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1.6.25

Creencias y experiencias anómalas ante la neurociencia

 

 


Los neuropsicólogos suizos Peter BruggerChristine Mohr escribieron la introducción al monográfico de la revista Cortex del año 2008  dedicado a la neuropsicología de las creencias y experiencias paranormales, que explora la conexión entre la función cerebral y la tendencia a creer o experimentar fenómenos de este tipo. A continuación presento una reseña de dicho artículo que se titula "La mente paranormal: cómo el estudio de las experiencias y creencias anómalas puede aportar información a la neurociencia cognitiva "

 

¿Por qué estudiar las creencias en lo paranormal? 

Aunque las creencias paranormales han sido generalmente ignoradas en la investigación neurocientífica, los autores sostienen que analizarlas puede ayudar a comprender mejor los mecanismos cognitivos y cerebrales involucrados en la formación de creencias, tanto en personas sin trastornos mentales como en aquellas que sufren condiciones psiquiátricas.

Estudiar estas creencias, piensan, es relevante por varias razones. En primer lugar, pueden funcionar como un puente entre la psicología normal y la psicopatología. Mientras que la neuropsiquiatría ha puesto el foco tradicionalmente en delirios patológicos —como los que aparecen en la esquizofrenia—, examinar creencias paranormales en individuos sanos puede revelar mecanismos comunes, lo que amplía nuestra comprensión sobre cómo y por qué las personas llegan a creer en ciertas cosas.

En segundo lugar, agregan, es posible que estos modos de pensar hayan cumplido funciones adaptativas o hayan facilitado soluciones innovadoras a problemas cotidianos.

¿Qué son las creencias "paranormales"?

Brugger y Mohr señalan que no existe una definición universalmente aceptada del término “paranormal”, la mayoría de los estudios suelen definirlo según el instrumento o contexto específico que utilizan para medirlo. Los autores prefieren la definición que propone la Parapsychological Association "los fenómenos paranormales pueden entenderse como “anomalías aparentes de comportamiento y experiencia que no tienen una explicación clara dentro de los mecanismos científicamente conocidos” (Irwin, 1999).

Para los autores del texto , las creencias paranormales pueden surgir tanto de errores en la interpretación de eventos cotidianos (por sesgos cognitivos) como de experiencias perceptivas anómalas. Lejos de requerir explicaciones sobrenaturales, estas creencias pueden entenderse como resultado de procesos cerebrales normales que, en ciertas circunstancias, llevan a conclusiones incorrectas. 

a) Creencias basadas en la mala interpretación de experiencias normales

Este tipo de creencias surgen cuando situaciones comunes se interpretan como sobrenaturales debido a sesgos cognitivos o errores en el procesamiento de la información. Para los autores, algunos ejemplos de esas creencias son:

Estas creencias suelen estar mediadas por una serie de sesgos cognitivos, entre ellos destacan:

b) Creencias basadas en la mala interpretación de experiencias anómalas

En este segundo grupo, las creencias paranormales surgen a partir de experiencias inusuales o alteradas de la realidad, que luego se interpretan como pruebas de fenómenos sobrenaturales. Algunos ejemplos que dan en el texto:

Los redctores aclaran que estas ideas suelen estar vinculadas a experiencias sensoriales o psicológicas poco comunes, tales como:

 

Las coincidencias y la construcción de creencias

Brugger y Mohr afirman que las coincidencias son eventos reales que ocurren con frecuencia. Aunque estas experiencias son comunes, su interpretación varía enormemente según la perspectiva de quien las vive.El significado de una coincidencia no reside en el evento en sí, sino en la interpretación subjetiva que cada individuo hace de él. Es esta atribución personal lo que puede dar lugar a creencias que no están respaldadas por la evidencia científica.

Cuentan que lo largo de la historia, incluso personas inteligentes han sentido la necesidad de buscar patrones o reglas detrás de las coincidencias. Por ejemplo los estudios de Kammerer (1919), quien intentó encontrar leyes generales que explicaran estos fenómenos. Adler y Carl Jung, vieron en las coincidencias elementos de un orden simbólico o trascendental.

