9.11.25

El caso de Nina Kulagina (parte I)

 

 

Nina Kulagina fue una mujer soviética que, durante la Guerra Fría, afirmó poseer poderes psíquicos, específicamente de psicokinesis (la capacidad de mover objetos con la mente). Ganó notoriedad gracias a unos filmes en blanco y negro ampliamente publicitados por los defensores dela parapsicología, donde aparentemente movía objetos sin tocarlos.

Se ha sugerido que la Unión Soviética tenía un interés propagandístico en respaldar estos fenómenos para mostrar superioridad en una supuesta "carrera psíquica" frente a Occidente. Sin embargo, esta postura oficial no era unánime, como lo demostró el periodista Vladimir Lvov del medio estatal Pravda, quien la acusó de fraude en un artículo. En él, afirmaba que Kulagina realizaba uno de sus trucos ocultando un imán en su cuerpo.

Lo que sí es seguro es que los experimentos se realizaban a menudo en entornos poco controlados, como habitaciones de hotel, y con largos tiempos de preparación, lo que facilitaba potencialmente el engaño.

A continuación, transcribo dos artículos de la Sociedad rusa de escépticos que están alojados en Wayback Machine ya que el sitio oficial ha dejado de estar en línea.

El fenómeno de Nina Kulagina: preguntas y respuestas

Como suele suceder en estos casos, los argumentos que respaldan la realidad de las habilidades paranormales de Kulagina son muy variados. Algunos son inteligentes, mientras que otros son meras afirmaciones infundadas o aseveraciones capciosas que difícilmente pueden considerarse argumentos válidos. No obstante, hemos intentado incluir en esta lista los argumentos más comunes que defienden la realidad del «fenómeno Kulagina» y ofrecer respuestas para cada uno de ellos.

Esperamos que esta página sea útil no solo para quienes buscan respuestas a sus preguntas, sino también para quienes desean contar con una buena herramienta para debatir con defensores de lo paranormal. En tales conversaciones, suelen presentarse como «pruebas» argumentos antiguos que ya han sido refutados de forma convincente. Creemos que es necesario hablar sobre la realidad de lo paranormal, pero utilizar argumentos ya refutados indica, en el mejor de los casos, que la persona con la que se dialoga desconoce el tema y aún no está preparada para debatirlo. En ese caso, puede remitirla a esta página.

Si su interlocutor conoce bien el material y continúa utilizando afirmaciones que ya han sido refutadas aquí, ignorando los contraargumentos, lo más probable es que esté intentando engañarle.

 

  1. Los efectos demostrados por Kulagina sólo pueden explicarse por la realidad de las capacidades paranormales.

No es así; hay toda una serie de posibles explicaciones. Puede leerse más al respecto en ésta página.

Las demostraciones de Kulagina en sí mismas no resultan muy convincentes. La presentción de James Hydrick del movimiento de objetos, incluso dentro de un cubo de vidrio, es mucho más interesante. Hydrick fue desenmascarado por los escépticos cuando se añadió control a su perfomance.

Hay razones suficientes para suponer que las historias sobre Kulagina ganaron peso gracias a aquellos científicos que declararon públicamente estar convencidos de la realidad de sus capacidades.

  1. ¿Cómo puede ser que Kulagina fuera examinada durante dos décadas por científicos y que ninguno notara el engaño?

En este argumento, que suele presentarse con frecuencia, en realidad se formulan simultáneamente dos afirmaciones: que Kulagina fue examinada por científicos y que ninguno de ellos advirtió el fraude. Cada una de estas afirmaciones es problemática, y si su interlocutor utiliza este argumento, entonces o bien está muy poco familiarizado con el material (en cuyo caso, antes de discutir, recomendaríamos informarse primero), o bien intenta inducirlo a error.

La frase que dice que los científicos estudiaron a Kulagina durante 20 años es extremadamente inexacta. Lo correcto sería decir que fue examinada en varias ocasiones durante los últimos veinte años de su vida. Hasta donde sabemos, las verificaciones no tuvieron un carácter sistemático.

Otra observación importante: en la gran mayoría de los casos, las investigaciones se realizaron en un entorno informal y sin cumplir los procedimientos necesarios que garantizaran el control y la recolección de datos estadísticos propios de un trabajo científico cuidadoso. Subrayemos que la cuestión no es si participaron científicos o no, sino cuán correctamente se plantearon los experimentos en sí. Afirmar que alguien fue examinado por personas que trabajan como científicos, en sí mismo, dice muy poco.

Y, por último, una serie de experimentos no tenía como objetivo comprobar las capacidades de Kulagina. En ellos, los experimentadores partían desde un inicio de la premisa de que ella poseía habilidades inusuales, y medían cosas completamente diferentes. A tales investigaciones no es correcto llamarlas comprobaciones de las capacidades de Kulagina, porque en realidad no hubo ninguna verificación. Puede leerse más sobre esto en la respuesta al argumento 15.

La segunda afirmación —que nadie notó el engaño— es sencillamente falsa. Varios científicos sostienen que, en efecto, lo notaron. Ivanitski relata que descubrió hilos y que Kulagina le dijo: “Ahora usted ya lo sabe todo”. Una comisión del VNIIM sorprendió a Kulagina utilizando imanes, algo que mencionó en repetidas ocasiones E. B. Aleksándrov, de lo cual se habló en el libro de Lvov Los fabricantes de milagros y que fue públicamente confirmado por los propios participantes del experimento, Skrynnikov y Studentsov. En una de las entrevistas, un gran partidario de Kulagina, el académico Yu. B. Kobzarev, admitió que durante el experimento con la desviación del láser varios observadores notaron los hilos.

 Por lo tanto, la verdadera pregunta debería hacerse de la siguiente manera: ¿por qué, de entre los científicos que no dudaban de las habilidades sobrenaturales de Kulagina, nadie se percató del engaño? 

Coincidamos en que, formulada de esta manera, la pregunta presenta muchas menos dificultades.

Finalmente, este argumento, que suele presentarse en forma de pregunta, presupone que solo existe una respuesta posible. ¿Cómo puede ser esto? De ninguna manera. Por lo tanto, Kulagina poseía habilidades paranormales.

