1.2.26

Duendes domésticos y poltergeists: dos caras de un mismo fenómeno psicológico

 

Ilustración de un duende en "Cuentos ingleses de hadas" de Joseph Jacobs, 1890


"La mayoría de los brownies, sin importar su nombre o región, actúan como espíritus que golpean o hacen ruido, coincidiendo con las características del poltergeist. En las tradiciones populares, estos elementos se mezclan, llegando a veces a lo burlesco para mitigar el miedo a lo desconcertante." Lecouteux (2012)



 Al analizar la figura del duende frente a la del poltergeist, surge con claridad la enorme plasticidad de nuestras creencias ante lo desconocido. Estos términos operan como marcos para procesar sucesos domésticos disruptivos —desde ruidos inexplicables o roturas repentinas hasta el sorpresivo desplazamiento de mobiliario —. Sin embargo, sostengo que desde la psicología anomalística el foco no debe ponerse en la naturaleza de una supuesta entidad, sino en los procesos psicológicos que transforman una experiencia sensorial ambigua en un relato cultural específico

 

El duende como figura folklórica tradicional 

En las tradiciones folklóricas europeas y latinoamericanas, el duende pertenece a un tipo de criatura presente en diversos ámbitos culturales: se trata de seres domésticos traviesos que cada tradición nombra de manera diferente (por ejemplo, brownies, goblins, pombero) que ocupan un lugar definido dentro de sistemas de creencias populares coherentes. Estos seres se describen como entidades de forma aproximadamente humana, pero no personas, de pequeña estatura,(no se les debe confundir con los enanitos) con rasgos físicos reconocibles y, en muchos relatos, vestimentas características. Son de comportamiento ambivalente, pero principalmente traviesos: esconden objetos, producen ruidos, interfieren con actividades humanas y, ocasionalmente, realizan acciones que pueden percibirse como hostiles. No obstante, a veces pueden mostrarse protectores si se les dejan ofrendas .

Estos comportamientos que se atribuyen al duende explican eventos domésticos imprevistos como causados por la acción de seres conscientes no humanos que forman parte de leyendas populares tradicionales. Tales relatos cumplen varias funciones: transmiten advertencias morales o simplemente ofrecen formas de comprender lo inesperado . El duende no es simplemente una explicación aislada para eventos extraños, sino parte de un mundo mitológico coherente. Existe como una "especie" completa de seres, con comportamientos conocidos y una relación definida con espacios específicos como corrales, huertas, pero principalmente el hogar. Por eso, cuando algo inexplicable ocurre en casa, esta figura está disponible como explicación inmediata.

En línea con este mecanismo de pensamiento, un destacado folklorista norteamericano ha señalado que estas entidades cumplen funciones cognitivas claras: personalizan la contingencia, transforman lo azaroso en intencional y permiten integrar experiencias anómalas en un universo socialmente compartido (Dundes, 1980). Es decir, cuando algo inexplicable ocurre en casa, tener una figura cultural disponible como el duende permite dar sentido a la experiencia sin necesidad de asumir que se trata de un evento completamente aleatorio o incomprensible.

 

El poltergeist como categoría moderna

El término "poltergeist" —de origen alemán— surge y se consolida en un contexto lingüístico y cultural diferente. Desde mediados del siglo XX se populariza en diversas lenguas europeas para designar una serie de fenómenos específicos: ruidos inexplicables, golpes, desplazamientos de objetos, rotura de vidrios o espejos y otras alteraciones físicas atribuidas a una causa invisible. Conviene aclarar que el término "poltergeist" no designa solo un fenómeno, sino una categoría (esto es, una clase o tipo dentro de un esquema clasificatorio), y dicha categoría es de origen moderno, aunque agrupa fenómenos reportados desde hace siglos.

A diferencia del duende, al que se le atribuye una figura reconocible y una identidad compleja como personaje de fábula (con nombre, historia y rasgos de personalidad), el poltergeist no suele representarse con una forma corporal definida .  

En su libro de 1979 Poltergeists, Alan Gauld y A. D. Cornell realizaron un estudio exhaustivo y pionero que analizó sistemáticamente 500 casos históricos de supuestos fenómenos de poltergeist y hauntings, recopilados principalmente de los archivos de la Society for Psychical Research y otros registros escritos desde el siglo XVI. No pudieron establecer una clara diferenciación entre hauntings y poltergeists por lo que en su investigación se superponen ambos fenómenos. En su relevamiento encontraron que el 64% de los casos recopilados incluían movimiento o desplazamiento de objetos pequeños, mientras que el 36% presentaba otros tipos de fenómenos inhabituales. También observaron que aproximadamente el 61% de los casos estaban asociados con una vivienda y el 58% ocurrían durante la noche. Identificaron que en muchos casos los fenómenos parecían centrarse alrededor de una persona específica (denominada "persona focal" o "agente"), típicamente un adolescente o joven adulto experimentando estrés interpersonal marcadoLa distinción habitual entre un poltergeist —actividad que se atribuye a una persona viva— y una casa encantada —fenómeno asociado a un lugar, generalmente por la presencia de espíritus sólo obedece a dónde se supone que está el origen del fenómeno: en una persona o en un sitio encantado. 

Como los investigadores detectaron fraude explícito en aproximadamente el 8% de los casos (41 de 500) se limitaron a presentar los datos de forma descriptiva y abierta a múltiples interpretaciones , a diferencia de otros investigadores contemporáneos como el parapsicólogo norteamericano William Roll, quien propuso la teoría de la recurrent spontaneous psychokinesisRSPK. Esa hipótesis intenta explicar los fenómenos poltergeist como manifestaciones psicokinéticas involuntarias, causadas por la tensión emocional reprimida o el estrés inconsciente de una persona, generalmente adolescentes o individuos conflictuados. 

Sin embargo, desde la evaluación crítica, la hipótesis psicokinética carece de validación experimental robusta, los casos suelen depender de testimonios, observaciones no controladas y contextos donde la posibilidad de error, sugestión o fraude deliberado- en mi opinión- no debe excluirse bajo ninguna circunstanciaLa RSPK nunca fue aceptada por la ciencia convencional.  Más abajo veremos como otros investigadores reinterpretan esa tensión emocional presente.


