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21.2.25

Las hadas de Cottingley : un histórico engaño fotográfico

 

 

 

El famoso caso de las hadas de Cottingley, protagonizado por Elsie WrightFrances Griffiths en su infancia, va más allá de un simple engaño fotográfico. Se convirtió en un fenómeno cultural que reflejó las tensiones entre la razón y la creencia en lo sobrenatural y entre la facilidad para creer y el escepticismo.

Lo que comenzó como una broma infantil generó un debate que se extendió por todo el país, especialmente gracias a figuras como Arthur Conan Doyle y Edward Gardner, quienes defendían la existencia de las hadas. 

El hecho de que el engaño perdurara durante mas de sesenta años, su posterior revelación y su impacto en la cultura popular nos permiten comprender la mentalidad colectiva del siglo XX.

 

Contexto Histórico y Psicológico

Tras la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Europa enfrentó un duelo masivo. La pérdida de millones de vidas impulsó un resurgimiento del espiritismo y de lo oculto como mecanismos de consuelo. La Sociedad Teosófica, fundada en 1875, promovía la creencia en planos espirituales y seres etéreos, ideas que permeaban algunos círculos intelectuales. Arthur Conan Doyle, autor del personaje Sherlock Holmes, abrazó públicamente el espiritismo en 1917 aunque se interesaba por lo oculto desde fines del siglo XIX . Las posteriores muertes de su hijo Kingsley en la guerra mundial y la de su hermano Innes durante la pandemia de gripe de 1918 solo reforzaron su creencia previa en el más allá, convirtiéndose así, en su principal defensor.

La dualidad de Conan Doyle , por un lado como creador de Sherlock Holmes —símbolo de racionalidad— y por el otro,  como ferviente espiritista, fue algo clave en esta historia. Su interés por lo oculto databa de 1887, año en que publicó tanto su novela detectivesca Estudio en escarlata como escribió a la revista Light  sobre sesiones espiritistas. Esta paradoja no fue casual: Conan Doyle veía al espiritismo como una extensión de la búsqueda de verdades trascendentales, complementaria a la lógica holmesiana . Es así como en The New Revelation (1918)  Doyle escribe:  

          "El espiritismo no es una religión, sino una ciencia [...] Se basa en hechos observables, como  cualquier otra ciencia. Sherlock Holmes no habría rechazado estas pruebas sin examinarlas" (Cap. 3).

 

 La primera de las cinco fotografías de Cottingley, tomada por Elsie Wright en 1917, muestra a Frances Griffiths junto a las supuestas hadas

 

El Origen del Engaño  El programa de podcast "Fotografiando hadas, el caso de las hadas de Cottingley" ofrece una excelente perspectiva de la historia completa.

Elsie Wright (1901-1988) se formó en artes gráficas en la Escuela de Arte de Bradford llegando a ser muy talentosa. Frances Griffiths (1907-1986), era su prima sudafricana que la visitaba seguido desde Yorkshire a Cottingley en Bradford.  Ante el regaño constante de sus padres por llegar mojadas del arroyo tras jugar en el bosque, las niñas argumentaron que en el lugar habían visto hadas y, para respaldar su historia, fabricaron las fotografías. Las dos primeras fotos fueron sacadas en 1927, la quinta y última en 1920.  Según cuenta el Dr. Merrick Burrow, para ello, utilizaron recortes de las ilustraciones de El libro de obsequios de la princesa Mary (1914), en especial las del relato A spell for a Fairy,  A partir de esas imágenes, Elsie creó los dibujos en cartón que representaban a los seres de fantasía. Conforme a lo que se menciona en el podcast El imaginario oscuro, se utilizó una cámara Butcher serie Midg N° 1, Magazine Type , muy usada por los aficionados, para fotografiar las figuras de cartón de las hadas, que estaban sujetas con alfileres de sombrero.

La decisión de Elsie y Frances de mantener el engaño durante cinco años respondió a varios factores: a) rebeldía adolescente —Elsie, de 16 años, buscaba desafiar la autoridad paterna que era escéptico a la presencia de seres fantásticos en el bosque—, b) protección mutua —Frances, vulnerable por su acento y origen, encontró en Elsie una aliada— y c) presión materna: Polly Wright y Annie Griffiths, creyentes en lo paranormal, quisieron creer en la autenticidad de las fotos y las difundieron en 1919 en una reunión de la Sociedad Teosófica de Bradford , iniciando así, su escalada pública. En el libro Fairies: A Dangerous History (2018) de Richard Sugg el autor afirma que "Las madres, obsesionadas con lo oculto, presionaron a las niñas para validar sus creencias. Elsie, rebelde, y Frances, vulnerable, se vieron atrapadas en una mentira que escapó a su control". pp. 147–150.

La credulidad y el entusiasmo maternos fue mas fuerte que el escepticismo paterno y las niñas no solo sostuvieron el engaño sino que produjeron más fotos, hasta llegar a la quinta y última fotografía, cinco años después.

