Ilustración del alma de una persona (Orbis sensualium pictus (1666?) de J.A. Comenius)
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La idea de alma no es nueva ni marginal: aparece una y otra vez, en distintas culturas y épocas, con significados que cambian pero con una intuición de fondo bastante estable. La de que hay “algo más” que el cuerpo. Algo que nos define, que sobrevive, que nos hace ser quienes somos. Ahora bien, conviene no mezclar sin más conceptos que, aunque convergen (en parte), no son lo mismo: el yo psicológico, la mente como conjunto de procesos cognitivos y el alma en sentido religioso que no son equivalentes, aunque muchas veces se los trate como si lo fueran.
Desde una perspectiva de escepticismo científico, el punto de partida es más incómodo: no alcanza con que una idea resulte intuitiva o culturalmente extendida, debe ser respaldada por evidencia empírica . En ese marco, la idea de un alma como entidad inmaterial, separada del cuerpo y capaz de sobrevivir a la muerte, no tiene un respaldo convincente. Eso no impidió que distintos investigadores intentaran sostenerla con argumentos que se presentan como “científicos”. Vale la pena revisarlos con cuidado.
La lucidez terminal
Uno de los fenómenos que suele citarse en este contexto es el de las experiencias cercanas a la muerte (ECM), especialmente en casos donde el cerebro está gravemente comprometido. Dentro de ese conjunto, hay un episodio particularmente llamativo: la llamada "lucidez terminal" donde pacientes con daño neurológico severo (a veces con demencia avanzada o lesiones cerebrales extensas) recuperan de forma súbita claridad mental, poco antes de morir.
A primera vista, el fenómeno desconcierta. Para algunos, parece encajar demasiado bien con la idea de que la mente (o el alma) no depende completamente del cerebro, pero cuando se lo analiza con herramientas más estrictas, el cuadro cambia.
Michael Shermer, por ejemplo, retoma el tema apoyándose en observaciones del neurocientífico Ariel Zeleznikow-Johnston. El problema es bastante básico: no hay datos directos. Durante esos episodios no hay EEG en el momento exacto en que ocurre, ni imágenes cerebrales, ni registros fisiológicos continuos. Es decir, no sabemos realmente qué está pasando en el cerebro mientras ocurre esa aparente “recuperación”. (Shermer, M. 2025)
A partir de ahí, para Michael Shermer, lo que hay son hipótesis plausibles. Por ejemplo, en pacientes terminales, la deshidratación puede reducir el edema cerebral, lo que, al menos teóricamente, permitiría una mejora transitoria en la función neuronal. No es espectacular, pero alcanza para explicar breves momentos de lucidez.
También se han propuesto mecanismos más complejos: reorganizaciones neuronales transitorias, liberación masiva de neurotransmisores o patrones eléctricos inusuales. Nada de esto implica que el cerebro “deje de ser necesario”. Más bien al contrario: todo apunta a que incluso en condiciones extremas sigue siendo el soporte de la experiencia.
El argumento de la degradación
Otra línea de defensa del alma adopta una forma distinta. No niega el rol del cerebro, pero lo redefine: el cerebro no produciría la mente, sino que funcionaría como una especie de receptor o transmisor. La mente (o el alma) sería algo externo, que utiliza al cerebro para manifestarse.Suena elegante, pero no encaja bien con lo que muestra la neurología clínica.
Steven Novella señala que las lesiones cerebrales no solo afectan cómo nos expresamos, sino que transforman la identidad. Si el cerebro fuera un mero canal, eso no debería suceder. El síndrome de Capgras es un caso ilustrativo: una persona reconoce el rostro de un familiar, pero está convencida de que es un impostor. Para el neurólogo, no es un problema de percepción básica, sino un quiebre en el reconocimiento emocional. O el síndrome de la mano alienígena, donde una mano parece actuar con voluntad propia. En este caso no se trata de un mero fallo comunicativo: es una alteración en la experiencia del propio cuerpo. (Novella, S. 2014)Estos casos clínicos no encajan con la idea de un “alma intacta” que simplemente no logra expresarse. Lo que muestran, más bien, es que lo que llamamos identidad depende críticamente del cerebro. De ahí el llamado “argumento de la degradación”: si al dañar el cerebro cambia la persona, entonces la persona no es algo separado del cerebro.
Estudios de ECM en pacientes con paro cardíaco
Las experiencias cercanas a la muerte siguen siendo uno de los pilares más utilizados para defender la existencia del alma. Pero cuando se las examina con más detalle, aparecen problemas importantes.
Christopher French, desde la psicología anomalística, ha sido especialmente claro en este punto. Comentando al estudio de Pim van Lommel publicado en The Lancet (uno de los más citados en este campo) reconoce un mérito: no se basa únicamente en recuerdos lejanos, sino que intenta seguir a los pacientes desde el evento médico. Eso constituye un avance, pero no es suficiente.
