10.10.09

La causalidad y la ciencia de la conducta humana (2º parte)

Continuación del artículo de Adolf Grünbaum publicado en American Scientist, 1952, 40, 665-676

CAUSALIDAD Y RESPONSABILIDAD MORAL


En .primer lugar, debemos aclarar la imposibilidad de identificar el de­terminismo con la doctrina primitiva y precientífica del fatalismo. El fatalismo afirma que los resultados siempre serán los mismos, indepen­dientemente de lo que uno haga. En contraste, el determinismo dice que, hacemos tal o cual cosa, entonces resultará este o aquel efecto. El fatalista piensa que si usted participa en un combate y "alguna bala lleva su nombre”, usted morirá a pesar de todo lo que haga para evitarlo. Por eso, el fatalista dice, cuando ocurre una catástrofe natural, no importa que usted esté presente en la escena del desastre o no, si ya está “destinado a morir” ese día, morirá en cualquier otra forma.

El determinista,por el contrario, sostiene que una persona morirá cierto día, únicamente si las condiciones que conducen a la muerte se materializan para esa persona, en ese día particular, como será verdaderamente el caso, alguna vez, para cada uno de nosotros. A diferencia del fatalismo, el determinis­mo concede a las acciones humanas una eficacia causal.

El segundo punto que debe tenerse en cuenta es el de que las leyes físicas, en ningún sentido, obligan a los cuerpos a comportarse de una cierta manera, sino que meramente describen como hechos, el modo como se comportan. Igualmente, las leyes psicológicas no nos compelen a hacer o desear alguna cosa contra nuestra voluntad. Estas leyes indican solamente como hechos que, bajo ciertas condiciones, hacemos o deseamos algo. De ahí que, si hubiera una ley psicológica que nos permitiera predecir que, bajo determinadas circunstancias, un hombre llegaría a desear perpetrar un acto específico, esa ley no lo llevaría a actuar de un modo contrario a sus propios deseos, ni las leyes psicológicas, que señalan bajo que condiciones surgen nuestros deseos, nos impulsan a actuar en una forma que sea contraria a nuestra propia voluntad.


Un ejemplo nos mostrará cómo los fiscales de distrito son deterministas, dado que en su trabajo presuponen la existencia de una conexión causal definida entre motivos y actos. En una película francesa reciente, vemos a un fiscal de distrito, casado con una mujer más bien simple y cándida, de la que sospecha una violación de sus votos maritales. El fis­cal encontró, mientras hablaba con ella, una forma aparentemente ino­cente de mencionar el nombre de su rival, lo que produjo a la esposa un pasajero sofocón; pero ella, con estudiada inocencia, trató de afir­mar que no había tenido motivo alguno para sofocarse. El fiscal insistió en que sí tenía un motivo definido, habiendo resultado que estaba en lo cierto.

No deberá pensarse que el indeterminista está ahora preparado para rendirse, pues todavía no ha usado su arma más fuerte. El indeterminista dice que "a todos nos es familiar el hecho de que cuando rememoramos nuestra conducta pasada, muy frecuentemente sentimos vívidamente que podríamos haber hecho otra cosa. Si el determinista tuviera razón al sos­tener que nuestra conducta estuvo ineludiblemente determinada por cau­sas primarias, este sentimiento retrospectivo de libertad no debería existir, o bien, ser fraudulento. Pero, sea cual fuere el caso, el peso de la eviden­cia descansa sobre él". El determinista de buena gana acepta este reto, replicando de la manera siguiente: Examinemos cuidadosamente el con­tenido del sentimiento de que en cierta ocasión nosotros podíamos haber actuado de un modo distinto al que, de verdad, nos comportamos. ¿,Qué encontramos? ¿Nos informa el sentimiento actual que podríamos habemos conducido en una forma distinta bajo, exactamente, las mismas circuns­tancias motivacionales externas e internas? No, dice el determinista, ese sentimiento descubre, simplemente, que pudimos actuar de acuerdo con el que era, en ese momento, nuestro más fuerte deseo y que en verdad podríamos haber actuado de otra manera, si en ese lapso hubiese preva­lecido un motivo diferente.