Sin embargo, resulta completamente evidente que existen otras respuestas posibles a esta pregunta. Por ejemplo, que algunos científicos le creyeron a Kulagina y disminuyeron su enfoque crítico. A partir de las descripciones tanto de defensores como de opositores de la versión paranormal, concluimos que los experimentos generalmente se realizaron de manera incorrecta. El hecho de que algunos experimentadores no notaran nada no constituye un buen argumento (ver argumento 8).

La historia también presenta numerosos ejemplos (1, 2, 3) en los que «extrasensoriales», posteriormente desenmascarados con certeza como estafadores, engañaron hábilmente a científicos que se conformaron con protocolos arbitrarios.

Existe otra explicación aún más simple, a saber: los científicos no se tomaron estas verificaciones en serio. Es muy probable que muchos de los presentes en las presentaciones de Kulagina no consideraran en absoluto que estuvieran investigando a alguien, sino que simplemente observaban con curiosidad lo que sucedía. Cabe señalar que ningún científico publicó un artículo en una revista revisada por pares —ni entonces ni ahora— que describiera investigaciones controladas. Al mismo tiempo, las hipótesis de los científicos fueron exclusivamente materialistas, por lo que la objeción de que las publicaciones no habrían pasado la revisión por pares no puede aceptarse (ver argumento 4).

De esta manera, el argumento completo constituye un recurso polémico que confundirá a un interlocutor que no conozca los hechos, pero que al examinarse de cerca resulta completamente erróneo. Es necesario comprender que la afirmación de que las habilidades de Kulagina fueron sometidas a verificación científica y documentadas exitosamente en condiciones controladas es una narrativa que los defensores de la versión paranormal intentan vendernos. Sin embargo, no corresponde a la verdad.

 

  1. Ivanitski, Aleksándrov y la comisión del VNIIM son mentirosos.

Esto ni siquiera es un argumento, sino simplemente una afirmación sin fundamento. Los partidarios de la versión paranormal sostienen que Ivanitski, Aleksándrov y la comisión del VNIIM mienten. Sin embargo, no presentan ninguna prueba de ello. La única consideración que podría llevarnos a tratar la versión de la mentira con mayor benevolencia es el argumento 4.
Es reveladora la unilateralidad de este argumento. Por alguna razón debemos suponer que unos científicos mienten, pero otros no. Y resulta que honestos son únicamente aquellos que creyeron en las habilidades sobrenaturales de Kulagina.

  1. Los científicos mintieron para no renunciar a su visión habitual del mundo.

Este argumento contradice al argumento número 1, donde el científico aparece como un inquisitivo buscador de la verdad, incapaz de pasar por alto un engaño. Aquí, en cambio, el científico se presenta como un dogmático, ciego ante los hechos e incluso dispuesto a recurrir al engaño. Así, el argumento 1 utiliza el estereotipo del científico para dar peso a la historia, mientras que el argumento 3 utiliza el estereotipo del científico para desacreditar a los críticos.

El problema general de este tipo de argumentación consiste en que las personas se agrupan en conjuntos supuestamente homogéneos a los que se les atribuye una motivación común. Sin embargo, los científicos son personas muy diversas, con distintos niveles de competencia y que trabajan en diferentes áreas.

Los estereotipos sobre grandes grupos de personas, por lo general, resultan ser mitos. Del mismo modo, en los chistes suele atribuírsele rasgos de carácter a pueblos enteros. Atribuir motivaciones a cohortes de personas es siempre un argumento deficiente e intelectualmente débil, al menos porque es imposible de demostrar.

De otra forma, este argumento también se expresa del siguiente modo: el instituto de la ciencia materialista no permitió estudiar las capacidades extrasensoriales. Véase el argumento 16.

El argumento sobre la mentira es completamente insostenible y, desde nuestro punto de vista, no debería seguir siendo parte del discurso sobre la historia de Kulagina.


 

  1. La versión del hilo queda excluida por la campana de vidrio con la que se cubrían los objetos.

El público conoce sólo un video en el que los objetos sobre los que trabaja Kulagina son cubiertos con una campana de vidrio. En él se ve con total claridad que los objetos son cubiertos con la campana después de que ya se han movido. Esto en modo alguno excluye el uso de un hilo, si se adopta como hipótesis el método indicado en la respuesta al argumento 1.

Para excluir el uso de un hilo mediante la campana, habría que colocar los objetos sobre la mesa, poner la campana sobre ellos y sólo entonces invitar a la examinada a acercarse a la mesa. El hecho de que en el video no veamos esto demuestra una vez más la incapacidad de las personas que filmaban para realizar un estudio riguroso e imparcial. Tal ingenuidad pone en duda la fiabilidad de todas las demás demostraciones en esa cinta.

En realidad existe otro video, en el que Kulagina, en un restaurante a media luz, demuestra el movimiento de objetos bajo copas pequeñas; sin embargo, allí sólo vemos el movimiento de los objetos y no sabemos cuándo ni quién colocó las copas. Bien podría ser que las hubiera puesto la propia Kulagina, puesto que poco después ella misma las retira con bastante rapidez.

El argumento sobre la utilidad de la campana de vidrio en el video es completamente insostenible y, desde nuestro punto de vista, no debería seguir siendo parte del discurso sobre la historia de Kulagina. 

  1. Además de las copitas, sobre la mesa había un montón de fósforos, vertidos a la vista de todos. ¿Cómo se pueden fijar hilos a un montón de fósforos? Cada fósforo se movía de manera independiente dentro del montón.

No es necesario fijar hilos a los fósforos. En el video se ve claramente que los fósforos no se mueven por sí solos, sino que son empujados por otro objeto. Que los fósforos, al engancharse entre sí, realicen un “movimiento independiente” no resulta sorprendente. Un experimento simple en casa puede convencer al lector de que un montón de fósforos se comportará exactamente de la misma manera.

  1. ¡Vi con mis propios ojos el movimiento simultáneo de dos copitas!

