Dentro de la psicología evolucionista existe un debate intenso sobre si la religión es una adaptación directa o bien un subproducto de otras funciones cognitivas. Quienes defienden la primera postura sostienen que la creencia en seres sobrenaturales fue favorecida por la selección natural porque otorgaba ventajas críticas para la supervivencia y el éxito reproductivo (Wilson,2019).
Jesse Bering, psicólogo estadounidense, investigador de la Universidad de Otago (Nueva Zelanda), ha propuesto en cambio, una respuesta que concuerda con la segunda postura de ese debate. Su posición, expuesta en el libro The Belief Instinct: The Psychology of Souls, Destiny, and the Meaning of Life (2011), sostiene que la creencia en agentes sobrenaturales no constituye una adaptación directa favorecida por la selección natural, sino un subproducto involuntario de capacidades cognitivas que evolucionaron para resolver problemas del mundo social.
Teoría de la mente
El concepto central de esta explicación es la teoría de la mente, que es una habilidad que tenemos los seres humanos para inferir estados mentales no observables en otras personas (por ejemplo, las intenciones del otro). Gracias a esta capacidad, nuestros ancestros podían predecir y explicar comportamientos ajenos, cooperar, engañar estratégicamente y moverse con cierta soltura en grupos sociales complejos. Desde una perspectiva evolutiva, los individuos con una teoría de la mente más refinada obtuvieron ventajas claras para la supervivencia y éxito reproductivo. Hasta aquí, todo bien. El problema es que esta herramienta cognitiva, diseñada originalmente para razonar sobre mentes humanas reales, tiende a aplicarse de manera indiscriminada. Cuando alguien se enfrenta a eventos sorprendentes, impredecibles o directamente traumáticos- como un desastre natural por ejemplo- el cerebro activa automáticamente la inferencia de que detrás de ese suceso debe existir una intencionalidad. A este fenómeno Bering lo llama "teoría de la mente desbordada", y genera esa sensación de que las cosas no ocurren por casualidad, sino que responden a un plan o un diseño.
Para el autor del libro, la creencia en dioses sería una ilusión cognitiva, comparable a esas ilusiones ópticas que todos conocemos. Uno sabe perfectamente que las dos líneas de la ilusión de Müller-Lyer miden lo mismo, pero no puede evitar ver una más larga que la otra. De manera similar, asegura que, aunque las personas pueden conocer los argumentos científicos en contra de la existencia de agentes sobrenaturales, siguen experimentando la intuición de cosas tales como que su vida tiene un propósito, de que alguien observa sus actos o de que la mente sobrevive a la muerte biológica.
Vigilancia sobrenatural y conducta moral
Una de las predicciones más verificables de esta hipótesis es la siguiente: la mera sugestión de estar siendo observado por un agente sobrenatural modifica el comportamiento moral, reduciendo la transgresión. Bering y sus colaboradores diseñaron experimentos con niños y adultos para ponerlo a prueba. En uno realizado con niños de cinco a nueve años, se informó a un grupo de la presencia de una "mujer invisible llamada Princesa Alicia" mientras jugaban en una sala. Con cámaras ocultas, los investigadores observaron que los niños que creían en esa presencia tardaban más en transgredir las reglas del juego, o directamente se abstenían de hacerlo, en comparación con un grupo de control que no recibió esa sugestión. Estos resultados, junto a los de otros experimentos realizados por el investigador con adultos donde la princesa Alicia era reemplazada por un fantasma, apuntan a que la percepción de una mente que nos vigila y evalúa moralmente, aunque sea ilusoria, frena ciertas conductas que que se podrían calificar de "potencialmente censurables", como hacer trampas para lograr determinados objetivos.
