangre, sino porque su mente estructuraba la alteración mental recurriendo al imaginario colectivo de su entorno rural.  

1.9.26

Cómo superar los errores de pensamiento

 


Project Zero es, en esencia, la usina de investigación educativa de la Escuela de Posgrado de Harvard. Si algo hay que reconocerle como aporte central, es esa capacidad casi quirúrgica para bajar la teoría a la práctica y desarrollar marcos concretos que para mejorar la forma de pensar en el aula. Las famosas  "rutinas de pensamiento"son secuencias sencillas de pasos que se enseñan para que los propios estudiantes las incorporen, guíen su razonamiento y dejen de naufragar a la hora de organizar lo que piensan.

Detrás de gran parte de esta arquitectura están David Perkins y Shari Tishman, dos referentes indiscutibles del centro que hoy conducen el pódcast Thinkability. El programa propone un recorrido distendido pero con sólido respaldo empírico sobre el "pensar el propio pensamiento", abordando sin rodeos cuestiones como la  metacognición.

Para esta entrada del blog preferí enfocarme en el sexto episodio de la quinta temporada, un intercambio lúcido dedicado a los sesgos de pensamiento que distorsionan nuestro criterio.Se titula T5 E6: ¡Piénsalo de nuevo! Superando los errores comunes al pensar. Fue emitido el 8 de julio de 2026.

El episodio pone la lupa en cómo procesamos la información en el día a día y en esos verdaderos escollos mentales que nos privan de un razonamiento más agudo. A lo largo del diálogo, los conductores van desarmando los mecanismos psicológicos que condicionan nuestras posturas, decisiones y juicios cotidianos, pero sin quedarse en el diagnóstico ya que proponen herramientas metacognitivas al alcance de cualquiera para mitigar estos límites sin la necesidad de realizar un despliegue intelectual agotador.

La premisa de la que parten los investigadores es asumir que la mayoría de las personas busca genuinamente pulir la calidad de su razonamiento ante las situaciones de siempre -ya sea para comprar con mayor inteligencia, fundamentar una posición política, evaluar un problema social complejo o tomar decisiones de peso-. Me permito poner en duda semejante optimismo. En la práctica, a muchísima gente le interesa bastante más revalidar sus prejuicios en una discusión, utilizarlos con pragmatismo profesional (como cuando un abogado necesita probar a toda costa la inocencia de su cliente) o directamente manipular la opinión pública en el caso de los políticos. En demasiados escenarios la calidad del juicio importa poco y nada; aun así, hay que admitir que en muchos otros el intento por pensar mejor es real.

Aunque es verdad que, en el balance general, la mente humana se las arregla bastante bien para resolver los dilemas ordinarios, los conductores insisten en que nuestra arquitectura mental carga con fallas sistemáticas: lo que en psicología se conoce como "sesgos cognitivos". Y lo más peligroso de estas trampas no es que existan, sino su invisibilidad. Operan en la sombra, moldeando nuestra lectura de la realidad sin que nos demos el menor cuenta de que están ahí interfiriendo.

Dicen los podcasters

Aunque pasen inadvertidos, muchas investigaciones muestran que moldean nuestra forma de pensar y, a menudo, se interponen en el camino de un pensamiento óptimo.

Un ejemplo emblemático abordado en  éste intercambio es el sesgo de confirmación, 

uno bastante conocido se llama sesgo de confirmación. Esto ocurre cuando nos inclinamos a buscar y notar evidencia que encaja perfectamente con lo que ya creemos; como cuando mantienes una postura política y solo notas las razones para aferrarte a ella, mientras ignoras por completo los motivos para cuestionarla.

 

Los sesgos cognitivos
 
Otro de los grandes es la sobresimplificación causal, que es cuando buscamos o damos explicaciones de una sola causa para situaciones complejas.  Otra es el exceso de confianza, a veces llamado sesgo de optimismo, que consiste en creer que los resultados negativos no son tan probables para uno mismo, incluso si técnicamente se conocen las probabilidades; como cuando asumes riesgos financieros o de salud y, de manera sobreoptimista, supones que serás el afortunado que escape a las estadísticas.
 
.... Otra es lo que los psicólogos llaman la heurística de disponibilidad. ¿Qué es eso? Bueno, es juzgar la probabilidad de que algo suceda en función de qué tan disponible esté en la memoria; es decir, con qué facilidad puedes recordarlo. Por ejemplo: tener más miedo a volar que a conducir porque los informes de accidentes de avión son más vívidos, a pesar de que los accidentes de tránsito son, en realidad, mucho más comunes.
 
A medida que la conversación avanza, los analistas señalan una paradoja: la psicología documentó innumerables sesgos, pero este exceso de categorías genera para cualquiera de nosotros una sobrecarga impracticable de monitorear en tiempo real.