Como se explicó en la respuesta al argumento 1, no hay necesidad de limitarse a un solo hilo. Se pueden utilizar varios hilos a la vez y lanzar varios nudos sobre la mesa. Suponemos que eso es precisamente lo que hacía Kulagina.

 

  1. Yo estuve presente en los experimentos con Kulagina y no vi ningún hilo.

Este argumento puede oírse en los documentales, y a veces en Internet aparecen personas que afirman haber sido participantes de los experimentos. En otra forma, el razonamiento de quienes estuvieron presentes en los experimentos suena así: “Por más que miramos, no vimos ningún hilo”. De manera similar sonó el argumento en el juicio cuando Kulagina demandó por difamación a un periodista.

Sin embargo, el argumento no resulta convincente. Cualquiera de nosotros, al asistir a la actuación de un ilusionista, probablemente no verá ni los hilos ni los movimientos secretos. En eso consiste precisamente el truco: lograr que nadie note nada. Una confianza tan grande en la propia atención no es una buena cualidad y conviene deshacerse de ella. Tal seguridad resulta especialmente preocupante cuando la expresa un científico. En teoría, un investigador profesional debería comprender que la certeza subjetiva no tiene ningún valor en el mundo de la ciencia.

Cuando se trata de las demostraciones de Kulagina, está claro que hay que saber dónde mirar y cuándo hacerlo. En la respuesta al argumento 8 llamamos la atención sobre los nudos que se observan en el video. La grabación ha estado disponible al público durante más de 20 años, pero hasta que la gente no supo dónde mirar, nadie notó los nudos. Cuánto más en una situación real, cuando nadie piensa en hilos.

Además, este argumento vuelve a resaltar la débil organización de los experimentos. El hecho de que fuera necesario fijarse tanto para intentar ver los hilos demuestra que no se trataba de un experimento en el que el fraude estuviera excluido por el propio diseño, sino más bien de una demostración libre. No eran investigaciones científicas, sino una especie de espectáculo, donde entre el “público” había personas de todo tipo, incluidos científicos. Espectáculos de este tipo se realizan con gran éxito en todo el mundo todos los días, en las presentaciones de los ilusionistas.

El argumento sobre la seguridad subjetiva de los participantes en los experimentos —de que no había hilos, imanes, ni engaños, o de que no fueron víctimas de un fraude— es completamente insostenible y, desde nuestro punto de vista, no debería seguir siendo parte del discurso sobre la historia de Kulagina.

  1. Kulagina a menudo demostraba sus habilidades en presencia de un gran número de personas y con una iluminación intensa. ¡En esas condiciones es imposible engañar!

Se trata de una afirmación infundada, que no tiene base alguna. Cada día, los ilusionistas de todo el mundo hacen exactamente eso: muestran sorprendentes trucos ante grandes grupos de personas y con iluminación brillante. Muchos magos trabajan no en un escenario, sino sentados a la mesa junto a sus espectadores. Ese género se llama “micromagia” y se diferencia de las ilusiones escénicas por su trabajo con objetos pequeños.

La intensidad de la iluminación, por sí sola, no tiene importancia. Lo que importa más es el color de la mesa y el color de la ropa que llevaba Kulagina durante el experimento. Es sobre ese fondo donde el hilo no debe ser visible. Y los nudos son cubiertos inmediatamente por los objetos y permanecen a la vista durante el mínimo tiempo posible. 

  1. Kulagina demostró varios efectos, por lo tanto, su explicación "fraudulenta" del movimiento a distancia  no significa nada.

Este razonamiento es frecuente y resulta particularmente extraño, ya que más que ningún otro habla en favor de la versión del simple fraude.

En primer lugar, la existencia de varios efectos de ningún modo invalida la explicación de uno de ellos.

En segundo lugar, muchos “psíquicos” disponen de varios trucos. El célebre Uri Geller, completamente desenmascarado sin dejar margen de duda, utilizaba principalmente cinco trucos: doblaba cucharas (supuestamente con el poder de la mente), hacía funcionar relojes viejos (supuestamente con el poder de la mente), reproducía un dibujo ajeno (supuestamente con el poder de la mente). Dos de estas demostraciones las realizaba de un par de maneras distintas; de ahí surgen los cinco trucos.

Que Kulagina no se limitara a un solo truco no resulta sorprendente: es típico y, además, conveniente. Si algo no funciona, siempre se puede intentar otra cosa y seguir siendo considerada una misteriosa psíquica.

Kulagina adquiría nuevas “habilidades” con bastante rapidez. Por ejemplo, aprendió a mover la aguja magnética de una brújula en el plazo de una semana, después de que L. L. Vasíliev le mostrara una película parapsicológica en la que otro “psíquico” hacía exactamente lo mismo. De ello habla con detalle V. Kulagin en el libro El fenómeno K.


En tercer lugar, la existencia de capacidades tan diversas es problemática. Y aunque los partidarios de lo paranormal encuentran enseguida distintas explicaciones asombrosas, desde un punto de vista estrictamente investigativo resulta muy difícil relacionar la capacidad de mover objetos con la de “ver” letras y cifras estando de espaldas, con la de influir en la aguja de una brújula, así como con la de “estructurar” el agua y desviar un rayo láser. No se trata simplemente de diferentes habilidades, sino de un conjunto de anomalías inconexas entre sí. Todo esto sugiere más bien una serie de trucos, antes que una hipótesis sobre capacidades inusuales del organismo humano. Además, varias de las demostraciones de Kulagina fueron también presentadas por otros “psíquicos”: telequinesis, velado de películas fotográficas, adivinación de letras y de números.

En cuarto lugar, entre esos varios efectos, al menos uno se explica con tal certeza como fraude (la lectura de carteles estando de espaldas a ellos) que pone en duda todas las demás “habilidades” de Kulagina. Una persona que engaña de manera tan evidente y descarada en un caso, atribuyéndose facultades paranormales, debe generar una desconfianza aún mayor en otros casos.

Al mismo tiempo, las personas que realizaron los experimentos y se dejaron engañar de modos tan evidentes también suscitan dudas respecto de su competencia investigativa.

