1.3.26

Cómo hacer caminar a un fantasma de Joseph Dunninger (Caps 1 y 2)

 

·       Sobre la obra original: El texto original de Joseph Dunninger, publicado en 1936, se encuentra actualmente en el Dominio Público según la legislación de propiedad intelectual de los Estados Unidos (Copyright Act de 1909), debido a la falta de renovación del registro original tras el primer periodo de 28 años. Por lo tanto, su contenido es de libre acceso y reproducción.

·      Sobre esta edición y traducción: Esta traducción al español es una obra derivada propiedad de [Hipotesis]. Queda autorizada la reproducción de este texto con fines educativos o de divulgación, siempre que se cite la fuente y se enlace directamente a este blog.


 Cómo hacer caminar a un fantasma

Instrucciones sencillas para organizar una sesión espiritista

 por Joseph Dunninger

David Kemp & Company, New York (1936)

 

DEDICADO A LA MEMORIA DE MI ESTIMADO AMIGO, HARRY HOUDINI

 

CAPITULO I: 

INICIACION PRELIMINAR

 

Como propiciar la presencia de fantasmas

Es divertido hacer caminar a un fantasma. Tan divertido que hace tiempo debería haberse convertido en un deporte popular. Lamentablemente, el público se ha visto privado de esta recreación de salón porque algunos viejos aguafiestas —llamados médiums espiritistas— se han quedado con toda la diversión para sí.

Estas personas han logrado imponer la idea de que es necesario tener un fantasma a disposición para poder hacerlo caminar. No dicen que uno deba poseer un fantasma, ya que los fantasmas son propiedad común —o poco común—. Sin embargo, se supone que uno debe “controlar” al menos un espíritu y mantener, además, un margen de dominio sobre otros.

La forma más sencilla de contactar a un fantasma, según estas autoridades, consiste en asumir un estado cataléptico y esperar a que el fantasma aparezca. Probablemente el fantasma lo confunda a uno con una casa embrujada y regrese a instalarse. El único inconveniente de este método es que luego el espectro lo controla a usted.

Un sistema mejor es salir a cazar fantasmas por cuenta propia. No es necesario frecuentar cementerios ni otros lugares oscuros. En su lugar, se quema incienso negro y se recitan abracadabras cabalísticos. A esto se lo denomina “invocar al espíritu”; en los hechos, significa que usted acosa al fantasma en vez de permitir que él lo acose a usted.

Cualquiera de los dos métodos, presumiblemente, lo pone a uno en términos de conversación o algo más; el fantasma, con inclinaciones sociales, a partir de entonces lo asiste en sus sesiones espiritistas. De ese modo, usted queda calificado como médium; adquiere el privilegio de hacer caminar a un fantasma. Eso le abre la puerta a una considerable diversión sana.

Lamentablemente —o afortunadamente— no existen tales criaturas como los fantasmas. Los médiums conocen este hecho y lo guardan para sí, porque hay ciertas personas entrometidas —llamadas escépticos— que argumentarían que no tendría sentido asistir a una sesión si el médium admitiera que ningún fantasma puede aparecer.

Por lo tanto, para seguir encontrando diversión con provecho económico, los médiums deben sostener que los fantasmas existen.

Se trata del viejo mito de Papá Noel, elevado desde el ámbito infantil y adaptado para el consumo adulto. A la gente le agrada; y los médiums lo saben. El único contratiempo serio lo sufren quienes también sienten el impulso de hacer caminar fantasmas. Si expresan ese deseo ante un médium, inevitablemente serán embaucados.

Si usted acude a un médium y le dice que quiere ver un fantasma, ese médium tiene una sola salida ante el dilema: incorporarlo a una “clase de desarrollo”, cobrarle entre tres y cinco dólares por visita y alentarlo a probar el método del trance. La mayoría de las personas que siguen ese tratamiento terminan por concluir que carecen de poderes psíquicos. Unos pocos, finalmente, comprenden que han sido engañados.

Si esos pocos son sensatos —y por lo general lo son para entonces— hacen la cuenta del dinero que han gastado y buscan la manera más sencilla de recuperarlo. Sabiendo que no hay ningún fantasma, observan al médium durante las sesiones como niños que permanecen despiertos en Nochebuena para ver a sus padres entrar sigilosamente y llenar las medias. Tras observar la técnica del médium, estos estudiantes debidamente “desarrollados” colocan su propio cartel y se convierten ellos mismos en médiums.

