20.2.26

Los lectores musculares: un esbozo histórico

   

 Figura 1: Técnica de lectura muscular que utiliza el contacto de la mano con la frente

Esta es una traducción al castellano del artículo original 'The Muscle Readers: A Historical Sketch' de Leverage Research, publicado en Seeds of Science (2023). Este contenido se distribuye bajo la licencia Creative Commons Attribution 4.0 International (CC BY 4.0).

 

 Los lectores musculares: un esbozo histórico  

(Investigación del Instituto Leverage, febrero 2023) doi.org/10.53975/amud-llts

 

Resumen: La idea de que las señales no verbales sutiles desempeñan un papel fundamental en la interacción social goza de relativa aceptación. Sin embargo, aún no están claros los límites de esta capacidad —esto es, cuánta y qué tipo de información puede transmitirse a través de dichos canales sensoriales—, y el tema ha sido escasamente explorado. En el presente trabajo abordamos esta cuestión examinando una línea de investigación histórica conocida como «lectura muscular» (muscle reading), con el fin de explorar posibles respuestas y enfoques. Impulsados por el interés público en el mentalismo y la popularidad de los lectores de pensamiento, diversos investigadores de finales del siglo XIX y principios del XX se propusieron estudiar si era posible «leer» pensamientos e intenciones a partir de la tensión muscular, vocalizaciones inconscientes y otras señales sutiles. Si bien estos estudios coinciden en parte con la investigación contemporánea sobre comunicación no verbal, incluyen numerosos informes que van mucho más allá. En dichos informes se afirmaba que, en condiciones controladas o incluso ante los propios académicos, era posible lograr proezas como localizar objetos ocultos, adivinar el palo de una baraja de cartas o determinar palabras y nombres que otra persona tenía en mente. Se llegó a afirmar que los primeros dispositivos de medición fisiológica captaban movimientos sutiles pero reveladores. Aunque estas afirmaciones deben tomarse con cautela, consideramos que los informes de estos pioneros no deberían descartarse por su antigüedad, ya que una mejor comprensión de dichas investigaciones puede ofrecer pistas valiosas a los investigadores actuales.

 

El reconocimiento de que las señales no verbales pueden generar efectos psicológicos significativos no constituye, en modo alguno, un hallazgo reciente. Sin embargo, como ocurre con numerosas áreas de la psicología, la investigación empírica sistemática de estos fenómenos remonta sus orígenes al siglo XIX. Entre los primeros psicólogos y fisiólogos, incluidos Hermann Lotze, Henry Maudsley y William James, estaba ampliamente difundida la convicción de que las variaciones en la atención, la imaginería e incluso los procesos mentales inconscientes se expresaban mediante movimientos automáticos o involuntarios. Del mismo modo, sostenían que tales señales cumplían funciones fundamentales, aunque poco examinadas, en las interacciones interpersonales. “Recogemos lo que está pasando en la mente de los demás”, concluye un artículo clásico de C. S. Peirce y el psicólogo Joseph Jastrow, “en gran medida a partir de sensaciones tan débiles que no somos plenamente conscientes de ellas y no podemos dar cuenta de cómo alcanzamos nuestras conclusiones a partir de tales asuntos... tales sensaciones débiles deberían ser plenamente estudiadas por el psicólogo y cultivadas asiduamente por todo hombre”. Aunque el resultado de dicho cultivo no era enteramente seguro, predominaba entonces la idea de que atender a estas señales permitiría acceder a información decisiva sobre el estado y la dirección de la mente humana; un conocimiento valioso para la educación, la terapéutica y diversos campos de la psicología aplicada. En consecuencia, el estudio y perfeccionamiento de la comunicación no verbal se emprendieron con considerable determinación.

Como sucede con muchas ideas de amplia circulación, el fenómeno recibió distintas denominaciones. Se habló de “cumberlandismo”, en alusión al artista Stuart Cumberland, y de “Hellstromismo”, por Axel Hellstrom. La designación más temprana y difundida, no obstante, fue la más descriptiva “lectura muscular” o “muscle-reading”, término introducido por el médico George Beard en un artículo en el que desacreditaba al célebre lector de mentes por contacto J. Randall Brown (figura 1).1 En ese período, intérpretes como Brown gozaban de gran popularidad y sostenían que podían leer nombres y localizar los objetos ocultos más pequeños al conectarse con los pensamientos de los voluntarios. Para irritación de Beard, tales afirmaciones habían adquirido credibilidad no solo entre el público general, sino también dentro de la comunidad científica. Con el propósito de refutarlas, Beard recurrió a las concepciones fisiológicas antes mencionadas y comenzó a recopilar evidencia en favor de una explicación estrictamente ideomotora, trabajando con intérpretes aficionados y conocidos a quienes había solicitado que practicaran la técnica propuesta de muscle-reading. Sus investigaciones, publicadas por primera vez en 1877, arrojaron varios resultados destacables. En primer lugar, todos los intérpretes parecían requerir contacto físico para rendir por encima del nivel del azar. Al mismo tiempo, sujetos que declaradamente no poseían habilidades psíquicas parecían capaces de ejecutar proezas comparables a las de Brown. En un caso, un juez llamado Blydenberg habría logrado seleccionar objetos predeterminados de “una mezcla de llaves, cuchillos, baratijas y pequeños objetos diversos” concentrándose en el “estremecimiento muscular” en la mano de un sujeto que conocía la respuesta. En otro, un participante consiguió localizar un objeto oculto “en casi todos los casos” prestando atención a los movimientos sutiles de voluntarios que sostenían uno u otro brazo.

