16.7.09

El "Efecto Mozart" Sonata inconclusa en No Mayor


El "Efecto Mozart": sonata inconclusa en NO mayor
por Carlos Domínguez
El artículo fue publicado originalmente en la revista "PENSAR"Vol. 2, Nro. 4 • Octubre / Diciembre 2005

El denominado "efecto Mozart", que consiste en una mejora de las habilidades relacionadas con la ubicación en el espacio y tiempo a causa de escuchar la Sonata para dos pianos K.448 del compositor clásico, fue anunciado a la comunidad científica en la revista Nature en 1993 por el equipo de la Universidad de Irvine, California, conformado por Frances Rauscher, Gordon Shaw y Katherine Ky (1) . Dos años después, el mismo grupo realizó un experimento más elaborado afirmando que se lograron los mismos resultados positivos (2) .

Este supuesto efecto es uno de los ejemplos más claros de cómo el "sesgo del confirmación" y la falta de cautela de ciertos investigadores científicos deriva rápidamente en espectaculares deformaciones según sea el gusto de políticos, comerciantes , pedagogos, oportunistas y padres ansiosos de que sus hijos mejoren sus facultades intelectuales "mágicamente". El impacto público
causado por este "hallazgo" está muy bien descripto por Robert Carrol en el Diccionario del escéptico y si el lector se interesa en ese aspecto lo remito a su lectura (3) En cambio aquí, nos dedicaremos a la controversia suscitada dentro de la comunidad psicológica.

Para Rauscher, Shaw y Ky, la inteligencia es la capacidad para comprender el mundo, pensar racionalmente y emplear en forma adecuada los recursos disponibles cuando se enfrenta un desafío. Ahora bien, el razonamiento espaciotemporal es sólo una parte de la inteligencia general y consiste en la habilidad para orientarse y percibir el espacio. La utilizan habitualmente arquitectos, pintores, ingenieros, marinos, bailarines y comprende diferentes habilidades: percibir la realidad que nos rodea calculando direcciones y tamaños, reproducir mentalmente los objetos que se hayan observado, capacidad para imaginarlos y reconocerlos en distintas posiciones y circunstancias, adelantarse a las consecuencias de los cambios en el espacio, descubrir y describir coincidencias entre objetos que parezcan diferentes.

Dado que es preferible que un hallazgo empírico pueda ser verificado por investigadores independientes, el equipo liderado por Kenneth Steele, de la Appalachian State University, intentó verificar el supuesto efecto Mozart. "Pese a seguir las instrucciones de procedimiento dadas por los autores de los experimentos originales no se halló ningún incremento en las habilidades intelectuales estudiadas" asegura Steele en un artículo publicado en la revista Psychological Science en 1999". Habían reproducido el segundo de los estudios porque era el más completo, el que tenía mas sujetos de experimentación (setenta y nueve estudiantes de psicología en vez de los treinta y seis originales) y el que poseía mejores especificaciones para su
duplicación. Aumentaron la cantidad de participantes a 125 universitarios, dado que siempre es preferible tener mayor cantidad de sujetos de experimentación a fin de neutralizar lo más posible la influencia de las diferencias individuales.

La reproducción del experimento

En primer lugar, los investigadores administraron un test en el que proyectaban dieciséis diapositivas con ejercicios a resolver. Cada una representaba un problema diferente pero de resolución semejante. Los sujetos debían anticipar cuál sería la forma en que quedaría una figura luego de que se la doblara y cortara de diversas maneras. La imagen era expuesta durante un minuto antes de que los estudiantes decidieran la respuesta. De esa manera los investigadores obtenían una medida de la habilidad para resolver una tarea que implicara utilizar razonamiento espacial. A esta prueba, que se administra antes de la condición experimental, se la denomina
"pre-test" porque sirve para conocer cuál es el rendimiento previo de los sujetos.



Ejemplo de un ítem del test similar al de la prueba de habilidades espaciales de corte y plegado. La figura de arriba ilustra las maniobras de corte y plegado de un trozo rectangular de papel.
Las opciones de respuesta en la parte inferior se corresponden con el papel después de que se despliega. La respuesta correcta es la segunda inferior comenzando por la izquierda.


A continuación, los científicos distribuyeron a los estudiantes en tres grupos diferentes, y durante diez minutos los sometieron a distintas situaciones. El primer grupo escuchó parte de la "Sonata para dos pianos en Re Mayor" de Mozart, el segundo oyó una pieza musical repetitiva y monótona de Philip Glass y el tercero estuvo en silencio. Por último, se les repitió l a prueba del comienzo, que constituía el "verdadero" test. Mientras que el equipo de Rauscher había informado un notable aumento del rendimiento del grupo que escuchó a Mozart, el equipo de Steele no encontró diferencias entre los grupos. En otras palabras, el efecto Mozart no había
tenido lugar.

Luego de estos resultados, los científicos decidieron hacer otra prueba para investigar los efectos de la música sobre el estado de ánimo. Los que habían escuchado música repetitiva presentaron mayores niveles de tensión nerviosa y fastidio que los demás, y los del grupo de Mozart fueron los que registraron los mejores estados anímicos. "Aunque no hubo efecto Mozart sobre la prueba de rendimiento cognitivo, sí hubo un efecto sobre la prueba de estado de ánimo", dijeron los investigadores y, por eso, señalaron que "deberían diferenciarse los rendimientos provenientes del estado de ánimo respecto de los que se originan en las habilidades cognitivas".

Pese a que el equipo de Steele afirmó que había poca evidencia para sostener programas de mejoramiento intelectual que se basaran en la existencia del efecto Mozart, los creadores de la hipótesis continúan defendiéndola. Con el objeto de proseguir sus investigaciones y difundir sus ideas han creado el Instituto M.I.N.D. (Instituto para el desarrollo neural de la inteligencia musical) que tiene su página de Internet . Rauscher y Shaw desarrollaron experimentos con preescolares que tienen entrenamiento musical previo. (Nota: al momento de redactarse éste artículo fallecía Gordon Shaw de cáncer) Su hipótesis de base sostiene que "hacer música quizás tenga mayores beneficios para el razonamiento espacio-temporal que sólo escucharla". Ya en 1997 —antes de la réplica de Steele— habían estudiado y "comprobado" la existencia del efecto Mozart en niños de entre tres y cuatro años de edad que habían tomado clases de piano durante ocho meses, respecto de otros niños que habían tomado clases de computación durante el mismo período, y de otros que habían recibido lecciones de canto (5) . Luego siguieron avanzando con otro tipo de habilidades superiores ya que —según Shaw— "al incrementarse la habilidad espacial, aumenta, a su vez, la destreza en matemáticas".

Además, éste neurocientífico escribió un libro titulado Keeping Mozart in Mind ("Manteniendo a Mozart en mente") y afirmaba en un lugar destacado de la página web del instituto que "la música no sólo nos ayudará a entender cómo pensamos, razonamos y creamos sino que nos permitirá aprender cómo llevar el potencial de cada niño a su más alto nivel". Después del deceso de Shaw la frase fue retirada de la web.