Es un buen procedimiento, si funciona; pero requiere tiempo y resulta demasiado costoso. Además, implica que uno debe convertir el espiritismo en profesión para resarcirse del tiempo y el dinero invertidos.

Lo que este país necesita es una multitud de buenos médiums aficionados, que brinden a los profesionales la competencia siempre necesaria para el perfeccionamiento de cualquier arte.

Este libro está concebido para cumplir ese propósito. Como proporciona información interna a un costo moderado, el lector podrá mantener su condición de aficionado al presentar sus sesiones. Los trucos del oficio se aprenden con facilidad, siempre que permita que el fantasma camine lentamente durante un tiempo. Nunca estimule a un fantasma a hacer cabriolas hasta que su “desarrollo” haya alcanzado un estado más avanzado. El médium aficionado, por cierto, tiene una ventaja clara sobre el profesional, porque la mayoría de las personas —incluso algunos escépticos— se impresionan cuando un psíquico se niega a cobrar por sus servicios.

Ello se debe a que han sido educadas para considerar el hacer caminar fantasmas como un asunto serio y no logran advertir que todo es una diversión. Por eso suelen estar dispuestas a creer que un médium aficionado responde a un impulso irresistible cuando comienza a hacer caminar al fantasma sin cobrar entrada; un tipo de impulso que bien podría provenir del reino de los espíritus, donde todos son demasiado felices como para pensar en dinero contante y sonante. La vieja patraña de que el “verdadero psíquico” no puede dedicar su “poder” al “lucro mundano” es un recurso que se remonta a la Bruja de Endor; pero sigue siendo tan eficaz como siempre.

Al principio puede desconcertarlo la ligereza con que en este libro se imparten las lecciones de mediumnidad. Esto se ha hecho con un propósito: introducir la verdadera atmósfera del espiritismo tal como se la percibe entre bambalinas. Los médiums experimentados siempre adoptan un tono jocoso cuando conversan entre ellos. Aunque su gran objetivo pueda ser el incremento de la cuenta bancaria, continúan disfrutando de la diversión. Les encanta intercambiar anécdotas acerca de la credulidad de sus “clientes” cuando celebran charlas informales con sus colegas médiums. Siempre, por supuesto, que se trate de colegas en quienes puedan confiar.

Cierta vez, un médium me dijo: “Si alguna vez viera un fantasma real en una de mis sesiones, saltaría por la ventana”. Esa afirmación expresa el punto de vista auténtico del médium; pero también ilustra el egocentrismo presente en la profesión. Si ese médium en particular alguna vez viera un fantasma real, se quedaría petrificado.

Si los médiums no creen en los fantasmas, ¿por qué habría de creer usted? Si pueden lograr que la gente piense que los fantasmas caminan, ¿por qué no podría hacerlo usted? Lo que es suficientemente bueno para un médium espiritista debería serlo también para usted; porque su dinero siempre es suficientemente bueno para ellos. Pero recuerde: si espera hacer caminar a un fantasma, debe lograr que la gente piense que los fantasmas existen, tal como lo hacen los médiums. Con esta aclaración adicional, podemos avanzar directamente hacia el tema del desarrollo.


CAPÍTULO II

  DESARROLLO ADECUADO DE LAS HABILIDADES

Las distintas etapas en el desarrollo de los poderes psíquicos

Existen diversas etapas en el desarrollo de los poderes psíquicos. Por absurdas que puedan parecer, resultan de gran utilidad; y no resultan embarazosas para una persona tímida si se aplican con prudencia. De hecho, quien emprenda este desarrollo descubrirá que constituye un remedio sumamente eficaz para esa molesta dolencia llamada timidez; por lo tanto, puede recomendarse incluso a quienes consideren que su tiempo es demasiado limitado como para dedicarse al arte de hacer caminar a un fantasma.

Dado que toda sala de sesiones debe contar con un fantasma, es lógico comenzar a familiarizarse con espectros imaginarios mientras aún se practican los trucos que se emplearán en la primera sesión. Al convertirse en compañero de los fantasmas, uno pasa a ser la persona indicada para conducir una sesión; y pronto la gente instará —rogará— que se hagan gala de las habilidades psíquicas.