Algunos años después, un grupo de científicos británicos alcanzó una conclusión similar al trabajar con el mentalista Washington Irving Bishop, antiguo colaborador de Brown que afirmaba desconocer el mecanismo de sus lecturas. En una serie de experimentos controlados, Bishop mostró gran destreza en tareas que implicaban contacto directo. En diversas pruebas de localización de objetos, por ejemplo, el intérprete, con los ojos vendados, habría conseguido encontrar un pequeño objeto oculto bajo la alfombra de una sala, un estuche de lápices colocado en una lámpara de araña y una caja de fósforos escondida dentro de un libro en un estante, logrando algunos aciertos en menos de un minuto. En otra prueba, determinó la parte específica del cuerpo que el naturalista George Romanes tenía en mente (la uña grande del pie derecho). No obstante, no tuvo éxito con todas las personas ni en todos los intentos y, de manera más relevante, su rendimiento disminuía de forma drástica cuando se eliminaban los canales de comunicación táctil. Aunque podía ejecutar su número en contacto directo con un experimentador o conectado mediante un medio rígido, como un bastón, no lo conseguía cuando estaba unido por una correa floja. Asimismo, cuando, a petición del propio mentalista, se realizó una lectura sin contacto en la que Bishop intentó adivinar una letra del alfabeto observada por uno de los experimentadores, su desempeño se situó en niveles compatibles con el azar. El mentalista, como el grupo concluyó en su informe de 1881 a Nature, probablemente se apoyaba en señales inconscientes provenientes de los voluntarios.

Tanto el artículo estadounidense como el británico suscitaron considerable debate, atrayendo la atención de quienes buscaban una explicación desmitificadora de los populares números de lectura del pensamiento y desafiando a quienes sostenían que intervenía algo más. En pocos años se produjo una avalancha de estudios adicionales, cada uno orientado a delimitar con mayor precisión los alcances de la técnica. Los investigadores favorables a las afirmaciones telepáticas señalaron resultados que mostraban rendimientos superiores al azar en ausencia de contacto físico y en situaciones en las que las respuestas correctas parecían exceder lo que cabría esperar que se transmitiera únicamente mediante el “estremecimiento muscular”, como la duplicación de dibujos o la adivinación de cartas. Por su parte, los defensores de la señalización inconsciente identificaron canales adicionales de información, entre ellos cambios observables en la postura y el “susurro involuntario”, actualmente denominado subvocalización o habla encubierta.2 Naturalmente, los escépticos también permanecieron atentos a posibles fraudes y a razonamientos estadísticos deficientes. De hecho, la controversia en torno a la lectura del pensamiento se convirtió en un escenario de varios desarrollos significativos en este ámbito. Las discusiones sobre la lectura del pensamiento incluyen algunas de las primeras aplicaciones de la teoría de la probabilidad en la psicología experimental y probablemente estuvieron presentes cuando R. A. Fisher formulaba su influyente noción de significación estadística.3 Los estudios en esta área también constituyeron escenarios tempranos de la aleatorización, práctica que se generalizó después de que Charles Minot demostrara que tasas de éxito engañosas podían deberse a que los números y figuras elegidos libremente no se distribuían de manera uniforme —por ejemplo, que los sujetos tenían un 35 % más de probabilidad de elegir un 3 que un 0 y que era mucho más probable que dibujaran un círculo o un cuadrado que, por ejemplo, un pictograma.4

Un estudio particularmente relevante que empleó tales métodos fue una investigación relativamente tardía llevada a cabo por el psicólogo de Berkeley George Stratton y sus colaboradores.5 Para evaluar los límites de la “lectura muscular” en condiciones de poco o ningún contacto, los psicólogos trabajaron con Eugen de Rubini, un intérprete conocido por ejecutar las hazañas estándar de muscle-reading mirando a los sujetos o utilizando únicamente una cadena de reloj floja como conexión. Con el fin de obtener una estimación cuantitativa aproximada de las habilidades de Rubini, los experimentadores diseñaron una tarea simple de elección binaria que consistía en colocar un objeto en el lado derecho o izquierdo de una mesa, así como otra tarea similar de 10 opciones en la que debía seleccionar un libro o una caja de fósforos específicos. Los ensayos se realizaron en bloques de 10, determinándose inmediatamente antes, mediante un sorteo privado, la ubicación o el libro en el que el experimentador debía concentrarse. Para investigar los mecanismos subyacentes al desempeño de Rubini, registraron su rendimiento en diversas condiciones. Estas incluían una en la que el experimentador que actuaba como “guía” estaba conectado a Rubini mediante una cadena de reloj floja y caminaba detrás de él; otra en la que el guía lo seguía sin cadena; y una tercera en la que no había cadena y se adoptaban precauciones especiales para controlar cualquier señal visual presente en la segunda condición (también se ensayaron controles auditivos, aunque se comprobó que tenían escaso efecto). En la tarea binaria, Rubini eligió correctamente en 24 de los 30 ensayos con cadena de reloj y en 45 de los 70 ensayos sin cadena pero con posibilidad de señales visuales periféricas (por ejemplo, cuando el experimentador demoraba en seguirlo).6 Sin embargo, cuando se implementaron vendas, pantallas y otros controles visuales estrictos, su rendimiento descendió a 14 de 30. En la prueba de 10 opciones, los resultados fueron algo más complejos. Rubini acertó en 12 de 20 ensayos con cadena de reloj, en 4 de 20 sin cadena y en 5 de 30 con controles adicionales de señales de diversa rigurosidad (incluida una serie sugestiva pero no concluyente de 0 en 10 cuando las señales visuales y auditivas estaban ambas estrictamente controladas).7

 
Figura 2. Arriba: Automatógrafo diseñado por Jastrow. Durante el experimento, el dispositivo de grabado permanecía oculto al sujeto. Abajo: grabados realizados mientras los sujetos pensaban en la letra "O".

 El área también se situó a la vanguardia de la medición psicológica, ya que el interés por las señales inconscientes impulsó desarrollos en el seguimiento de la cabeza y de los movimientos oculares, así como en los indicadores corporales de la emoción.8 Un ejemplo especialmente destacado fue el “automatógrafo”, una máquina diseñada para registrar movimientos involuntarios de la mano.9 Introducido por Joseph Jastrow en 1892, el dispositivo consistía en una placa montada sobre rodamientos de bolas y conectada mediante una varilla rígida a un mecanismo de registro oculto (figura 2).10 Siempre que los sujetos mantuvieran la mano sobre la placa durante toda la tarea, la máquina producía un registro detallado de sus desplazamientos. Con frecuencia, sostenía Jastrow, estos trazados podían utilizarse para inferir información relevante acerca del curso del pensamiento. La atención dirigida hacia objetos situados en distintas posiciones tendía a generar movimientos en dirección al objeto, y el conteo de los tics de un metrónomo producía oscilaciones cuantificables. En ciertos casos, se afirmaba que concentrarse en formas visuales, como la letra “O”, originaba movimientos correspondientes (por ejemplo, bucles). Un estudio, realizado por un tal Milo Tucker, llegó incluso a informar de trazados de palabras completas semejantes a la escritura automática observada en la hipnosis y en algunas formas de lesión cerebral, aunque la pulcritud y singularidad de ese resultado despiertan sospechas.11

