Ya en 1941, el psiquiatra Hervey Cleckley en La máscara de la cordura, describió al psicópata prototípico como una criatura híbrida cuya apariencia superficialmente agradable oculta un interior más oscuro y afectivamente empobrecido. La mayoría de las veces, el psicópata típico parecerá particularmente agradable y causará una impresión claramente positiva en el primer encuentro. Alerta y amistoso en su trato, es fácil de abordar y parece tener muchos intereses genuinos. No hay nada extraño ni llamativo en él y, en todos los aspectos, tiende a encarnar la imagen de una persona bien adaptada y feliz. . . . Parece ser exactamente lo que aparenta. (p. 339. Cleckley,1941 )
Los dieciséis criterios diagnósticos que establece el autor son el marco clásico para identificar el perfil clínico de la psicopatía como entidad clínica diferenciada :
- Presencia de un encanto externo y de una notable inteligencia.
- Ausencia de alucinaciones u otros signos de pensamiento irracional.
- Ausencia del nerviosismo de las manifestaciones neuróticas.
- Inestabilidad, poca formalidad.
- Falsedad e insinceridad.
- Falta de sentimientos de remordimiento o vergüenza.
- Conducta antisocial inadecuadamente motivada.
- Razonamiento insuficiente y falta de capacidad para aprender de la experiencia vivida.
- Egocentrismo patológico e incapacidad para amar.
- Pobreza general en las principales relaciones afectivas.
- Pérdida específica de intuición.
- Insensibilidad en las relaciones interpersonales generales.
- Comportamiento fantástico y poco recomendable.
- Amenazas de suicidio raramente llevadas a cabo.
- Vida sexual impersonal, trivial y pobremente integrada.
- Fracaso para seguir un plan de vida.
Para el psicólogo forense Robert Hare, investigador en el ámbito de la psicología criminal y autor del clásico Sin conciencia: el inquietante mundo de los psicópatas que nos rodean, los criterios que definen a la personalidad psicopática pueden evaluarse mediante una lista de veinte características que denomina PCL-R (psychopathy checklist-revised).
La escala ampliamente utilizada por Hare fue desarrollada a partir de muestras de convictos varones en prisiones de máxima seguridad presenta algunas limitaciones porque generalizar sus normas a mujeres, adolescentes o la población general es metodológicamente arriesgado. Además, conviene aclarar que varios de sus ítems -aunque no todos- se refieren directamente a conductas delictivas. Esta herramienta de diagnóstico se utiliza habitualmente para diferenciar a quienes poseen un alto nivel de este rasgo de personalidad respecto de aquellos que presentan un trastorno de personalidad antisocial. Aunque existe una superposición con ésta otra alteración, ambos conceptos no son equivalentes. La mayoría de los individuos que cumplen con los criterios para el trastorno antisocial de la personalidad no son considerados psicópatas según la definición clásica de Hare.
Sin embargo, la investigación metodológica moderna ha desmentido esta concepción basada en tipos o categorías de personalidad. A través de procedimientos estadísticos diseñados específicamente para determinar si un fenómeno constituye una categoría discreta (enfoque categorial) o una dimensión continua (enfoque dimensional), la ciencia ha aportado pruebas contundentes a favor del modelo dimensional. Este tipo de abordaje no concibe la personalidad como un conjunto de categorías cerradas o diagnósticos fijos del tipo "sano" o "enfermo", sino como un continuo a lo largo del cual los rasgos se distribuyen de manera gradual en toda la población.
Un estudio clave en este debate fue el de Edens, Marcus, Lilienfeld y Poythress (2006), quienes aplicaron métodos de análisis estadístico junto con simulaciones computacionales de control para estudiar a 876 reclusos, todos evaluados con la Escala de psicopatía revisada de Hare (PCL-R), considerada el instrumento de referencia en la materia. Los autores no encontraron ninguna evidencia de que existiera una división clara entre psicópatas y no psicópatas; por el contrario, los resultados mostraron una distribución continua de los rasgos.