Luego de la publicación de la reproducción fallida citada al principio se produjo una polémica en la revista Nature bajo el título "Réquiem para Mozart" entre Christopher Chabris —que realizó un metaanálisis de 1 6 experimentos que analizaban la posibilidad de un "efecto Mozart", todos con resultados negativos—, Kenneth Steele y Francés Rauscher. Pese a la pobreza de los argumentos de la psicóloga y concertista de violonchelo, los creadores del "efecto Mozart" siguieron refractarios a las críticas y avanzaron con diversos experimentos como si su hipótesis hubiese sido corroborada. Eso sí, nunca más volvieron a publicar en Nature.

Referencias

1. Rauscher, F.H, Shaw, G.L. & Ky, K.N. (1993). Music and spatial task perfomance. Nature, 365,611.

2. Rauscher, F.H, Shaw, G.L. & Ky, K.N. (1995). Listening to Mozart enhances spatial-temporal reasoning: Towards a neurophysiological basis. Neuroscience Letters, 185, 44-47.

3. Carrol, R.The Mozart Effect. The Skeptic's Dictionary.

4. Steele, K. , Bass, K. & Crook, M. (1995). The mystery of the Mozart Effect: Failure to replicate. Psychological Science Vol.10, N°4.

5. Rauscher, F.H., Shaw, G.L., Levine, L.J. , Wright, E.L. , Dennis, W.R. & Newcomb, R.L.
(1997). Music training causes long-term enhancement of preschool children's spatial-temporal
reasoning. Neurological Research, 19:2-8,1997.

6. Chabris, Ch., Steele, K. , Rauscher, F. (1999). Prelude or réquiem for the 'Mozart
effect'? Nature, 400, 26 August, 826-828.

4.7.09

Neuroeducación basada en pseudociencia (3º parte)


Imagen gentileza de KAHolmes73 en MySpace

Leer la 1º parte del artículo de John Bruer

Leer la 2º parte del artículo de John Bruer

Ahora les ofrezco la 3º y última parte del artículo de John Bruer , In Search of . . . Brain-Based Education

El cerebro como esponja: el período sensible

Una idea popular en la literatura sobre el cerebro - es la que asegura que existe un período crítico o sensible en el desarrollo cerebral que duraría hasta los diez años de edad. Durante dicho período los niños aprenderían más rápido, con más facilidad y mejor que en cualquier otro período de sus vidas.

David Sousa lo subrayó en un artículo de la revista Education Week:

"Cuando el niño crece, las conexiones cerebrales se refuerzan selectivamente y conectan según lo experimentado. Aunque el proceso dura toda la vida parece ser más pronunciado mientras se desarrollan las diferentes áreas cerebrales, entre los 2 y 11 años de edad. Estas "ventanas de oportunidad" representan períodos críticos en los que el cerebro demanda ciertos tipos de información de entrada para crear o consolidar redes neuronales, especialmente para la adquisición del lenguaje, el control emocional o aprender a ejecutar instrumentos musicales. Ciertamente uno podría adquirir nueva información y habilidades a cualquier edad, pero lo que le niño aprende durante el "período de ventana" va a influir fuertemente sobre lo que se aprenda después de que se cierre esa "ventana de oportunidad" (26)

En un artículo de la revista Educational Leadership, Patt Wolfe y Ron Brandt advierten prudentemente a los educadores contra los vínculos demasiado prematuros que se hacen entre neurociencia y educación. Sin embargo, entre los hallazgos de las neurociencias bien establecidos en los cuales los educadores pueden confiar incluyen el hecho de que algunas habilidades se adquieren más fácilmente durante ciertos períodos sensibles, aunque luego el cerebro también tiene la notable habilidad de adaptarse y reorganizarse. Así, el cerebro pareciera desarrollar ciertas capacidades con más facilidad en ese período que en los años posteriores a la pubertad.
Estas etapas que una vez fueron llamadas "períodos críticos" se describen actualmente más exactamente como "períodos sensibles"(27).

Eric Jensen, en su libro Teaching with the Brain in Mind escribe que "el cerebro aprende más rápido y fácilmente durante los años escolares" (28).

Si existiera evidencia científica de tal período sensible, podría aportar- con un argumento biológico- a la importancia de la enseñanza elemental y brindar motivos científicos para redireccionar recursos, reestructurar las currículas y reformar la pedagogía de modo tal de poder aprovechar ésta oportunidad de aprendizaje única que la naturaleza nos ha provisto. Si los maestros comprendieran exactamente cuando comienzan y cuando terminan los períodos sensibles, podrían estructurar los currículums para aprovechar éstas ventanas de oportunidad únicas.
Sousa
nos cuenta una experiencia que tuvo una maestra de quinto grado que se molestó cuando una madre le preguntó que hacía para aprovechar la ventana de oportunidad de su hija, antes de que se cerrara.Desafortunadamente-señala Sousa- la maestra no estaba al tanto de las investigaciones sobre las ventanas de oportunidad y advierte: "mientras el público aprende cada vez más acerca de la investigación cerebral a través de la divulgación popular, situaciones de éste tipo estarán destinadas a repetirse, erosionando la confianza en los docentes y en las escuelas"(29).

Este- supuestamente "bien establecido"- hecho neurocientífico del período sensible para aprender, se originó sin duda, en la prensa popular y en los documentos que la defienden. Sin embargo, se trató de una instancia en la que los neurocientíficos especularon acerca de las implicaciones de su trabajo en la educación, y los docentes apoyaron tal especulación de forma acrítica. Pero presentar una especulación como si fuera un hecho concreto, representa una amenaza mayor para la confianza del público en los maestros que la presentada por la anécdota de Sousa sobre la maestra de 5º grado.

En 1993 el Chicago Tribune publicó una serie de artículos de Ron Kotulak sobre neurociencia que ganaron el Premio Pulitzer al año siguiente. Más tarde aparecieron en forma de libro: "Inside the brain:Revolutionary discoveries of how the mind works", 1996. Ronald Kotulak presentó la primer afirmación explícita que he podido hallar acerca de un período sensible entre las edades de 4 y 10 años durante el cual los cerebros de los niños aprenderían más rápida y fácilmente (30). Con posterioridad podemos encontrar variaciones de éstas afirmaciones que se publicaron en la Carnegie Corporation en 1996 (31).

Un informe dado a conocer en abril de 1997 acerca de las primeras etapas del desarrollo del cerebro afirmaba que - para la edad de 3 años- los cerebros infantiles son dos veces y medio más activos que los de los adultos. Así se sugiere que los niños pequeños están biológicamente dotados para el aprendizaje y que en éstas primeras etapas aparece una única primer ventana de oportunidad para el aprendizaje (32).

Si el período sensible que va de los 4 a los 10 años fuera un hecho en que los educadores pudieran confiar y que justificara la actual histeria acerca de la neurociencia, sería esperable encontrar un extenso corpus de investigación neurocientífica que apoyara tal afirmación. Sin embargo-sorprendentemente- los entusiastas del cerebro apelan a un conjunto de evidencias muy reducido.