¿Por qué ambos conceptos describen experiencias similares?

 

Duendes y poltergeists comparten un catálogo de travesuras casi idéntico: desde ruidos extraños hasta muebles que se mueven solos. Más que fenómenos distintos, parecen ser etiquetas culturales para una misma experiencia: el impulso humano de encontrar un responsable cuando las cosas se salen de control. Esta conducta tiene una raíz cognitiva profunda en el dispositivo de detección de agencia hipersensible (HADD) propuesto por el psicólogo Justin L. Barrett. Heredamos una mente diseñada para preferir el 'falso positivo' —asumir que hay alguien ahí— antes que ignorar un posible peligro. Así, lo que antes era una ventaja para sobrevivir a los depredadores, hoy se traduce en la tendencia de ver fantasmas o criaturas donde solo hay eventos fortuitos.

Por otra parte, procesos como la atribución causal errónea, la memoria reconstructiva y el sesgo de confirmación contribuyen a la consolidación de relatos de este tipo. Una vez que se establece la hipótesis de un agente causal (duende o fenómeno de poltergeist), los acontecimientos subsecuentes se interpretan selectivamente como evidencia confirmatoria, mientras que las explicaciones alternativas se desestiman . 

En el caso específico de los episodios clasificados como poltergeist, varios investigadores han señalado la frecuente presencia de contextos psicosociales tensos, especialmente en entornos familiares donde hay adolescentes o conflictos interpersonales. Para Joe Nickell, (a diferencia de los parapsicólogos) la "presencia de contextos psicosociales tensos" no genera telequinesis, sino que crea un escenario  para llamadas de atención a través de trucos (golpes, lanzamiento de objetos) con el fin de manipular su entorno. Es bastante común que los miembros de la familia estén más predispuestos a interpretar esos eventos como algo sobrenatural debido a la ansiedad acumulada y a su propia idiosincracia.  Además, algunos casos históricos bien documentados han resultado ser fraudes conscientes o conductas encubiertas de miembros de la familia

 

Un cambio de denominación, pero no de fenómeno

La transición histórica desde explicaciones tradicionales, como la atribución a duendes, hacia la etiqueta técnica de "poltergeist" ilustra un cambio de sentido significativo, aunque no universal. En la actualidad, diversos sectores culturales —desde comunidades del litoral argentino hasta otras regiones generalmente poco favorecidas - siguen interpretando dichos fenómenos a través del repertorio de seres mitológicos propios de su cosmovisión. Este marco explicativo ha coexistido y contrastado con los discursos pseudocientíficos y parapsicológicos surgidos desde los siglos XIX y XX, los cuales, con el afán de incorporar estos fenómenos al corpus científico, introdujeron una terminología que pretendía ser más neutra y técnica.

Sin embargo, este cambio terminológico no fue acompañado de un aumento proporcional de evidencia empírica verificable; lo que se transformó fue el lenguaje de la explicación, no la base fáctica de los relatos . Es decir, seguimos hablando de las mismas experiencias domésticas desconcertantes, pero los parapsicólogos las envuelven en un vocabulario que suena más moderno o científico sin que eso implique que comprendan mejor su naturaleza real. Más bien, es la investigación de escépticos la que ha llegado a explicaciones plausibles de los hechos. 

En los dos casos se intenta dar forma a experiencias confusas o difíciles de explicar asignándoles un agente que las provoca. Cambia el “responsable” propuesto, pero no el tipo de explicación. Ninguna de las dos interpretaciones aporta evidencias verificables e independientes de que haya algo sobrenatural actuando. Por eso, más que descripciones de fenómenos distintos demostrados por los hechos, se trata de maneras diferentes de contar lo mismo dentro de un mismo marco de creencias paranormales. 

Desde este enfoque, resulta claro que la diferencia fundamental entre duendes y poltergeists no es ontológica (es decir, no se refiere a una diferencia en la naturaleza real o existencia de las entidades), sino interpretativa: considero que representan dos modalidades culturales de asignar una causa intencional a fenómenos desconcertantes. La primera arraiga en sistemas tradicionales, dando explicaciones folklóricas a lo inexplicable; la segunda refleja un esfuerzo moderno por categorizar lo paranormal para que encaje en "lo científico". 

Desde la psicología anomalística, estos modelos se entienden como formas culturalmente disponibles de dar sentido a experiencias domésticas inusuales o perturbadoras. Más que describir qué entidades existen realmente (o no), muestran cómo distintos contextos socioculturales organizan la interpretación de hechos ambiguos, inesperados o difíciles de explicar. En este marco, las figuras como duendes o fuerzas psíquicas funcionan como esquemas de interpretación que permiten atribuir intención y causa a lo que, de otro modo, se viviría como azaroso o confuso.

Un enfoque investigativo escéptico, tal como lo plantea la psicología anomalística, no se centra principalmente en decidir si esas entidades son reales (aunque se parte del presupuesto de que no son paranormales), sino en analizar la calidad de la evidencia y los procesos psicológicos implicados. El interés está en comprender qué mecanismos cognitivos, emocionales y sociales intervienen en la experiencia y en la formación de la creencia, y por qué estas interpretaciones resultan convincentes para quienes las sostienen.

 

Referencias bibliográficas

Alcock, J. E. (2003). Give the null hypothesis a chance: Reasons to remain doubtful about the existence of psi. Journal of Consciousness Studies, 10(6–7), 29–50.

Barrett, J. L. (2004). Why would anyone believe in God? AltaMira Press.

Briggs, K. M. (1978). An encyclopedia of fairies: hobgoblins, brownies, bogies, and other supernatural creatures . Pantheon Books.

Colombres, A. (2008). Seres mitológicos argentinos. Ediciones Colihue

Dundes, A. (1980). Interpreting Folklore. Indiana University Press.

French, C. C. (2009). The psychology of paranormal belief. En R. Wiseman & C. Watt (Eds.), Paranormality (pp. 3–18). Macmillan.

Gauld, A., & Cornell, A. D. (1979). PoltergeistsWhite Crow Books.