Para resolver esto, los autores sintetizan los sesgos en tres "baches" (así los llaman)  o clases de sesgo: lo demasiado sesgado (defender de forma asimétrica la postura propia o del grupo), lo demasiado simple (explicaciones reduccionistas de fenómenos complejos, como culpar solo al celular por la disminución de la lectura) y lo demasiado seguro (aceptar certezas intuitivas sin verificar datos). A eso lo llaman "la regla de los tres "ese" (sesgado, simple, seguro). Estas dimensiones no son independientes; suelen solaparse, como en el caso de los estereotipos.

 Entonces, para empezar, ¿qué significa decir que algo es demasiado sesgado? Bueno, a menudo nos inclinamos a defender puntos de vista que nosotros o un grupo de identidad al que pertenecemos sostenemos, notando solo la evidencia que apoya nuestras opiniones e ignorando o descartando rápidamente los contraargumentos. El "sesgo de confirmación" entra en esta categoría, y también la "heurística de disponibilidad", porque ambos te inclinan hacia una creencia predeterminada y te alejan de una visión equilibrada de las cosas.

Nuestro segundo tipo es: demasiado simple. Nos inclinamos hacia explicaciones de las cosas que las mantienen simples y directas. Sí, pero a menudo los asuntos son más complejos de lo que parecen a primera vista; como decir, por ejemplo, que los puntajes en las pruebas de de lectura de los estudiantes han bajado debido al uso continuo de teléfonos celulares . Bueno, es parcialmente cierto, pero hay muchos otros factores implicados. Y aquí está el tercero: demasiado seguro. A menudo aceptamos una conclusión que se siente sumamente correcta. ¿Para qué molestarse en comprobarlo más a fondo? Simplemente sabemos que cierto político hará un buen trabajo. Oye, pero es mucho mejor mirar su historial ¿no te parece?.

Y enseguida, David Perkins hace una interesante observación: 

Muy bien. Ahora bien, por si piensas que evitar estos tres pasos en falso (demasiado sesgado, demasiado simple o demasiado seguro) es solo cuestión de ser lo suficientemente inteligente como para verlos venir, no es así. Aquí está la cuestión: no son principalmente problemas de qué tan inteligente es la gente en el sentido de brillantez o coeficiente intelectual. Por ejemplo, personas muy inteligentes en el sentido tradicional del coeficiente intelectual pueden ser muy cerradas de mente, es decir, demasiado sesgadas. 

Paradójicamente estas personas normalmente usan su capacidad para justificar sus propios sesgos.

Shari -siempre optimista- encuentra en esa observación un costado favorable: evitar estas trampas no depende de un talento extraordinario ni de un don innato, sino más bien de ir cultivando, con cierta disciplina, hábitos de reflexión cotidiana.

A la hora de explicar por qué persisten con tanta fuerza estos "baches del pensamiento", los investigadores apuntan a dos razones centrales: en primer lugar, hay que reconocer que muchas veces resultan sumamente eficientes para tomar decisiones a gran velocidad; en segundo lugar -y esto es quizás lo más traicionero-, cuando caemos en ellos no nos percibimos condicionados en absoluto, sino seguros de nuestro criterio.

 

¿Por qué seguimos sintiéndonos atraídos por ellos?

David: Sí, gran pregunta. Parece que hay dos grandes factores. Atractivo número uno: lo simple, lo seguro o incluso lo sesgado no siempre va demasiado lejos; a veces se da en el clavo. Algunos asuntos realmente son simples:un buen juicio  basado sólo en la experiencia respalda la posición de uno.

Shari: Cierto, e incluso lo sesgado tiene un valor real en contextos especiales. Supongamos que estás involucrado en negociaciones sindicales. Como negociador, no es tu función ponerte del lado del otro. O supongamos que eres un abogado que defiende a un cliente. Defender, tener ese sesgo defensivo, es tu trabajo. Sí, en estos casos tu pensamiento está sesgado hacia el resultado que buscas, pero es apropiado para la situación y para tu función.

David: En otras palabras, parte de la razón por la que caemos en estos sesgos es porque no siempre nos desvían. Ahora, sin ponernos demasiado técnicos, cuando sí nos desvían, a menudo se trata de un caso del sesgo de disponibilidad. Lo que recordamos vívidamente son las ocasiones en las que los sesgos no nos desvían, y no pensamos tanto en los momentos en que sí lo hacen.

Shari: Correcto. Bueno, y aquí está el atractivo número dos: en el momento, no se siente que seamos sesgados. Funcionan de maneras que nos impiden notar el riesgo. Un punto de vista sesgado por lo general no se percibe como tal; se siente correcto y justo. Una visión simple de algo no parece necesariamente simple; simplemente parece agradable y clara. Y sentirse seguro, por definición, sugiere que no hay nada más en qué pensar; simplemente estás seguro.