 

 La segunda de las cinco fotografías, que muestra a Elsie con un gnomo alado

La mediatización del caso : Edward Gardner y la máquina de propaganda

Edward Gardner, secretario general de la sección británica de la Sociedad Teosófica, vio las primeras fotos e inmediatamente pensó que eran genuinas. Sin embargo, como parecían poco definidas encargó a Harold Snelling —un experto independiente en fotografía— retocar los negativos de las fotos (El imaginario oscuro, 9:42). Snelling alteró las imágenes para aumentar la visibilidad de las entidades, eliminando elementos del entorno y ajustando el contraste. El experto aseguró que las imágenes eran auténticas de "lo que estaba frente a la cámara", evitando así tener que validarlas como imágenes de hadas. Gardner, con posterioridad, utilizó estas imágenes, coloreadas y convertidas en diapositivas en sus conferencias, para validar la existencia de las criaturas. 

Aunque las impresiones fotográficas también fueron examinadas por la compañía fotográfica Ilford, que informó inequívocamente que había "alguna evidencia de falsificación" y que el laboratorio Kodak no aceptó certificar la legitimidad de las fotografías,  A.C.Doyle -que se había interiorizado del caso - y Gardner se quedaron con el informe favorable de Snelling. Se pueden encontrar negativos de las impresiones originales en la colección Cottingley Fairies que se encuentra en la Biblioteca de Brotherton de la Universidad de Leeds.

Arthur Conan Doyle colaboró con círculos espiritistas afines a sus creencias, como la Spiritualists’ National Union. Con el fin de validar las fotografías de Cottingley, recurrió a figuras como Frederick H. Thurston, experto en fotografía de espíritus (citado por Doyle en su libro La llegada de las hadas), cuyos análisis carecían de rigor crítico. Ignoró las advertencias de Oliver Lodge —presidente de la Society for Psychical Research  y físico de prestigio—, quien en 1920 señaló inconsistencias en las imágenes, considerándolas falsas y que sugirió que podrían haber sido manipuladas utilizando a un grupo de bailarinas disfrazadas de hadas (El imaginario oscuro 11:46). 

Para obtener una visión más cercana del caso, Doyle envió a Gardner a Cottingley. Ambos consideraron que la mejor manera de despejar las dudas sería obtener más fotografías de las hadas. Como resultado, las niñas recibieron de regalo una cámara y 20 placas fotográficas para cumplir con este propósito (El imaginario oscuro  12:24). 

En su artículo "Hadas fotografiadas: un suceso memorable" publicado en The Strand, (1920) y en el libro La llegada de las hadas (1922), A.C.Doyle presentó las fotos como evidencia irrefutable de la existencia de entidades sobrenaturales. Su estrategia fue calculada: publicó las primeras imágenes para provocar a los críticos racionalistas, reservando tres fotos adicionales para un segundo artículo en The Strand (1921) como "prueba definitiva"(El imaginario oscuro 14:27). En cartas a Gardner, Doyle buscando humillar a los escépticos, comparó su campaña con "una mina terrestre lista para explotar". Al año siguiente publicó su libro The Coming of the Fairies.

Tercera fotografía "Frances y el hada saltarina"

Debates Culturales y Científicos

El caso de las hadas de Cottingley se convirtió en un campo de batalla intelectual entre espiritistas y racionalistas. Arthur Conan Doyle, en cartas privadas y en su libro The Coming of the Fairies (1922), describió las fotografías como 'revolucionarias' y comparó su impacto con el del telescopio. Frente a esto, la prensa escéptica ridiculizó las imágenes: el diario Truth, el 5 de enero de 1921 afirmó que para explicarlas bastaba con "conocer cómo los niños juegan con recortes de papel", en vez de invocar lo sobrenatural. Edward Clodd, presidente de la Rationalist Press Association, criticó públicamente a Doyle en The Times Literary Supplement (1922), señalando su "incapacidad para distinguir entre evidencia científica y fantasía", y en anotaciones privadas lo llamó "un niño en cuestiones de ciencia". La polémica reflejó la tensión entre el auge del espiritismo posbélico y el empirismo científico de la época, pero con el paso del tiempo, el entusiasmo por las hadas de Cottingley fue desvaneciéndose.

Sesenta años después se reabrió el interés por el caso y en una entrevista de la BBC en  1976 en Cottingley, Elsie sostuvo firmemente los hechos como auténticos, mostrando al periodista donde es que  vio los gnomos y las hadas, como lucían y que hacían (BBC Archive 5:18).

La Fundación James Randi en  The Case of the Cottingley Fairies: Examine the Evidence [Teacher Edition](2012) narra como el editor del British Journal of Photography Geoffrey Crawley , condujo una minuciosa investigación científica sobre el caso entre los años 1970 y 1983. 

"Su estudio se concentró principalmente en examinar los equipos fotográficos que las jóvenes habían utilizado, y presentó sus conclusiones mediante una serie de publicaciones especializadas. La investigación reveló un hecho crucial que confirmaba sus sospechas previas: era técnicamente imposible que aquellas cámaras hubieran producido fotografías con la nitidez que mostraban las imágenes publicadas. Esto llevaba a una única conclusión posible: las fotografías habían sido alteradas, ya fuera por Gardner o por otra persona. Esta evidencia dejaba claro que todo había sido una farsa".

