10.10.09

La causalidad y la ciencia de la conducta humana (2º parte)

Continuación del artículo de Adolf Grünbaum publicado en American Scientist, 1952, 40, 665-676

CAUSALIDAD Y RESPONSABILIDAD MORAL


En .primer lugar, debemos aclarar la imposibilidad de identificar el de­terminismo con la doctrina primitiva y precientífica del fatalismo. El fatalismo afirma que los resultados siempre serán los mismos, indepen­dientemente de lo que uno haga. En contraste, el determinismo dice que, hacemos tal o cual cosa, entonces resultará este o aquel efecto. El fatalista piensa que si usted participa en un combate y "alguna bala lleva su nombre”, usted morirá a pesar de todo lo que haga para evitarlo. Por eso, el fatalista dice, cuando ocurre una catástrofe natural, no importa que usted esté presente en la escena del desastre o no, si ya está “destinado a morir” ese día, morirá en cualquier otra forma.

El determinista,por el contrario, sostiene que una persona morirá cierto día, únicamente si las condiciones que conducen a la muerte se materializan para esa persona, en ese día particular, como será verdaderamente el caso, alguna vez, para cada uno de nosotros. A diferencia del fatalismo, el determinis­mo concede a las acciones humanas una eficacia causal.

El segundo punto que debe tenerse en cuenta es el de que las leyes físicas, en ningún sentido, obligan a los cuerpos a comportarse de una cierta manera, sino que meramente describen como hechos, el modo como se comportan. Igualmente, las leyes psicológicas no nos compelen a hacer o desear alguna cosa contra nuestra voluntad. Estas leyes indican solamente como hechos que, bajo ciertas condiciones, hacemos o deseamos algo. De ahí que, si hubiera una ley psicológica que nos permitiera predecir que, bajo determinadas circunstancias, un hombre llegaría a desear perpetrar un acto específico, esa ley no lo llevaría a actuar de un modo contrario a sus propios deseos, ni las leyes psicológicas, que señalan bajo que condiciones surgen nuestros deseos, nos impulsan a actuar en una forma que sea contraria a nuestra propia voluntad.


Un ejemplo nos mostrará cómo los fiscales de distrito son deterministas, dado que en su trabajo presuponen la existencia de una conexión causal definida entre motivos y actos. En una película francesa reciente, vemos a un fiscal de distrito, casado con una mujer más bien simple y cándida, de la que sospecha una violación de sus votos maritales. El fis­cal encontró, mientras hablaba con ella, una forma aparentemente ino­cente de mencionar el nombre de su rival, lo que produjo a la esposa un pasajero sofocón; pero ella, con estudiada inocencia, trató de afir­mar que no había tenido motivo alguno para sofocarse. El fiscal insistió en que sí tenía un motivo definido, habiendo resultado que estaba en lo cierto.

No deberá pensarse que el indeterminista está ahora preparado para rendirse, pues todavía no ha usado su arma más fuerte. El indeterminista dice que "a todos nos es familiar el hecho de que cuando rememoramos nuestra conducta pasada, muy frecuentemente sentimos vívidamente que podríamos haber hecho otra cosa. Si el determinista tuviera razón al sos­tener que nuestra conducta estuvo ineludiblemente determinada por cau­sas primarias, este sentimiento retrospectivo de libertad no debería existir, o bien, ser fraudulento. Pero, sea cual fuere el caso, el peso de la eviden­cia descansa sobre él". El determinista de buena gana acepta este reto, replicando de la manera siguiente: Examinemos cuidadosamente el con­tenido del sentimiento de que en cierta ocasión nosotros podíamos haber actuado de un modo distinto al que, de verdad, nos comportamos. ¿,Qué encontramos? ¿Nos informa el sentimiento actual que podríamos habemos conducido en una forma distinta bajo, exactamente, las mismas circuns­tancias motivacionales externas e internas? No, dice el determinista, ese sentimiento descubre, simplemente, que pudimos actuar de acuerdo con el que era, en ese momento, nuestro más fuerte deseo y que en verdad podríamos haber actuado de otra manera, si en ese lapso hubiese preva­lecido un motivo diferente.

Así, la respuesta del determinista es que el contenido de esta "concien­cia de libertad" está en el conocimiento de que pudimos actuar en respuesta al más fuerte motivo que entonces existió y que, en ese sentido, no estuvimos "bajo una compulsión". Sin embargo, el determinista nos re­cuerda que nuestro sentimiento de "libertad" no nos hace ver que, dados los motivos que actuaron sobre nosotros en aquella ocasión, su distribución y fuerza relativa, podríamos haber actuado diferentemente del modo como, de hecho, lo hicimos. Ninguno de nosotros siente que podría haber respondido al más débil de todos los motivos en pugna, o actuado sin una causa o motivo, o elegido el motivo que actuó sobre nosotros. Puesto que, del sentimiento retrospectivo de libertad que tenemos, no se deduce ninguna de esas opciones, su declaración no contiene hecho alguno incompatible con los postulados del determinista.

El análisis que hemos ofrecido es aplicable, simultáneamente, al re­mordimiento, el arrempentimiento o la culpa. En ocasiones, experimentamos remordimiento acerca de nuestra conducta pasada, cuando la considera­mos a la luz de diferentes motivos. Una vez que tenemos un conjunto diferente de motivos determinando una situación, sentimos que una deci­sión distinta es requerida. Si nuestros motivos no cambian, no deplora­mos un acto pasado, no importa cuán reprensible pudiera haber parecido al vérsele de otra manera. El arrempentimiento expresa un sentimiento hacia lo injusta y despreciable que parece nuestra conducta pasada, cuando es vista a la luz de nuevos motivos. La compunción que experimentamos puede actuar como un disuasivo contra la repetición de conductas ante­riores con consecuencias despreciables. Si el determinista manifiesta arrepentimiento con respecto a pasados extravíos, está aplicándose a sí mismo motivos que ayudarán a su mejoramiento; pero no está dando rienda suelta a sus reproches ni castigándose en forma retroactiva. El reproche retroactivo es fútil, pues el pasado nunca volverá. En consecuencia, el determinista no entiende la responsabilidad como un inculpamiento, sino que más bien constituye, para él, la obligación de reformar o de castigar con fines educativos. El castigo deviene en educación cuando es admi­nistrado acertadamente y se instituye en una causa que se opone a la repetición de la conducta perjudicial. El determinista rechaza como bár­bara la idea primitiva de las sanciones equivalentes a venganza, pues no comprende cómo un daño pueda remediarse infligiendo un mero dolor o pesar al delincuente, al menos que el dolor impuesto haga concebir la esperanza de que en otra ocasión actuará como un disuasivo causal frente a la conducta perniciosa. Recordaremos que el indeterminista acusaba al determinista de castigar cruelmente a quien (de ser verdad las tesis del de­terminismo), no tenía esperanza de actuar en una forma distinta. El determinista ahora da la vuelta a la medalla y acusa a su antagonista de ser gratuitamente vengativo, apoyándose en el hecho de que el indeter­minista se compromete, por su propia teoría, con una concepción revan­chista del castigo. El indeterminista no puede, consecuentemente, esperar que se logre algo mejor que el desquite infligiendo un castigo, pues si admitiera que el castigo influye causalmente sobre todos o sobre algunos de los criminales, tendría entonces que abandonar lo que son las bases de su argumentación en contra del determinismo. Vemos, así, que el deter­minismo no implica la doctrina de tout comprendre, c' est tout pardonner.