En ese momento, podrá aceptarse el reto con aparente reticencia; y si los trucos fallan en la primera ocasión, siempre podrá atribuirse el fracaso a las travesuras de los espíritus malignos. Muchos médiums célebres —incluso la gran Eusapia Palladino— han sido perturbados por espectros burlones que intentaban dañar su reputación, en particular cuando había escépticos presentes para atestiguar lo ocurrido.

Si alguien sorprende a un médium soltando la mano de una cuerda, la responsabilidad debe recaer en algún espíritu errante que lo habría forzado a realizar esa acción sin que él lo advirtiera. Si los escépticos atan demasiado ajustado al médium para impedirle hacer sus trucos, los malos espíritus se regocijan invariablemente: aparecen en gran número, ahuyentan a los buenos y dejan al pobre médium sin el auxilio de esos fantasmas amistosos que, de otro modo, estarían dispuestos a producir manifestaciones.

En rigor, los propios escépticos podrían considerarse personas dotadas de cierto poder psíquico, puesto que su presencia siempre atrae una avalancha de espíritus malignos a la sala de sesiones. Por esa razón, la mediumnidad es algo que puede aprenderse y ejercerse perfectamente en el hogar, donde el médium tiene el derecho legítimo de expulsar a cualquier escéptico que se presente.

Los himnos también resultan útiles en una sesión, ya que ahuyentan a los espíritus malignos —aunque a veces, sin pretenderlo, también ahuyentan a algunos de los asistentes—. El procedimiento es realmente lógico y eficaz: cuando los presentes cantan himnos, el acto pasa a ser reconocido técnicamente como un servicio religioso. Por consiguiente, si los escépticos causan disturbios, pueden ser expulsados bajo el argumento de que están interrumpiendo un servicio religioso. Una vez desalojados, los malos espíritus se disgustan y se marchan por propia voluntad, pues nunca permanecen en un círculo compuesto exclusivamente por creyentes. El ambiente les resulta demasiado propicio para el médium, dado que todos los presentes le manifiestan simpatía.

Todo esto es importante porque ilustra un punto fundamental: ningún médium puede permitirse ser selectivo respecto de los espíritus que atrae. Aunque prefiera a los buenos y afirme que lo rodean a toda hora, jamás debe jactarse de tener el poder de expulsar a los espectros traviesos cuando se vuelven verdaderamente problemáticos. De hacerlo, podría encontrarse en algún momento completamente atado y sin ningún espíritu maligno que le sirva de coartada.

Por lo tanto, al desarrollar el poder psíquico de atraer espíritus, es preciso no discriminar en absoluto. Sonría cuando sienta la presencia de un buen espíritu; tiemble cuando se enfrente a uno malo. Haga saber que ambos forman parte de su vida. Esta actitud se vuelve más importante a medida que se avanza en el desarrollo. Al comenzar por primera vez a establecer contacto espiritual, conviene considerar simplemente a todos los fantasmas como entes neutrales.

Existen varias maneras de iniciar el desarrollo de los poderes psíquicos. Todas son válidas y pueden combinarse, alternarse o aplicarse de cualquier modo que resulte cómodo. Por conveniencia, se enumeran por separado. (Quien no desee ocuparse de esta preparación preliminar puede omitirla si así lo prefiere.)

Clarividencia 

Este es un procedimiento simple y fácil. Comienza con una leve afectación de estado de trance. La mesa del comedor es un buen lugar para iniciarlo, especialmente cuando usted necesita ganar tiempo porque la sopa está demasiado caliente. Simplemente siéntese y mire fijamente la pared. Deje que sus ojos se abran exageradamente; que sus labios esbocen una sonrisa complacida. La gente pensará que usted está viendo algo. Muy bien.

Más adelante, comience a hablar de lo que ve. Murmúrelo en voz baja, como si necesitara informarse a sí mismo para referencia futura. En lugar de mirarlo a usted, los demás mirarán hacia donde usted está mirando, con la esperanza de ver algo por sí mismos. Esto es excelente.

Por último, cuando haya desarrollado ambas fases por separado y a intervalos, concédales el espectáculo que desean. Mire fijamente por la ventana; elija un momento en que un automóvil haya doblado una esquina y los faros estén a punto de producir un último parpadeo esquivo antes de desaparecer. Entonces exclame: “¡Miren!” y observe el efecto. La gente ya no pensará que usted vio algo irreal; sabrá que lo hizo.