Mas adelante señala la interesante reacción del investigador: 

"Si bien Crawley trabajó incansablemente para revelar la verdad sobre el asunto, se mostró comprensivo con las niñas, ahora ancianas. Él creía firmemente que las primas se sintieron presionadas a mantener silencio una vez que Sir Arthur Conan Doyle se involucró y promovió tan enérgicamente las fotografías como evidencia real de la existencia de las hadas".

En éste video, el mismo Randi explicó en el sitio de las "apariciones" como fue realizado el primer trucaje. 
 
En el año 1983,Elsie Wright y Frances Griffiths confesaron  parcialmente el fraude . Explicaron detalladamente como editaron las fotografías colocando con alfileres las figuras del libro, pero aseguraron que habían visto realmente las hadas, afirmación que Frances sostuvo hasta su muerte (El imaginario oscuro, 20:30).  Elsie Wright  se excusó diciendo que aunque las imágenes fueron un producto de su imaginación, su impacto radicó en que "el mundo quiso creer en ellas".

Elsie (no Frances) admitió que la idea inicial fue una "broma para callar a los adultos" que las reprendían por mojarse en las aguas del arroyo del bosque de Cottingley donde, "jugaban con las hadas". En el documental del 22 de mayo de 1985 de la serie Arthur C. Clarke's World of Strange Powers , declaró:

"Frances y yo estábamos hartas de que nos regañaran por mojarnos en el arroyo. Queríamos darles algo en qué pensar".

 

 Cuarta fotografía, "Hada ofreciendo un ramillete de campanillas a Elsie"

Legado y Reflexiones Críticas

El caso se cerró definitivamente en 1988, cuando Elsie Wright, poco antes de su muerte, le confesó sin vueltas a Crawley que "Todo el asunto había sido una broma práctica que salió mal. La broma terminó siendo contra nosotras" (Randi, 2012).

El engaño perduró tanto tiempo en parte porque Arthur Conan Doyle y Edward Gardner priorizaron las redes espiritistas, desestimando críticas de escépticos como los miembros de la Sociedad para la Investigación Psíquica. Elsie y Frances recibieron pequeñas sumas de Doyle (para la boda de Elsie) y cámaras fotograficas por parte de Gardner - para poder sacar mas fotos de hadas-, pero no obtuvieron ganancias significativas. Los derechos de autor y lucro de las fotos los retuvo Gardner. (Ver Cooper, J. (1983). The Unexplained, Vol. 6, No. 68).  Frances, en particular, enfrentó un escrutinio público constante hasta su fallecimiento en 1986, como documentan sus declaraciones a la prensa y los testimonios de su hija (BBC News, 17 de marzo de 1983).

 Quinta y última fotografía:"Las hadas y su baño de sol"

Aunque algunos análisis biográficos, como los de Douglas Kerr, enfatizan las contradicciones de Conan Doyle en el caso Cottingley, una revisión detallada revela múltiples motivaciones: su rol como líder del movimiento espiritista británico, su enfrentamiento con críticos racionalistas y su búsqueda de consuelo tras las pérdidas familiares de la posguerra. Doyle no defendió las hadas de Cottingley por ingenuidad, sino como parte de un esfuerzo por legitimar el espiritualismo ante la ciencia y la sociedad.

El caso de las hadas de Cottingley trasciende el mero engaño: ilustra cómo el contexto histórico posbélico y la necesidad humana de creer en lo extraordinario convirtieron una travesura infantil en un fenómeno cultural. Arthur Conan Doyle, dividido entre su racionalidad literaria (encarnada en Sherlock Holmes) y su fervor espiritualista, encontró en las fotografías una validación pública de su fe en lo paranormal. Como reconoció Elsie 

"Hasta el día de hoy no puedo entender por qué la gente se dejó engañar. Ellos querían ser engañados. La gente a menudo me dice '¿No te avergüenza haber hecho que todas estas pobres personas parecieran tontas? Ellos creyeron en ti.' Pero no me avergüenza, porque ellos querían que fuera cierto"

 

Fuentes en Youtube :

"Fotografiando hadas, el caso de las hadas de Cottingley" en el Podcast El imaginario oscuro

https://www.youtube.com/watch?v=BKorfplR58U&t=5s

 

"1976: Cottingley Faires: Fact or Fantasy?" | Nationwide | Weird and Wonderful | BBC Archive

 https://www.youtube.com/watch?v=1Z7zSGzdgTU

 

 "The Cottingley Fairies A Study in Deception" por el Dr Merrick Burrow en Leeds University Library Galleries

https://www.youtube.com/watch?v=bSDucCAbngg

 

"How the Cottingley Fairies Photographs Were Made" por el Dr. Merrick Burrow en National Science and Media Museum

https://www.youtube.com/watch?v=Fki-ELK3G5g

 

 "James Randi and the Cottingley Fairies" en 777Skeptic

 https://www.youtube.com/watch?v=oveXCII3w30

 

2.1.25

Hongos, folklore y el país de las hadas

 

El Intruso (ca. 1860) de John Anster Fitzgerald, con una amanita muscaria en el centro de la escena
 

Hongos, folklore y el país de las hadas por Mike Jay 

Los hongos han tejido su magia en el imaginario popular, desde los misteriosos círculos de hadas hasta su prominente papel en "Alicia en el País de las Maravillas". Mike Jay analiza cómo los primeros reportes de experiencias con hongos alucinógenos posiblemente influyeron en la literatura victoriana, donde estas especies - particularmente una - se convirtieron en un elemento recurrente del folklore relacionado con las hadas.
 