Lecouteux, C. (2012). The secret history of poltergeists and haunted houses: From pagan folklore to modern manifestations. Inner Traditions / Bear & Co

Nickell, J. (1995). Entities: Angels, spirits, demons, and other alien beings. Prometheus Books.

Nickell, J. (2012). The science of ghosts. Prometheus Books.

Wiseman, R. (2011). Paranormality: Why we see what isn't there. Macmillan.

Zusne, L., & Jones, W. H. (1989). Anomalistic psychology: A study of extraordinary phenomena of behavior and experience. Lawrence Erlbaum.

13.1.26

Vulnerabilidad emocional e influencia psicológica en grupos religiosos cerrados

 

 

Foto cortesía del Observatorio del pluralismo religioso en España

En los debates públicos sobre grupos cerrados, nuevos movimientos religiosos (NMR) u organizaciones con liderazgo fuerte, suelen aparecer términos como coerción psicológica, persuasión coercitiva o lavado de cerebro. Estos conceptos generan confusión porque, aunque remiten a preocupaciones legítimas, no tienen el mismo respaldo científico.

Está documentado que ciertos grupos religiosos cerrados, como el Templo del Pueblo y la Puerta del Cielo  aplicaron aislamiento, control emocional y adoctrinamiento para retener seguidores. Sin embargo, esto no implica que todas las organizaciones con creencias alternativas utilicen métodos coercitivos.

Desde hace varias décadas, la psicología y la sociología han sido críticas con la idea de lavado de cerebro, que supone que una persona pierde su voluntad o capacidad de decisión de forma casi automática al entrar en un grupo. Investigadores como Dick Anthony y Thomas Robbins mostraron que estos modelos explicativos eran conceptualmente vagos y empíricamente débiles, y que tendían a ignorar la voluntad de los propios participantes (Anthony & Robbins, 1980).

El modelo de persuasión coercitiva puede explicar con mayor precisión los patrones de control psicológico en situaciones de violencia de género, superando a otros modelos clásicos como el de la indefensión aprendida (Escudero Nafs, A., Polo Usaola, C., López Gironés, M., & Aguilar Redo, L. 2005) . Sin embargo, la mayor parte de la investigación sobre este modelo en grupos cerrados se basa en estudios de caso cualitativos, análisis forenses o testimonios, lo que dificulta la replicación experimental de sus hallazgos.

Vulnerabilidad psicológica y grupos religiosos

Para analizar con mayor precisión estas situaciones, resulta más útil recurrir al concepto de vulnerabilidad psicológica. Este término no describe un rasgo fijo de la personalidad ni una enfermedad mental. Tampoco implica alguna debilidad moral o intelectual de un individuo.

En psicología, se utiliza para referirse a estados situacionales en los que una persona, debido a circunstancias vitales comunes —como un duelo, una separación, una crisis de sentido o un período de estrés intenso por diversas razones— puede experimentar una disminución temporal de sus recursos emocionales y cognitivos. En estos momentos, evaluar opciones complejas o tolerar la incertidumbre puede resultar más difícil.

Este enfoque está alineado con el modelo diatesis–estrés, desarrollado y refinado en psicología clínica y social. Según este modelo, eventos vitales estresantes interactúan con factores personales y contextuales, afectando transitoriamente la manera en que pensamos, sentimos y decidimos (Monroe & Simons, 1991).

Por otra parte, las teorías de estrés y afrontamiento desarrolladas por Lazarus y Folkman (1984) ayudan a comprender por qué, en contextos de presión emocional elevada, las personas tienden a buscar respuestas claras, estructuradas y cargadas de significado. Esto no es exclusivo de los grupos cerrados ni de los NMR,  ocurre también en contextos laborales, políticos, terapéuticos o incluso familiares.

Cuando la incertidumbre resulta difícil de tolerar, soluciones simples o visiones simplificadas de la situación pueden resultar psicológicamente atractivas, aunque no siempre sean las mejores afrontar la circunstancia.

Es fundamental subrayar que estar en un momento de vulnerabilidad emocional no convierte automáticamente a una persona en alguien manipulable ni incapaz de decidir (Bonanno, G. A. 2004). La evidencia empírica muestra que la gran mayoría de las personas que atraviesan crisis vitales no se integran en grupos cerrados ni adoptan creencias extremas. El sociólogo Lorne Dawson (2006)  analizó exhaustivamente los Nuevos Movimientos Religiosos (NMR). Su trabajo muestra que, a pesar de los ciclos de crisis sociales y personales que podrían hacerlos atractivos, el número total de miembros de NMR (incluyendo los más cerrados) siempre ha sido una pequeña fracción de la población general. Esto evidencia que la entrada a ellos es la excepción, no la norma

Además, muchos acercamientos a grupos religiosos, espirituales o ideológicos son exploratorios. Como señalan estudios sociológicos clásicos sobre conversión, la curiosidad inicial suele traducirse en una participación superficial, con observaciones críticas y evaluaciones personales (Lofland & Stark, 1965). La incorporación plena solo ocurre cuando la persona acepta activamente las normas, relaciones y compromisos del grupo.

Procesos de influencia y control en grupos cerrados 

Cuando se habla de la influencia psicológica en grupos cerrados, no es necesario recurrir a ideas como “lavado de cerebro” o “control mental”. La psicología social y la sociología han descrito desde hace décadas una serie de procesos normales, cotidianos y bien estudiados que pueden darse en muchos contextos grupales: religiosos, políticos, laborales, terapéuticos o de autoayuda. Algunos de esos mecanismos psicológicos bien estudiados son los siguientes :   

 

1. Refuerzo comunitario y dependencia emocional

Los seres humanos tenemos una necesidad básica de pertenecer y sentirnos aceptados. Cuando un grupo satisface esas necesidades la experiencia suele ser emocionalmente gratificante, especialmente en momentos difíciles.

Este efecto está sólidamente respaldado por la investigación psicológica. Baumeister y Leary (1995) mostraron que la necesidad de pertenencia no es un lujo emocional, sino una motivación humana fundamental. Cuando se satisface de forma consistente, produce bienestar; cuando se frustra, genera malestar.