Un plan ingenioso consiste en colocar a alguien fuera de la ventana con una linterna, para que emita unos destellos en el momento oportuno. Un cómplice también puede hacer maravillas dejando que un globo de juguete se deslice frente al vidrio de la ventana. Usted está atento a ello y grita: “¡Miren!” justo a tiempo para que los demás se den vuelta y alcancen a verlo fugazmente.

Si su ayudante más tarde demuestra ser un presumido y se jacta del papel que desempeñó, no se desanime. Para entonces, los demás creerán que usted posee poderes psíquicos. Puede denunciar a su falso amigo como un escéptico celoso; un bromista que recurrió al ardid por cuenta propia para desacreditarlo. Esto es así, claro está, si se le puede creer cuando afirma tales cosas.

Declare que se trata de alguien que nunca ha “visto la luz”, pero que vivirá para lamentar las libertades que se tomó con asuntos “superiores”. Pobre materialista engañado, comprenderá su error cuando se convierta en un espíritu terrenal errante y afligido; estado al que, por cierto, podría llegar antes de lo que espera.

Este tipo de palabrería da resultado. Suficientes personas la creerán como para conformar un nutrido círculo en una sesión espiritista.

 Clariaudiencia

Esta es la capacidad, ciertamente placentera, de oír cosas en lugar de verlas. Del mismo modo que en la clarividencia, usted simula un estado de semitrance; luego comienza a hablar de "voces" y susurros extraños que han llegado hasta sus oídos psicosensibles. El procedimiento ofrece resultados inusualmente favorables, pues es difícil identificar la fuente de sonidos imprecisos; la persona promedio suele inquietarse ante ruidos extraños. Por consiguiente, usted parte con ventaja y puede aprovecharla al máximo. Cuanto más ponga en práctica el ardid de la clariaudiencia, mejores serán los resultados. Pronto logrará que otras personas escuchen cosas por usted, pero siempre —y esto debe enfatizarse— su presencia psíquica resulta indispensable.

Un "cómplice" resulta de gran utilidad en la práctica de la clariaudiencia. Puede hacer que se deslice sigilosamente por el pasillo cuando nadie sepa que se encuentra en la casa, o que baje al sótano y golpee el techo aquí y allá con el palo de una escoba. También puede colgar un Nota del editor: El artilugio del tic-tac funciona del siguiente modo: el bromista insertaba una tachuela en la parte superior del marco de la ventana de la víctima, o en la madera situada por encima de este. De dicha tachuela suspendía una piedrita, un clavo u otro objeto pequeño mediante un hilo. A continuación, ataba un segundo hilo al primero, cuyo extremo era retenido por el bromista, quien permanecía oculto entre los arbustos a varios metros de distancia. Un tirón del hilo provocaba que el clavo o la piedrita golpeteara sobre la ventana de la víctima. Ello causaba un susto mayúsculo a la víctima o —en el mejor de los casos— lograba que la señora de la casa, semidesvestida, se asomara a la ventana para verificar el origen del ruido." en una ventana y accionarlo mediante un hilo desde la distancia. (este último dispositivo es utilizado ex profeso por bromistas para asustar a una chica desprevenida dentro de su habitación)

Nunca se refiera en público a uno de estos valiosos colaboradores como "cómplice". Denomine a esa persona un "iniciado"  o un "creyente", y anuncie que ha "visto la luz". Si en algún momento se vuelve irrazonable o rebelde, denúncielo como escéptico.

Profecía

Esta constituye una forma excelente de desarrollo de la facultad. Adopte una mirada perdida, como abstraída. Murmure de manera vaga; salga luego del trance y compórtese del modo en que la gente suele hacerlo cuando despierta de un sueño. Refiérase de forma imprecisa a haber contemplado el desarrollo de acontecimientos futuros. Interprete esas visiones y formule una predicción. Cada vez que algo ocurra conforme a lo anunciado, las personas lo recordarán. En cambio, olvidarán aquellos pronósticos que resultaron fallidos. Siempre le será posible restar importancia a un fracaso posterior alegando que su visión psíquica se interrumpió de manera demasiado abrupta, o bien atribuirlo a un espíritu maligno que procura dañar su talento profético.