Otro enfoque, menos difundido, consistió en que los propios experimentadores desarrollaran la habilidad de muscle-reading. En lugar de depender de intérpretes que pudieran tener incentivos para distorsionar su experiencia o carecer del entrenamiento introspectivo valorado por los psicólogos de la época, algunos investigadores comenzaron a practicar el método y a informar sobre sus resultados. Entre ellos figuraban nombres conocidos como Oskar Pfungst (véase más abajo), así como figuras menos célebres como Thomas Verner Moore, quien afirmaba que una atención minuciosa al rostro del sujeto le permitía adivinar el palo de la baraja en cartas pensadas con una frecuencia “que no habría ocurrido por azar más de una vez en mil”.12 Quizá la adopción más exitosa de esta estrategia fue la de la profesora de la Universidad de Wyoming June Downey. Tras varios años de práctica, Downey informó que podía reproducir incluso los actos más llamativos de los intérpretes escénicos de la época, incluyendo la adivinación de fechas imaginadas por un sujeto, la reconstrucción de palabras polisilábicas mantenidas en mente y “encontrar un libro e identificar en él una palabra elegida al azar”.13 Como la mayoría de los lectores musculares, sostenía que tales resultados debilitaban gran parte de la evidencia citada en favor de la telepatía. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de sus predecesores, su interés principal no radicaba en utilizar el método como herramienta de refutación, sino en explorar su potencial como medida psicométrica. En particular, sus investigaciones la llevaron a sospechar que el muscle-reading podría aplicarse a la evaluación de la personalidad y de lo que hoy se denominaría estilo cognitivo.14 Sus esfuerzos en esta dirección no prosperaron. No obstante, sus estudios ofrecen una aproximación valiosa al muscle-reading en condiciones naturalistas (aunque menos estrictamente controladas), así como datos útiles sobre variación individual y una serie de observaciones sugestivas.

En términos generales, los estudios de Downey indicaban que la mayoría de las personas —hasta 56 de 60 según una investigación de 1909— podían ser “leídas” y que, salvo en unos pocos casos, todas afirmaban no ser conscientes de ningún movimiento propio.15 Las tasas de éxito eran comparables entre mujeres y hombres (aunque la mayoría de su muestra pertenecía al primer grupo) y relativamente similares al comparar sujetos que visualizaban la ubicación de un objeto con aquellos que ensayaban una descripción verbal del lugar.16 Se detectaron algunas diferencias entre sujetos crédulos e incrédulos, así como entre quienes participaban con los ojos cerrados y quienes lo hacían con los ojos abiertos; sin embargo, la escala limitada de los estudios y el número de comparaciones simultáneas hacen que estas observaciones sean meramente sugestivas. En conjunto, los hallazgos más relevantes no fueron los derivados de comparaciones grupales, sino los relativos a “tendencias automáticas peculiares” que emergieron durante la investigación.17 Uno de los fenómenos más inesperados fue el denominado “recapitulación”. En aproximadamente el 22,6 % de los ensayos de un estudio de 1908, el lector no se dirigía directamente al objeto oculto, sino que, según los registros de los observadores, seguía la trayectoria que el guía había recorrido al esconderlo.18 Si, por ejemplo, el guía había vacilado en un punto determinado o había depositado el objeto tras un recorrido sinuoso, el lector reproducía ese mismo patrón. Sin embargo, cuando se les preguntaba si habían mantenido en mente su trayectoria previa durante la lectura, los sujetos insistían en que no lo habían hecho. Otra observación llamativa fue que los objetos podían localizarse incluso cuando la atención del guía estaba absorbida por una tarea distractora, como ensayar nombres aleatorios o contar en voz alta.19 Estas y otras observaciones llevaron a Downey a sugerir, con cautela, que la lectura muscular podría permitir el acceso a contenidos no atendidos además de a pensamientos activamente sostenidos, aunque esta línea de investigación no fue desarrollada posteriormente en publicaciones.

De todos los participantes en la literatura sobre lectura muscular y lectura del pensamiento, sin embargo, el más célebre no fue un psicólogo, sino un animal de granja. En paralelo con, y en parte impulsado por, la popularidad del mentalismo, finales del siglo XIX y comienzos del XX presenciaron un notable incremento del interés por los “animales prodigio”, es decir, animales no humanos a los que se atribuían hazañas intelectuales considerables o, en muchos casos, capacidades telepáticas.20 Hoy, el más recordado es sin duda Clever Hans, un caballo cuyo entrenador, Wilhelm von Osten, afirmaba que podía leer, identificar fechas del calendario y realizar cálculos hasta e incluyendo raíces cúbicas.21 Una comisión constituida en 1904 concluyó que no había fraude en las actuaciones, pero recomendó investigaciones adicionales para determinar el mecanismo exacto por el cual Hans resolvía los problemas; uno de sus miembros, Carl Stumpf, declaró a la prensa que creía que el caballo utilizaba señales sensoriales producidas involuntariamente por sus entrenadores.22 Esta hipótesis fue pronto investigada por el estudiante de Stumpf, Oskar Pfungst, quien publicó los resultados de sus estudios en 1907. Según Pfungst, las capacidades de Hans dependían en última instancia de lo que su interlocutor supiera o ignorara. En tareas de lectura, cálculo y similares, Hans mostraba un rendimiento casi perfecto cuando el interrogador conocía la respuesta. Cuando ese conocimiento estaba ausente, en cambio, su desempeño descendía a niveles atribuibles al azar. Un patrón semejante se observó cuando se colocaron al caballo grandes anteojeras que bloqueaban su visión del interrogador, lo que sugería, según argumentó Pfungst, que las señales visuales desempeñaban un papel crucial en su éxito.23

Para reforzar esta interpretación, Pfungst llevó a cabo una serie de pruebas en las que él mismo asumía el papel de Hans. Se pedía a los sujetos que pensaran en un número (cálculo, letra, etc.), y Pfungst intentaba identificar la respuesta atendiendo visualmente a las señales corporales. En la mayoría de los casos comprobó que podía acertar y, con “sujetos más adecuados”, afirmó ser capaz de determinar no solo la respuesta correcta, sino también rasgos incidentales, como si el sujeto imaginaba una letra en forma manuscrita o impresa, o el orden de los sumandos en un problema aritmético (por ejemplo, si pensaban 3+2=5 o 2+3=5).24 Para disipar dudas, procedió a medir estos movimientos y las tasas respiratorias de los sujetos durante las tareas, hallando cambios significativos que revelaban la respuesta cuando Pfungst, al igual que Hans, marcaba su contestación. El caso, concluyó, era notable no por lo que revelaba acerca del intelecto del caballo, sino por la claridad con que ilustraba los vínculos entre pensamiento —en particular el pensamiento cargado de emoción— y acción.