Desde la sociología de los grupos religiosos y de afinidad, Eileen Barker (1984)  dedicó casi siete años a estudiar a los miembros de la Iglesia de la Unificación y documentó cómo muchas personas permanecen en grupos controvertidos no por coerción, sino porque el entorno les resulta emocionalmente significativo y socialmente reforzante.

Este tipo de refuerzo puede convertirse en dependencia emocional si el grupo pasa a ser la principal (o única) fuente de validación, sin que medien amenazas ni engaños explícitos.

2. Internalización de normas y exclusión del disenso

En grupos cohesionados, las normas no siempre se imponen desde fuera. Muy a menudo se internalizan: la persona llega a creer que pensar de otro modo es erróneo, peligroso o inútil.

El psicólogo Herbert Kelman (1958) explicó este proceso diferenciando entre obedecer por miedo y adoptar normas como propias. En este segundo caso, no hace falta censura externa: la autocensura surge sola.

Los experimentos clásicos de Solomon Asch (1951) mostraron algo similar en situaciones simples: incluso personas informadas pueden ignorar evidencias externas cuando el grupo sostiene otra posición, no porque estén engañadas, sino porque la presión social redefine qué cuenta como “razonable”.

Irving Janis (1972) describió este fenómeno en grupos altamente cohesionados bajo el nombre de groupthink (pensamiento de grupo) : donde el disenso se percibe como una amenaza a la armonía del grupo y tiende a desalentarse. En particular, el problema no es que no exista información externa, sino que el grupo enseña a desconfiar sistemáticamente de ella.

3. Culpa y autoexigencia como mecanismos de control

En muchos grupos, el control no se ejerce castigando, sino generando expectativas morales internas. Cuando alguien duda, se equivoca o quiere irse, puede sentir culpa, vergüenza o sensación de fracaso.

La psicología social ha estudiado extensamente este proceso. Tangney y colaboradores (2007) explican cómo la culpa funciona como regulador interno del comportamiento, incluso sin sanciones externas.

Albert Bandura (1991) mostró que las personas internalizan normas morales y se autorregulan a partir de ellas. Esto significa que el “control” puede ser interno y automático, no impuesto.

La teoría de la disonancia cognitiva de Leon Festinger (1957) ayuda a entender por qué, cuando una persona ha invertido emocionalmente en un grupo, dudar puede generar malestar psicológico, que se intenta reducir reafirmando la adhesión en lugar de cuestionarla.

Una conclusión de estos estudios es que la falta de castigos explícitos no equivale a una ausencia de coerción psicológica. En muchos casos, la forma de presión más determinante es la que el individuo internaliza y se autoinflige.

4. El costo emocional de abandonar el grupo

Salir de un grupo no siempre es fácil, incluso cuando nadie lo prohíbe. Abandonar puede implicar perder amistades, identidad, rutinas y sentido de pertenencia.

Desde la sociología de la religión, Laurence Iannaccone (1994) explicó que muchos grupos funcionan aumentando los costos de salida (sociales, simbólicos, emocionales), lo que refuerza la permanencia sin necesidad de coerción.

James Barbour (1994) documentó experiencias de “deconversión” mostrando que muchas personas describen la salida no como liberación inmediata, sino como un proceso de duelo y reconstrucción identitaria.

Mi posición personal sobre el debate 

Desde mi punto de vista una postura escéptica y bien informada debería evitar los extremos: tanto el alarmismo carente de evidencia como la negación absoluta de cualquier impacto relacional asociado a la vulnerabilidad emocional. Esta última es un estado situacional, común en distintos momentos de la vida, que puede interactuar con entornos cerrados y dar lugar a experiencias subjetivas complejas. Dichas experiencias no implican necesariamente la comisión de delitos ni una pérdida total de la agencia personal, pero sí requieren un análisis atento y matizado.

Negar su existencia de plano por reacción a abusos pasados empobrece -según pienso-  la comprensión del fenómeno. Una aproximación responsable implica aceptar zonas grises sin caer ni en miedos infundados ni en negaciones simplistas: es una invitación a observar con atención, basándonos en evidencia y evitando etiquetas que no ayudan a pensar.

Bibliografía de consulta

 

Barker, E. (1984). The Making of a Moonie. Blackwell.

 

Bonanno, G. A. (2004). Loss, trauma, and human resilience: Have we underestimated the human           capacity to thrive after extremely aversive events? American Psychologist, 59(1), 20–28.

 

Cialdini, R. (2001). Influence: Science and Practice. Allyn & Bacon. 

 

Escudero Nafs, A., Polo Usaola, C., López Gironés, M., & Aguilar Redo, L. (2005). La persuasión  coercitiva, modelo explicativo del mantenimiento de las mujeres en una situación de violencia de género. I: Las estrategias de la violencia. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 25(95), 85–117.

 

 
 
Kelman, H. C. (1958). “Compliance, identification, and internalization”. Conflict resolution VII N° 1

Lofland, J., & Stark, R. (1965). Becoming a world-saver: A theory of conversion to a deviant perspective. American Sociological Review, *30*(6), 862–875.

Monroe, S. M., & Simons, A. D. (1991). “Diathesis–stress theories in the context of life stress research”. Psychological Bulletin.

Robbins, T. & Anthony, D. Brainwashing and the persecution of “cults”. J Relig Health19, 66–69 (1980). https://doi.org/10.1007/BF00996781

3.1.26

La ciencia detrás de por qué tantas personas creen en los poderes psíquicos

 

 


 La clarividente Claire Reichart juzgada por el tribunal de jueces legos de Múnich por el delito de engaño, según el artículo 54 del Código Penal de la Policía de Baviera (1926), foto procedente del Archivo Kester

 

El siguiente artículo es una traducción al castellano del original que se encuentra en The Conversation The science of why so many people believe in psychic powers escrito por Neil Dagnall y Ken Drinkwater en 2019. También hay una traducción al castellano del mismo artículo en el blog Marcianitos verdes de Luis Ruiz Noguez, aquí  .

 

 La ciencia detrás de por qué tantas personas creen en los poderes psíquicos

por Neil Dagnall y Ken Drinkwater 

La transmisión de pensamientos y la capacidad de predecir el futuro no son habilidades que comúnmente asociamos con los seres humanos. Sin embargo, las investigaciones demuestran que muchas personas creen genuinamente en la existencia de poderes psíquicos.