Y, por último, en quinto lugar, toda una serie de efectos que Kulagina supuestamente demostró está pobremente documentada y se mezcla con leyendas, recordando más bien la típica mitificación que invariablemente rodea a este tipo de “milagreros”. En su libro El fenómeno “K”, el esposo de Kulagina le atribuyó prácticamente todas las capacidades imaginables e inimaginables, incluidas la curación de enfermedades y la estructuración del agua. Por supuesto, no se nos presentan pruebas de ello y, en el mejor de los casos, ese cúmulo de anomalías se basa en experimentos mal planteados y jamás verificados, realizados en el apartamento de Gulyaev y Kobzarev (véase el argumento 15). 

  1. Kúlaguina podía provocar quemaduras. ¿Cómo podía ser eso posible?

Hay efectos que están documentados en video, pero que resultan impresionantes solo en el contexto de las leyendas que los rodean.

Se afirma que Kúlaguina podía causar quemaduras en la mano de una persona simplemente tocándola. En los videos, sin embargo, vemos a personas que dicen que supuestamente “les arde”. Este efecto se explica fácilmente por sensaciones somáticas. Cuando a una persona se le dice que alguien puede producir quemaduras y luego ese alguien comienza a hacerlo, incluso si la persona mantiene una actitud escéptica, puede experimentar toda clase de sensaciones. No hay nada inusual en ello.

Sin embargo, el proceso mismo de la formación de la quemadura no se ve en ninguno de los videos. Todo eso queda fuera de cuadro. Tampoco vemos ningún experimento verdaderamente científico, ninguna medición de los procesos reales que ocurren en el organismo de la persona sobre la que actúa la psíquica. Tampoco se nos proporcionan datos sobre cuántas personas sintieron ardor y cuántas no. Tal vez en el video solo veamos un par de casos en los que alguien sintió algo, mientras que todos los demás no sintieron nada y no fueron incluidos en la filmación.

Y. B. Kobzariov afirma que al día siguiente aparecieron quemaduras reales en la mano de uno de los participantes del experimento. Sin embargo, Kobzariov no presentó ninguna prueba. En general, Kobzariov es fuente de todo tipo de historias sobre Kúlaguina, pero, como se muestra en el argumento 15, en lo referente a Kúlaguina no puede considerarse una fuente de información confiable.

  1. Kúlaguina podía quemar un hilo. ¿Cómo podía hacerlo?

Existe un episodio con un hilo en el que Kúlaguina supuestamente lo quema con fuerzas desconocidas. Hay varias maneras de lograrlo, incluso con la ayuda de ciertos productos químicos. Se puede aplicar una sustancia sobre el hilo y otra sobre las manos, y luego el contacto provoca una reacción química. También hay varios modos de obtener este efecto mediante destreza manual. En el video solo se muestra el resultado final; no vemos todo el proceso: qué tipo de hilo se usó, quién lo entregó, cuánto duró el experimento, si se vigiló constantemente a Kúlaguina, y así sucesivamente. Por eso, resulta difícil decir algo concreto.

  1. Kúlaguina hacía girar una aguja magnética. ¿Cómo podía hacerlo?

Según la comisión del VNIIM, descubrieron que Kúlaguina utilizaba imanes. Pero incluso lo que se ve en las grabaciones de video sugiere precisamente esa explicación. En el mismo video en el que Kúlaguina mueve objetos bajo una campana de vidrio, también mueve la aguja de una brújula. Al mismo tiempo, la brújula está colocada sobre un taburete que Kúlaguina tiene sobre las rodillas, y ella se inclina sobre la brújula con todo el cuerpo. La mujer pasa el pecho sobre la brújula, y la aguja se mueve inmediatamente. Los “investigadores” levantan el taburete por alguna razón, pero nadie revisa si la mujer lleva imanes bajo la ropa.

  1. Si Kúlaguina movía objetos con un hilo, ¿para qué necesitaba además imanes?

Tener varios trucos siempre es conveniente. Si no resulta posible usar hilos, siempre se puede mostrar al menos una brújula. En esencia, estamos ante dos trucos diferentes que solo parecen el mismo efecto vistos desde fuera. Los ilusionistas suelen usar este mismo recurso cuando se les pide repetir un número. En tales casos, cambiar el método es sumamente recomendable.

Pero hay otra posible razón. Según las descripciones de algunas demostraciones, Kúlaguina “se preparaba” utilizando una brújula. Si la aguja se movía, entonces procedía a actuar sobre otros objetos. Desde nuestro punto de vista, eso podía hacerse para desviar la atención. Los científicos, poco acostumbrados a pensar en cosas como hilos, se concentraban en los imanes y olvidaban todo lo demás. El resultado es evidente: la mayoría de los científicos elaboraban complejas hipótesis sobre liberaciones de histamina, cargas electromagnéticas y otros fenómenos exóticos, sin mencionar la solución más simple.

Continúa en la parte II 

 



3.11.25

La epidemia de baile de 1518

 

     Detalle de un grabado de 1642 de Hendrik Hondius, basado en el dibujo de 1564 de Peter Breughel que representa a los afectados por una epidemia de baile que ocurrió en Molenbeek ese año

 La plaga de baile de 1518  (traducido del original en The Public Domain Review)

Por Ned Pennant-Rea

Hace quinientos años, en julio, una extraña manía se apoderó de la ciudad de Estrasburgo, en la actual Francia. Cientos de ciudadanos se sintieron compelidos a bailar, aparentemente sin razón alguna — moviéndose en estado de trance durante días, hasta caer inconscientes o, en algunos casos, hasta fallecer. Ned Pennant-Rea relata uno de los eventos más extraños de la historia.

Sobre un escenario construido en forma apresurada frente al concurrido mercado de caballos de Estrasburgo, decenas de personas bailan al son de flautas, tambores y cuernos. El sol de julio cae fuertemente sobre ellos mientras saltan de una pierna a otra, giran en círculos y gritan con fuerza. Desde la distancia podrían parecer juerguistas de carnaval. Sin embargo, una inspección más cercana revela una escena más perturbadora. Sus brazos se agitan violentamente y sus cuerpos se convulsionan espasmódicamente. Ropas andrajosas y rostros demacrados están empapados en sudor. Sus ojos están vidriosos, ausentes. La sangre se filtra de los pies hinchados hacia las botas de cuero y los zuecos de madera. Estos no son juerguistas sino "coreomaníacos", completamente poseídos por la manía del baile.