En la aseveración inicial de Kotulak acerca del período sensible, el autor hace referencia a un trabajo de imágenes cerebrales del Dr. Harry Chugani, de la Universidad del Estado de Wayne. Chugani, cuyos estudios acerca de las imágenes cerebrales revelaron que los cerebros de los niños aprendían fácil y rápidamente entre los 4 y 10 años afirmó que esos años son -la mayoria de las veces- desperdiciados a consecuencia de una falta de información adecuada (33).

El informe de la Corporación Carnegie"Years of Promise" cita un discurso que Kotulak pronunció en la conferencia llevada a cabo en la Universidad de Chicago el 13 de julio de 1996, en el que nuevamente- refiriéndose al trabajo de Chugani- reafirmó que el período desde los 4 a los 10 "son los años maravillosos del aprendizaje, cuando un niño puede fácilmente aprender un idioma extranjero sin acento y aprender a tocar un instrumento con facilidad" (34). "Years of promise" también cita un artículo publicado por el Dr. Chugani que se basa en las notas que él mismo apuntó en la conferencia de Chicago "Rethinking the brain".
Incluso Wolfe, Brandt y Jensen citan también ése trabajo de Chugani (35) en sus discusiones sobre el período sensible del aprendizaje.

En un artículo de 1996 aparecido en la revista Education week se informó que "de acuerdo a lo encontrado por el Dr. Chugani, el cerebro del niño de 4 años usa mas del doble de la glucosa que la que usa el cerebro de un adulto. Entre la edad de 4 y 10 años, la cantidad de glucosa usada por el cerebro del niño permanece relativamente estable, pero para los 10 años el uso de la glucosa empieza a decaer hasta que alcanza los niveles adultos a los 16-17 años. Los resultados de Chugani sugieren que el pico de aprendizaje en los niños ocurre justamente cuando todas esas sinapsis se están formando" (36).

Para ser justos, estos autores no están tergiversando los puntos de vista de Chugani, que ha sido citado numerosas veces por éste tema(37) .

De hecho, en un resumen de su propio trabajo publicado en la revista "Preventive Medecine", Chugani escribió:
"La noción de que existe un período extendido durante la infancia durante el cual tiene lugar la estabilización de las sinapsis , ha recibido recientemente considerable atención por aquellos individuos y organizaciones que tienen que ver con la intervención temprana para brindar un enriquecimiento ambiental y que tienen también que ver con el diseño óptimo de las currículas de educación.
De hecho, se cree actualmente -incluso yo lo creo- que la ventana de oportunidad biológica (es decir, el período en que el aprendizaje es eficiente y retenido fácilmente) no es quizás totalmente explotado por el sistema educativo actual" (38).

Extrañamente, ninguno de estos informes y artículos cita el trabajo de investigación que provee la evidencia experimental que motivó la información original. Se trata de un artículo de 1987 : Harry T. Chugani, M. E. Phelps, and J. C. Mazziota, "Positron Emission Tomography Study of Human Brain Function Development," Annals of Neurology, vol. 22, 1987, pp. 487-97. (39).
En el mismo año, Chugani y sus colagas informaron los resultados obtenidos usando P.E.T. en 29 niños epilépticos cuyas edades variaban entre los cinco días y los quince años. Como éste tipo de escaneos requieren la inyección de sustancias radiactivas, los médicos solamente pueden realizar éste tipo de estudios cuando se trata de propósitos de tratamiento o de diagnóstico. No se puede escanear a un niño saludable sólo por curiosidad científica. Por lo tanto, la investigación de 1987 es extremadamente importante porque fue la primera (si no la única) investigación de imágenes cerebrales que intentó bosquejar el desarrollo del cerebro desde la infancia hasta la adolescencia.

Los científicos administraron la glucosa a los niños y usaron los scans de P.E.T. para medir la velocidad a la que diversas áreas específicas del cerebro absorbían la glucosa. Mientras las imágenes estaban siendo tomadas, los científicos hicieron todos los esfuerzos posibles para eliminar - o por lo menos minimizar- cualquier tipo de estimulación sensorial de los sujetos. Por lo tanto, midieron la velocidad de absorción de la glucosa cuando el cerebro no estaba presublimente comprometido con ningún proceso cognitivo o sensorial. Es decir: midieron el metabolismo de la glucosa en el cerebro en reposo.

Uno de los mayores descubrimientos fue que en todas las áreas cerebrales examinadas los niveles metabólicos alcanzaban valores de los adultos cuando los niños tenían aproximadamente dos años, y continuaban creciendo alcanzando valores dobles a los de niveles adultos para la edad de tres y cuatro años. La absorción de glucosa se mantenía en éste nivel elevado hasta que el niño rondaba la edad de nueve años. A ésta edad, la velocidad del metabolismo de la glucosa comenzaba a declinar y finalmente se estabilizaba en los valores adultos para fines de la adolescencia. Lo que los investigadores encontraron fue entonces, un período alto de actividad metabólica del cerebro que duraba desde los tres hasta los nueve años aproximadamente.

¿Cuál es el significado de éste período? Para interpretar sus resultados, Chugani y sus colegas se basaron en un trabajo anterior de investigación en el que los neurocientíficos contaban sinapsis con muestras de tejido cerebral humano para determinar cómo el número y la densidad de las conexiones sinápticas cambiaba a lo largo de nuestra vida.

A finales de la década del '70, Peter Huttenlocher-de la Universidad de Chicago, halló que desde pocos meses después del nacimiento y hasta los tres años de edad, varias partes del cerebro formaron sinapsis muy rápidamente(40).
Éste temprano y exuberante crecimiento sináptico trajo aparejado que la densidad sináptica en los cerebros de niños fuera un 50% más alta que las densidades en los cerebros de adultos.

Sobre ésta base, Chugani y sus colegas razonaron así: existe otra evidencia que sugiere que mantener las sinapsis y sus estructuras neuronales asociadas, representa la mayor parte de la glucosa que el cerebro consume.

El estudio con P.E.T. mostró los cambios en el consumo de glucosa en el cerebro a lo largo de la vida. Por lo tanto, pensaron que mientras la densidad y número de sinapsis deae y disminuye, también lo hace la velocidad del metabolismo de la glucosa. Este estudio de 1987 proporciona importante evidencia indirecta acerca del desarrollo del cerebro basado en el estudio de cerebros vivos que corrobora la evidencia directa basada en el conteo de sinapsis en muestras de tejido cerebral tomadas de pacientes en sus autopsias.

En el paper original, los científicos establecieron una importante conclusión: "Nuestros descubrimientos apoyan el punto de vista comunmente aceptado de que la maduración del cerebro en los humanos se produce por lo menos, en la segunda década de la vida" (41).

Sin embargo, si usted lee el paper de Chugani, Phelps y Mazziota de 1987 no encontrará ninguna sección que se titule "cómo se relaciona el elevado metabolismo cerebral y la densidad sináptica con el aprendizaje". Ni Chugani ni ninguno de los coautores estudió cuan rápido o fácilmente aprende un niño de cinco años comparado con uno de quince.

Tampoco ningún otro neurocientífico estudió qué significa la alta densidad sináptica (o el alto consumo de energía cerebral) para la facilidad, rapidez o profundidad del aprendizaje.
Conectar el alto metabolismo cerebral o la excesiva densidad sináptica con el período crítico del aprendizaje requiere verdaderas investigaciones.