Este fenómeno, según los autores, forma parte de una tendencia más amplia del pensamiento humano: la capacidad de encontrar significado en configuraciones aleatorias, ya sean visuales, auditivas o espaciales. 

Al igual que un paciente puede ver formas en imágenes ambiguas durante una prueba proyectiva, enfatizan Mohr y Brugger que los investigadores científicos pueden proyectar significados sobre datos experimentales. En consecuencia, "ver cosas donde no las hay" no es exclusivo del pensamiento mágico, sino una manifestación común de los sesgos cognitivos humanos. 

No todas las creencias paranormales se basan en coincidencias; algunas surgen de la mala interpretación de experiencias cotidianas.Un ejemplo ilustrativo añaden,  es el fenómeno psiquiátrico conocido como delirio de control alienígeno, pero que también se observa en prácticas como la radiestesia (uso de varillas para localizar agua), la utilización del péndulo o la participación en sesiones con tableros ouija. Estas actividades se explican por el efecto ideomotor: movimientos involuntarios, aunque reales, que son malinterpretados como resultado de fuerzas externas.

Los autores advierten que incluso dentro de la ciencia pueden surgir errores similares al atribuir agencia o intención donde no existe. Un caso emblemático es la llamada “comunicación facilitada” con personas autistas, promovida como técnica terapéutica en los años 90. Consistía en que un terapeuta guiaba la mano del paciente sobre un teclado, interpretando que era el paciente autista quien se comunicaba. Investigaciones posteriores demostraron que los mensajes provenían del terapeuta, no del paciente. Este ejemplo para ellos, pone de relieve cómo la ilusión del control ajeno puede llevar no solo a errores conceptuales, sino también a prácticas éticamente problemáticas.

El texto invita a ir más allá del análisis individual de los errores cognitivos, proponiendo una "neuropsicología de la creencia" que busque comprender los mecanismos cerebrales responsables de la formación de creencias infundadas, así como la forma en que estas se consolidan no solo a nivel personal, sino también en estructuras sociales e institucionales, incluida la propia ciencia. 

 

¿Que son las experiencias "paranormales"?

Para Brugger y Mohr , muchas creencias paranormales se originan en lo que se conoce como "experiencias anómalas": vivencias inusuales que no encajan fácilmente dentro de los marcos explicativos científicos actuales. Aunque suelen estar asociadas a ciertos trastornos mentales, estas experiencias también ocurren en personas sin patología psiquiátrica, lo que amplía su relevancia más allá del ámbito clínico y las convierte en un objeto de estudio valioso para comprender fenómenos subjetivos extraordinarios, independientemente de su veracidad objetiva.

Un ejemplo destacado de este tipo de experiencia es la experiencia extracorporal (out-of-body experience , OBE), definida como la sensación de observar el propio cuerpo desde una posición externa, como si el “yo” se hubiera separado físicamente del cuerpo. Aunque esta experiencia puede ser puramente ilusoria, tiene un impacto profundo en quien la vive. Su relevancia radica en que puede alimentar creencias como la existencia de una vida después de la muerte: si el “alma” o el “yo” puede separarse del cuerpo durante la vida, ¿por qué no podría hacerlo tras la muerte?

Thomas Metzinger (2005) señala que esta experiencia refuerza la idea intuitiva de que el yo puede existir independientemente del cerebro, lo cual sustenta creencias sobre su supervivencia más allá de la muerte física. Lo interesante es que, pese a diferencias culturales o neurológicas, la descripción central de la experiencia —la percepción de estar fuera del cuerpo— es muy similar tanto en individuos sanos como en aquellos con condiciones neurológicas o psiquiátricas (Blackmore, 1986).

Lejos de ser un fenómeno moderno o exclusivo de ciertas sociedades, cuentan los autores, las experiencias extracorporales han sido reportadas a lo largo de la historia humana y en múltiples culturas (Sheils, 1978). Esta continuidad sugiere que se trata de una experiencia profundamente arraigada en la condición humana, aunque poco frecuente. Por ello, su estudio puede proporcionar valiosas pistas no solo sobre las bases de las creencias paranormales, sino también sobre la estructura misma de la conciencia.