El problema central es el cuándo. Los pacientes relatan sus experiencias después de recuperar la conciencia, nunca durante. No hay forma de establecer con precisión en qué momento ocurrieron esas vivencias. ¿Fue durante el paro cardíaco, con el EEG plano? ¿O en los momentos previos o posteriores, cuando todavía había actividad cerebral residual? (French, C. 2001)
Esta incertidumbre no es un detalle menor. Si las experiencias ocurrieron durante las fases de transición (algo perfectamente plausible), no hace falta invocar ninguna conciencia separada del cuerpo. Alcanzan procesos cerebrales conocidos tales como actividad residual, desorganización perceptiva o alucinaciones.
A esto se suma otro problema: la memoria no es un registro fiel. Elizabeth Loftus lo ha demostrado repetidamente, mostrando que los recuerdos pueden distorsionarse, reconstruirse e incluso fabricarse sin que la persona lo advierta. En situaciones extremas, con lagunas de conciencia, ese efecto puede amplificarse. Teniendo en cuenta ésto, lo que se recuerda como una experiencia extraordinaria podría ser, en parte, una reconstrucción posterior.
Mientras no haya evidencia verificable (por ejemplo, percepciones comprobables obtenidas fuera del cuerpo) no hay razón para abandonar las explicaciones convencionales.
El experimento de los 21 gramos
Pocos ejemplos ilustran mejor la distancia entre impacto mediático y rigor científico que el experimento de Duncan MacDougall publicado en 1907. La idea que planteó este investigador era simple: si el alma existe y tiene alguna forma de entidad física, debería tener peso. Entonces, midió la masa de pacientes antes y después de morir.
El diseño del experimento era, como mínimo, problemático. Seis pacientes, resultados inconsistentes y un único caso que mostró una pérdida de 21,3 gramos. Los datos obtenidos que no encajaban con la hipotesis o fueron descartados o no coincidieron. Aun así, ese número quedó instalado en el imaginario colectivo, a tal punto que casi cien años después se realizó una película con el título "21 gramos".
El contexto ayuda a entender por qué persistió esa información errónea. Antes de que el estudio se publicara formalmente, The New York Times difundió la historia con un titular categórico y sensacionalista: “El alma tiene peso”. La simplificación periodística fue mucho más influyente que el artículo original.
Las críticas metodológicas al experimento de MacDougall no tardaron en aparecer: tamaño de muestra insuficiente, instrumentos imprecisos y, obviamente, falta de control de variables. Sitios de verificación como Snopes y debates en foros especializados han señalado, entre otras cosas, la imposibilidad de determinar con exactitud el momento de la muerte o de controlar factores como la pérdida de fluidos.
De hecho, ya en 1907, el médico Augustus P. Clarke propuso una explicación fisiológica sencilla: al detenerse la circulación, aumentaría la temperatura corporal y con ello la evaporación de humedad. Eso bastaría para explicar una disminución de peso sin necesidad de invocar nada sobrenatural.
Bastante más tarde, Susan Blackmore añadió objeciones adicionales (Ishida, M. 2010). El entorno no estaba controlado porque los cuerpos estaban expuestos al aire y la supuesta pérdida de peso no siempre coincidía con el momento exacto de la muerte. En algunos casos, ocurría minutos después.
Incluso los intentos posteriores de defender el estudio de 1907, como el realizado por un investigador japonés (Ishida, M. 2010) terminan reconociendo un punto clave: nunca fue replicado de manera independiente. El propio MacDougall lo había admitido .
El experimento de los 21 gramos es más un ejemplo de cómo se construyen ciertos mitos en base a nuestro pensamiento ilusorio que una evidencia seria a favor de la existencia del alma.
Referencias
French, C. C., & Stone, A. (2014). Anomalistic Psychology: Exploring Paranormal Belief and Experience. Palgrave Macmillan
French, C. C. (2001). Dying to know the truth: Visions of a dying brain, or false memories? The Lancet, 358(9298), 2010–2011. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(01)07133-1
Ishida, M. (2010). Rebuttal to claimed refutations of Duncan MacDougall's experiment on human weight change at the moment of death. Journal of Scientific Exploration, 24(1), 5–39.
Mikkelson, D. (2003, octubre 26). Was the weight of a human soul determined to be 21 grams? Snopes. https://www.snopes.com/fact-check/weight-of-the-soul/
Novella, S. (2014, mayo 27). The brain is not a receiver. NeuroLogica Blog. https://theness.com/neurologicablog/the-brain-is-not-a-receiver/
Shermer, M. (2025, octubre 28). The soul of the gaps. Skeptic. https://www.skeptic.com/article/the-soul-of-the-gaps/

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