Así, la respuesta del determinista es que el contenido de esta "concien­cia de libertad" está en el conocimiento de que pudimos actuar en respuesta al más fuerte motivo que entonces existió y que, en ese sentido, no estuvimos "bajo una compulsión". Sin embargo, el determinista nos re­cuerda que nuestro sentimiento de "libertad" no nos hace ver que, dados los motivos que actuaron sobre nosotros en aquella ocasión, su distribución y fuerza relativa, podríamos haber actuado diferentemente del modo como, de hecho, lo hicimos. Ninguno de nosotros siente que podría haber respondido al más débil de todos los motivos en pugna, o actuado sin una causa o motivo, o elegido el motivo que actuó sobre nosotros. Puesto que, del sentimiento retrospectivo de libertad que tenemos, no se deduce ninguna de esas opciones, su declaración no contiene hecho alguno incompatible con los postulados del determinista.

El análisis que hemos ofrecido es aplicable, simultáneamente, al re­mordimiento, el arrempentimiento o la culpa. En ocasiones, experimentamos remordimiento acerca de nuestra conducta pasada, cuando la considera­mos a la luz de diferentes motivos. Una vez que tenemos un conjunto diferente de motivos determinando una situación, sentimos que una deci­sión distinta es requerida. Si nuestros motivos no cambian, no deplora­mos un acto pasado, no importa cuán reprensible pudiera haber parecido al vérsele de otra manera. El arrempentimiento expresa un sentimiento hacia lo injusta y despreciable que parece nuestra conducta pasada, cuando es vista a la luz de nuevos motivos. La compunción que experimentamos puede actuar como un disuasivo contra la repetición de conductas ante­riores con consecuencias despreciables. Si el determinista manifiesta arrepentimiento con respecto a pasados extravíos, está aplicándose a sí mismo motivos que ayudarán a su mejoramiento; pero no está dando rienda suelta a sus reproches ni castigándose en forma retroactiva. El reproche retroactivo es fútil, pues el pasado nunca volverá. En consecuencia, el determinista no entiende la responsabilidad como un inculpamiento, sino que más bien constituye, para él, la obligación de reformar o de castigar con fines educativos. El castigo deviene en educación cuando es admi­nistrado acertadamente y se instituye en una causa que se opone a la repetición de la conducta perjudicial. El determinista rechaza como bár­bara la idea primitiva de las sanciones equivalentes a venganza, pues no comprende cómo un daño pueda remediarse infligiendo un mero dolor o pesar al delincuente, al menos que el dolor impuesto haga concebir la esperanza de que en otra ocasión actuará como un disuasivo causal frente a la conducta perniciosa. Recordaremos que el indeterminista acusaba al determinista de castigar cruelmente a quien (de ser verdad las tesis del de­terminismo), no tenía esperanza de actuar en una forma distinta. El determinista ahora da la vuelta a la medalla y acusa a su antagonista de ser gratuitamente vengativo, apoyándose en el hecho de que el indeter­minista se compromete, por su propia teoría, con una concepción revan­chista del castigo. El indeterminista no puede, consecuentemente, esperar que se logre algo mejor que el desquite infligiendo un castigo, pues si admitiera que el castigo influye causalmente sobre todos o sobre algunos de los criminales, tendría entonces que abandonar lo que son las bases de su argumentación en contra del determinismo. Vemos, así, que el deter­minismo no implica la doctrina de tout comprendre, c' est tout pardonner.

¿ Qué es lo que el determinista cree respecto a la aplicación de casti­gos? Desde su punto de vista, el castigo debería ser administrado a la persona sobre la que un motivo decisivo actuó, porque esa persona se encuentra ante una reunión crítica de causas y es probable que, si no se le castiga, produzca un nuevo daño. Por tanto, la doctrina del determinista no le compromete a castigar a los padres o al ambiente social del delincuente, en atención a los actos de éste último, aun cuando padres y ambientes, sean las causas básicas de la mala conducta. Tal procedimiento sería inútil, si el propósito que se tiene es el de rehabilitar al delin­cuente. El que sigue es, sin embargo, un caso en el que el determinista no aplica el castigo. Cuando una persona actúa bajo compulsión, se en­cuentra imposibilitada para realizar sus propios deseos. En tales circunstancias, su estado interno no tiene que ver nada con la forma en que actúa. En tanto que su estado interno no requiere de una reforma, el castigo, en dicho caso, sería completamente inoportuno.

