Foto cortesía del Observatorio del pluralismo religioso en España
En los debates públicos sobre grupos cerrados, nuevos movimientos religiosos (NMR) u organizaciones con liderazgo fuerte, suelen aparecer términos como coerción psicológica, persuasión coercitiva o lavado de cerebro. Estos conceptos generan confusión porque, aunque remiten a preocupaciones legítimas, no tienen el mismo respaldo científico.
Está documentado que ciertos grupos religiosos cerrados, como el Templo del Pueblo y la Puerta del Cielo aplicaron aislamiento, control emocional y adoctrinamiento para retener seguidores. Sin embargo, esto no implica que todas las organizaciones con creencias alternativas utilicen métodos coercitivos.
Desde hace varias décadas, la psicología y la sociología han sido críticas con la idea de lavado de cerebro, que supone que una persona pierde su voluntad o capacidad de decisión de forma casi automática al entrar en un grupo. Investigadores como Dick Anthony y Thomas Robbins mostraron que estos modelos explicativos eran conceptualmente vagos y empíricamente débiles, y que tendían a ignorar la voluntad de los propios participantes (Anthony & Robbins, 1980).
El modelo de persuasión coercitiva puede explicar con mayor precisión los patrones de control psicológico en situaciones de violencia de género, superando a otros modelos clásicos como el de la indefensión aprendida (Escudero Nafs, A., Polo Usaola, C., López Gironés, M., & Aguilar Redo, L. 2005) . Sin embargo, la mayor parte de la investigación sobre este modelo en grupos cerrados se basa en estudios de caso cualitativos, análisis forenses o testimonios, lo que dificulta la replicación experimental de sus hallazgos.
Vulnerabilidad psicológica y grupos religiosos
Para analizar con mayor precisión estas situaciones, resulta más útil recurrir al concepto de vulnerabilidad psicológica. Este término no describe un rasgo fijo de la personalidad ni una enfermedad mental. Tampoco implica alguna debilidad moral o intelectual de un individuo.
En psicología, se utiliza para referirse a estados situacionales en los que una persona, debido a circunstancias vitales comunes —como un duelo, una separación, una crisis de sentido o un período de estrés intenso por diversas razones— puede experimentar una disminución temporal de sus recursos emocionales y cognitivos. En estos momentos, evaluar opciones complejas o tolerar la incertidumbre puede resultar más difícil.
Este enfoque está alineado con el modelo diatesis–estrés, desarrollado y refinado en psicología clínica y social. Según este modelo, eventos vitales estresantes interactúan con factores personales y contextuales, afectando transitoriamente la manera en que pensamos, sentimos y decidimos (Monroe & Simons, 1991).
Por otra parte, las teorías de estrés y afrontamiento desarrolladas por Lazarus y Folkman (1984) ayudan a comprender por qué, en contextos de presión emocional elevada, las personas tienden a buscar respuestas claras, estructuradas y cargadas de significado. Esto no es exclusivo de los grupos cerrados ni de los NMR, ocurre también en contextos laborales, políticos, terapéuticos o incluso familiares.Cuando la incertidumbre resulta difícil de tolerar, soluciones simples o visiones simplificadas de la situación pueden resultar psicológicamente atractivas, aunque no siempre sean las mejores afrontar la circunstancia.
Es fundamental subrayar que estar en un momento de vulnerabilidad emocional no convierte automáticamente a una persona en alguien manipulable ni incapaz de decidir (Bonanno, G. A. 2004). La evidencia empírica muestra que la gran mayoría de las personas que atraviesan crisis vitales no se integran en grupos cerrados ni adoptan creencias extremas. El sociólogo Lorne Dawson (2006) analizó exhaustivamente los Nuevos Movimientos Religiosos (NMR). Su trabajo muestra que, a pesar de los ciclos de crisis sociales y personales que podrían hacerlos atractivos, el número total de miembros de NMR (incluyendo los más cerrados) siempre ha sido una pequeña fracción de la población general. Esto evidencia que la entrada a ellos es la excepción, no la norma
Además, muchos acercamientos a grupos religiosos, espirituales o ideológicos son exploratorios. Como señalan estudios sociológicos clásicos sobre conversión, la curiosidad inicial suele traducirse en una participación superficial, con observaciones críticas y evaluaciones personales (Lofland & Stark, 1965). La incorporación plena solo ocurre cuando la persona acepta activamente las normas, relaciones y compromisos del grupo.
Procesos de influencia y control en grupos cerrados
Cuando se habla de la influencia psicológica en grupos cerrados, no es necesario recurrir a ideas como “lavado de cerebro” o “control mental”. La psicología social y la sociología han descrito desde hace décadas una serie de procesos normales, cotidianos y bien estudiados que pueden darse en muchos contextos grupales: religiosos, políticos, laborales, terapéuticos o de autoayuda. Algunos de esos mecanismos psicológicos bien estudiados son los siguientes :
1. Refuerzo comunitario y dependencia emocional
Los seres humanos tenemos una necesidad básica de pertenecer y sentirnos aceptados. Cuando un grupo satisface esas necesidades la experiencia suele ser emocionalmente gratificante, especialmente en momentos difíciles.
Este efecto está sólidamente respaldado por la investigación psicológica. Baumeister y Leary (1995) mostraron que la necesidad de pertenencia no es un lujo emocional, sino una motivación humana fundamental. Cuando se satisface de forma consistente, produce bienestar; cuando se frustra, genera malestar.