Podría pensarse que los numerosos casos de fraude psíquico comprobados a lo largo de los años habrían debilitado la credibilidad de estas afirmaciones. Existen casos históricos, como el de Lajos Pap, el médium espirititualista húngaro que fue descubierto fingiendo apariciones de animales durante sesiones espiritistas. Más recientemente, James Hydrick fue desenmascarado como un farsante. Hydrick confesó que sus supuestas manifestaciones paranormales eran en realidad trucos que aprendió en prisión.

Otro caso notable involucra al televangelista Peter Popoff. Su esposa utilizaba un transmisor inalámbrico para enviarle información sobre los asistentes a través de un auricular oculto. Popoff afirmaba recibir esta información por medios paranormales y se hizo famoso conduciendo un programa televisivo a nivel nacional, durante el cual realizaba curaciones aparentemente milagrosas en miembros de la audiencia.

A pesar de estos casos, muchas personas continúan creyendo firmemente en las capacidades psíquicas. Según una encuesta Gallup realizada en Estados Unidos, más de un cuarto de la población cree que los humanos poseen habilidades psíquicas como la telepatía y la clarividencia.

Los creyentes

Un estudio reciente ayuda a arrojar luz sobre por qué las personas continúan creyendo en estos poderes. La investigación evaluó a creyentes y escépticos con el mismo nivel educativo y rendimiento académico, encontrando que quienes creen en los poderes psíquicos tienden a pensar de manera menos analítica. Esto significa que interpretan el mundo desde una perspectiva personal y subjetiva, sin considerar la información de forma crítica.

Los creyentes frecuentemente consideran las afirmaciones psíquicas como evidencia confirmatoria, independientemente de su fundamento real. El caso de Chris Robinson, quien se autodenomina "detective de sueños", ejemplifica esto.

Robinson afirma haber predicho ataques terroristas, desastres y muertes de celebridades. Sus afirmaciones se basan en pruebas limitadas y cuestionables. Aunque las pruebas realizadas por Gary Schwartz en la Universidad de Arizona respaldaron la capacidad de Robinson, otros investigadores que utilizaron métodos similares no pudieron confirmar las conclusiones de Schwartz.

Afirmaciones imprecisas

Las afirmaciones psíquicas suelen ser generales y vagas, como predecir un accidente aéreo o la muerte de una celebridad. Esta vaguedad contribuye en gran medida a que muchas personas crean en la posibilidad de las capacidades psíquicas.

Este fenómeno se conoce como el efecto Barnum, un mecanismo psicológico mediante el cual las personas aceptan descripciones vagas de personalidad como si fueran exclusivamente aplicables a ellas.

Las investigaciones han demostrado, por ejemplo, que las personas otorgan altas calificaciones de precisión a descripciones de personalidad supuestamente diseñadas específicamente para ellas, cuando en realidad son lo suficientemente generales como para aplicarse a un amplio rango de personas. El nombre hace referencia a Phineas Taylor Barnum, el famoso empresario circense, quien tenía reputación de ser un maestro de la manipulación psicológica.

Imposible de validar

Muchas afirmaciones psíquicas también han resultado imposibles de verificar. Un ejemplo clásico es la afirmación de Uri Geller de que él "hizo mover" el balón durante un penal en la Eurocopa 96. El movimiento de la pelota ocurrió espontáneamente en un entorno no controlado, y Geller hizo la afirmación retrospectivamente.

Cuando las supuestas habilidades se someten a escrutinio científico, los investigadores las desacreditan. Este fue el caso de Derek Ogilvie en el documental de televisión de 2007 The Million Dollar Mind Reader. La investigación concluyó que Ogilvie creía genuinamente que tenía poderes, pero en realidad no era capaz de leer las mentes de los bebés.

Cuando algunos científicos han respaldado afirmaciones psíquicas, las críticas no se han hecho esperar. Esto ocurrió en la década de 1970 cuando los físicos Russell Targ y Harold Puthoff publicaron un artículo en la prestigiosa revista Nature que respaldaba la idea de que Uri Geller poseía habilidades psíquicas genuinas. Psicólogos como Ray Hyman lo refutaron, señalando importantes fallas metodológicas, incluyendo un agujero en la pared del laboratorio que permitía ver los dibujos que Geller reproducía "psíquicamente".

Evidencia mixta

Otro factor que facilita la creencia en las capacidades psíquicas es la existencia de investigación científica con resultados positivos. Esto refuerza la opinión de los creyentes de que las afirmaciones son genuinas y el fenómeno es real, pero ignora el hecho de que los estudios publicados frecuentemente son criticados y requieren replicación para obtener aceptación general.

Un ejemplo destacado es un artículo del psicólogo social Daryl Bem publicado en el Journal of Personality and Social Psychology. Se afirmó que la investigación mostraba evidencia de la existencia de precognición (conciencia cognitiva consciente) y premonición (aprehensión afectiva) de eventos futuros. Sin embargo, otros investigadores no lograron reproducir estos resultados.

Creer a pesar de todo

Así que parece que, a pesar de los casos de falsedad, falsificación y fraude, así como de la evidencia mixta, las personas continuarán creyendo en los fenómenos psíquicos. De hecho, las investigaciones muestran que uno de cada tres estadounidenses siente que ha experimentado un momento psíquico, y casi la mitad de las mujeres estadounidenses afirman haber sentido la presencia de un espíritu.

Parece que los creyentes seguirán creyendo, a pesar de que la ciencia indique lo contrario, ya sea por falta de habilidades analíticas, por experiencias que consideran genuinas, o simplemente porque hace que el mundo sea un poco más interesante.