Es claro que el problema íntegro de la responsabilidad puede ser re­sueIto dentro del dominio de los supuestos deterministas. De esa manera el problema no es si la conducta está determinada, sino más bien qué factores son los que la determinan, cuando debe asignarse la responsabi­lidad .Lejos de encarar como insuperables las dificultades que entraña el prohlema de la responsabilidad, el determinista, igual que el psicólogo científico, retan ahora al indeterminista a que proporcione una base lógica del sistema penal.


OTROS ARGUMENTOS DEL INDETERMINISTA


A veces se dice que la doctrina determinista, cuando se aplica al hom­bre, llega a ser insostenible, en virtud de que se torna contradictoria en sí misma. Esta afirmación es muy a menudo dispuesta de la manera siguiente: "El determinista, basado en su propia doctrina, debe admitir que su misma aceptación del determinismo está causalmente condicio­nada o determinada. Dado que no podría menos que aceptar lo anterior, no está en posibilidad de argüir que ha elegido una doctrina verdadera." Para justificar esta pretensión se afirma primero, correctamente, que el determinismo implica una determinación causal de su propia aceptación de parte de sus seguidores mismos. No obstante, de ahí se sostiene que en virtud de que el determinista, debido a su misma teoría, no tiene más remedio que aceptar el determinismo, no puede entonces confiar en su verdad. Por tanto, se asevera que la aceptación (del determinista) de la teoría que sustenta, le ha sido impuesta. Pero me permito indicar que esta inferencia envuelve una falacia radical. Quien argumenta de esa ma­nera invoca gratuitamente el punto de vista de que en el caso de que nuestras creencias posean causas, estas causas obliguen a que aceptemos las creencias en cuestión, en contra de nuestro mejor criterio. Nada po­dría estar más alejado de la verdad. Mi creencia de que ahora estoy mirando sobre éste papel una serie de símbolos, deriva del hecho de que su presencia induce, causalmente, ciertas imágenes sobre las retinas de mis ojos, y esta, imágenes a su vez, originan la inferencia que hago acerca de los símbolos que se me están presentando. La razón por la que no supongo que estoy en este instante dando clases a un grupo de estudian­tes en un salón, se debe a que las imágenes de esos estudiantes no se producen en el momento presente en mi campo visual. La generación causal de una creencia en ninguna forma desvirtúa su veracidad. En realidad, si a una creencia determinada no la produjeran causas definidas, no ten­dríamos razones para aceptarla como una descripción adecuada del mun­do en lugar de alguna otra arbitrariamente seleccionada. Lejos de hacer accidental o imposible el conocimiento, la teoría determinista que se refiere al origen de nuestras creencias, es la única que da las bases para pensar que nuestros juicios sobre el mundo son, o pueden llegar a ser verdaderos El juicio y el conocimiento son procesos realmente causales, en los que los hechos que juzgamos son elementos determinados, igual que los mecanismos cerebrales que se emplean en su interpretación. Se con­cluye de lo anterior que, aunque el determinista acepta que su propia doctrina ha sido causada o determinada, la veracidad del determinismo no por ello queda comprometida, si es que algo puede darse por cierto.

Empero, no hemos considerado el sentido del desarrollo de la física atómica en relación a este problema, ya que un sinnúmero de escritores han opinado que este desarrollo proporciona un testimonio a favor de la posición indeterminista.

Se sabe que las mediciones en el dominio de las magnitudes subató­micas se atienen a la "relación de incertidumbre" de Heinsenberg. Esta re­lación indica que, dada una cierta incertidumbre o vaguedad en el valor de una cantidad observable, por ejemplo, la posición, hay un límite de­finido, impuesto por las leyes de la naturaleza, sobre la precisión con la cual puede llegar a ser conocido el valor simultáneo de otra cantidad empírica, como la velocidad, y que este límite es independiente del apa­rato en particular o del método usado en la determinación. En virtud de que el mismo aparato que se utiliza en las mediciones perturba el siste­ma bajo observación, se hace patente el hecho de que las posibilidades de refinar tales mediciones no son ilimitadas; de ahí, que el sueño de la física clásica nunca llegará, por tanto, a ser verdadero. Ningún per­feccionamiento de la técnica experimental permitirá averiguar los valo­res reales de los observables en un sistema físico, con tanta precisión como para permitimos hacer una predicción exacta de cuáles van a ser los va­lores futuros. Por consiguiente, la nueva mecánica cuántica se contenta con especificar las frecuencias o probabilidades de los diferentes valores que .se encontrarán en un determinado conjunto de mediciones. Estas pre­dicciones probabilísticas están basadas en un determinismo estadístico que se refiere a los microprocesos de la física subatómica, en lugar de apoyarse en el determinismo del tipo cien por ciento que prevalece en la física del macrocosmos.