 La primer experiencia psicodélica con hongos registrada en Gran Bretaña ocurrió en el Green Park de Londres el 3 de octubre de 1799. Como muchas experiencias similares, fue accidental. Un hombre identificado en un informe médico posterior como "J. S." tenía la costumbre de recolectar pequeños hongos en el parque durante las mañanas otoñales y prepararlos en un caldo para el desayuno de su esposa y sus hijos. Sin embargo, esa mañana, aproximadamente una hora después de haber terminado la comida, todo empezó a volverse muy extraño. J. S. notó manchas negras y destellos de colores interrumpiendo su visión; se sintió desorientado y tuvo dificultades para mantenerse en pie y moverse. Su familia empezó a quejarse de calambres estomacales y de una sensación de frío y entumecimiento en las extremidades. Alarmado por la idea de haber consumido hongos venenosos, salió tambaleándose a buscar ayuda, pero a los pocos metros olvidó a dónde iba y por qué, siendo encontrado vagando en un estado de confusión.

Por casualidad, el médico Everard Brande pasaba por esa zona y fue llamado para atender a J. S. y a su familia. La escena que presenció fue tan inusual que decidió escribir un detallado informe que publicó unos meses después en The Medical and Physical Journal. Los síntomas de la familia fluctuaban en oleadas vertiginosas: sus pupilas estaban dilatadas, los pulsos irregulares y la respiración dificultosa, alternando entre episodios de normalidad y crisis. Todos estaban aterrorizados ante la idea de que iban a morir, excepto el hijo menor, Edward S., de ocho años, quien presentaba los síntomas más extraños. Habiendo comido una porción grande de los hongos, se veía envuelto en ataques de risa incontrolable, imposibles de sofocar incluso con las amenazas de sus padres. Parecía haber sido transportado a otro mundo, del cual solo regresaba momentáneamente para decir incoherencias: cuando lo despertaban y le preguntaban algo, respondía con un indiferente "sí" o "no", sin relación alguna con lo que le decían.

El Dr. Brande atribuyó la condición de la familia a los "efectos nocivos de una especie común de hongos agáricos, no sospechada hasta entonces de ser venenosa". Hoy sabemos que se trataba de una intoxicación por Psilocybe semilanceata, conocidos como "hongos mágicos", que crecen de manera abundante en las colinas, matorrales, praderas, campos de golf y parques de Gran Bretaña durante el otoño. El ilustrador botánico James Sowerby, quien trabajaba en el tercer volumen de su obra Coloured Figures of English Fungi or Mushrooms (1803), interrumpió su agenda para visitar a J. S. e identificar la especie responsable. Su ilustración muestra un grupo de inconfundibles hongos Psilocybe semilanceata junto con otra especie de aspecto similar (hoy identificada como un hongo del género Stropharia). En su nota, Sowerby subrayó que fue la variedad de cabeza puntiaguda  la que "casi resultó fatal para una pobre familia en Piccadilly, Londres, que tuvo la imprudencia de guisarla para el desayuno". 


 Tabla 248 de James Sowerby's Coloured Figures of English Fungi or Mushrooms (1803). Los hongos numerados 1, 2, y 3, son todos "gorros de la libertad"u "hongos mágicos"

 El relato de Brande sobre el episodio de la familia J. S. siguió siendo citado en la literatura victoriana sobre drogas durante décadas, pero el siglo XIX transcurrió sin que se identificara claramente al liberty cap (en México "pajarito" u "hongo mágico")  como un hongo alucinógeno. El compuesto psicodélico responsable del misterioso trastorno permaneció desconocido hasta la década de 1950, cuando Albert Hofmann, el químico suizo que descubrió el LSD, dirigió su atención a los hongos alucinógenos de México. En 1958, se logró aislar por primera vez la psilocibina, prima química del LSD, de algunos hongos; en 1959, se sintetizó en un laboratorio suizo, y en 1963 se identificó finalmente en el liberty cap.

Durante el siglo XIX, el liberty cap ("hongo mágico")  adquirió un conjunto diferente de asociaciones, no relacionadas con sus propiedades visionarias, sino con su distintiva apariencia. Samuel Taylor Coleridge parece haber sido el primero en sugerir su nombre común en un breve escrito publicado en 1812 en Omniana, una miscelánea coescrita con Robert Southey. Coleridge quedó fascinado por ese “hongo común, que representa con tanta exactitud el asta y el gorro de la Libertad, que parece ofrecido por la propia Naturaleza como el emblema adecuado del republicanismo francés”.