¿ Qué es lo que el determinista cree respecto a la aplicación de casti­gos? Desde su punto de vista, el castigo debería ser administrado a la persona sobre la que un motivo decisivo actuó, porque esa persona se encuentra ante una reunión crítica de causas y es probable que, si no se le castiga, produzca un nuevo daño. Por tanto, la doctrina del determinista no le compromete a castigar a los padres o al ambiente social del delincuente, en atención a los actos de éste último, aun cuando padres y ambientes, sean las causas básicas de la mala conducta. Tal procedimiento sería inútil, si el propósito que se tiene es el de rehabilitar al delin­cuente. El que sigue es, sin embargo, un caso en el que el determinista no aplica el castigo. Cuando una persona actúa bajo compulsión, se en­cuentra imposibilitada para realizar sus propios deseos. En tales circunstancias, su estado interno no tiene que ver nada con la forma en que actúa. En tanto que su estado interno no requiere de una reforma, el castigo, en dicho caso, sería completamente inoportuno.

Es claro que el problema íntegro de la responsabilidad puede ser re­sueIto dentro del dominio de los supuestos deterministas. De esa manera el problema no es si la conducta está determinada, sino más bien qué factores son los que la determinan, cuando debe asignarse la responsabi­lidad .Lejos de encarar como insuperables las dificultades que entraña el prohlema de la responsabilidad, el determinista, igual que el psicólogo científico, retan ahora al indeterminista a que proporcione una base lógica del sistema penal.


OTROS ARGUMENTOS DEL INDETERMINISTA


A veces se dice que la doctrina determinista, cuando se aplica al hom­bre, llega a ser insostenible, en virtud de que se torna contradictoria en sí misma. Esta afirmación es muy a menudo dispuesta de la manera siguiente: "El determinista, basado en su propia doctrina, debe admitir que su misma aceptación del determinismo está causalmente condicio­nada o determinada. Dado que no podría menos que aceptar lo anterior, no está en posibilidad de argüir que ha elegido una doctrina verdadera." Para justificar esta pretensión se afirma primero, correctamente, que el determinismo implica una determinación causal de su propia aceptación de parte de sus seguidores mismos. No obstante, de ahí se sostiene que en virtud de que el determinista, debido a su misma teoría, no tiene más remedio que aceptar el determinismo, no puede entonces confiar en su verdad. Por tanto, se asevera que la aceptación (del determinista) de la teoría que sustenta, le ha sido impuesta. Pero me permito indicar que esta inferencia envuelve una falacia radical. Quien argumenta de esa ma­nera invoca gratuitamente el punto de vista de que en el caso de que nuestras creencias posean causas, estas causas obliguen a que aceptemos las creencias en cuestión, en contra de nuestro mejor criterio. Nada po­dría estar más alejado de la verdad. Mi creencia de que ahora estoy mirando sobre éste papel una serie de símbolos, deriva del hecho de que su presencia induce, causalmente, ciertas imágenes sobre las retinas de mis ojos, y esta, imágenes a su vez, originan la inferencia que hago acerca de los símbolos que se me están presentando. La razón por la que no supongo que estoy en este instante dando clases a un grupo de estudian­tes en un salón, se debe a que las imágenes de esos estudiantes no se producen en el momento presente en mi campo visual. La generación causal de una creencia en ninguna forma desvirtúa su veracidad. En realidad, si a una creencia determinada no la produjeran causas definidas, no ten­dríamos razones para aceptarla como una descripción adecuada del mun­do en lugar de alguna otra arbitrariamente seleccionada. Lejos de hacer accidental o imposible el conocimiento, la teoría determinista que se refiere al origen de nuestras creencias, es la única que da las bases para pensar que nuestros juicios sobre el mundo son, o pueden llegar a ser verdaderos El juicio y el conocimiento son procesos realmente causales, en los que los hechos que juzgamos son elementos determinados, igual que los mecanismos cerebrales que se emplean en su interpretación. Se con­cluye de lo anterior que, aunque el determinista acepta que su propia doctrina ha sido causada o determinada, la veracidad del determinismo no por ello queda comprometida, si es que algo puede darse por cierto.

Empero, no hemos considerado el sentido del desarrollo de la física atómica en relación a este problema, ya que un sinnúmero de escritores han opinado que este desarrollo proporciona un testimonio a favor de la posición indeterminista.

Se sabe que las mediciones en el dominio de las magnitudes subató­micas se atienen a la "relación de incertidumbre" de Heinsenberg. Esta re­lación indica que, dada una cierta incertidumbre o vaguedad en el valor de una cantidad observable, por ejemplo, la posición, hay un límite de­finido, impuesto por las leyes de la naturaleza, sobre la precisión con la cual puede llegar a ser conocido el valor simultáneo de otra cantidad empírica, como la velocidad, y que este límite es independiente del apa­rato en particular o del método usado en la determinación. En virtud de que el mismo aparato que se utiliza en las mediciones perturba el siste­ma bajo observación, se hace patente el hecho de que las posibilidades de refinar tales mediciones no son ilimitadas; de ahí, que el sueño de la física clásica nunca llegará, por tanto, a ser verdadero. Ningún per­feccionamiento de la técnica experimental permitirá averiguar los valo­res reales de los observables en un sistema físico, con tanta precisión como para permitimos hacer una predicción exacta de cuáles van a ser los va­lores futuros. Por consiguiente, la nueva mecánica cuántica se contenta con especificar las frecuencias o probabilidades de los diferentes valores que .se encontrarán en un determinado conjunto de mediciones. Estas pre­dicciones probabilísticas están basadas en un determinismo estadístico que se refiere a los microprocesos de la física subatómica, en lugar de apoyarse en el determinismo del tipo cien por ciento que prevalece en la física del macrocosmos.