Desde la sociología de los grupos religiosos y de afinidad, Eileen Barker (1984) dedicó casi siete años a estudiar a los miembros de la Iglesia de la Unificación y documentó cómo muchas personas permanecen en grupos controvertidos no por coerción, sino porque el entorno les resulta emocionalmente significativo y socialmente reforzante.
Este tipo de refuerzo puede convertirse en dependencia emocional si el grupo pasa a ser la principal (o única) fuente de validación, sin que medien amenazas ni engaños explícitos.
2. Internalización de normas y exclusión del disenso
En grupos cohesionados, las normas no siempre se imponen desde fuera. Muy a menudo se internalizan: la persona llega a creer que pensar de otro modo es erróneo, peligroso o inútil.
El psicólogo Herbert Kelman (1958) explicó este proceso diferenciando entre obedecer por miedo y adoptar normas como propias. En este segundo caso, no hace falta censura externa: la autocensura surge sola.
Los experimentos clásicos de Solomon Asch (1951) mostraron algo similar en situaciones simples: incluso personas informadas pueden ignorar evidencias externas cuando el grupo sostiene otra posición, no porque estén engañadas, sino porque la presión social redefine qué cuenta como “razonable”.
Irving Janis (1972) describió este fenómeno en grupos altamente cohesionados bajo el nombre de groupthink (pensamiento de grupo) : donde el disenso se percibe como una amenaza a la armonía del grupo y tiende a desalentarse. En particular, el problema no es que no exista información externa, sino que el grupo enseña a desconfiar sistemáticamente de ella.
3. Culpa y autoexigencia como mecanismos de control
En muchos grupos, el control no se ejerce castigando, sino generando expectativas morales internas. Cuando alguien duda, se equivoca o quiere irse, puede sentir culpa, vergüenza o sensación de fracaso.
La psicología social ha estudiado extensamente este proceso. Tangney y colaboradores (2007) explican cómo la culpa funciona como regulador interno del comportamiento, incluso sin sanciones externas.
Albert Bandura (1991) mostró que las personas internalizan normas morales y se autorregulan a partir de ellas. Esto significa que el “control” puede ser interno y automático, no impuesto.
La teoría de la disonancia cognitiva de Leon Festinger (1957) ayuda a entender por qué, cuando una persona ha invertido emocionalmente en un grupo, dudar puede generar malestar psicológico, que se intenta reducir reafirmando la adhesión en lugar de cuestionarla.
Una conclusión de estos estudios es que la falta de castigos explícitos no equivale a una ausencia de coerción psicológica. En muchos casos, la forma de presión más determinante es la que el individuo internaliza y se autoinflige.
4. El costo emocional de abandonar el grupo
Salir de un grupo no siempre es fácil, incluso cuando nadie lo prohíbe. Abandonar puede implicar perder amistades, identidad, rutinas y sentido de pertenencia.
Desde la sociología de la religión, Laurence Iannaccone (1994) explicó que muchos grupos funcionan aumentando los costos de salida (sociales, simbólicos, emocionales), lo que refuerza la permanencia sin necesidad de coerción.
James Barbour (1994) documentó experiencias de “deconversión” mostrando que muchas personas describen la salida no como liberación inmediata, sino como un proceso de duelo y reconstrucción identitaria.
Mi posición personal sobre el debate
Desde mi punto de vista una postura escéptica y bien informada debería evitar los extremos: tanto el alarmismo carente de evidencia como la negación absoluta de cualquier impacto relacional asociado a la vulnerabilidad emocional. Esta última es un estado situacional, común en distintos momentos de la vida, que puede interactuar con entornos cerrados y dar lugar a experiencias subjetivas complejas. Dichas experiencias no implican necesariamente la comisión de delitos ni una pérdida total de la agencia personal, pero sí requieren un análisis atento y matizado.Negar su existencia de plano por reacción a abusos pasados empobrece -según pienso- la comprensión del fenómeno. Una aproximación responsable implica aceptar zonas grises sin caer ni en miedos infundados ni en negaciones simplistas: es una invitación a observar con atención, basándonos en evidencia y evitando etiquetas que no ayudan a pensar.
Bibliografía de consulta
Barker, E. (1984). The Making of a Moonie. Blackwell.
Bonanno, G. A. (2004). Loss, trauma, and human resilience: Have we underestimated the human capacity to thrive after extremely aversive events? American Psychologist, 59(1), 20–28.
Cialdini, R. (2001). Influence: Science and Practice. Allyn & Bacon.
Escudero Nafs, A., Polo Usaola, C., López Gironés, M., & Aguilar Redo, L. (2005). La persuasión coercitiva, modelo explicativo del mantenimiento de las mujeres en una situación de violencia de género. I: Las estrategias de la violencia. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 25(95), 85–117.
Kelman, H. C. (1958). “Compliance, identification, and internalization”.
Lofland, J., & Stark, R. (1965). Becoming a world-saver: A theory of conversion to a deviant perspective. American Sociological Review, *30*(6), 862–875. https://doi.org/10.2307/2090565
Monroe, S. M., & Simons, A. D. (1991). “Diathesis–stress theories in the context of life stress research”. Psychological Bulletin.Robbins, T. & Anthony, D. Brainwashing and the persecution of “cults”. J Relig Health19, 66–69 (1980). https://doi.org/10.1007/BF00996781

No hay comentarios.:
Publicar un comentario