28.4.26

La ilusión de las mentes invisibles y el origen cognitivo de la religión

                                                                                                                                                                                                                             

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             En cualquier rincón del mundo y en todas las épocas de las que se tiene registro, se repite una y otra vez la idea de que existen seres sobrenaturales. Lejos de ser algo anecdótico, la experiencia religiosa parece estar grabada en el ADN del ser humano. Sin embargo, para quienes miran esto desde el rigor científico, surge una duda inevitable: ¿qué tiene nuestra especie que nos empuja, de forma casi instintiva, a imaginar mentes ocultas operando detrás de lo que ocurre en el mundo?

Dentro de la psicología evolucionista existe un debate intenso sobre si la religión es una adaptación directa o bien un subproducto de otras funciones cognitivas. Quienes defienden la primera postura sostienen que la creencia en seres sobrenaturales fue favorecida por la selección natural porque otorgaba ventajas críticas para la supervivencia y el éxito reproductivo (Wilson,2019).

Jesse Bering, psicólogo estadounidense, investigador de la Universidad de Otago (Nueva Zelanda), ha propuesto en cambio, una respuesta que concuerda con la segunda postura de ese debate. Su posición, expuesta en el libro The Belief Instinct: The Psychology of Souls, Destiny, and the Meaning of Life (2011), sostiene que la creencia en agentes sobrenaturales no constituye una adaptación directa favorecida por la selección natural, sino un subproducto involuntario de capacidades cognitivas que evolucionaron para resolver problemas del mundo social.

 

Teoría de la mente 

El concepto central de esta explicación es la teoría de la mente, que es una habilidad que tenemos los seres humanos para inferir estados mentales no observables en otras personas (por ejemplo, las intenciones del otro). Gracias a esta capacidad, nuestros ancestros podían predecir y explicar comportamientos ajenos, cooperar, engañar estratégicamente y moverse con cierta soltura en grupos sociales complejos. Desde una perspectiva evolutiva, los individuos con una teoría de la mente más refinada obtuvieron ventajas claras para la supervivencia y éxito reproductivo. Hasta aquí, todo bien. El problema es que esta herramienta cognitiva, diseñada originalmente para razonar sobre mentes humanas reales, tiende a aplicarse de manera indiscriminada. Cuando alguien se enfrenta a eventos sorprendentes, impredecibles o directamente traumáticos- como un desastre natural por ejemplo- el cerebro activa automáticamente la inferencia de que detrás de ese suceso debe existir una intencionalidad. A este fenómeno Bering lo llama "teoría de la mente desbordada", y genera esa sensación de que las cosas no ocurren por casualidad, sino que responden a un plan o un diseño.

Para el autor del libro, la creencia en dioses sería una ilusión cognitiva, comparable a esas ilusiones ópticas que todos conocemos. Uno sabe perfectamente que las dos líneas de la ilusión de Müller-Lyer miden lo mismo, pero no puede evitar ver una más larga que la otra. De manera similar, asegura que, aunque las personas pueden conocer los argumentos científicos en contra de la existencia de agentes sobrenaturales, siguen experimentando la intuición de cosas tales como que su vida tiene un propósito, de que alguien observa sus actos o de que la mente sobrevive a la muerte biológica. 

 

Vigilancia sobrenatural y conducta moral

Una de las predicciones más verificables de esta hipótesis es la siguiente: la mera sugestión de estar siendo observado por un agente sobrenatural modifica el comportamiento moral, reduciendo la transgresión. Bering y sus colaboradores diseñaron experimentos con niños y adultos para ponerlo a prueba. En uno realizado con niños de cinco a nueve años, se informó a un grupo de la presencia de una "mujer invisible llamada Princesa Alicia" mientras jugaban en una sala. Con cámaras ocultas, los investigadores observaron que los niños que creían en esa presencia tardaban más en transgredir las reglas del juego, o directamente se abstenían de hacerlo, en comparación con un grupo de control que no recibió esa sugestión. Estos resultados, junto a los de otros experimentos realizados por el investigador con adultos donde la princesa Alicia era reemplazada por un fantasma,  apuntan a que la percepción de una mente que nos vigila y evalúa moralmente, aunque sea ilusoria, frena ciertas conductas que que se podrían calificar de "potencialmente censurables", como hacer trampas para lograr determinados objetivos. 