A plena vista del público, este es el punto culminante de la coreomanía o manía de bailar que atormentó a Estrasburgo durante un mes de pleno verano en 1518. También conocida como la "plaga de baile", fue la más mortal y mejor documentada de los más de diez contagios de este tipo que habían estallado a lo largo de los ríos Rin y Mosela desde 1374. Numerosos relatos de los extraños acontecimientos que se desarrollaron ese verano pueden encontrarse dispersos en diversos documentos contemporáneos y crónicas compiladas en las décadas y siglos posteriores. Una crónica del siglo XVII del jurista de Estrasburgo Johann Schilter cita un poema manuscrito ahora perdido:

Muchos cientos en Estrasburgo comenzaron a bailar y brincar, mujeres y hombres, en el mercado público, en callejones y calles, día y noche; y muchos de ellos no comieron nada hasta que por fin la enfermedad los abandonó. Esta aflicción fue llamada baile de San Vito.1

Otra crónica de 1636 relata un desenlace menos feliz:

En el año 1518 D.C. . . . ocurrió entre los hombres una enfermedad notable y terrible llamada baile de San Vito, en la cual los hombres en su locura comenzaron a bailar día y noche hasta que finalmente cayeron inconscientes y sucumbieron a la muerte.2

El médico y alquimista Paracelso visitó Estrasburgo ocho años después de la plaga y quedó fascinado por sus causas. Según su Opus Paramirum, y varias crónicas coinciden, todo comenzó con una mujer. Frau Troffea había comenzado a bailar el 14 de julio en la estrecha calle empedrada frente a su casa de entramado de madera. Por lo que podemos determinar, no tenía acompañamiento musical sino que simplemente "comenzó a bailar".3 Ignorando las súplicas de su esposo de que se detuviera, continuó durante horas, hasta que el cielo se oscureció y ella se derrumbó, presa de un agotamiento abrumador. A la mañana siguiente se levantó nuevamente sobre sus pies hinchados y comenzó a bailar antes de que la sed y el hambre pudieran manifestarse. Para el tercer día, personas de una gran y creciente variedad — vendedores ambulantes, cargadores, mendigos, peregrinos, sacerdotes, monjas — estaban absortas contemplando el espectáculo impío.

La manía poseyó a Frau Troffea durante entre cuatro y seis días, momento en el cual las aterradas autoridades intervinieron enviándola en un carro treinta millas hasta Saverne. Allí podría ser curada en el santuario de Vito, el santo que se creía la había maldecido. Pero algunos de quienes habían presenciado su extraña actuación habían comenzado a imitarla, y en cuestión de días más de treinta coreomaníacos estaban en danza , algunos de manera tan obsesiva que solo la muerte tendría el poder de detenerlos.


 Grabado alemán del siglo XVII aproximadamente que representa una danza histérica en un cementerio. Obsérvese el brazo amputado que empuña el hombre situado a la izquierda del círculo

 Cuanto más ciudadanos afligía esta plaga inusual, más desesperado se volvía el consejo privado por controlarla. El clero sostenía que era obra de un San Vito vengativo, pero los consejeros escucharon en cambio al gremio de médicos, que declaró que la danza era "una enfermedad natural, que proviene de sangre sobrecalentada."4 Según la teoría humoral, los afligidos debían por tanto ser sangrados. Sin embargo, los médicos recomendaron en cambio el tratamiento dado a víctimas anteriores de esta extraña enfermedad. Debían bailar para liberarse de ella. Una crónica del siglo dieciséis compuesta por el arquitecto Daniel Specklin registra lo que el consejo hizo a continuación.5 Se ordenó a carpinteros y curtidores transformar sus salones gremiales en pistas de baile temporales, y "montar plataformas en el mercado de caballos y en el mercado de granos" a plena vista del público. Para mantener a los malditos en movimiento y así acelerar su recuperación, se pagó a docenas de músicos para tocar tambores, violines, flautas y cornos, y se trajeron bailarines sanos para mayor aliento. Las autoridades esperaban crear las condiciones óptimas para que la danza se agotara por sí misma. 

El resultado fue terrible. Al estar más inclinados a una explicación sobrenatural que médica de la danza, la mayoría de los espectadores vio en los movimientos frenéticos una demostración de la magnitud de la furia de San Vito. Como ninguno estaba libre de pecado, muchos fueron atraídos a la manía. La crónica de la familia Imlin registra que en un mes la plaga había capturado a cuatrocientos ciudadanos.6


 Detalle de una copia en papel azul del dibujo de Peter Breughel de 1564 que representa a los afectados por una epidemia de baile que se produjo en Molenbeek ese año.


 Detalle de un grabado de 1642 de Hendrik Hondius, basado en un dibujo de Peter Breughel de 1564 sobre una epidemia de baile que se produjo en Molenbeek ese año

El consejo privado ordenó que se derribaran los escenarios. Si los coreomaníacos debían continuar sus movimientos perturbadores, entonces ahora debían hacerlo fuera de la vista. El consejo fue más allá, prohibiendo casi toda danza y música en la ciudad hasta septiembre. Esto no era poca cosa para una cultura en la que la danza comunal era central — desde burgueses erguidos ejecutando sus pasos contenidos y delicados en la llamada bassadanza, hasta campesinos cargados de cerveza saltando con vigoroso abandono para desahogarse.7 Sebastian Brant, un canciller de Estrasburgo y autor de La nave de los locos (1494), detalló la excepción a la prohibición: "si personas honorables desean bailar en bodas o celebraciones de primera misa en sus casas, pueden hacerlo usando instrumentos de cuerda, pero tienen en su conciencia no usar panderetas y tambores."8 Presumiblemente se consideraba que las cuerdas eran menos propensas que la percusión a provocar la manía. 