Otro caso paradigmático de experiencia anómala es la parálisis del sueño , un estado intermedio entre el sueño y la vigilia en el que la persona despierta consciente pero es incapaz de moverse, a menudo acompañado de alucinaciones visuales o auditivas. En la actualidad, algunas personas interpretan estas alucinaciones como intentos de abducción extraterrestre, una explicación que refleja el contexto cultural contemporáneo. 

Para entender estas vivencias Brugger y Mohr distinguen entre “componentes hardware” y “componentes software” . Los primeros se refieren a los aspectos biológicos y neurológicos universales compartidos por todos los humanos, como la parálisis natural durante el sueño REM. Los segundos representan las interpretaciones culturales que se superponen a esa base común, dando lugar a significados diferentes según el momento histórico y el contexto social (como los espíritus medievales frente a los alienígenas modernos).

Para los autores, estas experiencias:

  • Son reales en el sentido de que son percibidas con intensidad y convicción por quienes las viven.
  • Son universales y antiguas, apareciendo en distintas culturas y momentos históricos.
  • Pueden dar lugar a creencias erróneas cuando no se comprenden adecuadamente sus bases neurológicas y psicológicas.

Como corolario señalan que el análisis de las experiencias anómalas no solo ayuda a entender el origen de muchas creencias paranormales, sino que también ofrece una ventana única para explorar los fundamentos de la percepción, la identidad y la propia naturaleza de la conciencia humana.

20.4.25

El caso de Phineas Gage y la lobotomía

 

 

El caso de Phineas Gage, un trabajador ferroviario que sobrevivió a una grave lesión cerebral en 1848 cuando una barra de hierro atravesó su cráneo y dañó sus lóbulos frontales, ha sido citado durante mucho tiempo como un pilar en la historia de la neurociencia. Como señalara el destacado psicólogo australiano Malcolm Macmillan, su caso fue importante para el desarrollo de la neurología, pero su influencia en el desarrollo de los procedimientos que se llevaron a cabo a principios y mediados del siglo XX, conocidos como lobotomías frontales, por figuras como Egas Moniz, Walter Freeman y James Watts, ha sido prácticamente inexistente.

En su artículo titulado Phineas Gage's contribution to brain surgery publicado en el Journal of the History of the Neurosciences, el académico afirmaba que algunas interpretaciones erróneas han llegado a conectar el caso de Gage con las intervenciones quirúrgicas que los neurocirujanos Burckhardt y Puusepp implementaron en pacientes psiquiátricos entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Para el autor, tales aseveraciones no tienen fundamento porque no existe ninguna prueba de que estas cirugías tuvieran como objetivo replicar las secuelas que el accidente provocó en Gage, ni que el conocimiento de lo ocurrido al paciente influyera en su justificación. 

Burckhardt

En su libro An Odd Kind of Fame: Stories of Phineas Gage , Macmillan explica que la cirugía para tratar lo que antes se llamaba "locura" comenzó a desarrollarse poco después de las primeras operaciones cerebrales realizadas para extraer tumores. Al principio, estas intervenciones se centraban en problemas concretos y bien definidos, como alucinaciones visuales causadas por un trozo de hueso fracturado del cráneo que presionaba sobre el cerebro. Sin embargo, añade, el psiquiatra suizo Gottlieb Burckhardt fue más allá y trató de usar la cirugía para aliviar los síntomas graves de pacientes con serios trastornos mentales, que hoy probablemente diagnosticaríamos como esquizofrenia u otras enfermedades similares.

Continúa Macmillan diciendo que Burckhardt realizó seis cirugías con el objetivo de evitar que las alucinaciones que experimentaban estos pacientes desencadenaran comportamientos violentos o agresivos. Para lograrlo, intentó crear una especie de "corte" o "trinchera" en el cerebro que separara las áreas encargadas de procesar las sensaciones (sensoriales) de las que controlan los movimientos (motoras). Su razonamiento se basaba en el conocimiento que tenía sobre cómo diferentes funciones del cerebro están distribuidas en regiones específicas.