Ahora bien, ¿por qué sería esto relevante desde el punto de vista evolutivo? Bering responde que en el entorno donde vivieron los primeros humanos, agrupados en bandas , la reputación era un valor fundamental para el éxito reproductivo. El chisme, la capacidad de transmitir información sobre los transgresores a terceros que no estan presentes, prolonga el castigo social en el tiempo y el espacio. Por lo tanto, cualquier mecanismo psicológico que hiciera que el individuo se comportara como si estuviera siendo vigilado, incluso cuando no lo estaba, reducía el riesgo de transgresión. No es difícil ver por qué ese rasgo, una vez presente, se habría extendido.

  

La vida después de la muerte como intuición predeterminada

Bering también indagó en la creencia sobre la continuidad de la mente tras la muerte, en colaboración con David Bjorklund. Para ello usaron un teatro de títeres en el que mostraban a niños de entre tres y siete años la muerte de un ratón devorado por un cocodrilo. Después les hacían preguntas sobre las funciones psicológicas del ratón muerto: ¿seguía teniendo hambre?, ¿podía seguir pensando en su madre?, ¿sabía que estaba muerto? Los más pequeños, los de tres y cuatro años, fueron los que más tendencia mostraron a atribuir la persistencia de funciones mentales al cadáver. A medida que aumentaba la edad, y presumiblemente al incorporar conocimiento biológico sobre la muerte, las atribuciones se volvían más materialistas, más "científicas", por llamarlas de algún modo.

Para el investigador éste patrón sugiere algo contraintuitivo: que la continuidad psicológica post mortem no es un producto exclusivo de la enseñanza cultural. Si los niños aprendieran la vida después de la muerte exclusivamente de sus padres o de la tradición, señala que cabría esperar que los niños mayores, con más años de exposición cultural, fueran más propensos a creer en ella. Pero ocurre justo lo contrario: los más pequeños son los que muestran más intuiciones de supervivencia post mortem. Bering concluye, con bastante convicción, que la mente humana está cognitivamente predispuesta a concebir la propia existencia como continua más allá de la muerte biológica. La idea materialista de que la mente cesa por completo sería una adquisición tardía que requiere un esfuerzo cognitivo y se apoya en el conocimiento científico; ese conocimiento, claro, no estuvo disponible durante la mayor parte de la historia humana, y ni siquiera hoy todo el mundo lo integra plenamente.

En términos prácticos, éste investigador no defiende la erradicación de la religión. Señala, por ejemplo, que las innovaciones tecnológicas , las cámaras de vigilancia, los detectores de mentiras en los países en que se los utiliza o el análisis de ADN, cumplen hoy funciones regulatorias muy parecidas a las que en el pasado cumplían las creencias en agentes sobrenaturales. También reconoce que la pertenencia a comunidades religiosas ofrece beneficios psicológicos y de cooperación (desde mi punto de vista, esta afirmación tiene demasiados contra ejemplos. Creo que en ese punto habría que profundizar el análisis).

 

Limitaciones y alcance del modelo

Bering no está proponiendo una teoría general de la religión. Su objetivo es bastante más acotado: describir los mecanismos psicológicos que podrían estar en la base de ciertas creencias existenciales, especialmente las relacionadas con la mente y la muerte.  En rigor de verdad, está trabajando sobre una de las posibles raíces individuales del fenómeno, no sobre su forma social completa.

Desde mi punto de vista, no parece razonable, oponer lo innato a lo cultural: más bien se superponen y se influyen mutuamente.

El punto más discutible, entiendo, aparece en los experimentos que incluyen la posibilidad de efectuar trampas. La introducción de un “agente invisible” puede no activar una creencia real: los participantes pueden entender qué se espera de ellos y ajustar su conducta en consecuencia. El efecto puede existir, pero eso no garantiza que el mecanismo sea cognitivo en el sentido fuerte que propone Bering; podría ser, más simplemente, una gestión de la impresión que consiste en regular el propio comportamiento con el fin de proyectar una imagen favorable de uno mismo ante los demás.

 

Bibliografía: 

Bering, J. (2011). The God instinct: The psychology of souls, destiny, and the meaning of life. W. W. Norton & Co.

Wilson, D. S. (2019). This view of life: Completing the Darwinian revolution. Vintage Books.

12.4.26

Joseph Jastrow y las raíces del razonamiento motivado

Joseph Jastrow (1863-1944)

 Importante: Queda autorizada la reproducción de este texto con fines educativos o de divulgación, siempre que se cite la fuente y se enlace directamente a este blog

La formación de convicciones y la persistencia de las actitudes constituyen uno de los pilares más complejos de la psicología de la creencia, un área donde la obra de Joseph Jastrow, The Psychology of Conviction: A Study of Beliefs and Attitudes (1918), se erige como un antecedente importante del escepticismo científico y la psicología anomalística. 