¿Qué implicaciones tiene esta situación en la controversia entablada entrc . el indcterminista filosófico y el psicólogo científico? En su libro, Atomic Theory and the Description of Nature (La teoría atómica y la .descripción de la naturaleza), Bohr (1934) ofrece varias razones para suponer que el conocimiento del estado instantáneo de las partículas que constituyen el sistema nervioso, así como el de los estímulos externos que le afectan, factible de ser observado mediante la técnica experimental más precisa, permite sólo una predicción estadística, y no consiente una predicción detallada del destino de éstos estímulos en el sistema nervioso.

Sin embargo, existen importantes motivos para que el indeterminismo filosófico no disfrute satisfacción alguna de situación semejante. Ya se ha demostrado cómo el determinismo estadístico, en el caso de que el argumento moral del indeterminismo fuera válido, sería tan objetable como el determinismo del cien por ciento. Para que prevaleciera una libertad genuina, la teoría cuántica tendría que concluir en que todos los actos humanos (macrofenómenos) pueden llegar a producirse con la misma frecuencia. La teoría empero no hace esta aseveración. Las probabilidades microscópicas permitidas por la teoría son tales que los actos que una psicología macroscópica podría predecir tienen una abrumadora posibi­lidad de ocurrir. Desde el punto de vista de los macrofenómenos de la conducta humana, el determinismo del tipo cien por ciento es válido para todos los intentos y propósitos.

Como Cassirer (1937) ha afirmado, la extensión en que la conducta humana se encuentra determinada es tan grande, que el libre albedrío del indeterminista filosófico no puede encontrar en ella ningún refugio. Schrödinger (1945) ha resumido estas conclusiones, en estas palabras:

"De acuerdo con la evidencia, los fenómenos espacio-temporales que corresponden en el cuerpo de un ser viviente a la actividad mental, a su conciencia de sí mismo, o a algunas otras acciones, son (considerando además su compleja estructura y la explicación estadística aceptada de la físicoquímica) si no estricta, sí en cierta proporción, estadísticamente determinados. Deseo subrayarle al físico que, en mi opinión, y al contra­rio de las suposiciones defendidas en algunas partes, la indeterminación cuántica no juega ningún papel biológicamente importante en esta clase de acontecimientos,· excepto quizá... en fenómenos como la meiosis, las mutaciones naturales o inducidas por rayos X y otras semejantes... Con­sidero esto como un hecho, del mismo modo como creo que todo biólogo imparcial y sin prejuicios debería hacerlo, si es que no fuera tan bien conocido el sentimiento displacentero que surge cuando uno mismo de­clara ser un puro mecanismo."

CONCLUSION

En este artículo se intentó demostrar que los argumentos esgrimidos en contra de la posibilidad de estudiar científicamente al hombre carecen de base. Por supuesto, no puede decirse que se haya establecido, en forma indubitable la verdad, ya sea del determinismo estricto o del determinis­mo estadístico, ya que tal cosa no puede resultar del solo análisis lógico, sino que requiere del éxito de la investigación científica de uniformida­des. En vista de que los argumentos en contra del determinismo, analiza­dos por nosotros, carecen de base, el psicólogo necesita no cejar en sus pesquisas y usar confiadamente la hipótesis causal como un principio re­gulador, que se mantiene vigente, a pesar de la intimación del indeter­minismo filosófico.


7.10.09

LA CIENCIA EN ESPAÑA NO NECESITA TIJERAS...


¿Por qué el blog de un argentino se ha adherido a ésta iniciativa?

¿Por qué la reducción del presupuesto del Ministerio de Ciencia de España en un 15% para el año 2010 merece la atención del autor de éste blog?

Quizás porque esté cansado de ver que-una y otra vez - se recortan presupuestos en áreas fundamentales para el desarrollo mientras que al mismo tiempo se está dispuesto a "invertir" (verbigracia por hacer negocios) para que Madrid fuera sede de los juegos olímpicos en 2016.

Estos dobles discursos son muy parecidos a lo que se oyen en estas latitudes desde hace mucho tiempo (sólo que -desde mi modesta opinión, aquí es mucho peor) ... y si la repulsa generalizada internética se produce hoy en los blogs españoles ¿que deberíamos hacer los que vivimos en un país del tercer mundo?

Por de pronto -pienso- apoyar la iniciativa de quienes apuestan por el presente y el futuro de éste lejano punto azul pálido.


4.10.09

La causalidad y la ciencia de la conducta humana (1º parte)

Adolf Grünbaum (Foto gentileza de Hist-Analytic)


LA CAUSALIDAD Y LA CIENCIA DE LA CONDUCTA HUMANA
por Adolf Grünbaum
Publicado en American Scientist, 1952, 40, 665-676

Es común descubrir que inclusive quienes tienen cabal confianza en el éxito continuo del método científico, cuando es aplicado a la natura­leza inanimada, se muestren extremadamente escépticos por lo que res­pecta a su aplicación al estudio de la conducta humana. Algunos llegan a afirmar, muy categóricamente, que los métodos de las ciencias natura­les son en principio inútiles para predecir la conducta individual o social del hombre.


Así, por ejemplo, al escritor Dilthey y sus adeptos del movimiento de la Geisteswissenschaften insisten en que la psicología y las ciencias so­ciales son metodológicamente autónomas, y que la inteligencia dirigida hacia un objetivo, característica del hombre, exige un método diferente, en toto genere, del de las ciencias físicas.

En la última parte del siglo XIX, W. Dilthey estuvo a la vanguardia de un movimiento que tuvo gran influencia. Los representantes de dicho movimiento sostenían que las tareas teóricas de las ciencias naturales eran fundamentalmente distintas a los fines teóricos que animaban a las ciencias sociales y a las humanidades. El propósito de las ciencias naturales- según los exponentes de ésta escuela- era la generalización, mientras que las ciencias sociales estaban orientadas a la definición y articulación de la individualidad.


Múltiples e importantes argumentos se han esgrimido contra la hipó­tesis de que en el ámbito de la conducta humana existen relaciones de causa-efecto. Con ellos se ha intentado negar la posibilidad de hacer predicciones, las cuales serían factibles, únicamente en el caso de que en realidad se dieran las ya mencionadas relaciones. En el presente ar­tículo intentaré demostrar que los argumentos en cuestión carecen de validez, y que hay muy buenas razones para aceptar la hipótesis causal contra la que van dirigidos aquellos. Muchas de las ideas que aquí se examinarán han sido esbozadas o desarrolladas con antelación por otros autores en diversos contextos; cuando sea posible, daremos las citas co­rrespondientes a estos escritos.


Antes de analizar críticamente algunas de las razones que se han adu­cido para afirmar que la conducta humana es inherentemente imprede­cible, deseo apuntar varias consecuencias importantes tanto de esta difun­dida convicción, como de su rechazo. Es imprescindible explicar estas consecuencias, puesto que son pocos los sustentantes de esta doctrina que se dan cuenta de todas sus implicaciones.