Ahora bien, ¿por qué sería esto relevante desde el punto de vista evolutivo? Bering responde que en el entorno donde vivieron los primeros humanos, agrupados en bandas , la reputación era un valor fundamental para el éxito reproductivo. El chisme, la capacidad de transmitir información sobre los transgresores a terceros que no estan presentes, prolonga el castigo social en el tiempo y el espacio. Por lo tanto, cualquier mecanismo psicológico que hiciera que el individuo se comportara como si estuviera siendo vigilado, incluso cuando no lo estaba, reducía el riesgo de transgresión. No es difícil ver por qué ese rasgo, una vez presente, se habría extendido.
La vida después de la muerte como intuición predeterminada
Bering también indagó en la creencia sobre la continuidad de la mente tras la muerte, en colaboración con David Bjorklund. Para ello usaron un teatro de títeres en el que mostraban a niños de entre tres y siete años la muerte de un ratón devorado por un cocodrilo. Después les hacían preguntas sobre las funciones psicológicas del ratón muerto: ¿seguía teniendo hambre?, ¿podía seguir pensando en su madre?, ¿sabía que estaba muerto? Los más pequeños, los de tres y cuatro años, fueron los que más tendencia mostraron a atribuir la persistencia de funciones mentales al cadáver. A medida que aumentaba la edad, y presumiblemente al incorporar conocimiento biológico sobre la muerte, las atribuciones se volvían más materialistas, más "científicas", por llamarlas de algún modo.
Para el investigador éste patrón sugiere algo contraintuitivo: que la continuidad psicológica post mortem no es un producto exclusivo de la enseñanza cultural. Si los niños aprendieran la vida después de la muerte exclusivamente de sus padres o de la tradición, señala que cabría esperar que los niños mayores, con más años de exposición cultural, fueran más propensos a creer en ella. Pero ocurre justo lo contrario: los más pequeños son los que muestran más intuiciones de supervivencia post mortem. Bering concluye, con bastante convicción, que la mente humana está cognitivamente predispuesta a concebir la propia existencia como continua más allá de la muerte biológica. La idea materialista de que la mente cesa por completo sería una adquisición tardía que requiere un esfuerzo cognitivo y se apoya en el conocimiento científico; ese conocimiento, claro, no estuvo disponible durante la mayor parte de la historia humana, y ni siquiera hoy todo el mundo lo integra plenamente.
En términos prácticos, éste investigador no defiende la erradicación de la religión. Señala, por ejemplo, que las innovaciones tecnológicas , las cámaras de vigilancia, los detectores de mentiras en los países en que se los utiliza o el análisis de ADN, cumplen hoy funciones regulatorias muy parecidas a las que en el pasado cumplían las creencias en agentes sobrenaturales. También reconoce que la pertenencia a comunidades religiosas ofrece beneficios psicológicos y de cooperación (desde mi punto de vista, esta afirmación tiene demasiados contra ejemplos. Creo que en ese punto habría que profundizar el análisis).
Limitaciones y alcance del modelo
Bering no está proponiendo una teoría general de la religión. Su objetivo es bastante más acotado: describir los mecanismos psicológicos que podrían estar en la base de ciertas creencias existenciales, especialmente las relacionadas con la mente y la muerte. En rigor de verdad, está trabajando sobre una de las posibles raíces individuales del fenómeno, no sobre su forma social completa.
Desde mi punto de vista, no parece razonable, oponer lo innato a lo cultural: más bien se superponen y se influyen mutuamente.
El punto más discutible, entiendo, aparece en los experimentos que incluyen la posibilidad de efectuar trampas. La introducción de un “agente invisible” puede no activar una creencia real: los participantes pueden entender qué se espera de ellos y ajustar su conducta en consecuencia. El efecto puede existir, pero eso no garantiza que el mecanismo sea cognitivo en el sentido fuerte que propone Bering; podría ser, más simplemente, una gestión de la impresión que consiste en regular el propio comportamiento con el fin de proyectar una imagen favorable de uno mismo ante los demás.
Bibliografía:
Bering, J. (2011). The God instinct: The psychology of souls, destiny, and the meaning of life. W. W. Norton & Co.
Wilson, D. S. (2019). This view of life: Completing the Darwinian revolution. Vintage Books.

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