Los años posteriores al análisis de Pfungst representaron un punto culminante para los fenómenos ideomotores en la psicología. El caso de Clever Hans figuró entre los resultados más célebres de la disciplina hasta ese momento, y el argumento de Pfungst acerca del papel de las señales inconscientes funcionó como recordatorio —e incluso como promoción— de su relevancia más amplia. Las teorías sobre estos fenómenos se debatieron en las principales revistas y se incorporaron a prácticas pedagógicas, promoviendo el uso de la imaginería motora y el aprendizaje activo bajo la premisa de que las influencias motoras e ideacionales eran bidireccionales. Investigadoras como Downey esperaban que la lectura muscular pudiera utilizarse en pruebas psicométricas, y algunos criminólogos la consideraron un medio para obtener información útil. El psicólogo de Harvard Hugo Münsterberg llegó incluso a proponer el uso de automatógrafos para identificar responsables en ruedas de reconocimiento cuando los testigos no estuvieran dispuestos o no pudieran colaborar.25 Con el paso del tiempo, sin embargo, el interés por el fenómeno resultó difícil de mantener. Las discusiones continuaron durante dos décadas más, impulsadas por ocasionales afirmaciones telepáticas y por el interés persistente en tecnologías de registro como la de Jastrow, pero hacia la década de 1930 ya no existía una literatura específica sobre lectura muscular.

En retrospectiva, pueden señalarse varias razones. En primer lugar, estos métodos eran difíciles de generalizar. La lectura muscular, en sentido estricto, se limitaba a interacciones entre dos personas o, a lo sumo, pequeños grupos, y por lo general requería una inversión considerable de tiempo por parte del lector potencial. Además, como evidenciaron los estudios de Downey, no era plenamente fiable. Algunas personas simplemente no podían ser “leídas” y, aun entre la mayoría que sí podía, el tiempo que Downey necesitaba para localizar un objeto oculto oscilaba entre 4,6 y 245 segundos, según el sujeto y la forma en que representara el objeto (por ejemplo, verbal o imaginalmente).26 También existía variabilidad en la habilidad de los lectores, sin que fuera posible predecir quién lograría adquirir la destreza. Incluso entre lectores experimentados y sujetos relativamente expresivos, los resultados dependían del temperamento; algunos sujetos parecían funcionar mejor con determinados lectores.27 Finalmente, el éxito dependía en cierta medida de la cooperación de los participantes. Como se señaló tempranamente, un sujeto prevenido podía desviar o incluso bloquear las señales relevantes mediante un esfuerzo deliberado; y aunque esto tenía poca incidencia en los estudios mencionados, constituyó un problema persistente para las aplicaciones legales propuestas.28 (Lamentablemente, esta dificultad no impidió la adopción del fallido polígrafo, descendiente del automatógrafo de Jastrow).29 En una etapa anterior de la psicología, la ausencia de aplicaciones generalizables podría haber sido menos problemática. Sin embargo, el inicio del siglo XX fue un período de creciente profesionalización de la disciplina, particularmente en Estados Unidos. Muchos de los primeros departamentos de psicología en el mundo angloparlante se establecieron en universidades financiadas mediante cesión de tierras estatales, instituciones creadas con fines prácticos como la agricultura y la formación básica. Para asegurar financiamiento, los psicólogos de la época enfatizaron las contribuciones de su disciplina a la pedagogía y a la gestión organizacional.30

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, además, el campo recibió un fuerte impulso hacia la estandarización, como se evidenció en las pruebas de selección de personal del ejército. Esta práctica altamente individualizada se vio así inmersa en un entorno donde la uniformidad y la aplicación masiva de tests eran prioritarias. En el plano ideológico, el período también fue testigo del surgimiento del conductismo y de una creciente desconfianza hacia métodos que requerían habilidad individual o un componente interpretativo amplio. En consecuencia, aunque las tecnologías de registro de Jastrow continuaron despertando interés, los métodos que exigían la participación activa y/o informes introspectivos del experimentador cayeron en desuso. En cierta medida, incluso las nociones de señalización inconsciente y de fenómenos ideomotores (entendidos como acciones mediadas por ideas) comenzaron a verse con suspicacia. Ya en 1917 algunos investigadores lamentaban que la conciencia estuviera “perdiendo rápidamente su posición como miembro respetable del vocabulario del psicólogo” y, con el auge del lenguaje estímulo-respuesta, la noción de “ideas” pasó a considerarse superflua u obsoleta.31 El destacado psicólogo Edward Thorndike llegó a comparar la acción ideomotora, con su supuesto de que las ideas producen movimientos corporales correspondientes, con la magia imitativa, es decir, la creencia de que los acontecimientos deseados pueden provocarse mediante una representación ritualizada (por ejemplo, herir a un enemigo dañando una figura de cera que lo represente).32