A pesar de esto, solo una de las seis cirugías involucró los lóbulos frontales del cerebro. Burckhardt explicó que eligió intervenir entre las áreas sensoriales y motoras y el cerebro anterior porque creía que ciertos síntomas mentales asociados con la parálisis general progresiva (una enfermedad que afecta tanto el cuerpo como la mente) estaban localizados en esa parte del cerebro. Sin embargo, nunca mencionó el caso de Phineas Gage ni lo usó como justificación para sus decisiones quirúrgicas. Tampoco hizo referencia a Gage en otros contextos relacionados con su trabajo.

Su enfoque estaba basado en su conocimiento científico sobre el cerebro y no en casos históricos como el de Gage, concluye el autor.

Moniz

Egas Moniz, un neurólogo portugués, desarrolló el procedimiento conocido como leucotomía (posteriormente llamado lobotomía). Para Macmillan , su decisión de operar en los lóbulos frontales fue influenciada por el caso de Joe A., un paciente con un tumor masivo en los lóbulos frontales cuyo comportamiento se volvió menos reprimido después de la cirugía, pero que mantuvo la mayoría de sus funciones cognitivas.Otro factor que influyó a Moniz fue la investigación de Fulton y Jacobsen, quienes observaron una tolerancia reducida a la frustración en chimpancés tras lobectomías bilaterales en los lóbulos frontales. Estos hallazgos llevaron a Moniz a hipotetizar que intervenciones similares podrían aliviar la ansiedad y otros síntomas psiquiátricos en humanos. Una vez más, Gage no fue mencionado en las discusiones sobre estos desarrollos.

Freeman y Watts

El autor del paper señala que Walter Freeman y James Watts mencionaron brevemente a Gage en la introducción a la primera edición de su libro de 1942 sobre psicocirugía, describiéndolo como "el caso más famoso" de lesión en los lóbulos frontales que causaba "síntomas mentales". Sin embargo, no proporcionaron detalles sobre la condición de Gage, y esta breve mención fue omitida en la segunda edición de 1950.

Mas adelante cuenta que, durante una conferencia de prensa en 1936, Freeman invocó a Gage únicamente como una táctica de distracción para ganar tiempo y evitar proporcionar a uno de los periodistas los detalles que ya había compartido con otro.
 

Consenso científico sobre la irrelevancia de Gage

Macmillan nos cuenta que en la reunión de 1930 de la Asociación para la Investigación en Enfermedades Nerviosas y Mentales, se debatieron por primera vez las consecuencias de la cirugía cerebral radical en varios pacientes, incluyendo a Joe A. Solo un asistente preguntó sobre la pertinencia del caso de Gage en relación con los cambios observados tras la remoción del lóbulo frontal, y se le respondió con prontitud que no era posible establecer ninguna comparación. Quince años después, en la reunión de 1947, a la que asistieron nuevamente todos los presentes en 1930, nadie mencionó a Gage.

La naturaleza de la lesión de Phineas Gage —un accidente traumático que involucró daños extensos en los lóbulos frontales— era fundamentalmente diferente de las lesiones quirúrgicas dirigidas creadas durante las leucotomías (Moniz)  o lobotomías (Freeman). Debemos deducir, por tanto, que su caso ofreció poca información práctica sobre los resultados de estos procedimientos.

¿Por qué  persiste la creencia de que el caso de Gage inspiró la lobotomía?

Para Malcolm Macmillan , la idea de que el accidente trágico de Gage allanó el camino para avances médicos revolucionarios encaja perfectamente en una narrativa más amplia de progreso en neurociencia y medicina. Tales historias son cautivadoras, pero a menudo carecen de precisión histórica.

Además subraya que las narrativas populares tienden a agrupar todos los casos de daño en los lóbulos frontales bajo un mismo concepto, ignorando los contextos específicos y las justificaciones detrás de cada innovación quirúrgica.Concluye el autor afirmando que los procedimientos ideados por Burckhardt, Moniz, Freeman y Watts se basaron en observaciones clínicas contemporáneas y datos experimentales, no en precedentes históricos. Como enfatiza el autor, la creencia de que Gage influyó significativamente en estos pioneros es un mito arraigado en la simplificación excesiva y la narrativa retrospectiva.