Una vez que su don haya sido reconocido, siempre podrá afirmar haber predicho algo en el pasado. Cuando sobrevenga un suceso inusual —ya sea de gran interés local o de relevancia mundial— recuerde a quienes lo rodean que usted "pronosticó" ese mismo acontecimiento. Muchos de ellos terminarán por creer que efectivamente lo hizo. Algunos incluso llegarán a recordar el pronóstico que usted menciona, aunque nunca lo hubiera formulado.

Si alguien llegara a dudar de que usted haya realizado tal predicción, recurra a uno de sus "cómplices" para que lo corrobore. Él confirmará recordarlo. En caso de que las personas discutan enfáticamente su capacidad profética, califíquelas de escépticas. Cuanto más utilice la palabra "escéptico", más carga peyorativa adquiere el término.

Mediante una adecuada ubicación de sus colaboradores, podrá forjarse una sólida reputación como profeta. Anuncie, por ejemplo, una llamada telefónica entrante, la recepción de una carta o la llegada de alguna persona. Especifique un momento determinado; el cómplice se encargará de que la predicción se cumpla.

Escritura automática

Esta constituye una de las formas más sencillas de desarrollo de la facultad. Para comenzar, adopte un estado de trance profundo y completo, lo cual resulta bastante simple si usted logra mantener el semblante serio. Póngase rígido, fije la mirada al frente; pero asegúrese siempre de tener papel y lápiz a su alcance.

Extienda la mano hacia el lápiz y comience a escribir de manera poco habitual. Hágalo unas veces con rapidez, otras con un esfuerzo lento y penoso. Procure que su escritura resulte siempre algo ilegible. Al salir del trance, finja sorprenderse ante lo que ha escrito. Incite a los presentes a que intenten convencerlo de que realmente fue usted quien escribió aquello. Muéstrese dubitativo; insinúe la sospecha de que han intentado gastarle una broma. Mientras tanto, permítales que se ocupen de descifrar lo que usted ha escrito.

Los esfuerzos de los presentes generalmente resultarán sumamente interesantes. Harán todo lo posible por interpretar algún mensaje importante a partir del garabato. Si usted logra averiguar ciertos hechos relativos a alguna persona que ellos crean que usted desconoce, incorpórelos al texto. Observe entonces la reacción cuando lean esa tontería ; le resultará gratificante.

Un recurso de gran efectividad en la escritura automática consiste en poseer algún conocimiento de idiomas extranjeros. Esto resulta particularmente útil si la gente sabe que usted no ha estudiado esas lenguas. Incorpore algunas palabras y frases en otros idiomas dentro de su garabato automático. Este procedimiento causa sensación en todos los casos.

Recuerde que en la escritura automática se supone que usted está controlado temporalmente por diversos espíritus, quienes se lo disputan como si se tratara de una piñata, deseando cada uno tomar el lápiz por turno. Además, por alguna razón absurda, no se espera que los espíritus escriban correctamente. Aunque otras dolencias brillen por su ausencia en el plano etéreo, el calambre del escribiente parece ser una afección universal.

Por consiguiente, sus garabatos deben presentar variaciones; modifíquelos con frecuencia y acompañe cada cambio con un estremecimiento o una mirada fija. En cuanto al estudio complementario de idiomas extranjeros, no requiere ser exhaustivo. Algunos fragmentos tomados de libros elementales resultarán suficientes para fines ordinarios. No se trata de su propio esfuerzo, sino del espíritu que intenta "comunicarse" y que, invariablemente, realiza un trabajo más bien deficiente.

Extraiga algunas citas de obras clásicas escritas en lenguas extranjeras. Simplemente cópielas de libros que encuentre en librerías , porque no conviene tener esos volúmenes en el hogar. Ello sería muy perjudicial; de hecho, si tales libros llegaran a mencionarse, usted debería mostrarse sorprendido al enterarse de su existencia. En cualquier caso, cuando esas citas sean reconocidas o identificadas, producirán un efecto magnífico.

Los dibujos espiritistas están estrechamente vinculados con la escritura automática. Si usted carece de habilidad para el trazado, practique en privado hasta alcanzar un nivel razonable. Luego introduzca imágenes en su escritura automática; la gente reconocerá que dichas representaciones superan su habilidad conocida y las atribuirá a su "control". Esto significa un nuevo acierto para el plano astral.