Si la conducta humana, lo mismo la individual que la social, no exhi­be sucesiones de causa-efecto, el método científico por consiguiente es en esencia inválido para la elucidación. de la naturaleza del hombre, y la psicología científica, al igual que las ciencias sociales, estará permanen­temente imposibilitada de alcanzar el rango de ciencia. Esta conclusión se desprende de que la explicación científica, excepto en las matemáticas puras, consiste esencialmente en "explicar" un fenómeno pasado, o en predecir un acontecimiento futuro, al demostrar que son casos de una de­terminada ley (o leyes) y que su acontecer se puede atribuir al hecho de que se dieran las condiciones para que se cumpliesen la ley o las leyes pertinentes. Por tanto, el saber científico o racional a partir de la expe­riencia pasada, consiste en descubrir las regularidades causales que permi­ten prever lo futuro. Así pues, negar la existencia de uniformidades en la conducta humana, es afirmar que no pueden sacarse lecciones sig­nificativas del pasado y que el futuro del hombre es caprichoso y escu­rridizo. No obstante, algunos historiadores y algunos científicos sociales nos dicen que en contraposición con las ciencias naturales, el rasgo dis­tintivo de la materia a la que se dedican es la falta de una ley causal. Al mismo tiempo, sostienen que la única forma de que lleguen a ser tra­tables, tanto los individuos como las naciones, consiste en intensificar drásticamente el cultivo de los estudios sociales. Es claro que esto es insostenible. No podrá aprenderse nada de la historia, con respecto a la sabia conducción de las relaciones internacionales, si dicha sabiduría no se encuentra en la historia. La distinción entre acierto y desacierto en los asuntos prácticos, cobra sentido ante todo gracias a la existencia de rela­ciones de causa-efecto en la conducta humana y por referencia a las pre­dicciones que nos permiten hacer las dichas relaciones. Las reglas para la conducción de los individuos y de las naciones solo se pueden basar en leyes causales que expresan que si tal o cual condición se da proba­blemente. ocurrirá esto o aquello, en todos los casos, o en un porcentaje explícitamente determinado de casos. Es inútil lamentarse del gran des­nivel existente entre nuestro dominio de la naturaleza física y nuestra comprensión científica del hombre, si se niega además la existencia de las únicas condiciones que permitirían el análisis científico del hombre. Solo si la conducta humana exhibe alguna especie de legalidad causal, cobra sentido insistir en la necesidad de corregir el peligroso desnivel que me­dia entre el control del hombre sobre la naturaleza física y su conoci­mIento científico de sí mismo, y así evitar que se destruya a sí mismo. En contraste, la suposición de que en la conducta humana se pueden descubnr leyes causales, nos ofrece enormes posibilidades.

En tal caso, podemos pedirle al científico social que averigüe los medios que llevan a eterminados fines. De ese modo, podremos obtener una respuesta que se ciña verdaderamente a los hechos, en vez de una respuesta emocional,a las quemantes preguntas de nuestro tiempo.Por ejemplo, podríamos esperar una respuesta válida a la interrogación planteada acerca de cuál es el sis.ema de organización de las relaciones económicas que conducirá a a satisfacción óptima de cierto orden de necesidades humanas.

Cualesquiera sean las respuestas que se propongan, su mérito consistirá en lograr la aprobación de todos los hombres sensatos identificados por los mismos objetivos. Ciertamente, la historia de la ciencia física registra la actitud de incitación y desafío mostrada por los hombres cuyas teorías no pudieron ser confirmadas por la evidencia. Empero, hemos aprendido a rechazar las teorías físicas que no cumplen la prueba de los hechos obser vables, por muy ingeniosas que sean o por muy sugestivas que, a primera vista, nos parezcan. Por esta razón, la historia de la ciencia física es, en cierto sentido, la historia de las teorías descartadas. Se daría un gran paso adelante si se aceptara universalmente que las teorías sobre la naturaleza humana, de la misma manera que las teorías físicas, deben so­meterse a una cuidadosa y disciplinada verificación por medio de la observación. En nuestros días, el hombre común es altamente consciente de la necesidad de guardar un escrupuloso cuidado en el terreno de las afirmaciones relativas a los hechos de la naturaleza; pese a ello, no ha dejado de expresarse en términos dogmáticos y evangélicos acerca de los supuestos hechos de la "naturaleza humana". A despecho de las serias divisiones que existen hoy en día en la humanidad, la mayor parte del conocimiento científico que se refiere a la naturaleza inanimada goza de consenso mundial. Parecería, en consecuencia, que el conocimiento científico del hombre, caracterizado por requerimientos específicos para la obtención de fines determinados, debiera merecer el mismo asentimiento. En la medida en que ello pueda obtenerse, se avanzará hacia la fraternidad humana.


Lo expuesto hasta aquí es suficiente en cuanto a las implicaciones inherentes a las respuestas antagónicas. Nos referiremos ahora directamente a la legitimidad de dichas respuestas.


ARGUMENTOS QUE SE OPONEN A LA NOCION DE CAUSALIDAD EN LA CONDUCTA HUMANA. SU REFUTACION

Hay cuatro argumentos que deseo considerar, adversos todos ellos a la hipótesis de que la causalidad está presente en la conducta humana. Son los siguientes:

1. La conducta humana no está sujeta a una descripción de tipo causal y en consecuencia no es predecible, puesto que cada individuo es único, carente de semejanza exacta con respecto a ningún otro.

2. Aun cuando hubiese un orden causal en los fenómenos de la con­ducta humana, este sería tan complejo que eludiría la posibilidad de ser aprehendido.

3. En las ciencias físicas, un hecho actual está siempre determinado por hechos anteriores, pero en la conducta humana el comportamiento presente se encuentra orientado en dirección a objetivos futuros, está "determinado" por tales objetivos.

4. Si la conducta humana constituyese una parte del orden causal de los acontecimientos y de ahí en principio, predecible, sería fútil la pretensión de optar entre lo bueno y lo malo e insensato responsabilizar al hombre de sus actos; del mismo modo, resultaría injusto infligirle castigos e ingenuo admitir remordimiento o culpa por las faltas cometidas. En resumen: dar por sentado el principio de la causalidad en la conducta humana es incompatible con la realidad reconocida de que las personas responden de un modo deliberado a los imperativos morales.