El gorro de la Libertad, o gorro frigio, era un sombrero de fieltro puntiagudo asociado con el pileus similar que usaban los esclavos liberados en el Imperio Romano. Este símbolo se convirtió en un icono de la libertad política a través de los movimientos revolucionarios de los siglos XVII y XVIII. Guillermo de Orange lo incluyó como símbolo en una moneda acuñada para celebrar su Revolución Gloriosa de 1688; el parlamentario antimonárquico John Wilkes lo sostiene, montado en un asta, en la caricatura diabólica de William Hogarth de 1763. También aparece en una medalla diseñada por Benjamin Franklin para conmemorar el 4 de julio de 1776, bajo el lema Libertas Americana, y fue adoptado durante la Revolución Francesa por los sans-culottes como su característico bonnet rouge.

Fueron estas asociaciones —y no sus propiedades psicoactivas, de las cuales Coleridge no da señales de conocer— las que lo llevaron a celebrar al hongo como el “gorro de la Libertad”. Este nombre, difundido a través de las numerosas reimpresiones de Omniana, se filtró en la cultura, el folklore y la botánica británica del siglo XIX.

 Izquierda: medalla conmemorativa de Benjamin Franklin «Libertas Americana», 1782  Derecha: Caricatura de William Hogarth de 1763 de John Wilkes con el bastón y el gorro de la libertad. 

 Aunque las propiedades "mágicas" del liberty cap pasaron en gran medida inadvertidas, la idea de que los hongos podían provocar alucinaciones comenzó a extenderse en Europa durante el siglo XIX, aunque se asoció a una especie de hongo completamente diferente. Paralelamente al creciente interés científico por los hongos tóxicos y alucinógenos, un vasto corpus de tradiciones victorianas sobre hadas conectó los hongos y las setas venenosas con elfos, duendecillos, colinas huecas y el transporte involuntario de personas al reino de las hadas, un mundo de perspectivas cambiantes lleno de espíritus elementales. La semejanza entre este otro mundo y aquellos engendrados por los psicodélicos vegetales en las culturas del Nuevo Mundo, donde los hongos que contienen psilocibina se han utilizado durante milenios, resulta sugestiva. ¿Es posible que la tradición victoriana sobre las hadas, bajo su inocente apariencia, haya funcionado como un canal para una tradición oculta de conocimiento psicodélico? ¿Acaso los autores de estas narrativas fantásticas —como Alicia en el País de las Maravillas— eran conscientes del poder de ciertos hongos para transportar a visitantes desprevenidos a tierras encantadas? ¿Escribían, quizá, desde su propia experiencia?

El episodio de la familia J. S. en 1799 ofrece un punto de partida útil para explorar estas cuestiones. Demuestra que los liberty caps crecían en Gran Bretaña en esa época y que eran comunes incluso en los parques de Londres. Sin embargo, también evidencia que los efectos alucinógenos de estos hongos eran desconocidos, o al menos poco habituales: lo suficientemente inusuales como para que un médico londinense los mencionara ante sus colegas eruditos. Al mismo tiempo, los académicos y naturalistas comenzaban a ser más conscientes del uso extendido de plantas intoxicantes en culturas no occidentales. En 1762, Carl Linneo, el gran taxónomo y padre de la botánica moderna, compiló la primera lista de plantas intoxicantes en una monografía titulada Inebriantia. Este compendio reunía una farmacopea global que abarcaba desde Europa (opio, beleño) hasta Oriente Medio (hachís, datura), Sudamérica (hoja de coca), Asia (nuez de betel) y el Pacífico (kava). El estudio de estas plantas emergía de los márgenes de la filología clásica, la etnografía, el folclore y la medicina para convertirse en un campo de estudio propio.

El interés por las culturas tradicionales también se extendió al folklore europeo. Una nueva generación de recolectores de cuentos populares, como los hermanos Grimm, comprendió que la migración de las poblaciones campesinas a las ciudades estaba desmantelando rápidamente siglos de relatos, canciones e historias orales. En Gran Bretaña, Robert Southey se destacó como un recopilador de tradiciones populares en peligro de desaparecer, recopilando y publicando ejemplos enviados por sus lectores. La tradición victoriana de las hadas, a medida que surgía, estaba impregnada de una sensibilidad romántica que transformaba las tradiciones rurales, antes consideradas toscas y atrasadas, en algo pintoresco y semi-sagrado: una escapatoria de la modernidad industrial hacia una tierra antigua, a menudo pagana, de encantamiento.

Este tema atrajo a escritores y artistas que, bajo la apariencia de inocencia, pudieron explorar temas sensuales y eróticos con una audacia que no era posible en géneros más realistas. También permitió reimaginar el campo empobrecido y embarrado a través del prisma de escenas clásicas y shakesperianas de espíritus juguetones de la naturaleza. El conocimiento sobre plantas y flores fue cuidadosamente recopilado y entretejido en tapices sobrenaturales de hadas florales y bosques encantados, donde hongos y setas aparecían por todas partes. Los círculos de hadas y los elfos que habitaban setas venenosas fueron reciclados a través de una cultura pictórica de motivos y decoraciones, hasta convertirse en emblemas del reino de las hadas.