Asimismo, los autores intentaron replicar de manera específica el influyente estudio de Harris, Rice y Quinsey (1994) que defendía la existencia de la psicopatía como una categoría diferenciada, utilizando exactamente los mismos ítems de la PCL-R. La réplica fracasó. Este resultado es uno de los más contundentes ya que debilita directamente la principal evidencia empírica que sostenía la idea de un tipo natural de psicópata. Vale señalar que este hallazgo ya había sido corroborado de forma independiente por Marcus, John y Edens (2004) mediante una herramienta completamente diferente: el Inventario de personalidad psicopática (PPI), basado en autorreportes.
Los investigadores concluyen que sus hallazgos cuestionan seriamente la idea, tanto popular como científica, de que los psicópatas constituyen una clase especial de individuos cualitativamente distinta del resto de la población. La psicopatía no es una condición que se tiene o no se tiene, sino una región en el extremo de dimensiones de personalidad que todos los seres humanos poseen en alguna medida. El diagnóstico clínico es, entonces, una convención práctica que establece un umbral dentro de ese continuo, no una frontera natural. Cuando un tribunal o un psiquiatra declara que un individuo "es psicópata" por superar los 30 puntos en la PCL-R, está tomando una decisión operativa para gestionar un riesgo, no descubriendo una especie biológica distinta. Fijar ese corte en 30 puntos es una convención útil, comparable a definir a partir de qué estatura una persona es considerada "alta".
En otro orden de cosas, suele decirse que las personas con rasgos psicopáticos elevados carecen por completo de empatía, pero la evidencia demuestra que la relación es mucho más compleja. En un metaanálisis fundamental, Vachon, Lynam y Johnson (2014) analizaron el vínculo entre la falta de empatía y las conductas agresivas o antisociales, y encontraron un resultado sorprendente: la relación estadística entre ambas variables es muy débil.
La empatía explica una parte insignificante de las diferencias en la agresión o la insensibilidad. De hecho, los niveles de empatía se superponen de manera masiva entre la población general y la población clínica, lo que impide usar la "falta de empatía" como un indicador diagnóstico confiable para identificar a un individuo.
El caso histórico del asesino en serie John Wayne Gacy ilustra con precisión esta dificultad diagnóstica. Gacy obtuvo una puntuación de 30 sobre 40 en la escala PCL-R, situándose formalmente en el límite operativo de la psicopatía y manifestando conductas de manipulación, encanto superficial y extrema frialdad. Sin embargo, durante su proceso judicial, trece peritos forenses (ocho psiquiatras y cinco psicólogos) discrepaban abiertamente sobre si su diagnóstico principal correspondía a un trastorno antisocial y narcisista de la personalidad o a una forma de psicosis esquizofreniforme. Esta falta de acuerdo unánime no invalida el análisis, sino que refleja la realidad del fenómeno: Gacy no pertenecía a una categoría pura de "psicópata", sino que presentaba una amalgama continua de rasgos antisociales, sádicos y traumáticos que excedían cualquier etiqueta diagnóstica simple.
Desde nuestro punto de vista, la psicopatía existe como una herramienta de medición científica útil pero frágil. Cuando se afirma que alguien "es un psicópata", se debe recordar que dicha afirmación describe un extremo en un continuo de la personalidad humana, y que la etiqueta refleja tanto nuestras convenciones metodológicas y necesidades institucionales como la naturaleza del individuo evaluado. La ciencia rigurosa no ofrece certezas absolutas, sino marcos provisionales para comprender la complejidad del comportamiento humano.
Referencias
- Edens, J. F., Marcus, D. K., Lilienfeld, S. O., & Poythress, N. G. (2006). Psychopathic, not psychopath: Taxometric evidence for the dimensional structure of psychopathy. Journal of Abnormal Psychology, 115(1), 131–144. https://doi.org/10.1037/0021-843X.115.1.131
- Vachon, D. D., Lynam, D. R., & Johnson, J. A. (2014). The (non)relation between empathy and aggression: Surprising results from a meta-analysis. Psychological Bulletin, 140(3), 751–773. https://doi.org/10.1037/a0035236

No hay comentarios.:
Publicar un comentario