El contexto histórico también fue desfavorable en la medida en que el espiritismo, antagonista recurrente de los lectores musculares, se encontraba en declive. Aunque el interés académico y popular por lo paranormal resurgiría más adelante en el siglo, estos temas nunca volvieron a alcanzar los niveles de la era victoriana, cuando las sesiones espiritistas formaban parte habitual de la vida burguesa y la investigación psíquica aparecía con frecuencia en publicaciones científicas destacadas. Esto dejó una parte considerable de la investigación sobre señalización inconsciente sin un marco claro de referencia. El programa original había estado tan estrechamente vinculado al problema del mediumnismo espiritista que, al decaer este, perdió gran parte de su relevancia. A distancia, el hecho de que los fenómenos ideomotores estuvieran tan asociados con las tablas Ouija y los lectores de mentes jugó en su contra. Cuando el espiritismo estaba en su apogeo, muchos consideraban necesario enfrentarlo. Con su progresiva marginación, en cambio, cualquier interacción —incluso crítica— podía interpretarse como una forma de mantener vivo el tema. En el mejor de los casos, el trabajo tradicional sobre lectura muscular corría el riesgo de librar disputas anacrónicas. Hacia la década de 1930, por tanto, los investigadores habían abandonado en gran medida el asunto, abordando los fenómenos ideomotores de manera más restringida o evitándolos en favor de cuestiones consideradas más legítimas. Los antiguos resultados podían recuperarse cuando nuevos informes de telepatía atraían atención, pero el área recibió muy pocos estudios directos en las décadas siguientes.33 Solo con el desarrollo de la neurociencia cognitiva y el renovado interés por procesos psicológicos implícitos e inconscientes las teorías de la acción ideomotora y fenómenos relacionados volvieron a recibir atención significativa.34

La última década ha sido probablemente la más propicia en más de un siglo para el estudio de señales no verbales sutiles. Aunque los métodos específicos y los constructos teóricos siguen siendo objeto de debate intenso, una amplia gama de medidas implícitas —formas de evaluar procesos mentales o atributos que no dependen del autoinforme— se ha incorporado de manera habitual tanto en la psicología social como en la cognitiva.35 Asimismo, ha surgido una literatura activa sobre el acoplamiento cerebro a cerebro, o sincronización de la actividad neural entre individuos durante interacciones sociales, incluidas las no verbales.36 Sin embargo, los debates sobre una “lectura” de alta precisión como la descrita por Downey, Pfungst y los magos de escenario no han reaparecido. En cierto nivel, esto es comprensible. Las exigencias de tiempo y esfuerzo serían elevadas y, aun en condiciones óptimas, los resultados variaban considerablemente entre lectores y sujetos. Además, gran parte de la evidencia proviene de una época con estándares de registro y documentación distintos de los actuales. Las afirmaciones más llamativas —adivinar ecuaciones, palabras polisilábicas, entre otras— son en última instancia anecdóticas. No obstante, el testimonio de numerosos psicólogos formados e independientes no debería descartarse con ligereza. Los métodos de los primeros investigadores diferían de los contemporáneos, pero la mayoría de los estudios estuvo sometida al menos a cierto grado de control experimental. Aunque los informes más sorprendentes sean anecdóticos, la literatura también incluye investigaciones detalladas y sistemáticas, como las de Pfungst y Stratton. Estas no pueden ni deben obligarnos a aceptar todas las afirmaciones formuladas en aquellos años iniciales, pero, como mínimo, sugieren que una investigación rigurosamente controlada con los medios actuales resulta pertinente. Si los resultados fueran siquiera la mitad de extraños de lo que indican los antiguos informes, el esfuerzo estaría justificado.

 

Comentarios de los "jardineros" (comunidad de revisores de Seeds of Science) Ver la aclaración después de las referencias *

 Nota: A lo largo del texto que sigue se intercalan las respuestas de los autores del artículo a algunos de los  comentarios de los "jardineros"

Andrew Neff (Profesor Asistente de Psicología y Neurociencia):
Tema fascinante. Además de los personajes históricos mencionados en el artículo, las novelas y otras obras humanísticas han especulado desde hace mucho tiempo acerca de cuán informativa puede ser la lectura muscular. Ampliar nuestro tratamiento académico actual de este tema más allá de cuestiones básicas, como el reconocimiento de expresiones faciales de emoción, parece una empresa valiosa. Apoyo firmemente la publicación de este artículo. Una sugerencia, que de ningún modo constituye una condición para su publicación: me habría interesado ver una versión de este artículo con menos énfasis en la historia y mayor desarrollo de los métodos sobre cómo podemos o deberíamos abordar esta investigación en la actualidad, e incluso con mayor especificidad respecto de los tipos de aspectos que deberíamos intentar medir.

Simon T. van Baal:
Disfruté mucho la lectura de este artículo; está bien escrito. En general, considero que este estilo de artículo constituye una base interesante para la investigación científica. Puede funcionar como salvaguarda contra la reinvención de la proverbial rueda al ofrecer una visión general introductoria de un tema o disciplina. No soy experto en la materia, por lo que no puedo comentar sobre la validez del contenido. La única sugerencia que tengo es que, aunque está implícito en el título, me habría gustado encontrar algunas frases que prepararan al lector acerca de qué trata el artículo y qué intenta lograr.

Jan Kirchner:
Este artículo examina la historia del estudio de la “lectura muscular” o la capacidad de interpretar señales no verbales para comprender lo que otra persona está pensando. A partir del siglo XIX, psicólogos y fisiólogos comenzaron a interesarse por la idea de que movimientos sutiles podían comunicar una gran cantidad de información sobre los pensamientos de una persona. Este interés fue impulsado, en parte, por la popularidad de artistas que afirmaban poder “leer la mente” mediante el contacto físico con voluntarios. Investigadores escépticos desacreditaron estas afirmaciones al demostrar que los artistas probablemente se apoyaban en señales inconscientes proporcionadas por sus voluntarios. Sin embargo, la idea de que las personas podían “leerse” unas a otras a través de movimientos sutiles continuó despertando interés. Estudios de comienzos del siglo XX exploraron los límites de este fenómeno e intentaron comprender los mecanismos que lo sustentaban. No obstante, hacia la década de 1930, el interés por la lectura muscular disminuyó. Esto se debió a diversos factores, entre ellos la creciente profesionalización de la psicología y el declive del espiritismo (que anteriormente había impulsado el interés en el tema). En la actualidad, con el renovado interés por los procesos psicológicos implícitos e inconscientes, algunos investigadores están retomando el estudio de las señales no verbales.

  1. Considero que este artículo contiene ideas y análisis novedosos con potencial para hacer avanzar la ciencia. La revisión exhaustiva que el autor realiza sobre la historia de la lectura muscular proporciona un contexto y antecedentes importantes para los investigadores contemporáneos interesados en el estudio de las señales no verbales. Al delinear el desarrollo y el declive de este campo, el autor logra ofrecer perspectivas valiosas acerca de los factores que podrían ser relevantes para futuros trabajos en esta área.