31.12.25

Mundos sin fin La relación entre la física y el espiritualismo a finales del siglo XIX

 

 Detalle de una representación de transferencia de pensamiento: el hombre detrás dictando el movimiento del otro, de Magnetismus und Hypnotismus (1895) de Gustav Wilhelm Gessmann

El ensayo "Worlds Without End" de Philip Ball examina un curioso vínculo entre la física y el espiritismo a finales del siglo XIX. En esa época, científicos destacados como William Barrett y Edmund Edward Fournier d'Albe intentaron reconciliar los nuevos descubrimientos sobre fenómenos invisibles (rayos X, radioactividad, ondas electromagnéticas) con creencias sobre el alma, la inmortalidad y la comunicación telepática. Inspirados por estos avances tecnológicos, estos físicos propusieron que existían mundos inmateriales poblados por seres inteligentes, accesibles a través del éter que se creía impregnaba todo el espacio.

A continuación transcribo al castellano su ensayo publicado en The Public Domain Review 

 Mundos Sin Fin 

William Barrett estaba intrigado por el comportamiento del fuego. Como joven asistente del eminente John Tyndall en la Royal Institution de Londres durante la década de 1860, observó que las llamas parecían ser sensibles a los sonidos agudos. Estas se aplanaban y adoptaban una forma de medialuna, según expresó Barrett, como "una persona sensible y nerviosa que se sobresalta y se estremece ante cualquier pequeño ruido". Estaba convencido de que esta "conexión invisible" era mediada por alguna influencia inmaterial e intangible —se trataba, admitió, de un efecto "más apropiado para el escenario de un mago que para la mesa de conferencias de un científico".

Barrett determinó que ciertas personas eran análogas a la llama sensible, exquisitamente sintonizadas con vibraciones que otros no podían percibir, con "fuerzas no reconocidas por nuestros sentidos". Consideraba que estas personas podían recibir mensajes de seres espirituales sobrehumanos que existían en un estado intermedio entre lo físico y lo espiritual —un fenómeno que podría explicar la telepatía.


Ilustraciones del artículo de Barrett "Notes on the 'Sensitive Flames’", publicado en The Philosophical Magazine, serie 4, vol. 33, pp. 216-222 (1867).
Esto suena como una conclusión extraña y sorprendente para que un científico la alcance. Pero a finales del siglo XIX, cuando fenómenos invisibles como los campos electromagnéticos se estaban volviendo fundamentales para la física, cuando nuevos descubrimientos inesperados de "emanaciones" como los rayos X y la radiactividad causaban gran desconcierto, y cuando la radio demostraba que la telecomunicación invisible era posible, no era fácil distinguir lo plausible de lo fantástico. Algunos investigadores auguraban una nueva unión entre la ciencia y la religión: una especie de prueba teórica de creencias como la inmortalidad del alma. Otros comenzaron a sospechar que el nuestro no era el único universo —que otros podrían extenderse, invisibles, en otras dimensiones o en planos "espirituales". El éter, un medio tenue y omnipresente que todos los físicos consideraban el vehículo de las ondas de luz, era considerado un puente potencial entre estos mundos.

Hoy en día se afirma comúnmente que, a finales del siglo, los científicos creían que la física estaba a punto de completarse. Pero nada podría estar más lejos de la verdad. Por el contrario, en ese momento casi cualquier cosa parecía posible.

Fuerzas psíquicas

Barrett no era una figura marginal: fue elegido Miembro de la Royal Society en 1899 y nombrado caballero en 1912. En 1881, mientras era Catedrático de Física en el Royal College of Science de Dublín, publicó sus hallazgos sobre la transferencia de pensamiento en la revista Nature. La controversia resultante lo motivó a reunir a un grupo de personas con ideas afines que llevarían a cabo la "investigación psíquica" como una ciencia sistemática. Después de que Barrett se reuniera con Edmund Dawson Rogers, vicepresidente de la Asociación Central de Espiritistas, en 1882, ambos hombres fundaron la Sociedad para la Investigación Psíquica.

El primer presidente de la sociedad, Henry Sidgwick, era Catedrático de Filosofía Moral en Cambridge y se mostraba escéptico respecto a las afirmaciones del espiritismo. Otros presidentes han incluido a William James, Lord Rayleigh y al futuro primer ministro británico Arthur Balfour; y entre sus miembros se han contado J. J. Thomson, Lewis Carroll, Alfred Tennyson, John Ruskin y el ex primer ministro William Gladstone. La sociedad aún existe hoy en día, y su producción es una extraña mezcla de estudios históricos académicos sobre el campo de lo paranormal e informes y teorías que son extraños, vagos, especulativos y que se encuentran, definitivamente, en los márgenes de la ciencia.


Diagrama que muestra la transferencia telepática de números entre dos personas, del libro The Naturalisation of the Supernatural de Frank Podmore, publicado por la Sociedad para la Investigación Psíquica en 1908.

Una respuesta fue propuesta por el físico irlandés Edmund Edward Fournier d'Albe, quien, al igual que Barrett, enseñó en Dublín hasta trasladarse en 1910 a la Universidad de Birmingham, en Inglaterra. Fournier d'Albe estaba interesado en los fenómenos electromagnéticos y llevó a cabo experimentos con radio y con la incipiente tecnología televisiva. Fusionó estos intereses con la creencia en seres y mundos invisibles con los que estábamos al borde de establecer contacto.

En Two New Worlds (1907), Fournier d'Albe argumentó que los recientes descubrimientos sobre radiactividad y estructura atómica implicaban la existencia de un universo espiritual invisible, continuo con el nuestro. El universo material debía considerarse ahora, propiamente, como una serie infinita de mundos dentro de mundos, los cuales, según Fournier d'Albe, diferían "solo en el tamaño de sus partículas elementales constituyentes". Discutió dos de ellos: el "inframundo" de los átomos y los electrones, y el "supramundo" de proporciones cósmicas. Ambos están, al igual que nuestro propio mundo, rebosantes de propósito y vida.

Portada interior de Two New Worlds de Fournier d’Albe (1907)

Fournier d'Albe desarrolló estas ideas en New Light on Immortality (1908), donde intentó comprender lo que la noción de un alma humana podría significar en la era atómica. Para hablar de inmortalidad, decía, ¿quién estaba ahora en mejor posición que el físico, que era quien más entendía sobre la energía y la materia? Suponía que lo que llamamos alma podría ser una sustancia real, aunque más tenue que el vapor, compuesta de partículas llamadas "psicómeros" que poseían una especie de inteligencia y la capacidad de actuar de forma coordinada mediante contacto telepático.