Sabemos que desde la temprana infancia hasta la edad de diez años más o menos, los niños poseen conexiones sinápticas extras o redundantes en sus cerebros.

Por lo tanto, según se razona, durante éste período de excesiva conectividad cerebral, el individuo tiene la oportunidad de retener e incrementar la eficiencia de las conexiones que a través del repetido uso durante un período crítico, se vuelven más importantes mientras que las conexiones que se utilizan menos son más susceptibles de ser eliminadas. (42) Por supuesto, esto es equivalente a asumir que el período de la alta conectividad es el período crítico.

Vincular el período crítico con el aprendizaje requiere del uso implícito de otra creencia popular que aparece en la literatura de la educación basada en neurociencias. Ésta hipótesis común es que los períodos de rápido crecimiento cerebral (o de alta actividad) son períodos óptimos, períodos sensibles o ventanas de oportunidad para el aprendizaje (43) .

Para pasar de las imágenes cerebrales de Chugani (verdaderamente importantes) al "período crítico del aprendizaje" se necesitan dos hipótesis (ninguna de las cuales está apoyada por datos científicos) y ninguna de las cuales ha sido siquiera objeto de investigación neurocientífica porque la afirmación de que el período de alta conectividad cerebral es el período crítico para el aprendizaje no deja de ser -en el mejor de los casos- una especulación neurocientífica.

Chugani describe de manera muy precisa el status científico de estos asuntos en su resumen en Preventive medecin . Él cree -junto con algunos educadores- que existe una ventana biológica de oportunidad en la que el aprendizaje es fácil, eficiente y retenido con facilidad. Pero no hay evidencia científica para sostener esta creencia. Cuando no la hay, no hay un "hecho científico".

Los neurocientíficos han documentado que las decadencias de sinapsis efectivamente ocurren, pero no hay estudios confiables que comparen las diferencias entre la conectividad sináptica en adultos y las diferencias con pre-púberes. Tampoco se sabe si los animales o individuos con mayor densidad sináptica en la adultez son más inteligentes o más desarrollados.

Finalmente, los neurocientíficos tampoco saben si la educación o entrenamiento previo afecta o produce la pérdida o retención de sinapsis en la pubertad (44).

Tampoco se conoce cómo el aprendizaje está relacionado con los cambios del metabolismo cerebral y la conectividad sináptica a lo largo de nuestras vidas. Como la neurobióloga Patricia Goldman-Rakic dijo a los educadores: "mientras los cerebros de los niños adquieren una tremenda cantidad de información durante los primeros años, la mayor parte del aprendizaje tiene lugar después de que la formación sináptica se ha estabilizado" (45).
Si éste es el caso, resulta que sólo después de la pubertad podemos convertirnos en eficientes máquinas de aprender.

La discusión del supuesto "período crítico" ocurre bajo una hipótesis implícita que es la de que los niños aprenden más rápido, fácil y profundamente entre los cuatro y los diez años.

Ciertamente, hay períodos críticos para el desarrollo de ciertas habilidades (ver, oír o adquirir un primer lenguaje) pero los períodos críticos son interesantes para los psicólogos porque parecen ser la excepción más que la regla en el desarrollo humano.

Como Jacqueline Johnson y Elissa Newport nos recuerdan en su artículo acerca de períodos críticos en el aprendizaje del lenguaje: "En la mayoría de los campos del aprendizaje, las habilidades se sobreponen al desarrollo" (46).

Cuando nos preguntamos si los niños realmente aprenden más fácil y significativamente que los adultos, las respuestas que obtenemos usalmente son anécdotas acerca de atletas, músicos y estudiantes de lenguas extranjeras. Aún no hemos empezado a estudiar la velocidad, eficiencia y profundidad del aprendizaje a lo largo de diversos grupos de edades en muestras representativas. Simplemente estamos estableciendo una hipótesis acerca del comportamiento del aprendizaje y luego confiando en neurociencias altamente especulativas para explicar nuestras hipótesis. Deberíamos investigar mucho más. Los educadores del cerebro abrazaron con poca crítica aquellas especulaciones neurocientíficas.

Las pirámides fueron construídas por extraterrestres:

En un artículo de Newsweek (febrero de 1996) , Linda Darling Hammond dijo:

"Nuestro sistema escolar se inventó a finales del siglo XIX y poco ha cambiado desde entonces ¿puede ud. imaginar si la profesión médica siguiera el mismo ejemplo? " (47).

Hammond tiene razón. Nuestro sistema escolar debe cambiar para reflejar que ahora conocemos mucho más sobre la enseñanza y el aprendizaje, la mente y el cerebro hasta el punto en que querramos que la educación sea una empresa basada en investigaciones; la profesión médica nos ofrece un modelo razonable. Debemos estar agradecidos de que los médicos sean más cuidadosos al aplicar la investigación biológica en su práctica profesional que lo que lo son algunos de los educadores al aplicar en sus prácticas las investigaciones en neurociencias.

No deberíamos desentendernos de éste problema, ya que es un síntoma de problemas mucho más profundos: acerca de cómo la investigación es presentada a los educadores, acerca de cómo éstos la evalúan y acerca de cómo son gastados los dineros públicos.

La serie "En busca de..." es un programa televisivo que proporciona entretenimiento ya que es una mezcla de hechos, ficción y fantasía. Puede tratarse de un ejercicio divertido, pero no es instructivo. De la misma manera, la literatura de educación cerebral es un género literario que aparece más a menudo en las publicaciones profesionales de educación y provee una mezcla de hechos, malentendidos y especulación.

El programa "En busca de..." no es adecuado para enseñar historia, del mismo modo que la literatura de educación basada en neurociencias no es adecuada para presentar la ciencia del aprendizaje.

REFERENCIAS

26. David A. Sousa, "Is the Fuss About Brain Research Justified?," Education Week, 16 December 1998, p. 35.

27. Pat Wolfe and Ron Brandt, "What Do We Know from Brain Research?," Educational Leadership, November 1998, p. 12.

28. Jensen, p. 32.

29. Sousa, "Is the Fuss About Brain Research Justified?," p. 35.

30. Ronald Kotulak, Inside the Brain: Revolutionary Discoveries of How the Mind Works (Kansas City: Andrews McMeel, 1996), p. 46.

31. Years of Promise: A Comprehensive Learning Strategy for America's Children (New York: Carnegie Corporation of New York, 1996), pp. 9-10; and Office of Educational Research and Improvement, Building Knowledge for a Nation of Learners (Washington, D.C.: U.S. Department of Education, 1996).

32. Rima Shore, Rethinking the Brain: New Insights into Early Development (New York: Families and Work Institute, 1997), pp. 21, 36.

33. Kotulak, p. 46.

34. Ronald Kotulak, "Learning How to Use the Brain," 1996, available on the Web at http://www.newhorizons.org/ofc_21cliusebrain.html.

35. Harry T. Chugani, "Neuroimaging of Developmental Nonlinearity and Developmental Pathologies," in R. W. Thatcher et al., eds., Developmental Neuroimaging (San Diego: Academic Press, 1996), pp. 187-95.