  2. El artículo también está bien justificado en cuanto a su potencial para contribuir al avance científico. El autor expone con claridad la relevancia de la lectura muscular para el estudio de los procesos psicológicos implícitos e inconscientes y ofrece diversas sugerencias sobre posibles líneas de investigación futura. De este modo, proporciona una hoja de ruta sobre cómo esta revisión histórica podría orientar trabajos posteriores.

  3. Finalmente, considero que el artículo está bien redactado. El autor ofrece una visión completa de la historia de la lectura muscular y lo hace de manera atractiva y accesible. La redacción es clara y concisa, y el autor se ocupa de definir los términos técnicos cuando resulta necesario. Recomendaría con gusto este artículo a un colega.

Por estas razones, recomiendo que el artículo sea aceptado.

Puntos menores:

  • El autor podría considerar la inclusión de una tabla que resuma los estudios clave y los principales hallazgos expuestos en el artículo.

  • Como observación editorial, el autor podría considerar dividir el artículo en secciones más claramente delimitadas para mejorar la legibilidad.

     

    Dra. Payal B. Joshi:
    El artículo está bien redactado y resulta coherente con el tema. Aunque no se observa ninguna falla importante, existen algunas preocupaciones en su forma actual. El título necesita revisarse para reflejar con mayor precisión el tono exacto de lo que el/los autor(es) desean transmitir a los lectores. Dado que el origen del artículo se basa en perspectivas históricas, falta el trabajo de Carl Hertz sobre la lectura muscular. También están ausentes los trabajos históricos sobre mentalismo y magia de D. Blaine et al., Dunninger y Kreskin. En general, la lectura presenta un crecimiento lineal del campo de la lectura mental, lo cual ciertamente no es exacto, considerando la cantidad de mentalistas y lectores musculares de aquella época. No se mencionan aplicaciones de la lectura muscular en personalidades famosas ni en deportistas. En conjunto, el artículo es publicable, aunque requiere la incorporación de detalles históricos fundamentales que no deberían omitirse.

    Respuesta de los autores: Reconocemos que el artículo constituye, en el mejor de los casos, un recorte de la historia. Considerada en su totalidad, la historia de la lectura muscular se asemeja más a un entramado de corrientes que se entrecruzan que a una secuencia lineal., y mucho ha debido dejarse de lado por razones de espacio. Ampliar la investigación implicaría, como señala la Dra. Joshi, una discusión más extensa sobre lectores musculares como Hertz y sobre la práctica escénica de la lectura muscular, y esperamos que se realicen más trabajos en esta área.

    Mario Pasquato:
    Si bien el relato histórico es muy interesante y detallado, resulta llamativo que no se hayan realizado experimentos con tecnología más reciente. Si el concepto realmente funciona, sería posible desarrollar una aplicación para el teléfono que detecte los movimientos sutiles de la persona (usando los sensores internos del dispositivo). Podrían entrenarse modelos de aprendizaje automático para predecir automáticamente los pensamientos correspondientes a patrones relevantes. Esto parece demasiado bueno para ser cierto, pero quién sabe.

    Respuesta de los autores: A primera vista, parece probable que la lectura muscular pueda detectarse mediante un acelerómetro suficientemente sensible. Consideramos que esta es una excelente vía de investigación futura. Podrían imaginarse intentos de lectura muscular entre personas que se tomen de la mano mientras sostienen también un acelerómetro, aunque existe aquí un desafío importante respecto de cómo controlar los posibles efectos derivados de que los participantes intenten ajustarse a lo que perciben como deseos del investigador.

    También sería interesante observar resultados obtenidos mediante técnicas de neuroimagen como EEG o fNIRS. Por ejemplo, una lectura muscular exitosa podría estar asociada con actividad cerebral correlacionada (es decir, sincronía neural interpersonal), similar a la observada en otras tareas sociales colaborativas.

    Josh Randall:
    Este artículo ofrece una visión general interesante de una subdisciplina que ha perdido vigencia. Al hacerlo, describe métodos y análisis que fueron desarrollados y posteriormente apropiados por otros campos. Un aspecto que falta es una sugerencia más amplia dirigida a quienes consideren retomar específicamente la lectura muscular, en contraste con los enfoques modernos sobre conductas inconscientes. Las conclusiones derivadas de estas dos áreas podrían diferir considerablemente, en parte debido al carácter más práctico e individualizado de la lectura muscular frente al enfoque experimental moderno, potencialmente más reduccionista y compartimentado. Una pluralidad de teorías y datos sobre las formas en que los seres humanos
    transforman la información física y mentalmente es esencial para mejorar nuestra comprensión contemporánea del cerebro y la psicología.

    Respuesta de los autores: En cuanto a las vías de investigación futura, consideramos que existen varias. Además de las dos ya sugeridas (uso de acelerómetros o neuroimagen), podría estudiarse la lectura muscular en circunstancias en las que sea más fácilmente detectable, ya sea entre humanos o en la comunicación entre humanos y animales.

    Respecto de la lectura muscular entre humanos, los fenómenos relevantes podrían detectarse con mayor facilidad entre parejas casadas, cuyo período de cortejo y convivencia podría esperarse que les proporcione cierta comprensión de los procesos de pensamiento del otro. Alternativamente, podrían estudiarse jugadores profesionales de póker.37

    En relación con la comunicación entre humanos y animales, podría examinarse el caso de perros detectores de explosivos; por ejemplo, un estudio ampliamente citado sugiere que las creencias del guía influyen en la detección. Otra posibilidad sería estudiar el comportamiento animal al interactuar con personas con menor sensibilidad a la comunicación no verbal; un estudio inicial de Meyer y Forkman sugiere que, en tales circunstancias, los perros pueden mostrar más conductas indicativas de inseguridad de lo habitual.38

    Existe también la posibilidad de entrenar nuevos participantes, o que los propios investigadores se entrenen en lectura muscular. Esto requiere más tiempo y puede implicar ciertos riesgos, pero también podría resultar fructífero.