A diferencia de las crónicas de desenmascaramiento de los mediums espiritistas de la época -ver Dingwall, E. J. (1927) o Houdini, H. (1924) -, el psicólogo norteamericano desplazó el foco de atención desde el mecanismo del truco hacia la arquitectura del error mental del creyente. Propuso que la creencia no es el resultado final de un proceso lógico lineal, sino una construcción influenciada por factores extrínsecos a la evidencia.

Esta idea, para él, afirma que nuestro cerebro no es un juez neutral, sino que funciona como una estructura de asimilación predeterminada. Esto significa -añade- que, mucho antes de que nos detengamos a pensar de forma lógica, nuestros deseos personales y el ambiente cultural en el que vivimos ya han decidido si aceptamos o no una idea. En lugar de usar el discernimiento para llegar a una conclusión, solemos usar la razón después, simplemente para fabricar excusas o "justificaciones" que respalden lo que ya habíamos decidido creer por motivos emocionales o sociales.

En resumen: primero "queremos" creer y luego buscamos argumentos que nos den la razón.

La vigencia actual del texto de Jastrow, mas de cien años después de que fuera publicado, reside en su capacidad para identificar que el autoengaño no es una anomalía de la inteligencia, sino una característica intrínseca de la condición humana, lo que hoy se identifica como sesgo del razonamiento motivado. No es por falta de inteligencia; de hecho, las personas con mayor capacidad analítica a veces son mejores "fabricando" argumentos complejos para autoengañarse. Este es un fenómeno psicológico en el que nuestros deseos, miedos o necesidades emocionales actúan como un filtro que guía la forma en que procesamos la información. En lugar de evaluar los datos de manera objetiva para llegar a una conclusión lógica, el cerebro "decide" primero qué conclusión prefiere y luego interpreta las pruebas necesarias para respaldarla.

El análisis del autor sobre la ilusión de objetividad anticipó el estudio de las distorsiones cognitivas. Subrayó que la convicción es, frecuentemente, un producto de la voluntad emocional más que de la inducción empírica, propia del método científico. Si bien el texto carece de los marcos modernos de la neurobiología y la comprensión actual sobre la naturaleza reconstructiva de la memoria, sus observaciones sobre cómo la mente selecciona información para confirmar prejuicios mantienen una precisión diagnóstica asombrosa. En la actualidad, este enfoque resulta indispensable para comprender la resiliencia de las pseudociencias y la difusión de noticias falsas, fenómenos que no responden a una carencia de datos, sino a la satisfacción de necesidades psicológicas de control y pertenencia. Así, el estudio de las actitudes propuesto en 1918 continúa proveyendo las herramientas intelectuales necesarias para mitigar las fallas de la percepción mediante la aplicación rigurosa del método científico como sistema de defensa contra el error propio.

Jastrow nos recuerda que el pensamiento correcto no es una facultad que poseemos naturalmente, sino una disciplina que debemos practicar activamente para protegernos de las trampas de nuestra propia mente.

Referencias: 

Dingwall, E. J. (1927). How to go to a medium: A manual of instruction. Kegan Paul, Trench, Trubner & Co. https://archive.org/details/howtogotomediumm0000ding

Houdini, H. (1924). A magician among the spirits. Harper & Brothers. https://archive.org/details/magicianamongspi00houd

Jastrow, J. (1918). The psychology of conviction: A study of beliefs and attitudes. Houghton Mifflin. https://archive.org/details/psychologyofconv00jast

1.4.26

Revisión crítica de supuestas "pruebas científicas" sobre la existencia del alma

 

 Ilustración del alma de una persona (Orbis sensualium pictus (1666?) de J.A. Comenius)

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La idea de alma no es nueva ni marginal: aparece una y otra vez, en distintas culturas y épocas, con significados que cambian pero con una intuición de fondo bastante estable. La de que hay “algo más” que el cuerpo. Algo que nos define, que sobrevive, que nos hace ser quienes somos. Ahora bien, conviene no mezclar sin más conceptos que, aunque convergen (en parte), no son lo mismo: el yo psicológico, la mente como conjunto de procesos cognitivos y el alma en sentido religioso que no son equivalentes, aunque muchas veces se los trate como si lo fueran.