Además, el consejo ordenó que los peor afligidos fueran metidos en carretas y llevados en el viaje de tres días al santuario de San Vito, donde Frau Troffea había sido curada. Los sacerdotes colocaron a los coreomaníacos, que presumiblemente aún se sacudían como peces en tierra, debajo de una talla de madera de Vito. Pusieron pequeñas cruces en sus manos y zapatos rojos en sus pies. En las suelas y las partes superiores de estos zapatos, rociaron agua bendita y pintaron cruces de aceite consagrado.9 Este ritual, llevado a cabo en una atmósfera densa de incienso y cánticos en latín, tuvo el efecto deseado. Pronto llegaron noticias a Estrasburgo y más fueron enviados a Saverne para ser perdonados por Vito. En una semana aproximadamente, la corriente de peregrinos sufrientes había disminuido a un goteo. La plaga danzante había durado más de un mes, desde mediados de julio hasta finales de agosto o principios de septiembre. En su punto máximo, hasta quince personas morían cada día. El recuento final es desconocido, pero si tal tasa de mortalidad diaria era cierta, podría haber sido de cientos. Si no fue un santo enojado o sangre sobrecalentada, entonces ¿qué causó la plaga danzante? 

En opinión de Paracelso, la maratón de baile de Frau Troffea era una estratagema para avergonzar a Herr Troffea: "Para hacer el engaño lo más perfecto posible, y realmente dar la impresión de enfermedad, saltó y cantó, lo cual fue todo muy desagradable para su marido."10 Al ver el éxito del truco, otras mujeres comenzaron a bailar para molestar a sus maridos también, impulsadas por pensamientos "libres, lascivos e impertinentes". Este tipo de manía danzante fue clasificado por Paracelso como Chorea lasciva (causada por deseos voluptuosos, "sin miedo ni respeto"), que se situaba junto a Chorea imaginativa (causada por la imaginación, "por rabia y juramentos"), y Chorea naturalis (una forma mucho más leve, causada por causas corporales) como las tres formas principales de la condición.11 Aunque el famoso iconoclasta Paracelso sí, merece crédito por ubicar la causa de la enfermedad en las mentes de los coreomaníacos en lugar de en el cielo, también era un misógino cuyo diagnóstico parece algo ridículo ahora.

 Retrato de Paracelso, según Quentin Matsys, ca. 1530

Varios historiadores modernos han argumentado que las plagas danzantes de la Europa medieval fueron causadas por el cornezuelo, un moho alterador de la mente que se encuentra en los tallos de centeno húmedo, y que puede causar espasmos, sacudidas y alucinaciones — una condición conocida como Fuego de San Antonio. Sin embargo, el historiador John Waller ha desacreditado la hipótesis del cornezuelo en su brillante libro sobre la plaga danzante, A Time to Dance, a Time to Die (2009). Sí, el cornezuelo puede causar convulsiones y alucinaciones, pero también restringe el flujo sanguíneo a las extremidades. Alguien envenenado por él simplemente no podría bailar durante varios días seguidos. 

La explicación de Waller sobre la plaga danzante emerge de su profundo conocimiento del entorno material, cultural y espiritual de la Estrasburgo del siglo dieciséis. Abre su libro con una cita de A History of Madness in Sixteenth-Century Germany (1999) de H. C. Erik Midelfort: Las locuras del pasado no son entidades petrificadas que pueden ser arrancadas sin cambios de sus nichos y colocadas bajo nuestros microscopios modernos. Aparecen, quizás, más como medusas que colapsan y se secan cuando son removidas del agua de mar circundante.12 

Según Waller, los pobres de Estrasburgo estaban preparados para una epidemia de danza histérica. En primer lugar, había precedente. Cada plaga danzante europea entre 1374 y 1518 había ocurrido cerca de Estrasburgo, a lo largo del borde occidental del Sacro Imperio Romano. Luego estaban las condiciones imperantes. En 1518, una serie de malas cosechas, inestabilidad política y la llegada de la sífilis habían inducido una angustia extrema incluso para los estándares de la temprana modernidad. Este sufrimiento se manifestó como danza histérica porque los ciudadanos creían que podía hacerlo. Las personas pueden ser extraordinariamente sugestionables, y una convicción firme en la venganza de San Vito fue suficiente para que esta les fuera infligida. "Las mentes de los coreomaníacos fueron atraídas hacia adentro," escribe Waller, "sacudidas en los mares violentos de sus miedos más profundos."13

Detalle de una pintura basada en el dibujo de Peter Breughel de 1564 sobre una epidemia de baile que se produjo en Molenbeek ese año. 

Una manera de comprender la plaga danzante es considerar los estados de trance que las personas alcanzan en la actualidad. En culturas alrededor del mundo, incluyendo Brasil, Madagascar y Kenia, las personas entran en trances deliberadamente durante ceremonias o involuntariamente durante períodos de estrés extremo. Una vez en trance, su percepción del dolor y el agotamiento queda al margen. Waller describe la propagación de la plaga danzante como un ejemplo de contagio psíquico, y traza un paralelo con la epidemia de risa que envolvió una región de Tanganica (actual Tanzania) en el tenso año postcolonial de 1963. Cuando a un par de niñas en una escuela misionera local les dio la risa, sus amigas las siguieron hasta que dos tercios de las alumnas estaban riendo y llorando sin control, y toda la escuela tuvo que ser cerrada. Una vez en casa, las alumnas "infectaron" a sus familias y pronto pueblos enteros fueron consumidos por la histeria. Los médicos registraron varios cientos de casos, con una duración promedio de una semana. 

Por supuesto, las plagas danzantes tienen otro paralelo — la cultura rave moderna. Aunque usualmente sin los pies ensangrentados y las súplicas de misericordia de nuestros coreomaníacos del siglo dieciséis, y a menudo con un poco de ayuda química, no es raro que los asistentes a fiestas bailen durante días con poco descanso, renunciando al sueño y la comida, a veces moviendo sus pies con gracia y equilibrio, y a veces saltando sin ninguno. Si uno de tales juerguistas fuera transplantado al escenario del mercado de caballos de la Estrasburgo de la temprana modernidad hace medio milenio, podría no sentirse completamente fuera de lugar.