    Ted Wade:
    Este fue un recorrido histórico atractivo, académico e informativo sobre la materia oscura de la comunicación no verbal: la aparente transmisión de mensajes que ocurre por debajo del nivel de conciencia tanto del emisor como del receptor. Inevitablemente, incluye cuestiones relativas a la dificultad de estudiar estos fenómenos. Concluye mencionando algunos trabajos actuales relacionados, pero sin llegar a defender una razón clara para continuar investigando, más allá de señalar que los métodos de investigación actuales podrían permitir estudios mejor controlados. En un momento en que, de hecho, se reconoce que las prácticas de investigación necesitan importantes mejoras, no resulta útil proponer una “investigación rigurosamente controlada” sin una hipótesis o dirección definidas. Si se considera cómo los estudios sobre temas como la psicoquinesis o la detección de mentiras aparentemente no han logrado satisfacer a los críticos, tal vez un trabajo convincente sobre la lectura de señales no verbales subliminales también resulte difícil de alcanzar.

    La historia sugiere que los practicantes de la “lectura psíquica” pueden no comprender cómo adquirieron sus habilidades ni ser conscientes de los estímulos a los que responden. Quizá una razón para investigar fenómenos del tipo “lectura muscular” podría encontrarse al considerar teorías sobre (1) qué determina que distintas actividades mentales y físicas sean conscientes o inconscientes, o (2) la comunicación no verbal en general.

    Mark:
    Si bien es interesante, considero que este trabajo no sostiene un argumento sólido. Me gustaría saber qué piensa o qué desea defender el autor, en lugar de lo que parece más bien una revisión o sección de trabajos relacionados dentro de un artículo más extenso.

    Partha Ghosh:
    Es un tema muy interesante. Parece que las afirmaciones históricas realmente notables son anecdóticas y no han sido replicadas en un grado que permita su evaluación rigurosa. Las más simples están relativamente bien comprendidas. ¿De dónde obtenemos los datos para avanzar en este campo?

    Jack Arcalon:
    Parece un buen artículo de revisión sobre un campo de investigación antiguo, muy descuidado y posteriormente “olvidado”, que podría conducir a nuevas aplicaciones tecnológicas de interfaz.

     

Referencias

1 George M. Beard, The Study of Trance, Muscle–Reading and Allied Nervous Phenomena in
Europe and America,
(New York, 1882), plate 1

2 Hansenand and Lehmann,"Ueber unwillkürliches Flüstern: Eine kritischen und experimentelle
Untersuchung der sogennanten Gedanken-Ubertragung,” Philosophische Studien 11, (1895): 471–530

3 Ian Hacking, “Telepathy: Origins of Randomization in Experimental Design,” Isis 79, no. 3 (1988):
427–51

4 Charles Minot, “The Number Habit,” Proceedings of the American Society for Psychical Research 1, no.2 (1886): 86–95; Charles Minot, “Second Report on Experimental Psychology: Upon the Diagram Tests,” Proceedings of the American Society for Psychical Research 1, no. 4 (1889): 302–17.

5 George M. Stratton, “The Control of Another Person by Obscure Signs.,” Psychological Review 28, no. 4 (1921): 301-14.

Los estudios se realizaron antes de la adopción generalizada de las pruebas estadísticas, y los bloques de ensayo no eran idénticos (por ejemplo, algunos contaban con controles auditivos y otros no), pero para aquellos que sienten curiosidad, la probabilidad de igualar o superar los resultados combinados de la cadena de visión y observación por casualidad es de 0,000183 (sin corregir).

7 La probabilidad de obtener un resultado de 12 aciertos sobre 20, o superior, mediante conjeturas aleatorias es aproximadamente 5.4226 × 10⁻⁸. No obstante, un análisis más adecuado para esta tarea de elección entre diez opciones sería aquel que considere la proximidad de la conjetura a la respuesta correcta (por ejemplo, suponer 8 cuando la posición pensada era 9). Al agrupar todos los ensayos sin aplicar los estrictos controles visuales del análisis anterior y procesar los datos mediante una regresión de mínimos cuadrados ordinarios sin intercepto, se obtiene un R² de 0.871 con un valor p de 6.54 × 10⁻¹⁹ (sin aplicar correcciones, calculado con statsmodels); Skipper Seabold y Josef Perktold, “Statsmodels: Econometric and Statistical Modeling with Python,”Proceedings of the 9th Python in Science Conference 57, (2010): 92–96).

8 Ver por ej: ., Hugo Münsterberg and W. W. Campbell, “Studies from the Harvard Psychological Laboratory (II).,” Psychological Review 1, no. 5 (1894): 441–495; Oskar Pfungst, Clever Hans (the Horse of Mr. Von Osten): A Contribution to Experimental Animal and Human Psychology , trans. by Carl Rahn (Holt,Rinehart and Winston, 1911), ch. 4; William T. Preyer, Die Erklärung des Gedankenlesens: nebst Beschreibung eines neuen Verfahrens zum Nachweise unwillkürlicher Bewegungen (Grieben, 1886), chapter 2.

9 Joseph Jastrow, “Involuntary Movements,” Popular Science Monthly 40 (1892): 743–750.

10 Jastrow, “Involuntary Movements,” figure 1; Joseph Jastrow, “Further Study of Involuntary Movements,” Popular Science Monthly 41 (1892): 637–643, figure 14.

11 Milo Asem Tucker, “Comparative Observations on the Involuntary Movements of Adults and Children,” The American Journal of Psychology 8, no. 3 (1897): 394–404.Por lo general, se tomaban precauciones para ocultar el dispositivo de grabación a los sujetos, pero dado que tenían que mantener las manos sobre un plato durante el ejercicio, hay que tener en cuenta la posibilidad de que descubrieran y respondieran a las hipótesis de los experimentadores.

12 Thomas Moore, Dynamic Psychology, 330. Lamentablemente, Moore no da más detalles.

13 June E. Downey, “Muscle-Reading: A Method of Investigating Involuntary Movements and Mental
Types.,” Psychological Review 16, no. 4 (1909): 257–301, on p. 267.

14 June Downey, The Will-Temperment and its Testing, 55.

15 Downey, “Muscle-Reading,” 269.

16 Downey, “Muscle-Reading,” 269, 278–79, 294–95

17 Downey, “Muscle-Reading,” 295

18 June Downey, “Automatic Phenomena of Muscle-Reading,” The Journal of Philosophy, Psychology and Scientific Methods 5, no. 24 (1908): 650–58.