Desde una perspectiva de escepticismo científico, el punto de partida es más incómodo: no alcanza con que una idea resulte intuitiva o culturalmente extendida, debe ser respaldada por evidencia empírica .  En ese marco, la idea de un alma como entidad inmaterial, separada del cuerpo y capaz de sobrevivir a la muerte, no tiene un respaldo convincente. Eso no impidió que distintos investigadores intentaran sostenerla con argumentos que se presentan como “científicos”. Vale la pena revisarlos con cuidado.

La lucidez terminal

Uno de los fenómenos que suele citarse en este contexto es el de las experiencias cercanas a la muerte (ECM), especialmente en casos donde el cerebro está gravemente comprometido. Dentro de ese conjunto, hay un episodio particularmente llamativo: la llamada "lucidez terminal" donde pacientes con daño neurológico severo (a veces con demencia avanzada o lesiones cerebrales extensas) recuperan de forma súbita claridad mental, poco antes de morir. 

A primera vista, el fenómeno desconcierta. Para algunos, parece encajar demasiado bien con la idea de que la mente (o el alma) no depende completamente del cerebro, pero cuando se lo analiza con herramientas más estrictas, el cuadro cambia.

Michael Shermer, por ejemplo, retoma el tema apoyándose en observaciones del neurocientífico Ariel Zeleznikow-Johnston. El problema es bastante básico: no hay datos directos. Durante esos episodios no hay EEG en el momento exacto en que ocurre, ni imágenes cerebrales, ni registros fisiológicos continuos. Es decir, no sabemos realmente qué está pasando en el cerebro mientras ocurre esa aparente “recuperación”. (Shermer, M. 2025)

A partir de ahí, para Michael Shermer, lo que hay son hipótesis plausibles. Por ejemplo, en pacientes terminales, la deshidratación puede reducir el edema cerebral, lo que, al menos teóricamente, permitiría una mejora transitoria en la función neuronal. No es espectacular, pero alcanza para explicar breves momentos de lucidez.

También se han propuesto mecanismos más complejos: reorganizaciones neuronales transitorias, liberación masiva de neurotransmisores o patrones eléctricos inusuales. Nada de esto implica que el cerebro “deje de ser necesario”. Más bien al contrario: todo apunta a que incluso en condiciones extremas sigue siendo el soporte de la experiencia.

El argumento de la degradación

Otra línea de defensa del alma adopta una forma distinta. No niega el rol del cerebro, pero lo redefine: el cerebro no produciría la mente, sino que funcionaría como una especie de receptor o transmisor. La mente (o el alma) sería algo externo, que utiliza al cerebro para manifestarse.Suena elegante, pero no encaja bien con lo que muestra la neurología clínica.

Steven Novella señala que las lesiones cerebrales no solo afectan cómo nos expresamos, sino que transforman la identidad. Si el cerebro fuera un mero canal, eso no debería suceder. El síndrome de Capgras es un caso ilustrativo: una persona reconoce el rostro de un familiar, pero está convencida de que es un impostor. Para el neurólogo, no es un problema de percepción básica, sino un quiebre en el reconocimiento emocional. O el síndrome de la mano alienígena, donde una mano parece actuar con voluntad propia. En este caso no se trata de un mero fallo comunicativo: es una alteración en la experiencia del propio cuerpo. (Novella, S. 2014)

Estos casos clínicos no encajan con la idea de un “alma intacta” que simplemente no logra expresarse. Lo que muestran, más bien, es que lo que llamamos identidad depende críticamente del cerebro. De ahí el llamado “argumento de la degradación”: si al dañar el cerebro cambia la persona, entonces la persona no es algo separado del cerebro.

Estudios de ECM en pacientes con paro cardíaco

Las experiencias cercanas a la muerte siguen siendo uno de los pilares más utilizados para defender la existencia del alma. Pero cuando se las examina con más detalle, aparecen problemas importantes.

Christopher French, desde la psicología anomalística, ha sido especialmente claro en este punto. Comentando al estudio de Pim van Lommel publicado en The Lancet (uno de los más citados en este campo) reconoce un mérito: no se basa únicamente en recuerdos lejanos, sino que intenta seguir a los pacientes desde el evento médico. Eso constituye un avance, pero no es suficiente.