Ned Pennant-Rea es un editor y escritor londinense. Le gusta la literatura moderna temprana y escribió su tesis de maestría sobre los animales en los ensayos de Montaigne.

28.10.25

Häxan: La brujería a través de los tiempos (1922)

 


La reseña que sigue es una traducción del original en inglés de The Public Domain Review

Conocida en inglés como The Witches o Witchcraft Through the Ages, Häxan es una película sueco-danesa, una curiosa y pionera mezcla de documental y cine mudo de terror , escrita y dirigida por Benjamin Christensen

Mientras que la mayoría de las películas del período eran adaptaciones literarias, el enfoque de Christensen fue único: basó su película en obras de no ficción, principalmente el Malleus Maleficarum, un tratado del siglo XV sobre brujería que encontró en una librería de Berlín, así como en varios otros manuales, ilustraciones y tratados sobre brujas y caza de brujas (una extensa bibliografía fue incluida en el programa original del estreno de la película). Sobre las adaptaciones literarias, Christensen comentó: "En principio estoy en contra de estas adaptaciones... Busco encontrar el camino dirigiéndome hacia películas que sean originales". En cambio, Häxan fue concebida, como se indica en los créditos iniciales, como una "presentación desde un punto de vista cultural e histórico en siete capítulos de imágenes en movimiento"

Mientras que la mayor parte del formato de la película, con sus escenas dramáticas interpretadas por actores (incluyendo al propio Christensen en el papel del diablo), habría resultado suficientemente familiar para los espectadores de cine de la época (aunque impactante en contenido), el primer capítulo, de 13 minutos de duración, es otra historia. Con su estilo documental y tono académico —presentando varias fotografías de estatuaria, pinturas y grabados en madera— habría resultado totalmente novedoso: un estilo de conferencia ilustrada proyectada que no se volvería popular hasta muchos años después. 

De hecho, la película quizás podría reclamar con fundamento ser el primer documental de la historia (un reconocimiento normalmente reservado para el estudio etnográfico de Robert J. Flaherty de 1922 titulado Nanook of the North). Reportada como la película más costosa de la era del cine mudo sueco, Häxan fue efectivamente prohibida en Estados Unidos y fuertemente censurada en otros países. En 1968, fue estrenada una versión abreviada del film. Titulada Witchcraft Through the Ages, presentaba una ecléctica partitura de jazz de Daniel Humair y narración dramática de William S. Burroughs, de voz maravillosamente grave.

El enlace al video de Internet archive que está  subtitulado en inglés , está acá . En cambio, un enlace a la película subtitulada en castellano está acá.

21.10.25

El papel de las creencias paranormales en el afrontamiento de la incertidumbre

 

 

Este artículo pulicado por The Conversation me parece introductorio en un sentido particular. No quiero decir que sea un artículo "básico", sino que introduce al lector a reflexionar sobre el papel que, de hecho, desempeñan las creencias en lo paranormal para ciertas personas en determinados casos. Si eso es bueno o malo, es otra cuestión. El texto está basado en investigaciones sugerentes (señaladas en los enlaces), por lo que no se trata de afirmaciones caprichosas o especulativas. De hecho, aunque la refutación de tales fenómenos supuestamente "paranormales"  es algo necesario, decididamente no agota la perspectiva para tratar de entender por qué algunas personas creen en cosas extrañas. 

 

Cómo las creencias paranormales ayudan a las personas a afrontar tiempos inciertos

 escrito por  y 

 

Según revelan ciertos estudios académicos, las creencias paranormales generan una sensación de control, predictibilidad y confort durante períodos de incertidumbre,. Sin embargo, esto no explica por qué resultan más atractivas para algunas personas que para otras, aunque investigaciones recientes comienzan a ofrecer respuestas sobre qué hace que ciertas personas se sientan tan inclinadas por lo paranormal.

Las creencias paranormales son convicciones en conceptos que trascienden lo que la ciencia convencional puede explicar, como los fantasmas o las habilidades psíquicas. Las encuestas muestran que un número significativo de personas en Estados Unidos y el Reino Unido —entre aproximadamente un tercio y el 50%— sostienen este tipo de cogniciones.

Nuestro estudio reciente acerca del tema encontró que quienes se sienten impotentes o inseguros tienen mayor probabilidad de creer en lo sobrenatural. Esto se debe probablemente a la forma en que nuestros cerebros procesan la incertidumbre. Cuando enfrentamos eventos que escapan a nuestro control, nuestras mentes buscan patrones y explicaciones.

Las creencias paranormales constituyen narrativas estructuradas que transforman eventos aleatorios en sucesos aparentemente intencionados. La astrología, por ejemplo, vincula los movimientos planetarios con experiencias personales, brindando a sus seguidores una manera de comprender sus vidas. También las personas depositan su fe en teorías conspirativas por motivos similares.

Una razón fundamental por la que las personas acuden a ese tipo de creencias es para enfrentar la ansiedad respecto a la existencia. Reconocer que la vida es impredecible y finita puede resultar perturbador. Las creencias sobrenaturales ofrecen consuelo al sugerir que un poder superior controla el destino humano.

Esta percepción otorga a la vida un sentido de propósito y significado. Las historias sobre fantasmas y la comunicación con los muertos ayudan a las personas a sentirse conectadas con sus seres queridos fallecidos. Así, el pensamiento sobrenatural les permite enfrentar los temores sobre lo desconocido.

Creer en lo paranormal puede brindar consuelo a algunos, pero resulta contraproducente en ciertas situaciones. Por ejemplo, una creencia profunda en fuerzas sobrenaturales podría llevar a alguien a atribuir sus problemas a dichas fuerzas en lugar de buscar soluciones prácticas. De hecho, nuestra investigación reciente identificó que la creencia en fuerzas sobrenaturales externas que ejercen control, como dioses o el destino, se asocia con angustia. En éste caso, este tipo de creencia refleja una pérdida de control personal.