En las páginas siguientes trataré de demostrar que estos cuatro argumentos son el resultado de un análisis superficial y prejuicioso. De entre ellos, el presentado en cuarto término ha gozado de mayor influencia (Petrunkevitch, A. The controversy of faith versus reason. American Scientist, 1945, 33, 189-193 y 201)


1º EL ARGUMENTO DE LA SINGULARIDAD DE LOS INDIVIDUOS HUMANOS

Esta objeción a la posibilidad de constituir una psicología científica, descansa sobre falsas concepciones acerca de lo que la causalidad signi­fica en la ciencia. Para eliminar estos malentendidos es necesario subra­yar que todos los particulares en el mundo son únicos, ya sean objetos físicos como los árboles, acontecimientos físicos del tipo de los destellos luminosos o seres humanos. La mera afirmación de que una cosa es par­ticular significa que, en una u otra forma, tiene un carácter único, dife­rente a todos los demás objetos de su propio género o a otros géneros. Cada uno de los insignificantes tic-tac de mi reloj es un suceso singular, puesto que no son simultáneos. En lo que toca a su singularidad, ¡cada tic-tac equivale al discurso de Lincoln en Gettysburg!. Es evidente, sin embargo, que la singularidad de un fenómeno físico no impide su ligazón a leyes causales, ya que en principio las leyes causales relacionan úni­camente algunos de los caracteres de un cierto conjunto de fenómenos con algunos de los caracteres de otro conjunto de sucesos. Por ejemplo, los procesos de fricción se encuentran acompañados por la generación de calor en tanto que procesos de fricción, sin que importe cualquier otra peculiaridad que puedan contener. Un proyectil disparado en condicio­nes apropiadas describirá una órbita parabólica, independientemente de su color, del lugar en que ha sido fabricado, etcétera. En tanto que la relación causa-efecto es un nexo entre especies de fenómenos, nunca es necesario duplicar todas las características de una determinada causa para producir el mismo tipo de efecto. De esto se desprende que cuando los psicólogos científicos afirman la existencia de leyes causales en la con­ducta humana, este punto de vista no resulta incompatible con la existencia de grandes diferencias individuales entre los hombres, ni viola la singularidad o la dignidad de cada persona particular.

Cada individuo es único en virtud de que constituye una reunión de características que no son copia de las de ningún otro individuo. A pesar de ello, es absolutamente concebible sostener la siguiente ley psicológica: si un niño varón, dotado de ciertas características es objeto de hostilidad materna en determinada etapa de su desarrollo, mientras que mantiene un fuerte vínculo con su padre, cuando llegue a la vida adulta desarrollará una paranoia. Si esta ley es válida, los niños sometidos a las condiciones antes estipuladas se volverán paranoicos, sin que importe mucho el hecho de que su infancia difiera en otros aspectos y sin que tampoco intervengan las otras disimilitudes que pudieran presentar una vez que se han convertido en dementes.

Una variante del argumento adverso a la psicología científica sostiene que no hay psicólogo apto para llegar a sentirse exactamente igual a cada una de las diversas personas cuyos sentimientos y conducta está tratando de comprender. Esta forma de argumentación contiene otro concepto erróneo acerca del tipo de comprensión o de explicación que la ciencia se esfuerza por obtener: la creencia de que, con el fin de explicar científicamente la conducta o la experiencia humana, el psicólogo debe sentir en sí mismo, directamente y en toda su complejidad, la experiencia en cuestión.

Así pues, quien objeta la psicología científica apoyándose en esa base, identifica virtualmente a la comprensión científica con la comprensión genuinamente empática. Sin embargo, comprender un fenómeno desde el punto de vista científico es, en primer lugar, conocer las condiciones necesarias para que suceda. Un médico interesado en comprender el cáncer (incluyendo sus consecuencias físicas) no está dispuesto a con traerlo, sino únicamente a conocer las condiciones que se asocian al acaecimiento y no acaecimiento de esta enfermedad. Una comprensión estrictamente empática puede tener gran valor heurístico y algunas veces hasta estético.

No obstante, desde el punto de vista del logro de la comprensión científica y de la formulación de las predicciones que ello hace posible, el método empático, tanto en psicología como en historia (Dilthey) es absolutamente insuficiente.

2º EL ARGUMENTO QUE SE REFIERE A LA COMPLEJIDAD DE LA CONDUCTA HUMANA


Como se recordará, este argumento sostiene que la conducta humana implica tan compleja proliferación de factores que es trivial intentar desenmarañarlos. Un vistazo a la historia de la ciencia privará a este punto de vista de su presunta plausibilidad. Piénsese en lo que hubiera afirmado sobre la física del movimiento antes de Galileo, la persona que en la actualidad aplica tales argumentos a la psicología; posiblemente diría que los intentos para reducir la vasta diversidad de traslaciones, celestiales y terrestres, a unas pocas y simples leyes del movimiento, eran inútiles. Antes de la aparición de la química científica, esa misma persona habría descartado la posibilidad de reducir la aparentemente irreconocible variedad de sustancias en la naturaleza, a unos 96 elementos tan solo. El argumento en cuestión se apoya en lo no conocido y por tanto: como todos los argumentos de su tipo, carece de base.

3º EL ARGUMENTO DE LA “DETERMINACION” DEL PRESENTE POR EL FUTURO EN LA CONDUCTA HUMANA DIRIGIDA A UN OBJETIVO

Si una persona, en este momento, enfila sus acciones al logro de un objetivo futuro se arguye que tales acciones son el efecto de una causa venidera; un tipo de causalidad que no se encuentra entre los fenómenos físicos. La respuesta a este argumento es que son más bien las expectativas presentes y no el objetivo futuro las que controlan causalmente la conducta en cuestión. En realidad, el objetivo buscado quizás nunca se alcance. Por otra parte, tanto los motivos para alcanzar un determinado objetivo como la expectativa creada por la acción en pro de aquél, funcionan como cuestiones antecedentes, del mismo modo que los factores causales en los fenómenos físicos. De este modo, la determinación causal en las situaciones motivacionales no se ve afectada por el hecho de que los motivos se refieran al futuro (Hempel y Oppenheim,” Studies in the logic of explanation”, Phil.Sci. 1948, Jeans,”Physics and philosophy”, Oxford University Press 1945.)


4º EL ARGUMENTO DE LA ELECCION MORAL

Se da el nombre de "determinista" a la tesis de que todos los fenóme­nos incluyendo los de la conducta humana, se engloban dentro de pautas causales. Tal formulación del determinismo resulta lógicamente objetable en algunos aspectos, pero a pesar de ello nos bastará para nuestra discu­sión. Está claro que el determinismo es un principio clave (regulador) de toda investigación científica. La negación del determinismo es llamada "indeterminismo". El argumento indeterminista acerca de la eleccIón mo­ral, que vamos a considerar aquí, ha sido resumido por un crítico de la manera siguiente (Schlick, 1939): Si el determinismo fuera verdadero, mi voluntad estaría siempre determinada por mi carácter y por mis mo­tivaciones, de aquí que mis elecciones no serían libres y por lo mismo no podría ser responsable de mis actos, en virtud de que no puedo mo­dificar mis decisiones ni tampoco dejar de hacer lo que hago. SI el deter­minismo está en lo cierto, no puedo elegir mis estímulos ni mi carácter; los primeros me son impuestos por causas externas e internas, el segundo es el producto inevitable de las influencias que me han afectado en el transcurso de mi existencia. Por eso, el determinismo y la responsabili­dad moral son incompatibles. La responsabilidad moral presupone liber­tad, o sea independencia con respecto a la causalidad.