36. Debra Viadero, "Brain Trust," Education Week, 18 September 1996, pp. 31-33.

37. Better Beginnings (Pittsburgh: Office of Child Development, University of Pittsburgh, 1997); A. DiCresce, "Brain Surges," 1997, available on the Web at http://www.med.wayne.edu/wmp97/brain.htm; and Lynell Hancock, "Why Do Schools Flunk Biology?," Newsweek, 19 February 1996, pp. 58-59.

38. Harry Chugani, "A Critical Period of Brain Development: Studies of Cerebral Glucose Utilization with PET," Preventive Medicine, vol. 27, 1998, pp. 184-88.

39. Harry T. Chugani, M. E. Phelps, and J. C. Mazziota, "Positron Emission Tomography Study of Human Brain Function Development," Annals of Neurology, vol. 22, 1987, pp. 487-97.

40. Peter R. Huttenlocher, "Synaptic Density in Human Frontal Cortex -- Developmental Changes of Aging," Brain Research, vol. 163, 1979, pp. 195-205; Peter R. Huttenlocher et al., "Synaptogenesis in Human Visual Cortex -- Evidence for Synapse Elimination During Normal Development," Neuroscience Letters, vol. 33, 1982, pp. 247-52; Peter R. Huttenlocher and Ch. de Courten, "The Development of Synapses in Striate Cortex of Man," Human Neurobiology, vol. 6, 1987, pp. 1-9; and Peter R. Huttenlocher and A. S. Dabholkar, "Regional Differences in Synaptogenesis in Human Cerebral Cortex," Journal of Comparative Neurology, vol. 387, 1997, pp. 167-78.

41. Chugani, Phelps, and Mazziota, p. 496.

42. Chugani, "Neuroimaging of Developmental Nonlinearity," p. 187.

43. Herman T. Epstein, "Growth Spurts During Brain Development: Implications for Educational Policy and Practice," in S. Chall and A. F. Mirsky, eds., Education and the Brain (Chicago: University of Chicago Press, 1978), pp. 343-70; and Chipman, op. cit.

44. Patricia S. Goldman-Rakic, Jean-Pierre Bourgeois, and Pasko Rakic, "Synaptic Substrate of Cognitive Development: Synaptogenesis in the Prefrontal Cortex of the Nonhuman Primate," in N. A. Krasnegor, G. R. Lyon, and P. S. Goldman-Rakic, Development of the Prefrontal Cortex: Evolution, Neurobiology, and Behavior (Baltimore: Paul H. Brooks, 1997), pp. 27-47.

45. Bridging the Gap, p. 11.

46. Jacqueline S. Johnson and Elissa L. Newport, "Critical Period Effects on Universal Properties," Cognition, vol. 39, 1991, p. 215.

47. Hancock, p. 59.



21.6.09

Limitaciones de los códigos de ética en la práctica clínica



¿Cómo podemos distinguir la investigación clínica de la terapia innovadora?
por John D. Lantos ,M.D.
American Journal of Pediatric Hematology/Oncology 1994;16:72‑5.

Si un médico prueba un tratamiento nuevo con la idea de estudiarlo cuidadosamente, evaluar los resultados y publicarlos, está haciendo investigación.

Se considera que los ʺsujetosʺ [sic] de tal investigación requieren una protección especial. El protocolo debe ser revisado por una Junta de Revisión Institucional [el equivalente a un comité de ética de la investigación en el Reino Unido]. El formulario de consentimiento fundamentado se somete a un escrutinio cuidadoso, y puede llegar a prohibirse la investigación.

Por otro lado, un médico puede probar este tratamiento nuevo sin intención de estudiarlo, solo porque cree que les servirá a sus pacientes. En tal caso, poner a prueba el nuevo tratamiento no es investigación, su uso no requiere aprobación de la Junta de Revisión Institucional y el consentimiento puede obtenerse de una manera que solo atienda al riesgo de una demanda judicial por negligencia médica.

Cualquiera diría que los pacientes de la segunda situación(que no participan en una investigación) corren un riesgo mucho mayor que los pacientes de la primera situación (los que participan en una investigación clínica formal).

Además, el médico de la primera situación parece más admirable desde un punto de vista ético. Ese médico está evaluando el tratamiento, mientras que su colega de la segunda situación está usando el tratamiento apoyado en sus imperfectas corazonadas.

No obstante, como los códigos de ética que intentan proteger a los pacientes tienen como objetivo producir conocimientos que puedan generalizarse, reglamentan al investigador responsable y no al aventurero irresponsable.

Reproducido de " Cómo se prueban los tratamientos Una mejor investigación para una mejor atención de salud" por Imogen Evans, Hazel Thornton e Iain Chalme
publicado con licencia Creative Commons Para ser publicado por: The British Library
El libro en castellano se puede descargar completo desde aquí

22.5.09

Brevísima introducción a la psicopatía


Portada del libro "Sin Conciencia" del Dr. Robert Hare
(Gentileza de librerías Aula Magna /www.librosaulamagna.com)


Este artículo fue publicado por el autor de éste blog-con muy ligeras modificaciones- en Revista Neo
Año 1 / Edición N° 11 con el título "Cómo reconocer a un psicópata".

Al imaginar a un psicópata, nos vienen a la memoria personajes de ficción con muy diferentes características tales como el doctor Hannibal Lecter, de la trilogía cinematográfica "El silencio de los inocentes", "Hannibal" y "Dragón rojo" . O bien el más primitivo protagonista de "Henry, retrato de un asesino serial". También podemos recordar a Max Cady (el Robert de Niro de "Cabo de miedo") , que no era un asesino en serie sino un sujeto obsesionado con vengarse, o a la seductora y transgresora femme fatale Catherine Tramell (Sharon Stone en "Bajos instintos") . Por fin, tenemos a un "psicópata justiciero" con el cual se podría llegar a empatizar : Dexter.
Aunque también -si nos esforzamos- encontraremos personajes bien reales: el recordado Charles Manson, o el argentinísimo "petiso orejudo".

Sin embargo, sería un error creer que los psicópatas se caracterizan por ser asesinos seriales... También pueden ser estafadores, abogados, militares, ejecutivos, políticos, profesores, familiares o... vecinos.

Robert Hare, profesor emérito de Psicología de la Universidad British Columbia, de Canadá, y autor del libro "Sin Conciencia", es la autoridad mundial en la materia. Hare, creador de la Escala de Calificación de la Psicopatía-Revisada (PCL-R), utilizada como instrumento de evaluación, calcula que el 1% de la población mundial califica como psicópata.

Estos individuos, explica el experto, no son enfermos en el sentido clásico de la palabra: no son psicóticos ni presentan los conflictos habituales que poseen los neuróticos. Conocen muy bien la diferencia entre el bien y el mal, sólo que no son capaces de ponerse en el lugar del otro porque ven y tratan a las personas como objetos. Imaginan cómo piensa su interlocutor pero no pueden comprender lo que sienten los demás; en realidad, no les importa hacerlo. Su máxima aspiración es manipularlos con el fin de lograr sus objetivos y no tienen ningún remordimiento. Varios de ellos no cometen delitos aunque violen las reglas y las expectativas sociales de la mayoría.
En realidad, muchos cometen deliton pero no son descubiertos. Algunos llegan a la cárcel, pero otros no, porque son lo suficientemente inteligentes y astutos como para no ser descubiertos violando el código penal.