 

La estrategia que proponen para superar esos errores de pensamiento 

Perkins afirma

Hay investigaciones que demuestran que no solo una mentalidad de pensar otra vez puede ser cuestión de hábito, sino que el hábito es muy útil a nivel práctico. Los psicólogos han investigado un rasgo de personalidad llamado reflexividad, que es una versión de la mentalidad de pensar otra vez. No es tan sorprendente que las personas que tienen el hábito de pensar otra vez tengan más probabilidades de hacer algunas cosas buenas como: verificar los precios de venta para ver si el descuento de precio de un prodcto afirmado es auténtico, o elegir planes de ahorro automático que aseguren lo suficiente para la jubilación, o veamos, leer las etiquetas de nutrición en lugar de simplemente dejarse llevar por los nombres de productos que prometen salud,o estimar el tiempo para las tareas de manera más realista, o verificar los rumores antes de compartirlos, o investigar las fuentes antes de confiar en ellas, o caer menos a menudo en estafas, y así sucesivamente.

Tishman y él  proponen la estrategia de "pensar otra vez". Esta actitud no consiste en realizar análisis analíticos exhaustivos ante cada situación que se presenta, lo cual resultaría agotador, sino en aplicar pausas metacognitivas breves y sutiles. 

Shari: Básicamente significa dar un paso atrás y cuestionar o verificar.

David: Sí, por ejemplo, podemos simplemente preguntarnos: ¿qué más podría estar involucrado en esta situación?, ¿cómo sonaría otra perspectiva?, ¿cómo se vería la evidencia desde otro lado? 

Shari: Pero, por supuesto, está el problema de lograr ese autodistanciamiento porque, después de todo, estamos apegados a nuestra primera impresión de las cosas. David, ¿cuáles son algunos trucos que podrían ayudarnos con esto?
 
David :Cuando este ejercicio revela que un problema es muy enredado, los autores sugieren que la respuesta más sensata debería ser suspender el juicio y mantener una postura provisional en lugar de forzar una opinión dogmática e inmediata.

A menos que el asunto sea urgente y de alta prioridad, podemos decidir no decidir, lo cual puede ser algo bueno. Podemos aferrarnos sutilmente a una inclinación o corazonada personal sin sentirnos súper comprometidos. Para muchos de los problemas enredados de nuestra sociedad contemporánea, realmente no necesitamos una posición firme en ese preciso momento. Decidir no adoptar una posición firme en este momento podría ser, por mucho, la opción más sensata.

 

¿Como hacerlo en la práctica? 

El propósito central de los investigadores es ofrecernos una vía concreta para autocorregir la manera en que pensamos, sobre todo al adentrarnos en terrenos complejos o cuando sentimos que defendemos posturas inamovibles. Para Tishman y Perkins, la verdadera piedra en el camino no es la teoría, sino algo bastante más terrenal: darse cuenta a tiempo de cuándo conviene frenar y abrir un paréntesis de reflexión. La respuesta a esta encrucijada no pasa por fórmulas mágicas, sino por ir construyendo esa lucidez como un hábito progresivo. Para lograrlo, sugieren dos dinámicas muy concretas -el "observador amistoso" y la regla de las "tres S"—, huyendo siempre de cualquier rigidez metodológica.

La primera propuesta, la del "observador amistoso" (una especie de amigo imaginario), invita a ensayar un diálogo interno con una figura completamente neutral y empática -alguien libre de afanes críticos,  o confrontativos. Este testigo no se pone de nuestro lado ni busca acorralarnos; simplemente nos ayuda a correr el foco para mirar las cosas desde un ángulo amable, valiéndose de preguntas amables:

  • "¿Qué pasaría si...?"

  • "Me pregunto si..."

  • "Quizás valga la pena considerar..."

La meta de fondo es tomar cierta distancia emocional de las propias certezas para sacar a la luz sesgos como el exceso de confianza o favoritismos inadvertidos, pero sin activar esas alarmas internas que nos hacen poner a la defensiva.

Por otro lado, la regla mnemotécnica de las "tres S" funciona como un mapa de alerta frente a los tres tropiezos clásicos del razonamiento: Sesgo, Simplificación y Seguridad excesiva. La propuesta es que  cada vez que nos topemos con un asunto delicado, encendamos un cartel mental con esas "tres S" acompañadas por un signo de interrogación, una especie de freno de mano cognitivo que nos recuerde revisar si no estamos tropezando, una vez más, con la misma piedra.

Shari: "Bueno, ¿sabes qué?, este sexto episodio completa nuestro quinto año de Thinkability. Realmente disfrutamos muchísimo desarrollar estas ideas y disfrutamos compartirlas contigo. Muchas gracias por escucharnos, y esperamos estar de vuelta en septiembre."  

David: "Así que nos vemos en un tiempo, Shari" 

Shari: "Nos vemos en septiembre, Dave"