El problema al que nos enfrentamos se refiere a la validez del argu­mento indeterminista. Antes de replicar que mi respuesta es enfáticamente negativa, deseo distinguir entre dos tipos de determinismo y mostrar que ambos han de merecer la objeción del indeterminismo, una vez que éste ha asentado su tesis de la elección moral.

El primer tipo de determinismo es el del cien por ciento; afirma que, bajo condiciones determinadas, se producirá en todos los casos un resultado determinado. Por ejemplo, siempre que un metal es calentado (en condiciones ordinarias), se dilatará. El segundo tipo de determinismo es el estadístico, que sostiene (aproximadamente) que bajo condiciones es­peciales se producirá un cierto resultado, aunque únicamente en un por­centaje de casos explícitamente declarado. Un ejemplo de ello es predecir que, de entre todas las personas nacidas en los barrios bajos, el 80% cometerá un delito alguna vez en su vida. Quiero destacar, primeramente, que si el argumento moral del indeterminismo contra el tipo de deter­minismo del cien por ciento fuera válido, también lo sería frente al determinismo de tipo estadístico. Este punto tiene una importancia par­ticular, puesto que muchos indeterministas pretenden reconocer la exis­tencia innegable de una gran cantidad de regularidades en la conducta humana, y afirman que sus objeciones acerca del fundamento moral se refieren solo al determinismo del tipo del cien por ciento y no al de tipo estadístico.

Con el fin de demostrar lo que me propongo, supongamos -en forma enteramente hipotética- que todos los cazadores están sujetos a la si­guiente ley determinista del tipo cien por ciento: todos los cazadores co­meten un homicidio, en alguna ocasión, después de regresar de la selva. El indeterminista diría que si estos cazadores estuvieran realmente suje­tos a dicha ley causal, terminarían por convertirse, indefectiblemente, en homicidas y, por tanto, no tendríamos derecho alguno a castigarlos por sus crímenes. ¿Que posición adoptaría el indeterminista si existiera una ley de tipo estadístico que afirmara, con alta certidumbre, que todas las personas nacidas en los barrios bajos, en una proporción tan elevada como la del 80%, cometen un delito alguna vez durante su vida? Sin duda esta ley estadística no nos da derecho a decir que todo individuo cuyo naci­miento tuvo lugar en los barrios bajos llegará a ser un delincuente; por tanto, no queda excluida la posibilidad de que alguna o algunas perso­nas se cuenten entre las que componen el 20% cuya conducta es legal, y por eso mismo pueda considerarse que actúan "libremente" en el sentido indeterminista. En la medida en que la responsabilidad es un problema individual, parecería incluso que nuestra ley estadística, permite al inde­terminista emplear su propio criterio para asignar responsabilidad indivi­dual al 20% de las personas originarias de los barrios bajos. Pero si el 20% que efectivamente llegó at cometer un delito, a lo largo de un extensa lapso, compareciese conjuntamente ante un juez indeterminista, la ley estadística en cuestión le negaría el lógico derecho de asignar responsa­bilidades individuales; dicha ley no permitiría al juez distinguir de entre los reos a aquel o aquellos que podrían haber evitado el delito, por per­tenecer al 20% que realmente lo evitó. Aun si existiera un procedimiento que permitiese hacer tal distinción -lo cual no es factible- la ley esta­dística nos recordaría que no solo los acusados restantes procesados ante el juez, sino que también algunos individuos pertenecientes al veinte por ciento, podrían, en consecuencia, no haber evitado la violación de los es­tatutos. Esto significa que si durante un largo periodo seleccionamos, den­tro de los originarios de los barrios bajos, a aquellos que no son culpables de ningún delito, el resto de los que tienen similar origen, de hecho de hecho e indefectiblemente delinquirá y constituirá el ochenta por ciento de los nacidos allí. Entonces, según el mismo criterio indeterminista sobre asignación de responsabilidad, el juez no podría cumplir con su deber de asignar responsabilidades, individualmente, pues la ley estadística asegura la suficiente causalidad como para excluir la posibilidad de tal asigna­ción -de acuerdo con las mismas premisas indeterministas. Si el indeter­minista niega la justicia del castigo, como lo hace en el caso del determi­nismo 100%, tampoco puede convenir con el castigo de individuos que pertenecen a grupos afectados por leyes estadísticas, de las que única­mente pueden extraerse predicciones, asimismo estadísticas, de la conduc­ta. Por tanto, el indeterminista debe tener objeciones morales tanto hacia el determinismo del 100%, como hacia el determinismo estadístico; ¡ y esto significa que es un adversario de la creencia de que pueda haber y ser posible un estudio científico del hombre!

Para establecer la invalidez de los argumentos morales del indetermi­nista, trataré ahora de mostrar, por una parte, que no hay incompatibi­lidad entre las concepciones deterministas de la psicología científica y la asignación intencional de responsabilidad junto con la imposición de castigos y, por otra. parte, con la existencia de sentimientos de remordimien­to y culpa.


27.9.09

La Máquina Correctora de Diálogos


Arturo Belda escritor, maestro mayor de obras y uno de los grandes impulsores del CAIRP a mediados de los '90


La Máquina Correctora de Diálogos


-Lo hemos hecho venir personalmente Profesor, porque queremos comunicarle la novedad que nos tiene muy entusiasmados. Se trata de un sistema de hacer dialogar a parejas desavenidas, tanto parejas sexuales como personas que deban dirimir intereses encontrados. Para evitar que ellas discutan, se acaloren, griten, no se escuchen y, terminen peleando, como suele suceder de costumbre. Para ello inventamos una máquina.

-¿No será la máquina del tiempo o algo por el estilo?

-¡Ho, no, no es broma! En realidad es simplemente un programa, asistido por una poderosa computadora, que decodifica los diálogos. Es decir: el parlamento de una de las personas no es oído directamente por la otra, la máquina interpreta el texto y lo reformula con una sintaxis diferente. Esto lo hace con una extraordinaria rapidez y el sonido que emite son voces grabadas de un banco de vocablos en que se insertan exactamente las características de la voz de cada uno de los contendientes. La persona entiende que está dialogando con el otro en discordia, pero no reconoce su habitual forma de argumentar, sí, en cambio, su tono de voz.

-No entiendo, ¿cómo es eso?