Fournier d'Albe afirmó deducir algo sobre la naturaleza de los psicómeros, aunque en realidad era pura especulación. Para estimar el número de psicómeros en un alma humana individual, extrajo la cifra de diez billones de la nada. A partir de esto, calculó que la masa de un alma era de unos cincuenta miligramos, y sostuvo que, si la materia del alma de una persona se condensara en un cuerpo de apenas quince centímetros de altura, tendría la misma densidad que el aire y flotaría libremente en él. Una concentración tal de psicómeros podría rozar lo visible: podría parecerse a un fuego fatuo. "Y así es como todos los duendes, hadas, sílfides y gnomos huyen ante la deslumbrante luz de la ciencia", proclamó Fournier d'Albe triunfalmente. "No son tanto expulsados como explicados".

Si, una vez que esta alma ha abandonado el cuerpo mortal, sus "recuerdos terrenales... se despertaran y se volvieran dominantes", entonces podría volver a reunirse en su forma terrenal recordada: "primero, una fina neblina; luego, una nube; una alta columna de vapor diáfano, de la cual emergería entonces una forma completa, moldeada y vestida para adaptarse al carácter asumido, para caminar por la tierra como antes durante un breve tiempo". En otras palabras, sería lo que tradicionalmente hemos llamado un fantasma.

 
Diagrama de New Light on Immortality de Fournier d’Albe (1908) que muestra los componentes de diferente tamaño del cuerpo humano, incluyendo una capa más allá de los átomos etiquetada como el "Mundo Infra"

 No existía el más mínimo indicio de evidencia científica real que apoyara estas especulaciones descabelladas. Pero, ¿acaso Fournier d'Albe no estaba haciendo, en última instancia, lo mismo que la ciencia ha hecho siempre: reducir fenómenos complejos y desconcertantes a un conjunto mínimo de proposiciones que pudieran racionalizarlos? Además, el mundo invisible que Fournier d'Albe invocaba podía ofrecer consuelo ante la imagen cada vez más estéril del mundo que la ciencia moderna parecía empeñada en imponer. Sobre la historia natural, escribió:

la teología ha sido expulsada sin piedad. Al encontrarse el mundo visible cerrado para ella de ahora en adelante, ha buscado refugio en el mundo invisible, donde se siente libre de hacer las declaraciones que le plazca. Y ese mundo invisible sigue siendo el "hogar" hacia el cual el corazón cansado se vuelve desde un mundo que se ha vuelto ciertamente limpio, brillante e higiénico, pero completamente desesperanzado y vacío, cuando no injusto y cruel.

Termodinámica teológica

La idea de que podría existir un reino entero, inmaterial pero poblado, cobró fuerza con los nuevos descubrimientos de finales del siglo XIX, particularmente los misteriosos rayos X, descritos por primera vez en 1895 (e invocados por H. G. Wells en El hombre invisible dos años después). Aunque estas especulaciones puedan parecer ahora una forma extraordinariamente elaborada de "explicar" eventos cuestionables reportados en sesiones espiritistas y atestiguados por místicos como los teosofistas, debemos recordar que la fe cristiana ya daba por sentadas tales cosas. Si algunos científicos del siglo XIX, como Tyndall y Thomas Henry Huxley, comenzaron a cuestionarlas, la mayoría de la gente las consideraba algo nada excepcional. A medida que avanzaba la comprensión científica del mundo, algunos científicos aún sentían la necesidad de reservar un espacio para Dios, el alma y la vida después de la muerte. Ningún telescopio o microscopio iba a localizar estas cosas; tendrían que ser invisibles.

Quizás el esfuerzo más notable y exhaustivo para proporcionar una explicación científicamente plausible de los mundos espirituales invisibles dentro de un contexto cristiano fue realizado por los distinguidos físicos escoceses Balfour Stewart y Peter Guthrie Tait en su libro El universo invisible (1875). Aunque Stewart llegó a ser presidente de la Sociedad para la investigación psíquica durante la década de 1880, ambos hombres eran escépticos del espiritismo, viendo en él nada más que evidencia de la sugestionabilidad humana. Tait atacó a los espiritistas en la reunión de la Asociación Británica de 1871, agrupándolos junto con "los que pretenden cuadrar el círculo, los buscadores del movimiento perpetuo [y] los que creen que la tierra es plana". Sin embargo, tanto él como Stewart estaban interesados en comprender cómo el "orden invisible de las cosas" que la Biblia parecía exigir —la existencia de almas inmortales— podría ser compatible con las leyes de la física. Su objetivo era refutar el ataque de Tyndall a la religión en su discurso ante la Asociación Británica en Belfast en 1874, en el que afirmaba que no debía permitirse que la religión "se inmiscuyera en el ámbito del conocimiento, sobre el cual no ejerce autoridad alguna". Por el contrario, insistían Stewart y Tait, la ciencia y la religión eran totalmente compatibles. Sin embargo, su versión del cristianismo, a juzgar por El universo invisible, era profundamente materialista: se inscribían en una larga tradición, tanto de defensores como de detractores de la religión, que insisten en convertirla en un conjunto de creencias sobre el mundo físico que pueden racionalizarse o refutarse.

"Nos vemos forzados a creer que hay algo más allá de lo visible", escribieron: "un orden invisible de las cosas, que permanecerá y poseerá energía cuando el sistema actual haya desaparecido". Este reino invisible no tiene por qué ser remoto, sino que está presente justo a nuestro lado —al alcance, si tan solo hubiera algo tangible que tocar. Su naturaleza podría situarse en el extremo de la desmaterialización gradual de la sustancia que ya observamos en el mundo físico, donde a los estados sólido, líquido y gaseoso se les consideraba seguidos por las existencias "semi-materiales" de la electricidad, el magnetismo, el calor, la luz y la gravedad.