19 Downey, “Muscle-Reading,” 279, 296. Otros fenómenos incluidos

20 Ver Fabio De Sio and Chantal Marazia, “Clever Hans and His Effects: Karl Krall and the Origins of
Experimental Parapsychology in Germany,” Studies in History and Philosophy of Science Part C: Studies in History and Philosophy of Biological and Biomedical Sciences 48 (2014): 94–102; David Pence, “How Comparative Psychology Lost Its Soul: Psychical Research and the New Science of Animal Behavior,” Studies in History and Philosophy of Science Part C: Studies in History and Philosophy of Biological and Biomedical Sciences 82 (2020): 101275

21 Ver Pfungst, Clever Hans, ch. 1

22 Pfungst, Clever Hans, Supplement II; Pfungst, Clever Hans, 5.

23 Pfungst, Clever Hans, 42–47.

24 Pfungst, Clever Hans, 104–105.

25 Hugo Münsterberg, On the Witness Stand: Essays on Psychology and Crime (Doubleday, 1908),
124–25.

26 Downey, “Muscle-Reading,” 288.

27 June Downey, The Will-Temperament and Its Testing (World Book, 1923), 55

28 Resulta evidente que la propuesta de Münsterberg —emplear automatógrafos para evaluar a testigos— era fácilmente vulnerable a la disimulación. No obstante, incluso las aplicaciones menos extravagantes de los movimientos inconscientes fueron consideradas problemáticas por algunos observadores de la época.(por ej, William Sullivan, Crime and Insanity (Physicians and Surgeons Book Company, 1925), 157)

29 Tal y como concluyó el Consejo Nacional de Investigación en su revisión de la tecnología realizada en 2003, los resultados del polígrafo parecen funcionar bien en estudios de laboratorio con personas que no emplean contramedidas, pero se enfrentan a profundos problemas cuando se utilizan sobre el terreno con sujetos potencialmente capaces de alterar deliberadamente los resultados. ver National Research Council, The Polygraph and Lie Detection (National Academies Press, 2003), executive summary.

30 Ver John M. O’Donnell, The Origins of Behaviorism: American Psychology, 1870-1920 (New York
University Press New York, 1985), ch. 3; Geraldine M. Jonçich, The Sane Positivist: A Biography of
Edward L. Thorndike
(Wesleyan University Press, 1968), ch. 8

31 H. W. Chase, “Consciousness and the Unconscious,” Psychological Bulletin 14, no. 1 (1917): 7–11, on p. 7

32 Edward L. Thorndike, “Ideo-Motor Action,” Psychological Review 20, no. 2 (1913): 91–106.

33 Se pueden hacer excepciones con los influyentes estudios de Greenwald sobre el conflicto ideomotor en la década de 1970.

34 Para trabajos recientes, véase Bernhard Hommel et al., “The Theory of Event Coding (TEC): A Framework for Perception and Action Planning,” Behavioral and Brain Sciences 24, n.º 5 (2001): 849–78; Yun Kyoung Shin, Robert W. Proctor y E. John Capaldi, “A Review of Contemporary Ideomotor Theory,” Psychological Bulletin 136, n.º 6 (2010): 943. La teoría ideomotora desempeñó un papel particularmente significativo en la oposición a la comunicación facilitada, una práctica hoy desacreditada en la que un facilitador ayuda a personas con autismo u otras condiciones que afectan la comunicación a escribir o señalar, ya sea para indicar sus preferencias, responder preguntas, etc. Numerosos estudios, basados en métodos análogos a los empleados por Pfungst, han demostrado que las respuestas generadas mediante esta técnica están fuertemente influidas por movimientos ideomotores involuntarios por parte de los facilitadores (véase Wegner, Fuller y Sparrow, “Clever Hands: Uncontrolled Intelligence in Facilitated Communication,Journal of Personality and Social Psychology 85, n.º 1 (2003): 5–19).

35 Cabe señalar que el término «implícito» suele interpretarse como una referencia a los procesos y atributos que se miden, lo que conlleva un cierto grado de automaticidad o inconsciencia por parte del sujeto. Para una revisión reciente, véase Bertram Gawronski et al., “Twenty-Five Years of Research Using Implicit Measures,” Social Cognition 38 (2020): S1–S25.

36 En un estudio ampliamente citado, Pavel Goldstein et al. (“Brain-to-Brain Coupling During Handholding is Associated with Pain Reduction,” Proceedings of the National Academy of Sciences 115, n.º 11 (2018): E2528–E2537) encontraron que sostener la mano de la pareja durante la aplicación de estímulos dolorosos se asociaba con una sincronización en numerosas regiones cerebrales, con un aumento en la precisión de las evaluaciones del dolor por parte de las parejas que no recibían el estímulo y con una menor intensidad de dolor informada por quienes sí lo recibían. Para una revisión más general, véase Elizabeth Redcay y Leonhard Schilbach, “Using Second-Person Neuroscience to Elucidate the Mechanisms of Social Interaction,” Nature Reviews Neuroscience 20 (2019): 495–505. 

37 Cf. Slepian et al., “Quality of Professional Players’ Poker Hands Is Perceived Accurately from Arm Motions,” Psychological Science 24, n.º 11 (2013): 2335–38, que parece indicar que las señales visuales son suficientes para que estudiantes universitarios evalúen la calidad de las manos (es decir, las combinaciones de cartas que poseen los jugadores en cada jugada) por encima de niveles atribuibles al azar.

38 Lisa Lit, Julie B. Schweitzer y Anita M. Oberbauer, “Handler Beliefs Affect Scent Detection Dog Outcomes,” Animal Cognition 14, n.º 3 (1 de mayo de 2011): 387–94; Iben Meyer y Björn Forkman, “Nonverbal Communication and Human–Dog Interaction,” Anthrozoös 27, n.º 4 (2014): 553–68. Una salvedad importante respecto de los resultados de Lit et al. es que no lograron distinguir si las creencias de los guías influían directamente en los perros o si, en cambio, afectaban la manera en que los guías interpretaban el comportamiento de los perros. Distinguir entre ambos efectos en el contexto de las parejas de trabajo constituirá un desafío importante en el futuro.

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