El problema central es el cuándo. Los pacientes relatan sus experiencias después de recuperar la conciencia, nunca durante. No hay forma de establecer con precisión en qué momento ocurrieron esas vivencias. ¿Fue durante el paro cardíaco, con el EEG plano? ¿O en los momentos previos o posteriores, cuando todavía había actividad cerebral residual? (French, C. 2001)

Esta incertidumbre no es un detalle menor. Si las experiencias ocurrieron durante las fases de transición (algo perfectamente plausible), no hace falta invocar ninguna conciencia separada del cuerpo. Alcanzan procesos cerebrales conocidos tales como actividad residual, desorganización perceptiva o alucinaciones.

A esto se suma otro problema: la memoria no es un registro fiel. Elizabeth Loftus lo ha demostrado repetidamente, mostrando que los recuerdos pueden distorsionarse, reconstruirse e incluso fabricarse sin que la persona lo advierta. En situaciones extremas, con lagunas de conciencia, ese efecto puede amplificarse. Teniendo en cuenta ésto, lo que se recuerda como una experiencia extraordinaria podría ser, en parte, una reconstrucción posterior.

Mientras no haya evidencia verificable (por ejemplo, percepciones comprobables obtenidas fuera del cuerpo) no hay razón para abandonar las explicaciones convencionales.

El experimento de los 21 gramos

Pocos ejemplos ilustran mejor la distancia entre impacto mediático y rigor científico que el experimento de Duncan MacDougall publicado en 1907. La idea que planteó este investigador era simple: si el alma existe y tiene alguna forma de entidad física, debería tener peso. Entonces, midió la masa de pacientes antes y después de morir.

El diseño del experimento era, como mínimo, problemático. Seis pacientes, resultados inconsistentes y un único caso que mostró una pérdida de 21,3 gramos. Los datos obtenidos que no encajaban con la hipotesis o fueron descartados o no coincidieron. Aun así, ese número quedó instalado en el imaginario colectivo, a tal punto que casi cien años después se realizó una película con el título "21 gramos".

El contexto ayuda a entender por qué persistió esa información errónea. Antes de que el estudio se publicara formalmente, The New York Times difundió la historia con un titular categórico y sensacionalista: “El alma tiene peso”. La simplificación periodística fue mucho más influyente que el artículo original.

Las críticas metodológicas al experimento de MacDougall no tardaron en aparecer: tamaño de muestra insuficiente, instrumentos imprecisos y, obviamente, falta de control de variables. Sitios de verificación como Snopes y debates en foros especializados han señalado, entre otras cosas, la imposibilidad de determinar con exactitud el momento de la muerte o de controlar factores como la pérdida de fluidos.

De hecho, ya en 1907, el médico Augustus P. Clarke propuso una explicación fisiológica sencilla: al detenerse la circulación, aumentaría la temperatura corporal y con ello la evaporación de humedad. Eso bastaría para explicar una disminución de peso sin necesidad de invocar nada sobrenatural.

Bastante más tarde, Susan Blackmore añadió objeciones adicionales (Ishida, M. 2010). El entorno no estaba controlado porque los cuerpos estaban expuestos al aire y la supuesta pérdida de peso no siempre coincidía con el momento exacto de la muerte. En algunos casos, ocurría minutos después.

Incluso los intentos posteriores de defender el estudio de 1907, como el realizado por un investigador japonés (Ishida, M. 2010) terminan reconociendo un punto clave: nunca fue replicado de manera independiente. El propio MacDougall lo había admitido .

El experimento de los 21 gramos es más un ejemplo de cómo se construyen ciertos mitos en base a nuestro pensamiento ilusorio  que una evidencia seria a favor de la existencia del alma.


Referencias 

French, C. C., & Stone, A. (2014). Anomalistic Psychology: Exploring Paranormal Belief and Experience. Palgrave Macmillan

French, C. C. (2001). Dying to know the truth: Visions of a dying brain, or false memories? The Lancet, 358(9298), 2010–2011. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(01)07133-1

Ishida, M. (2010). Rebuttal to claimed refutations of Duncan MacDougall's experiment on human weight change at the moment of death. Journal of Scientific Exploration, 24(1), 5–39.

Mikkelson, D. (2003, octubre 26). Was the weight of a human soul determined to be 21 grams? Snopes. https://www.snopes.com/fact-check/weight-of-the-soul/

Novella, S. (2014, mayo 27). The brain is not a receiver. NeuroLogica Blog. https://theness.com/neurologicablog/the-brain-is-not-a-receiver/

Shermer, M. (2025, octubre 28). The soul of the gaps. Skeptic. https://www.skeptic.com/article/the-soul-of-the-gaps/