                          Ilustración de Richard Doyle de su In Fairyland: Una serie de imágenes del mundo de los elfos (1870)

Este atractivo mágico marcó un cambio respecto a las representaciones anteriores de los hongos en Gran Bretaña. En los textos herbolarios y médicos desde el Renacimiento, los hongos solían asociarse con la descomposición, los montones de estiércol y el veneno. Sin embargo, la nueva generación de folkloristas, siguiendo la línea de Coleridge, comenzó a valorarlos. Thomas Keightley, cuya obra The Fairy Mythology (1850) tuvo una gran influencia en la tradición ficticia de las hadas, recopiló ejemplos galeses y gaélicos de nombres tradicionales para los hongos que evocan a los elfos y a Puck, un espíritu juguetón. En Irlanda, el término gaélico coloquial para los hongos es pookies, que Keightley relacionó con el espíritu elemental Pooka (de ahí Puck); este término sigue siendo usado en la cultura de drogas irlandesa hoy en día, aunque no hay evidencia concluyente del uso premoderno de hongos mágicos en la tradición gaélica. En un momento, Keightley se refiere a “esos bonitos hongos pequeños y delicados, con cabezas cónicas, que en Irlanda se llaman Fairy-mushrooms, donde crecen en abundancia”. Esta descripción parece referirse al liberty cap, aunque Keightley, al igual que Coleridge, se centra en su apariencia física y parece desconocer sus propiedades psicodélicas.

A pesar de su abundancia y de su ocasional asociación con los espíritus de la naturaleza, el hongo que se convirtió en el distintivo motivo de la tierra de las hadas no fue el liberty cap, sino el espectacular y llamativo agárico pintado rojo y blanco (Amanita muscaria), también conocido como "matamoscas". Aunque el agárico pintado es psicoactivo, a diferencia del liberty cap, que contiene dosis consistentes de psilocibina, este alberga una mezcla de alcaloides —muscarina, muscimol y ácido iboténico— que genera un cóctel de efectos impredecibles y tóxicos. Estos pueden incluir mareo, desorientación, salivación excesiva, sudores, entumecimiento en los labios y extremidades, náuseas, espasmos musculares, somnolencia y una vaga, a menudo retrospectiva, sensación de conciencia liminal y sueños vívidos. A dosis bajas, estos efectos pueden no manifestarse; a dosis altas, pueden conducir al coma e, incluso en raras ocasiones, a la muerte.

Representación en acuarela de la mosca agárica, 1892. Probablemente pintada en una clase de arte cerca de Bristol, Inglaterra, la escritura dice «Agaricus muscarius» y «Leigh woods Sept/92»

A diferencia del liberty cap, el fly agaric es difícil de ignorar o confundir con otra especie, y su toxicidad ha sido reconocida durante siglos (su nombre deriva de su capacidad para matar moscas). Podría argumentarse que su aura de belleza impactante y peligro sería suficiente para explicar su asociación con el mundo sobrenatural de las hadas. Sin embargo, al mismo tiempo, sus efectos alteradores de la mente comenzaron a ser más ampliamente conocidos, no a partir de alguna tradición rural en Gran Bretaña, sino gracias al descubrimiento de su uso como intoxicante entre los pueblos remotos de Siberia. De forma intermitente, a lo largo del siglo XVIII, exploradores suecos y rusos regresaron de Siberia con relatos sobre chamanes, posesión espiritual y envenenamiento autoinfligido con setas de colores brillantes. Sin embargo, fue un viajero polaco llamado Joseph Kopék quien escribió el primer relato en primera persona de su experiencia con el fly agaric, publicado en 1837 como parte de su diario de viaje.

Hacia 1797, después de haber vivido dos años en Kamchatka, Kopék enfermó de fiebre y un habitante local le habló de un hongo "milagroso" que lo curaría. Comió medio fly agaric y cayó en un vívido sueño febril. “Como magnetizado”, se sintió atraído hacia “los jardines más hermosos, donde solo parecían reinar el placer y la belleza”; mujeres bellas vestidas de blanco lo alimentaban con frutas, bayas y flores. Despertó tras un largo sueño reparador y tomó una segunda dosis, más fuerte, que lo precipitó de nuevo al sueño, donde experimentó lo que describió como un épico viaje a otro mundo. Revivió episodios de su infancia, se reencontró con amigos de toda su vida e incluso predijo el futuro con tal confianza que se convocó a un sacerdote como testigo. Concluyó con un desafío a la ciencia: “Si alguien puede probar que tanto el efecto como la influencia del hongo no existen, entonces dejaré de ser defensor del hongo milagroso de Kamchatka”.

 Ilustración de un chamán Evenki siberiano extraída de la obra de Nicolaas Witsen Noord en Oost Tartarye (1705)


 Ilustraciones de Ivan Bilibin para una edición de 1899 del cuento ruso Vasilisa la Bella. A la izquierda vemos al ser sobrenatural Baba Yaga, el suelo sembrado de fly agarics, y a la derecha a la heroína Vasilisa fuera de la cabaña de Baba Yaga, el borde decorado prominentemente con 
liberty caps y lo que parecen ser fly agarics. 

