Imagen creada por IA que ilustra el concepto de Alief
En 2007, la filósofa de la Universidad de Yale, Tamar Gendler publicó un artículo titulado Alief and Belief que rápidamente captó la atención de psicólogos y filósofos como Paul Bloom y el ya fallecido Daniel Dennett. Bloom aprovechó el concepto de "alief" para entender por qué vivimos emociones tan genuinas ante situaciones que sabemos de sobra que son ficticias: un ejemplo clásico es llorar de verdad por la muerte de un personaje de novela, aunque nuestra mente racional tenga claro que esa persona nunca existió (Bloom, 2011).
Dennett, por su parte, encontró en el alief la pieza que faltaba para explicar ciertas formas de optimismo irracional o de autoengaño funcional que mantenemos incluso cuando la evidencia apunta en sentido contrario. Es decir, aunque intelectualmente sepamos que existe un riesgo real de fracaso, algunos aliefs pueden activarse automáticamente y empujarnos a actuar con una sensación implícita de seguridad, mediante mensajes internos del tipo "¡vamos, es seguro!" o "¡tú puedes!" (Dennett & McKay, 2009) .
Sin embargo, el mismo mecanismo también puede operar en dirección opuesta. De hecho, en su artículo original, Gendler utilizó el concepto de alief principalmente para explicar cómo ciertas respuestas automáticas de miedo o evitación aparecen incluso cuando sabemos racionalmente que estamos a salvo.
¿Qué sería un alief?
Para Tamar Gendler, un alief es una respuesta mental automática y asociativa que se activa ante determinadas situaciones, incluso cuando contradice lo que creemos racionalmente. Si estamos a punto de pisar un balcón de cristal, nuestra mente puede proyectar de forma inmediata la imagen de una posible caída, acompañada de una intensa sensación de inquietud. Este mecanismo suele operar en contra de lo que sabemos racionalmente y, lo más importante, escapa a nuestro control voluntario.
Un ejemplo claro es el Skywalk, el famoso mirador transparente suspendido sobre el Gran Cañón de Colorado (ver imagen). Aunque una persona camine sobre él con la firme creencia de que la estructura es segura, es muy probable que experimente un alief que le lance pensamientos automáticos como: «Realmente esto es muy alto, hay un enorme vacío hacia abajo. No es un lugar seguro. ¡Sal de aquí!».
Esa respuesta interna desencadena una reacción inmediata de miedo y evitación, por mas que razonemos que es seguro. Podemos creer con total seguridad que el vidrio no se va a romper; sin embargo, el alief detecta el abismo, se salta el proceso de razonamiento y envía una señal de peligro que hace que demos los primeros pasos con temor y sintamos una necesidad física de retroceder.
Para Gendler, hay una diferencia clave entre lo que creemos y lo que sentimos automáticamente. Mientras que las creencias son ideas que aceptamos y podemos cambiar si nos dan buenos argumentos, los aliefs funcionan como reflejos: se activan al instante por asociación y no se dejan modificar fácilmente con la razón. Por eso, ella los considera un mecanismo mental más antiguo y básico, capaz de explicar por qué a veces actuamos en contra de lo que pensamos. Los aliefs nos ayudan a entender esas reacciones que, vistas con lógica pura, parecen irracionales… pero que tienen sentido cuando reconocemos cómo opera nuestra mente automática.
¿Es realmente un concepto necesario?
El concepto de alief resulta inicialmente atractivo porque pone nombre a una experiencia cotidiana: esa tensión entre lo que nuestro cuerpo parece ordenarnos hacer (como retroceder instintivamente ante un balcón de cristal) y lo que nuestra razón considera completamente seguro.
Sin embargo, detrás de esta idea se esconden problemas teóricos y empíricos de fondo. Gendler respaldó su propuesta en los célebres experimentos de priming de John Bargh, en los que se sugería que exponer a personas a palabras relacionadas con la vejez las hacía caminar más despacio. Pero esta línea de investigación ha sido severamente cuestionada durante la crisis de replicación en psicología social alrededor de 2010 , y los experimentos de Bargh han estado en el ojo de la
tormenta. Estudios independientes de gran escala (por ejemplo, Doyen y col.,2012; y numerosos intentos fallidos de replicación reportados en la literatura)
no lograron reproducir los efectos más llamativos del priming conductual. Si la evidencia base es inconsistente o irrepetible, el fundamento empírico del alief se vuelve extremadamente frágil. No tiene sentido construir una nueva categoría de estados mentales sobre resultados que podrían ser simples artefactos estadísticos o fallos metodológicos.
Un segundo obstáculo fue señalado por el filósofo Eric Mandelbaum (2013), quien plantea un dilema claro: si un alief puede formularse como una oración completa (por ejemplo, "esta botella contiene veneno") ,entonces resulta difícil distinguirlo de una creencia implícita o irracional, por lo que no estaríamos ante un estado mental realmente nuevo. Por el contrario, si el alief carece de contenido proposicional y se reduce a una asociación cruda del tipo «veneno → peligro → evitar», pierde la capacidad de explicar fenómenos que exigen referirse a objetos concretos. ¿Cómo sabría el alief que debe evitar exactamente esa botella y no, por ejemplo, la ventana de al lado?
Además, Mandelbaum recuerda que la psicología cognitiva ya cuenta con herramientas teóricas capaces de explicar estos mismos fenómenos sin necesidad de multiplicar entidades. La teoría del procesamiento dual , que describe las interacciones entre el pensamiento intuitivo y el deliberativo (entre un Sistema 1 rápido, automático y emocional, y un Sistema 2 lento y analítico), da cuenta perfectamente del miedo al balcón transparente. Para Mandelbaum, postular el alief no aporta ni mayor poder predictivo ni claridad explicativa; más bien introduce una redundancia conceptual que termina oscureciendo lo que ya entendíamos.
A esto se suma un problema metodológico crucial: el alief no está adecuadamente operacionalizado. Hasta la fecha, no existe ninguna prueba neuropsicológica estandarizada ni un protocolo replicable que permita distinguirlo de manera fiable de una creencia implícita o de una respuesta emocional condicionada.
Por todas estas razones, la postura más sensata es tratar el alief como una hipótesis, pero no como un hecho establecido. Sus defensores deberán aportar evidencia replicable e independiente que demuestre su existencia, dejar claro en qué se diferencia funcionalmente de otros estados mentales ya aceptados y probar que explica los fenómenos con mayor precisión que las teorías actuales. Mientras eso no suceda, parece prematuro incorporarlo como una categoría mental plenamente consolidada dentro de la psicología cognitiva. En definitiva, al concepto de alief aún le queda un largo camino por recorrer antes de pasar de la especulación a la comprobación científica.
Referencias
Gendler, T. S. (2008). Alief and belief. The Journal of Philosophy, 105(10), 634–663.
Mandelbaum, E. (2013). Against alief. Philosophical Studies, 165(1), 197–211.
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