Perfil de un Psicópata

1. Ausencia de empatía en las relaciones interpersonales
2. Falta de miedo
3. Ausencia de remordimiento
4. Autoestima: exagerada
5. Búsqueda de emociones fuertes
6. Cosificación de las personas
7. Relativización de las consecuencias de las acciones
8. Egocentrismo
9. Irresponsabilidad
10. Impulsividad
11. Irritabilidad y violencia
12. Manipulación
13. Autoexculpación por el medio social .

16.5.09

Neuroeducación basada en pseudociencia (2º parte)


Imagen gentileza de http://socialpsychology43.lacoctelera.net/

Continuamos con el artículo de John Bruer presentado en el post anterior.

"Cerebro derecho, cerebro izquierdo una vez más"

La dicotomía "hemisferio derecho- hemisferio izquierdo" es una de aquellas creencias populares que nunca morirán.

Las especulaciones sobre el significado educacional de la lateralización cerebral han circulado por la literatura neuroeducacional durante cuarenta años y persisten pese a que repetidamente han sido criticadas y negadas por psicólogos y neurocientíficos (6) .

El libro de Sousa:

David A. Sousa
dedica un capítulo de su libro "Cómo aprende el cerebro" a explicar la lateralización cerebral y presenta estrategias que los maestros podrían utilizar en clase para asegurar que ambos hemisferios cerebrales estén involucrados en el aprendizaje (7) .

Según los manuales comunes, el hemisferio izquierdo es el hemisferio lógico involucrado en el habla, la lectura y la escritura. Es el hemisferio analítico que evalúa el material fáctico de una manera racional y comprende la interpretación literal de las palabras. Es un procesador en serie que rastrea tiempos y secuencias ; reconoce palabras, letras y números.

Por el contrario, el hemisferio derecho sería el hemisferio intuitivo y creativo; reúne información más de las imágenes que de las palabras. Es un procesador en paralelo bien equipado para el reconocimiento de patrones y razonamiento espacial. Reconoce caras, lugares y objetos.

Según éste punto de vista tradicional de la lateralización, los individuos con el hemisferio izquierdo dominante tienden a ser más verbales, analíticos y resuelven mejor los problemas y las mujeres- según nos dicen- probablemente sean más proclives a tener mayor dominancia hemisférica izquierda que los varones .

Las escuelas, según apunta Sousa, son instituciones en las que reina el hemisferio izquierdo y por eso, es un lugar más confortable para las niñas que para los varones. También explicaría por qué las alumnas son superiores a los niños en aritmética -que es lineal y lógica: donde hay solamente una respuesta correcta para cada problema- mientras que ellas sufren de ansiedad cuando emprenden actividades que impliquen al cerebro derecho- actividades como el álgebra o la geometría-. Éstas disciplinas, a diferencia de la aritmética, son más holísticas, relacionales y espaciales y permiten también múltiples soluciones para cada problema que se plantee.

Antes de considerar si la neurociencia apoya a éste punto de vista, o no , los educadores deberían conocer las investigaciones psicológicas bien establecidas. Aunque los varones son mejores rotando objetos mentalmente, parece ser ésta la única tarea espacial en la que los psicólogos han encontrado tal diferencia entre varones y mujeres (8) .

Más aún, cuando los psicólogos encuentran diferencias entre los géneros , a menudo éstas son mínimas. Si fueran medidas en una escala parecida a la del C. I. (con una media de 100 y un desvío standard de 15) las diferencias de género no llegarían a los cinco puntos. De hecho muchos varones poseen mejores habilidades lingüísticas que la mayoría de las mujeres y muchas mujeres poseen mejores habilidades matemáticas y espaciales que la mayoría de los varones.

El consenso científico entre psicólogos y neurocientíficos es que cualquier diferencia de género que exista puede tener consecuencias interesantes para el estudio del cerebro pero que en realidad no posee consecuencias prácticas o instruccionales (9) .

Consideraremos ahora si las neurociencias ofrecen apoyatura a las estrategias instruccionales de Sousa.

Según éste autor, para involucrar al hemisferio derecho en el aprendizaje, los maestros deberían alentar tareas que generen el uso de imágenes mentales. "Para la mayoría de la gente, el hemisferio izquierdo se especializa en codificar información oral, verbalmente mientras que el hemisferio derecho la codifica visualmente", afirma y añade que "aunque los maestros pasan mucho tiempo hablando y a veces hacen que sus alumnos hablen acerca de los objetivos del aprendizaje, se emplea poco tiempo en desarrollar claves visuales". Para asegurarse de que el hemisferio izquierdo reciba la misma estimulación , los docentes deberían dejar que los estudiantes "escriban, lean y hagan cálculos más a menudo" (10) . Estas afirmaciones provienen en realidad de teoría populares acerca de la lateralidad cerebral y no de investigaciones científicas.

Veamos ahora dos contraejemplos en tareas simples de razonamiento espacial:

a) determinar si un objeto está por encima o por debajo de otro y
b) determinar si es que dos objetos distan entre sí más o menos un pie de distancia (30, 48 cm) .

Si nos basamos en la teoría popular del cerebro ambas tareas deberían ser llevadas a cabo por el hemisferio derecho.

Sin embargo, si indagamos más profundamente- como tienden a hacer los neurocientíficos y psicólogos- observamos que el procesamiento de la información y/o las demandas operacionales de ambas tareas, son diferentes (11) .

La primera requiere que coloquemos los objetos (o las partes de los objetos) en dos categorías muy amplias: a) arriba- abajo o b) derecha-izquierda, pero no tenemos que determinar cuanta distancia existe entre uno y otro. Los psicólogos llaman a éste razonamiento espacial "categórico".
En contraste, la segunda requiere un razonamiento espacial "coordinado" , en la que tenemos que computar y retener las relaciones precisas de las distancias entre los dos objetos. Las investigaciones neurocientíficas han demostrado que el razonamiento espacial categórico y el coordinado son llevados a cabo por distintos subsistemas del cerebro. Un subsistema perteneciente al hemisferio izquierdo lleva a cabo el razonamiento espacial categórico y otro perteneciente al hemisferio derecho procesa las relaciones espaciales coordinadas.

Aunque las investigaciones apuntan diferencias en las habilidades para procesar información de ambos hemisferios, éstas diferencias se encuentran en realidad en un nivel más profundo de análisis que en el del razonamiento espacial. Por lo tanto, no tiene sentido afirmar que el razonamiento espacial es una habilidad del hemisferio derecho.

Basándose en estudios como éste, Christopher Chabris y Stephen Kosslyn (investigadores que lideran el campo del razonamiento espacial y la imaginería visual) afirman que cualquier modelo de lateralización cerebral que asigne conjuntos de habilidades mentales complejas (como el razonamiento espacial) a un hemisferio o al otro como lo hace la teoría popular, sería demasiado banal como para ser científico o útil.