Voces espirituales

Estas prácticas requieren una habitación a oscuras, condición que genera una atmósfera verdaderamente tétrica. Una vez asegurada la oscuridad necesaria, usted emite palabras balbuceantes en falsete y, ocasionalmente, irrumpe con un tono tan sepulcral como le sea posible lograr. Un ventrílocuo experimentado podría producir esas voces sin necesidad de una habitación oscura, pero tal circunstancia despertaría sospechas. Los creyentes razonan del siguiente modo: si un médium pretendiese recurrir al engaño, practicaría ventriloquia y así podría ofrecer una excelente sesión de prueba a la luz. Dado que el médium exige oscuridad, se sigue necesariamente que no utiliza artimañas. Todos rechazan la explicación simple de que los médiums espiritistas son demasiado perezosos o se hallan demasiado ocupados para molestarse en practicar ventriloquia.

Apagar las luces resulta más sencillo y, además, torna la atmósfera más lúgubre. Lo que usted dice posee escasa importancia, aunque los "mensajes" dirigidos a los incautos siempre causan sensación, por más confusos o carentes de sentido que puedan sonar. Cada "voz" constituye un "control"; por consiguiente, usted debe disponer de nombres para identificarlas. Katie King representa un recurso infalible. "Soy el espíritu de Katie King", emitido en falsete, produce invariablemente auténticos escalofríos.

La identidad real de "Katie King" resulta irrelevante. Nunca he conocido a un médium que realmente lo supiera. Sin embargo, Katie ha estado cacareando regularmente durante el último medio siglo y, con frecuencia, ha logrado presentarse simultáneamente en seis salas de sesiones espiritistas.

Los "controles" de origen indio siempre resultan útiles. Denominaciones de estilo aborigen como "Flor de la pradera" o "Pequeño cervatillo" son especialmente adecuadas. La ventaja de los controles indios reside en que nadie conoce su lengua nativa, pues los espíritus han olvidado invariablemente a qué tribu pertenecieron. Si los asistentes a la sesión los interrogan de manera demasiado directa, nunca surge inconveniente alguno, ya que estos controles pueden mezclar jerigonza con un inglés chapucero, dejando a todos sin posibilidad de comprender.

Los controles de otras nacionalidades —chinos, rusos o cualquier otra— deben escabullirse apresuradamente si algún asistente les formula algunas preguntas en su propio idioma. Por ello, es preferible limitarse a los indios; constituyen una apuesta segura. Puede incorporar figuras como Toro Sentado o Nube Roja para las voces graves; excepto por alguna celebridad ocasional, como Aristóteles o Napoleón, quienes pueden emitir algunos gemidos y retirarse, molestos cuando los escépticos insultan su dignidad exigiéndoles que hablen en griego o en francés.

Fuera del ámbito de sus sesiones, cuando mantenga conversaciones telefónicas con creyentes, siempre puede intercalar algunas voces mientras ellos están hablando. Preguntarán entonces: "¿Oyó eso?". A lo cual usted responde: "¿Qué?". Cuando le informen que una voz espeluznante se interpuso en la comunicación, usted se muestra sumamente complacido. Identifica al control en cuestión afirmando que sintió esa presencia flotando a su alrededor.

Las personas que se hallan al otro lado de la línea telefónica adoran este tipo de pamplinas. Les induce a pensar que también ellos poseen facultades psíquicas. Se sentirán encantados cuando descubran que el propósito de su llamada era invitarlos a la próxima sesión.

Existen muchas otras formas de desarrollo o cultivo de facultades psíquicas, pero las que se han enumerado resultan suficientes. Después de haber ensayado algunas de ellas, usted se hallará en condiciones de iniciar demostraciones de manifestaciones físicas, las cuales se describen en los capítulos subsiguientes.

Si así lo desea, puede prescindir de la mayor parte del charlatanismo que este capítulo ha descripto. Sin embargo, si adopta tal proceder, sus manifestaciones físicas se verán perjudicadas. Todo cuanto ocurre en una sala de sesiones se interpreta de acuerdo con la actitud mental de los asistentes. Un simple artificio se transforma en una manifestación espiritista cuando los presentes se hallan en un estado de receptividad adecuado.

El grado de dicha actitud receptiva depende enteramente de la impresión preliminar que usted haya logrado crear. Disfrute con los ardides que se describen a continuación; cuando menos, despertarán interés y generarán entretenimiento. Pero si usted espera que produzcan asombro —efecto que ciertamente pueden alcanzar— no debe descuidar la chorrada preliminar que este capítulo ha esbozado.

 

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