-Las personas no están a la vista, sino que conversan desde habitaciones separadas y lo hacen por medio de un teléfono. Al no ver al otro, no padecen una carga emocional y pueden tener ocasión de dialogar pacíficamente. Son citadas desde el consultorio y no tienen oportunidad de verse en ningún momento porque entran por distintos accesos. Pueden temer que están dialogando con un extraño cualquiera, a pesar de que se les informa cómo es el sistema y se les asegura que con quien dialogan es con su verdadero interlocutor. Conversar a través de la máquina requiere un cierto adiestramiento, se les explica que no tiene sentido interrumpir al otro, puesto que no se registra lo que uno dice hasta que el otro deja de hablar. Esto en sí ya es importante, puesto que es la base de todo diálogo.

-No lo veo con claridad, me dice usted que la máquina decodifica el parlamento y modifica tan solo la sintaxis.

-Así es, la máquina interpreta la idea y se atiene a ella, no la modifica, solo la expresa de otra manera.

-Usted me dice que la expresa de otra manera, pero si la idea es la misma, también el efecto tiene que ser el mismo.

-No exactamente, le daré un ejemplo: no es lo mismo decir “¡Sálgase de ahí!” que “Tenga la bondad de apartarse”. Además la máquina no reproduce insultos ni expresiones despectivas o peyorativas.

-Eso, seguramente, ha de quitarle autenticidad al diálogo.

-Sin duda, pero también le quita la agresividad habitual.

-No sé, no me queda claro, no lo veo viable.

-Ya tenemos muchos casos resueltos de esta manera y el resultado es inobjetable.

-No quiero poner en duda sus afirmaciones, pero me cuesta entender que una computadora pueda hacer ese trabajo.

-Todo depende de la complejidad y calidad del programa empleado.

-Yo pienso en los programas de traducción, que son un desastre. Si no están constantemente vigilados mediante la inteligencia humana, pueden cometer errores garrafales.

-Le advierto que, cuando utilizamos la máquina, el operador está permanentemente controlando los diálogos y tiene a su disposición la opción de demorar, interrumpir y hasta modificar el mismo.

-¡Ah, eso me temía! Esa intromisión es tramposa, le quita autenticidad.

-No, de ninguna manera, el operador solo interviene si la máquina comete un error que pueda desvirtuar el sentido de comprensión, pero, fuera cual fuere la expresión vertida por una de las partes, no le quita para nada su contenido, solo la edulcora dentro de lo posible.

-¿El operador interviene en muchos casos?

-Para nada, hasta ahora la máquina nunca se equivocó. Nosotros grabamos los diálogos y luego los analizamos detalladamente entre todo el equipo. Aún en los casos en que habíamos dudado, el análisis detallado le dio la razón a la máquina. El programa es perfecto.

-Les reitero que tengo confianza en ustedes y un gran respeto por su conocimiento científico, pero me cuesta creer que se pueda haber llegado a un grado tal de perfección en cuanto a un sistema cibernético, capaz de rivalizar en tal grado con la mente humana.

-En realidad el programa no rivaliza con la mente humana, no tiene la capacidad de crear, sí tiene una memoria enormemente grande y un sinnúmero de soluciones para optar. Estas soluciones han sido ordenadas según un grado de eficiencia y la máquina las encuentra con tal rapidez que sorprende a cualquiera.

-Ahora…Díganme: ¿Qué tengo que ver yo con este aparato? ¿Por qué me llamaron a mí?

-Profesor: queremos que conozca la máquina y que se interese en su aplicación terapéutica. Como usted puede fácilmente advertir, tiene unas posibilidades de aplicación ilimitadas, en una palabra, esto, además de su gran valor científico, puede ser un negocio fantástico, millonario. No queremos de ninguna manera fracasar en nuestro proyecto. Deseamos proponerle que sea usted mismo, con su gran prestigio y sólida solvencia profesional, la pata sólida de la mesa. Necesitamos que se asocie a nosotros.

-Me dejan anonadado, veo que toda mi experiencia en años y años de consultorio es arrollada de golpe por una máquina que, por lo que ustedes me cuentan, puede llegar a superarnos.

-No se olvide profesor que la máquina, mejor dicho, el programa, es creación de la mente humana.

-Sin duda, eso lo tengo claro, pero igualmente me veo sorprendido, como desprevenido sobremanera y me gustaría mucho enterarme de experiencias puntuales.

-Estamos dispuestos a satisfacer su interés profesor, tenemos este folleto impreso con la resolución de los primeros casos, donde, por supuesto, no figuran los datos de filiación de los involucrados, dado que los tenemos en un fichero restringido.

-No, no, no...Esperen un poco, hay algo que no me cierra. Si yo hablo, por ejemplo, con mi mujer, que es una persona con quien ni yo ni nadie puede hablar sin perder los estribos y no reconozco su voz, sus modalidades y sus expresiones habituales, me doy cuenta que estoy hablando con un disco.

-No, de ninguna manera, si usted hablara con su mujer, va a escuchar exactamente su voz, sus expresiones habituales y sus modismos.

-Pero ¿No me dijo usted que los diálogos se armaban mediante un banco de vocablos? Supongo que debe ser algo parecido a esos parlamentos de los contestadores automáticos, voz de mujer, voz de hombre, voz de niño, etcétera.

-No Profesor, el banco de vocablos es al solo efecto de armar las oraciones. Si fuera así como dice usted, por supuesto que todo el mundo desconfiaría y no tendríamos el menor éxito. Le voy a explicar, y, esta es la característica principal. La máquina, antes de iniciarse los diálogos, graba la voz de las personas mediante un discurso preparado, que es bastante largo. Todas las oraciones, todas las palabras y, letra por letra inclusive, son analizadas exhaustivamente. Obtiene un código de repeticiones, de frases hechas, de errores repetitivos y hasta de expresiones felices. Como si esto fuera poco, descompone la gama audible y realiza un paneo comparativo, mide y registra los tiempos de expresión y los silencios, registra exactamente el tono de voz y todas sus armónicas. De esta forma obtiene un registro tan perfecto de la voz que nadie puede dudar que se trate de la auténtica voz de la persona en cuestión. Luego esta voz y esta modalidad de hablar, los vuelca a la oración adecuada y con la tonalidad adecuada, recién entonces reemplaza los valores en el banco de vocablos.

-Quiere decir que yo podría oír hablar a mi señora sin gritar y sin enojarse.

-Exactamente.

-Vaya maravilla, la verdad es que me gustaría la experiencia.

-No olvide Profesor que tal vez a ella también le gustaría experimentar la novedad de que usted le hablara a través de la máquina.