La revelación de Kopék sobre el fly agaric fue solo una de varias descripciones del uso de este hongo por los pueblos siberianos que se difundieron ampliamente en revistas especializadas y obras populares en Europa durante los siglos XVIII y XIX. Estos relatos dieron origen a una moda por reexaminar elementos del folklore y la cultura europea, interpolando la intoxicación con fly agaric en rincones insospechados de mitos y tradiciones. De esta corriente surgió la idea de que los berserkers, las tropas de choque vikingas de los siglos VIII al X, consumían una poción de fly agaric antes de entrar en batalla, luchando como hombres poseídos. Esta noción, repetida no solo entre aficionados a los hongos y a la cultura vikinga, sino también en libros de texto y enciclopedias, carece de referencias en las sagas o Eddas nórdicas a este hongo o a cualquier estimulante vegetal exótico. La teoría de los guerreros berserkers intoxicados con hongos fue propuesta por primera vez por el profesor sueco Samuel Ödman en su obra Intento de explicar la furia berserker de los antiguos guerreros nórdicos a través de la historia natural (1784), una especulación basada en los informes del siglo XVIII provenientes de Siberia.

Hacia mediados del siglo XIX, el fly agaric ya se había convertido en un símbolo de la tierra de las hadas. Además, gracias a las fuentes siberianas, se le atribuía el poder de ser un portal hacia el mundo de los sueños y se había integrado en el folklore europeo. Determinar hasta qué punto y de qué manera estas dos asociaciones culturales del fly agaric están entrelazadas resulta difícil. Mucho antes de los relatos siberianos, tanto en el arte como en la literatura, los hongos de todo tipo eran representados como parte de los paisajes de las hadas. En el poema de Margaret Cavendish del siglo XVII, El pasatiempo de la reina de las hadas, un hongo sirve como mesa para la reina Mab. En pinturas de finales del siglo XVIII de Henry Fuseli y Joshua Reynolds, los hongos se convierten en superficies donde se reúnen hadas, duendecillos y criaturas similares.

La presencia de hongos en mundos sobrenaturales podría sugerir un conocimiento velado o medio olvidado de los hongos alucinógenos en la cultura británica. Sin embargo, los hongos representados no se parecen al fly agaric ni a ningún otro hongo alucinógeno. Además, para las pequeñas criaturas del bosque, el amplio sombrero de un hongo sería un mobiliario natural. Es solo en la era victoriana, tras los relatos siberianos, que un hongo alucinógeno se establece tan firmemente en Gran Bretaña como el hongo emblemático de la tierra de las hadas.

 El despertar de Titania (hacia 1785) de Henry Fuseli


 Gnomo transportando una seta de fly agaric, de una tarjeta alemana de Año Nuevo, ca. 1900 

 Volvamos ahora a la más célebre y debatida intersección entre los hongos, la psicodelia y el folklore de las hadas: la variedad de hongos, pociones alucinógenas, y los motivos de transformación y alteración de la percepción en Alicia en el País de las Maravillas (1865). ¿Podrían las aventuras de Alicia reflejar un conocimiento directo de los hongos alucinógenos?

Las escenas en cuestión son, sin duda, ampliamente conocidas. Alicia, tras caer por la madriguera del conejo, se encuentra con una oruga sentada sobre un hongo, quien, con una voz "lánguida y somnolienta", le revela que ese hongo es la clave para desenvolverse en su extraño viaje: “un lado te hará crecer más alta; el otro lado te hará más pequeña”. Alicia toma un trozo de cada lado del hongo y comienza una serie de transformaciones vertiginosas de tamaño, creciendo hasta alcanzar las nubes antes de aprender a mantener su estatura normal alternando bocados. A lo largo del libro, Alicia sigue consumiendo el hongo: al entrar en la casa de la Duquesa, al acercarse al dominio de la Liebre de Marzo y, finalmente, antes de acceder al jardín oculto con la llave dorada.


 Ilustración de Lewis Carroll de la escena de la oruga, tomada de su manuscrito original del relato. No hay nada aquí que sugiera que se trata de una amanita muscaria.

 Desde la década de 1960, Alicia en el País de las Maravillas ha sido interpretada con frecuencia como una obra iniciática de la literatura sobre drogas, una guía esotérica hacia los otros mundos abiertos por los psicodélicos. Quizás el ejemplo más memorable de esta lectura sea el himno psicodélico White Rabbit (1967) de la banda musical Jefferson Airplane, que presenta el viaje de Alicia como un camino de autodescubrimiento, en el que las rígidas enseñanzas parentales son superadas por la guía interna que se obtiene al “alimentar la mente”. Sin embargo, esta interpretación suele ser descartada por los estudiosos de Lewis Carroll. No obstante, los estados alterados de conciencia y los efectos de medicamentos ejercieron una profunda fascinación en Carroll, quien los exploró con voracidad.