Nuestra teoría popular no puede ni explicar qué es lo que está haciendo el cerebro ni generar predicciones útiles acerca de las nuevas tareas que podrían estar siendo computadas por el mismo . Sin embago , desafortunadamente, es la teoría popular la que tienen en cuenta los educadores al hacer sus recomendaciones.

Veamos otro contraejemplo en la imaginería visual . Desde la perspectiva tradicional y popular, generar y utilizar imágenes visuales es una función llevada a cabo por el hemisferio derecho. Sin embargo, generar y utilizar imágenes visuales es una operación muy compleja que involucra por lo menos cinco subcomponentes mentales diferentes:

1) Para poder crear la imagen visual de un perro, usted debe transferir los recuerdos visuales de largo plazo a un almacén temporario de memoria visual.

2) Para imaginar si el perro que imaginó posee una cola, usted deberá poder hacer un zoom en la imagen e identificar detalles de la misma.

3) Para poder colocarle un collar azul al perro imaginado, se requiere que pueda añadir nuevos elementos a las imágenes generadas previamente.

4) Para que el perro pueda ser observado desde distintas perspectivas, usted debe poder rotar la imagen del mismo y

5) Para poder dibujar o describir al perro imaginado, tiene que poder escanear la imagen visual mentalmente.

Hay mucha evidencia de que estas tareas complejas no se confinan al hemisferio derecho. Existen pacientes con daño cerebral que pueden reconocer objetos y dibujarlos además de describirlos con normalidad y-no obstante- esos mismos individuos no pueden responder preguntas que requieran generar una imagen mental ("Piense en un perro...¿tiene una cola larga? ") . Estos pacientes poseen memoria visual a largo plazo pero no pueden ustilizar esa misma memoria para generar imágenes visuales mentales. Todos tienen daño en la parte posterior del hemisferio izquierdo (14) .

Los casos de pacientes con "cerebro dividido" (aquellos que debido a severos trastornos de epilepsia sufrieron operaciones en las que se debió desconectar ambos hemisferios) permiten a los científicos presentar estímulos visuales a uno de los hemisferios pero no al otro. Michael Gazzaniga y Stephen Kosslyn presentaron a éstas personas letras minúsculas y después les preguntaron si las correspondientes letras mayúsculas tenían o no líneas curvadas (15). Esta tarea requería que los pacientes generaran imágenes mentales de la letra mayúscula basándose en las minúsculas que habían observado.
Cuando los estímulos visuales se presentaron a los hemisferios izquierdos de los pacientes, la tarea fue realizada perfectamente. De la misma manera, estudios de mapeo cerebral de adultos normales que realizan este tipo de labores de imaginería demostraron que ambos hemisferios están activos cuando se realizan las tareas (16) . Finalmente, en base a estos estudios, los neurocientíficos concluyeron que la habilidad para crear imágenes visuales también depende del hemisferio izquierdo.

En "Imágenes de la mente" de Michael Posner y Mark Raichle los autores sostienen que la creencia popular de que generar imágenes mentales es una función del hemisferio derecho es claramente falsa" (17) .

Las diferentes áreas del cerebro están especializadas para distintas actividades, pero dicha especialización sucede a un nivel más profundo que el de "usar las imágenes mentales". Utilizar imaginería mental puede ser una estrategia útil de aprendizaje pero si lo fuera, no lo es precisamente porque involucre al hemisferio derecho.

Eso mismo desestima las afirmaciones de que alguno de los hemisferios sea el lugar donde se produce el reconocimiento de los números o las habilidades de lectura.

Hay una simple tarea numérica que puede ser expresada de dos maneras en apariencia equivalentes: por ejemplo a) preguntar: "qué es mayor, dos o cinco?" y b) hacer la misma pregunta pero esta vez reemplazando las palabras dos y cinco por los número 2 y 5. Este tipo de tarea involucra el reconocimiento de símbolos numéricos y la comprensión de lo que esos símbolos significan. De acuerdo a la teoría popular, la operación debería ser llevada a cabo por el hemisferio izquierdo, pero una vez más, la respuesta es demasiado banal.

La comparación numérica involucra por lo menos dos habilidades mentales: identificar los nombres de los números y después comparar las magnitudes numéricas que estos nombres designan. Aunque raramente pensamos en ello, somos seres bilingües cuando se trata de números. De hecho, tenemos palabras para designar a los números (las palabras "uno", "dos", etc) y también tenemos símbolos escritos especiales: los númerales arábigos.
El hecho de ser bilingües numéricamente significa que las dos preguntas de comparación que vimos anteriormente demandan diferentes tareas computacionales en la mente o el cerebro.

Usando técnicas de imágenes cerebrales, Stanislaus Dehaene encontró que identificamos las palabras numéricas usando un sistema que pertenece al hemisferio izquierdo del cerebro, y que-por el contrario- identificamos los números arábigos utilizando áreas cerebrales que corresponden a ambos hemisferios. Una vez que identificamos- ya sea lpalabras numéricas o números arábigos- como símbolos para las cantidades numéricas , el encargado de comparar ambas magnitudes es un subsistema neural diferente, correspondiente al hemisferio derecho (18).
Incluso para ésta simple tarea numérica de comparación, ambos hemisferios están involucrados. Por lo tanto, no tiene ningún sentido neurocientífico, afirmar que es el hemisferio izquierdo el que reconoce los números. Existen áreas cerebrales que se especializan , pero lo hacen a un nivel mucho más fino que el de sólo reconocer números. Esta tarea simple es -de hecho- ya demasiado compleja como para ser manejada por los no especialistas: ni hablar cuando se trata de álgebra o geometría.

Investigaciones parecidas que analizan el habla y las habilidades de lectura dividiéndolas en sus procesos componentes, demuestran también que "leer" no es una tarea simple que envuelva al hemisferio izquierdo como sostiene la teoría popular. De hecho, reconocer los sonidos del habla, decodificar las palabras escritas, encontrarles significado y realizar inferencias mientras leemos , son todas tareas que dependen de subsistemas localizados en los dos hemisferios cerebrales (19) .


El libro de los Caine:

Existe otra interpretación de la lateralización cerebral , también errónea, que aparece en la literatura de la "educación basada en neurociencias". En su libro "Haciendo conexiones", Renate Caine y Geoffrey Caine critican el punto de vista tradicional de los "dicotomizadores del cerebro" y advierten que éste órgano no se presta para explicaciones simplistas. Según su punto de vista, los resultados de las investigaciones sobre especialización hemisférica no son concluyentes .
Para éstos autores " los dos hemisferios están involucrados en todas las actividades", (lo que pareciera ser consistente con nuestro breve repaso acerca del razonamiento espacial, las imágenes visuales, las habilidades numéricas y la lectura) ; sin embargo, siguen a la teoría popular cuando sostienen que el hemisferio izquierdo procesa "partes" y el hemisferio derecho procesa "totalidades".