-Sí, sin duda, debe ser así. Volviendo al tema, le diré que no deja para nada de resultarme interesante la cuestión. Los detalles económicos al margen, asunto este que no sería un problema en ningún caso, dado que yo no soy ambicioso. Hay algo que sí me puede hacer dudar y esto para mí es de una importancia fundamental. Me han dicho ustedes que requerían de mí para avalar vuestro proyecto con mi prestigio. ¿No es así?

-Ya vemos a donde va Profesor, por supuesto que es así. Nosotros, debido al profundo respeto que sentimos por su persona y por su vastísima experiencia y solvencia profesional, jamás, pero jamás, lo embarcaríamos en un proyecto dudoso que pudiera echar a rodar su impecable reputación.

-Creo que efectivamente debe ser así. Podríamos entonces realizar una experiencia que sería para mí muy demostrativa. Si esto diera buen resultado estaría firmemente al lado de ustedes. Se trata de someter la “máquina” a prueba, haciendo dialogar armónicamente a mi mujer conmigo. Si esto es posible, entonces sí, voy a creer que todo lo demás puede ser posible.

-No sé qué opinan mis colegas, pero creo que todos estamos de acuerdo en lo mismo. Es más aún, yo tenía idea de proponerle esa misma experiencia.

-Muy bien, entonces les diré que hay una situación entre mi mujer y yo, que es en este momento la causante de nuestra mayor discordia, y se trata de lo siguiente: Yo tengo una secretaria que es hija de uno de mis mejores amigos. Es una niña muy joven, muy bonita y sensual. De algún modo la prohíjo y me siento responsable de todo lo que pueda sucederle. Por el vínculo con su padre, esta niña es mucho más que una simple secretaria, mi mujer y yo la tenemos de algún modo criada entre nosotros casi como hija. Hace ya un tiempo que la noto a ella muy interesada en tener con la niña un vínculo mayor del conveniente. Esta situación me preocupa. Yo admitiría sin ambages que ella tuviera expansiones homosexuales con la mujer que quisiera, les digo de verdad, no me molestaría. Con mi secretaria es distinto. Esto de ningún modo lo consentiré. El resguardo de la salud mental de la niña me pertenece, lo siento así.

-Es comprensible, Profesor.

-Ahora bien, a mi mujer se le ocurrió hacer un viaje a Europa con la niña, ellas dos solas, la está interesando a diario con París, Londres, etcétera. Yo, desde ya, me opongo terminantemente. Discutimos acaloradamente sin ponernos para nada de acuerdo. No se me escapa, como no se les escapará a ustedes, que la disputa es en el fondo una pelea por celos. Los dos sentimos por ella algo muy especial. Si el programa famoso es, como dicen, tan eficiente, lo mejor sería, convencer a mi mujer que se someta a la prueba y acepte el resultado…

En ese mismo momento el Profesor aceptó todas las condiciones y comenzó a grabar el discurso elaborado para cargar el programa. Invitamos inmediatamente a su señora y tuvimos la agradable sorpresa de no encontrar la menor oposición. Al día siguiente se allegó a nuestra clínica, departió amablemente con nosotros y aceptó todas las condiciones del experimento. Aunque era una señora ya con algunos años, nos sorprendió su porte elegante y sus encantos, buenas formas, hermosa piel y cabellos abundantes. Tal vez un tanto altiva, incisiva y algo varonil. Grabó el parlamento que se le indicó y quedó todo listo para la prueba.

El diálogo entre ella y el Profesor duró casi dos horas, un tiempo record. Nosotros tres estábamos pendientes de todo detalle. Estas personas, en diálogo directo jamás se podrían poner de acuerdo en nada. Se agredían permanentemente. La traducción de la máquina los fue paulatinamente calmando, en el cierre casi podría decirse que parecían no tener nada que disputar. Ninguno de los dos cejó en sus intentos, el análisis detallado de sus discursos mostraba claramente que no daban el menor paso atrás. El éxito del programa fue categórico. Ambos terminaron tan amigos que hasta se dieron un beso y fueron juntos para su casa.

Mucho más contentos que ellos quedamos nosotros. Habíamos ganado al Profesor y el programa había mostrado su total eficiencia en un caso harto difícil. Esa noche festejaríamos con champán.

A la mañana siguiente llamó por teléfono la secretaria del Profesor, la “niña” en cuestión. Estaba muy alterada y nos llamaba como esperando de nosotros alguna solución. Esta es la grabación: “Ayer tarde me llamó la señora, como lo hace casi todos los días. Estaba muy contenta, había tenido un encuentro amable con el Profesor. Fuera de lo acostumbrado, no discutieron para nada, no pelearon, charlaron largo rato y se pusieron de acuerdo en todo. Según la señora, el Profesor accedió a que hiciéramos el viaje las dos solas, además propuso proporcionar todo el dinero para pasajes, estadía y otros gastos. Lo más interesante es que no estaba enojado y lo había aceptado contento. En nuestra ausencia él se iría solo, unos días a Bariloche”.

“Luego llegó el Profesor, también muy contento. Había dos pacientes esperando pero él se encerró primero conmigo en el consultorio para contarme. Efectivamente, no habían peleado para nada, pero el Profesor entendió algo distinto, según él, ella había aceptado mansamente no hacer el viaje porque había comprendido razonadamente sus inconvenientes. Aceptó de buen grado dejarlo en suspenso indefinidamente y a cambio de ello irían los dos solos, unos días a Bariloche”. “Parece que en algo metí la pata por lo que le dije. Salió hecho una tromba y ni saludó a los pacientes. Yo me asusté mucho, nunca lo vi así y al ver que tardaba, despedí discretamente a los pacientes con una excusa cualquiera, cerré el consultorio y me fui hasta la casa, porque el teléfono no contestaba. Cuando llegué vi un montón de gente en la calle. La borrasca fue tan gorda que los vecinos se asustaron con el ruido de cosas y vidrios rotos, pensaron que se iban a matar y llamaron a la policía. Los tuvieron que llevar al hospital. Están los dos internados con lesiones diversas. Los tienen en observación, pero en salas separada. Estoy muy asustada y no sé a quién llamar, por eso los llamo a ustedes, para ver si me dicen qué puedo hacer…”

Arturo 7/09




4.9.09

El polígafo más sofisticado


Foto gentileza de Enrique Márquez

Hay que reconocer que la variable agregada al detector de mentiras debe haber influído en los resultados del test.

Se me ocurren dos efectos posibles :

a) La pistola funcionó como el verdadero detector de mentiras y el reo dijo toda la verdad y nada más que la verdad

b) La ansiedad extra del sujeto hizo que los resultados del polígrafo marcaran que "mentía" incluso al decir su nombre.

En cualquiera de los dos casos, la prueba debe ser considerada como inválida para detectar mentiras ;-)

Sigue siendo preferible buscar los servicios de Tim Roth, sin duda alguna