¿Qué implicaciones tiene esta situación en la controversia entablada entrc . el indcterminista filosófico y el psicólogo científico? En su libro, Atomic Theory and the Description of Nature (La teoría atómica y la .descripción de la naturaleza), Bohr (1934) ofrece varias razones para suponer que el conocimiento del estado instantáneo de las partículas que constituyen el sistema nervioso, así como el de los estímulos externos que le afectan, factible de ser observado mediante la técnica experimental más precisa, permite sólo una predicción estadística, y no consiente una predicción detallada del destino de éstos estímulos en el sistema nervioso.

Sin embargo, existen importantes motivos para que el indeterminismo filosófico no disfrute satisfacción alguna de situación semejante. Ya se ha demostrado cómo el determinismo estadístico, en el caso de que el argumento moral del indeterminismo fuera válido, sería tan objetable como el determinismo del cien por ciento. Para que prevaleciera una libertad genuina, la teoría cuántica tendría que concluir en que todos los actos humanos (macrofenómenos) pueden llegar a producirse con la misma frecuencia. La teoría empero no hace esta aseveración. Las probabilidades microscópicas permitidas por la teoría son tales que los actos que una psicología macroscópica podría predecir tienen una abrumadora posibi­lidad de ocurrir. Desde el punto de vista de los macrofenómenos de la conducta humana, el determinismo del tipo cien por ciento es válido para todos los intentos y propósitos.

Como Cassirer (1937) ha afirmado, la extensión en que la conducta humana se encuentra determinada es tan grande, que el libre albedrío del indeterminista filosófico no puede encontrar en ella ningún refugio. Schrödinger (1945) ha resumido estas conclusiones, en estas palabras:

"De acuerdo con la evidencia, los fenómenos espacio-temporales que corresponden en el cuerpo de un ser viviente a la actividad mental, a su conciencia de sí mismo, o a algunas otras acciones, son (considerando además su compleja estructura y la explicación estadística aceptada de la físicoquímica) si no estricta, sí en cierta proporción, estadísticamente determinados. Deseo subrayarle al físico que, en mi opinión, y al contra­rio de las suposiciones defendidas en algunas partes, la indeterminación cuántica no juega ningún papel biológicamente importante en esta clase de acontecimientos,· excepto quizá... en fenómenos como la meiosis, las mutaciones naturales o inducidas por rayos X y otras semejantes... Con­sidero esto como un hecho, del mismo modo como creo que todo biólogo imparcial y sin prejuicios debería hacerlo, si es que no fuera tan bien conocido el sentimiento displacentero que surge cuando uno mismo de­clara ser un puro mecanismo."

CONCLUSION

En este artículo se intentó demostrar que los argumentos esgrimidos en contra de la posibilidad de estudiar científicamente al hombre carecen de base. Por supuesto, no puede decirse que se haya establecido, en forma indubitable la verdad, ya sea del determinismo estricto o del determinis­mo estadístico, ya que tal cosa no puede resultar del solo análisis lógico, sino que requiere del éxito de la investigación científica de uniformida­des. En vista de que los argumentos en contra del determinismo, analiza­dos por nosotros, carecen de base, el psicólogo necesita no cejar en sus pesquisas y usar confiadamente la hipótesis causal como un principio re­gulador, que se mantiene vigente, a pesar de la intimación del indeter­minismo filosófico.


1 comentario:

Lic. Rodriguez dijo...

Muy buen post. Este artículo aparece en Control de la Conducta Humana que es uno de los clásicos del conductismo. Gracias por difundir este maravilloso trabajo.