Para los Caine, las investigaciones sobre lateralidad dan la apoyatura científica a uno de los procesos básicos de la educación cerebral: que el cerebro procesa partes y totalidades simultáneamente. Más que comparaciones numéricas o razonamientos espaciales categoriales, los Caine proveen un ejemplo más global: "Consideremos un cuento, un poema, una novela o un tratado de filosofía. Todos involucran un sentido de totalidad de las cosas y una capacidad para trabajar con patrones- muchas veces de modo atemporal- . En otras palabras, los procesos que se llevan a cabo en el hemisferio izquierdo son enriquecidos y apoyados por los procesos llevados a cabo por el cerebro derecho"(20) .

Los autores de éste libro ven a la doctrina de los dos hemisferios como una "metáfora valiosa que ayuda a los educadores a reconocer dos tendencias separadas pero simultáneas que realiza el cerebro cuando organiza la información. Una es reducir la información a "partes" y la otra es percibir la información y trabajar con ella como una "totalidad" o serie de totalidades" (21) .

Ellos mencionan entre otros ejemplos de enfoques basados en las neurociencias al aprendizaje holístico del lenguaje (22) , los currículums integrados, la enseñanza temática y el aprendizaje cooperativo (23) . De manera similar, para ellos la teoría del aprendizaje social de Vigotsky debería ser altamente compatible debido a que hacemos conexiones mejor cuando la información nueva se asocia con eventos importantes de la vida cotidiana o en situaciones socialmente interactivas (24).

Algunos encontramos ciertas metáforas más atractivas que otras. pero suponer que la metáfora usada en éste texto es un intento de fundamentar los principios educativos de la neurociencia es como afirmar que "los extraterrestres visitaron el Antiguo Egipto".

¿En que punto cambiaron tanto las cosas como para convertirse en pseudociencia?: cuando sostienen que podría ser verdadera una parte de la teoría popular : la que atribuye el procesamiento de las "totalidades "al hemisferio derecho y el procesamiento de las "partes" al hemisferio izquierdo .

Como los dos hemisferios están conectados en los cerebros normales sanos , concluyen que el cerebro procesa partes y totalidades simultáneamente. Y de hecho, lo hace, aunque probablemente no puedan distinguirse tan nítidamente las "partes" de las "totalidades". Por ejemplo, en la decodificación visual de las palabras, el hemisferio derecho parece leer las palabras letra por letra (es decir: mirando las partes) mientras que el hemisferio izquierdo reconoce la palabra entera ( o sea mirando las formas visuales de las mismas) (25) .

El ejemplo de los Caine de interacciones entre "partes" y "totalidades" ( es decir: la comprensión que hace el hemisferio izquierdo del texto y la apreciación de las totalidades que realiza el hemisferio derecho) se relaciona con tareas tan complejas que involucran tanto a "partes" y "totalidades" en diferentes niveles de análisis . Categorías vs coordenadas, generar imágenes visuales vs "escanearlas", identificar palabras numéricas vs identificar dígitos arábigos: es demasiado trivial afirmar tan sólo que "el cerebro completo se involucra en la tarea " como lo aseguran.

Por todas estas razones la intención de los autores por establecer una ciencia cerebral sufre del mismo problema que identificó Kosslyn en los intentos de usar teorías simplistas para entender el cerebro. Las únicas categorías cerebrales que los Cain invocan son "partes " y "totalidades". Por lo tanto, intentan comprender el aprendizaje - y a tareas extremadamente complejas - en términos de "partes" y "totalidades" . En realidad un enfoque así no permite ni analizar el cerebro ni analizar el comportamiento.

No hay ninguna razón para pensar que existen razones cerebrales para adoptar "aprendizaje holístico del lenguaje", "currículums integrados"o "aprendizaje social vigotskyano". El peligro es que muchos neuroducadores al leer la obra citada piensan que sí, la hay .

Ya sea que se adopten o no éste tipo de prácticas educacionales, debe hacerse según el impacto que tengan en el aprendizaje de los estudiantes; la evidencia que tenemos hasta ahora del aprendizaje holístico del lenguaje es -en el mejor de los casos- "no concluyente" y la eficacia de la teoría del aprendizaje social es una cuestión abierta. Las neurociencias realmente no contribuyen con ninguna evidencia (ni a favor ni en contra) de las estrategias neuroeducativas que apoyan los Caine.

Conclusión:

El problema fundamental con las afirmaciones "hemisferio derecho vs hemisferio izquierdo" que hallamos en la literatura educacional es que dependen de nuestras intuiciones y teorías populares del cerebro más que de las neurociencias. Nuestras teorías populares son demasiado banales e imprecisas como para tener algún valor científico predictivo o instruccional.

Lo que la neurociencia moderna nos dice (y lo que los educadores cerebrales no advierten) es que no tiene ningún sentido científico asignar comportamientos y habilidades molares -como la lectura, la aritmética, el razonamiento espacial- a un hemisferio cerebral particular.

Referencias :
6. Chipman, op. cit.; Howard Gardner, Art, Mind, and Brain: A Cognitive Approach to Creativity (New York: Basic Books, 1982); Mike Rose, "Narrowing the Mind and Page: Remedial Writers and Cognitive Reductionism," College Composition and Communication, vol. 39, 1988, pp. 267-302; and Jerre Levy, "Right Brain, Left Brain: Fact and Fiction," Psychology Today, May 1985, p. 38.

7. David A. Sousa, How the Brain Learns: A Classroom Teacher's Guide (Reston, Va.: National Association of Secondary School Principals, 1995).

8. M. C. Linn and A. C. Petersen, "Emergence and Characterization of Sex Differences in Spatial Ability: A Meta-Analysis," Child Development, vol. 56, 1985, pp. 1470-98.

9. Sally Springer and Georg Deutsch, Left Brain, Right Brain (New York: W. H. Freeman, 1993).

10. Sousa, pp. 95, 99.

11. Christopher F. Chabris and Stephen M. Kosslyn, "How Do the Cerebral Hemispheres Contribute to Encoding Spatial Relations?," Current Directions in Psychology, vol. 7, 1998, pp. 8-14.

12. Ibid.

13. Ibid.

14. Martha Farah, Visual Agnosias (Cambridge, Mass.: MIT Press, 1991).

15. Stephen M. Kosslyn et al., "A Computational Analysis of Mental Image Generation: Evidence from Functional Dissociations in Split-Brain Patients," Journal of Experimental Psychology: General, vol. 114, 1985, pp. 311-41.

16. Stephen M. Kosslyn et al., "Two Types of Image Generation: Evidence for Left and Right Hemisphere Processes," Neuropsychologia, vol. 33, 1995, pp. 1485-1510.

17. Michael I. Posner and Mark E. Raichle, Images of Mind (New York: Scientific American Library, 1994), p. 95.

18. Stanislaus Dehaene, "The Organization of Brain Activations in Number Comparison," Journal of Cognitive Neuroscience, vol. 8, 1996, pp.47-68.

19. Mark Jung Beeman and Christine Chiarello, "Complementary Right- and Left-Hemisphere Language Comprehension," Current Directions in Psychology, vol. 7, 1998, pp. 2-7.

20. Caine and Caine, p. 37.

21. Ibid., p. 91.

22. Ibid., pp. 9, 48, 91.

23. Ibid., pp. 127-30.

24. Ibid., pp. 47-48.

25. Beeman and Chiarello, op. cit.