 Diagrama de The Principles of Light and Color de Edwin D. Babbitt (1878), que muestra la idea de un espectro de elementos y fuerzas, que abarca desde la solidez de la roca hasta el "espíritu"

La vida misma, argumentaban Stewart y Tait, es una "peculiaridad de estructura que se transmite... de lo invisible a lo visible". Esta transferencia depende de la interacción entre ambos reinos: algo posibilitado por el puente de arco iris de la física del siglo XIX, el éter. Esta comunicación mediada por el éter es vital para la teoría de los autores sobre la inmortalidad del alma humana. Cada uno de nosotros posee un cuerpo espiritual en este mundo invisible, decían, que se energiza mediante nuestras acciones e impulsos en el mundo tangible. "Ciertos movimientos y desplazamientos moleculares en el cerebro" son, en parte, "comunicados al cuerpo espiritual o invisible, y allí son almacenados" como una especie de memoria latente. Esta energía acumulada hace que el cuerpo espiritual esté "libre para ejercer sus funciones" incluso después de la muerte corporal. Al vivir, almacenamos inmortalidad.

Existía, sin embargo, un problema. En 1850, el físico alemán Rudolf Clausius formuló la primera y segunda ley de la termodinámica: la conservación de la energía y la irreversibilidad del flujo de calor de lo caliente a lo frío. Un año después, William Thomson (más tarde Lord Kelvin) señaló que tal flujo de calor disipa inevitablemente la energía, la cual se transforma en movimientos aleatorios de moléculas y nunca puede recuperarse. Este proceso, afirmó, debe crear con el tiempo un universo de temperatura uniforme, del cual no puede extraerse trabajo útil y en el cual, en realidad, nada ocurre. Pero, ¿cómo puede esta "muerte térmica" del universo ser compatible con las almas inmortales?

En este punto, Stewart y Tait recurrieron a una idea propuesta por su amigo mutuo, el físico escocés James Clerk Maxwell, quien se preocupaba por las implicaciones de la inexorable segunda ley de la termodinámica para el libre albedrío humano. La solución de Maxwell fue articulada por primera vez en una carta a Tait en 1867. ¿Y si, dijo, existieran seres invisibles por su diminuto tamaño —más tarde apodados "demonios" por Thomson— que pudieran burlar la segunda ley identificando átomos "calientes" y separándolos de los "fríos" en una mezcla aleatoria, creando así un depósito de calor que pudiera aprovecharse para realizar trabajo? Tales seres, proclamaron entonces Stewart y Tait, podrían "restaurar energía en el universo actual sin gastar trabajo". No está claro que Maxwell concibiera sus demonios como algo más que una hipótesis. Pero para Stewart y Tait eran agentes esenciales para la vida eterna.

El universo invisible podría dar cuenta de casi cualquier artículo de fe. "La dificultad científica con respecto a los milagros desaparecerá, creemos, por completo, si se acepta nuestra visión del universo invisible", afirmaban Stewart y Tait. "Cristo, si vino a nosotros desde el mundo invisible, difícilmente podría (con reverencia se diga) haberlo hecho sin que se estableciera algún tipo de comunicación peculiar entre los dos mundos".

Esto, pues, es hacia dónde apuntaban las fuerzas y los rayos invisibles para algunos científicos de finales del siglo XIX: hacia lo que podríamos considerar una teoría termodinámica de Dios, Cristo, la vida después de la muerte, los milagros y un Infierno eterno. Quizás preocupados por lo lejos que habían llegado, Stewart y Tait publicaron su libro de forma anónima.

La Realidad Oculta

La física nunca ha mirado atrás desde aquella desmaterialización del mundo que comenzó hace siglo y medio. Las especulaciones de Barrett, Fournier d'Albe, Stewart y Tait, y otros (como los prominentes científicos ingleses William Crookes y Oliver Lodge) proponían que nuestro mundo visible no es la única realidad. Eso es precisamente lo que los físicos siguen afirmando hoy con sus nociones del multiverso, la teoría de cuerdas de once dimensiones, las dimensiones adicionales ("mundos-brana") y los "muchos mundos" de la mecánica cuántica, donde versiones paralelas de nosotros mismos se ocupan de sus asuntos. Metáforas contemporáneas como una "realidad oculta" (véase el popular libro del físico Brian Greene La realidad oculta [2011]) se prestan a ello precisamente porque tienen una historia. ¿Puede caber alguna duda de que los espiritistas se habrían deleitado con la "materia oscura" y la "energía oscura", esas partículas y fuerzas invisibles que supuestamente empequeñecen las exiguas cantidades de materia visible en el universo y lo impulsan en una trayectoria que se opone a la gravedad? Cuando, al describir tales conceptos, los cosmólogos hablan de "desentrañar los misterios del universo invisible", están invocando sin saberlo un largo legado.

La historia nos enseña que los intentos de cubrir vacíos en la comprensión inventando fenómenos invisibles son tanto útiles (evitan que la ciencia se estanque ante los misterios) como generalmente erróneos. Los ecos entre la física fundamental y la cosmología contemporáneas y las visiones de finales del siglo XIX sobre mundos invisibles —dimensiones adicionales, inteligencias invisibles, la materia como nudos de energía pura, constituyentes atomizados de extensión inconmensurablemente pequeña— deberían alertarnos sobre el territorio que estamos pisando, un territorio en el que los tropos tradicionales dan forma a las imágenes que creamos. Son un recordatorio de que la ciencia resucita constantemente viejos sueños con nuevos ropajes. Parece inevitable que algunas de las ideas actuales sobre el "universo oculto" parezcan un día tan pintorescas y arcaicas como las partículas-alma de Fournier d'Albe o el alma inmortal termodinámica de Stewart y Tait. Si nuestros descendientes son justos, no se reirán de ello, sino que reconocerán la fuente de la que emanaron tales ideas.

Philip Ball es escritor y divulgador científico independiente. Trabajó anteriormente en Nature durante más de 20 años, primero como editor de ciencias físicas y después como Editor consultor. Sus escritos sobre ciencia para la prensa popular han cubierto temas de actualidad que van desde la cosmología hasta el futuro de la biología molecular. Sus libros incluyen Bright Earth: The Invention of Colour (Penguin, 2002), Invisible: The Dangerous Allure of the Unseen (University Of Chicago Press, 2015) y, más recientemente, How To Grow a Human (William Collins, 2019).