Su interés en este tema estaba vinculado a su propia salud frágil: sufría de insomnio y frecuentes migrañas, condiciones que trataba con remedios homeopáticos, muchos de ellos derivados de plantas psicoactivas como el acónito y la belladona. Su biblioteca incluía libros sobre homeopatía y textos que abordaban drogas que alteran la mente, como el exhaustivo compendio Stimulants and Narcotics (1864) de F. E. Anstie. Carroll también quedó profundamente intrigado por un episodio epiléptico que presenció en un estudiante de Oxford, y en 1857 visitó el Hospital de St. Bartholomew en Londres para observar el uso de anestesia con cloroformo, un procedimiento novedoso que había ganado notoriedad pública cuatro años antes, cuando fue administrado a la Reina Victoria durante el parto.

A pesar de esto, parece poco probable que los viajes expansivos de Alicia se basen en experiencias reales con drogas del propio autor. Aunque Carroll —en su vida cotidiana el reverendo Charles Dodgson— era un bebedor moderado y, según su biblioteca, estaba en contra de la prohibición del alcohol, mostraba una fuerte aversión al tabaco y escribió de forma crítica sobre la presencia omnipresente de narcóticos potentes como el opio en jarabes y tónicos para niños, refiriéndose a ellos como la “medicina tan hábilmente, pero sin éxito, oculta en la mermelada de nuestra primera infancia”

Sin embargo, las aventuras de Alicia podrían tener raíces en una experiencia con hongos psicodélicos. El académico Michael Carmichael ha demostrado que, pocos días antes de comenzar a escribir la historia, Carroll realizó su única visita conocida a la biblioteca Bodleiana de Oxford, donde se había depositado un ejemplar de The Seven Sisters of Sleep (1860), el recién publicado estudio sobre drogas del botánico Mordecai Cooke. El ejemplar de la Bodleiana aún conserva la mayoría de sus páginas sin cortar, excepto el índice y el capítulo sobre la amanita muscaria, titulado El exilio de Siberia. Carroll tenía un particular interés por Rusia, el único país que visitó fuera de Gran Bretaña. Además, como señala Carmichael, Carroll “habría sentido una atracción inmediata por Seven Sisters of Sleep por dos razones obvias: tenía siete hermanas y era un insomne de toda la vida”.

 Gnomos transportando un hongo amanita muscaria, de una tarjeta alemana de Año Nuevo, ca. 1900

 El capítulo de Cooke sobre la amanita muscaria, al igual que el resto de su libro, es una valiosa fuente de información sobre el conocimiento de las drogas que compartía su generación de victorianos. En él se menciona el relato de Everard Brande sobre la familia J. S. y se recopilan diversas descripciones siberianas de experiencias con la amanita muscaria, incluyendo detalles que resuenan en las aventuras de Alicia. “Las percepciones erróneas sobre el tamaño y la distancia son fenómenos comunes”, señala Cooke sobre los efectos de este hongo. “Un trozo de paja en el camino se convierte en un objeto formidable, y para superarlo, se da un salto suficiente para franquear un barril de cerveza o el tronco caído de un roble británico”.

La hipótesis resulta sugerente, aunque a esta distancia temporal es imposible saber con certeza si Carroll llegó a leer este ejemplar en la Bodleiana, o cualquier otra copia del libro de Cooke. Es posible que Carroll se familiarizara con los reportes siberianos sobre la amanita muscaria por otros medios —sabemos, por ejemplo, que poseía un ejemplar de The Chemistry of Common Life (1854) del químico James F. Johnston, donde se menciona tanto a la amanita como las ilusiones sobre el tamaño. También podría ser que simplemente se basara en su propia imaginación fértil. Sin embargo, es más probable que Carroll hubiera tenido algún contacto con los casos siberianos ampliamente difundidos, antes que inspirarse en una tradición británica oculta sobre el uso de hongos mágicos, y mucho menos en experiencias personales con ellos.

De ser así, Carroll no fue ni un iniciado secreto en el mundo de las drogas ni un caballero victoriano completamente ajeno al conocimiento arcano sobre sustancias psicoactivas. En este sentido, las experiencias de Alicia en mundos alternos parecen situarse, como gran parte de la literatura fantástica y de hadas victoriana, en un territorio intermedio entre la ingenua ignorancia sobre estas sustancias y referencias conscientes a ellas. Hoy en día, leemos estas historias desde una perspectiva muy distinta: una época en la que los hongos mágicos se consumen mucho más ampliamente que en la época victoriana, o incluso que en cualquier otra anterior.

En nuestra floreciente cultura psicodélica, la amanita muscaria solo aparece en los márgenes más distantes, mientras que los hongos con psilocibina son un fenómeno global, cultivados y consumidos en prácticamente todos los países del mundo, e incluso abriéndose camino en la psicoterapia clínica. Hoy, el hongo liberty cap se ha convertido en un símbolo de una nueva lucha política: el derecho a la “libertad cognitiva”, es decir, la posibilidad de alterar la propia conciencia de forma libre y legal.

Sobre el autor del artículo:  

 Mike Jay es un escritor prolífico en historia científica y médica, y colabora regularmente con la London Review of Books y el Wall Street Journal. Su último libro es Psychonauts: Drugs and the Making of the Modern Mind, y sus libros anteriores sobre la historia de las drogas incluyen Mescaline, High Society y The Atmosphere of Heaven.