En contraste, nuestro estudio reciente demostró que la creencia en fenómenos paranormales centrados en la espiritualidad personal, como la manifestación, no se asocia con estrés. Esto parece deberse a que estas creencias enfatizan el control personal y la construcción de significado.

Nota: aquí " manifestación" refiere a la creencia de que las personas pueden materializar o atraer hacia sus vidas aquello que desean (por ejemplo éxito, amor, dinero, salud) mediante el poder del pensamiento, la visualización, las afirmaciones positivas o la "energía" personal

Las creencias paranormales también reciben influencia de atajos mentales que moldean nuestra percepción del mundo. El reconocimiento de patrones constituye un buen ejemplo: las personas perciben conexiones en eventos aleatorios. Esto explica por qué vemos rostros en las nubes o por qué alguien interpreta una serie de eventos negativos como señal de que está maldito.

Otro sesgo común surge cuando las personas creen que pueden influir en cosas fuera de su control. Conocido como la ilusión de control, un estudio de 2024 reveló que este sesgo también se manifiesta en el ámbito de la salud, como cuando se cree en tratamientos o curas médicas sin fundamento. Los investigadores encontraron que las creencias ilusorias sobre la salud se correlacionaban positivamente con la creencia en pseudociencia y negativamente con el escepticismo.

 

Influencias culturales y sociales

La cultura y la sociedad pueden reforzar las creencias paranormales. La manera en que los medios representan eventos sobrenaturales influye en cómo las personas los perciben. Las películas de terror y los programas televisivos frecuentemente muestran seres sobrenaturales interactuando con el mundo real. Las redes sociales amplifican aún más estas ideas, permitiendo que las personas compartan historias personales, videos y experiencias en línea. Estas publicaciones compartidas pueden fortalecer las creencias en lo paranormal.

Cuando las personas se encuentran rodeadas de otras que creen en lo sobrenatural, resulta más probable que consideren estas ideas como verdaderas. Las normas sociales moldean estas creencias al establecer expectativas sobre qué se considera aceptable o real dentro de una cultura. Si una sociedad acepta ampliamente ideas paranormales, aumenta la probabilidad de que las personas las adopten y refuercen.

Comprender el papel de las creencias paranormales puede ayudar a los investigadores a desarrollar una visión equilibrada de quienes las sostienen. En lugar de desestimar tales creencias, resulta importante reconocer su significado emocional y personal. Particularmente, cómo estas creencias moldean las perspectivas y mecanismos de afrontamiento de las personas. Aunque pueden no alinearse con la lógica o la evidencia, el consuelo que ofrecen posee un significado profundo para quienes las sostienen. Un estudio de 2024 encontró que las creencias paranormales no necesariamente se asociaban con un bienestar negativo y, por el contrario, estaban vinculadas con un sentido de significado en la vida.

La investigación ha demostrado que enseñar pensamiento crítico y alfabetización científica puede ayudar a las personas a distinguir entre prácticas espirituales beneficiosas y malentendidos perjudiciales. Fomentar el escepticismo y el pensamiento racional permite interactuar con el mundo de una manera que equilibra la esperanza con la razón.

Las creencias paranormales persisten porque satisfacen necesidades psicológicas profundas. Comprender por qué las personas creen en lo sobrenatural puede conducir a discusiones más compasivas y ayudarlas a encontrar mejores estrategias para manejar la incertidumbre. Crea o no alguien en fantasmas, la necesidad de estabilidad y consuelo es universal y compartida por todos los seres humanos.

13.10.25

El parapsicólogo que jugó a ser fantasma y ayudó a entender por qué no vemos lo evidente


En 1960, el parapsicólogo británico Anthony Donald Cornell, vinculado a la Universidad de Cambridge, llevó a cabo una serie de experimentos peculiares. Su objetivo era estudiar las llamadas "experiencias aparicionales", es decir, la percepción de presuntos fantasmas. Para ello, no recurrió a relatos de testigos ni a casas encantadas, sino que decidió convertirse él mismo en "fantasma" y observar cómo reaccionaban los demás.

La historia de estos curiosos "cuasi experimentos" y cómo se vinculan con la génesis del ahora ampliamente aceptado concepto  de "ceguera inatencional" es contada por el psicólogo experimental Matthew Tompkins en un artículo de la BBC. El original está aquí. 

 
Primer prueba: Apariciones en un pastizal de vacas

El primer escenario elegido por el investigador para sus "experimentos" fue un pastizal cercano al King’s College (una universidad pública ubicada en Londres) Cornell, cubierto con una sábana blanca, aparecía y desaparecía bruscamente como si apareciera de la nada, realizando una especie de coreografía entre montículo y montículo de tierra. Ubicó asistentes de investigación a lo largo del camino para observar a los desprevenidos transeúntes que, sin embargo, no parecieron notarlo. Solo las vacas del lugar, según él mismo refirió, observaron con atención esas apariciones.


Segunda prueba: Apariciones en un cementerio

Ante este fracaso, trasladó su experimento al cementerio de la iglesia de St. Peter, un lugar más acorde para la percepción de fenómenos paranormales. Dado que el cementerio lindaba con una calle, el equipo tomó precauciones de seguridad adicionales. Esta vez, los asistentes del investigador no solo estaban presentes para observar; estaban listos para intervenir para "evitar cualquier accidente", resultante de la histeria ante la visión de las apariciones . Unos 142 peatones, ciclistas y automovilistas pudieron haberlo visto. Sin embargo, sólo cuatro dijeron haber notado algo, y todos lo interpretaron como el disfraz de un excéntrico o un estudiante de arte envuelto en una manta ensayando una actuación. Cornell incluso intentó llamar la atención emitiendo gemidos, pero nadie lo reconoció como una aparición.

Dos testigos, al ser interrogados , se dieron cuenta de que la “aparición experimental” probablemente pretendía simular un evento paranormal, pero señalaron que el efecto se arruinó porque "pudimos ver sus piernas y pies y supimos que era un hombre vestido con una sábana blanca".

Tercer prueba: Apariciones en un cine

Al reflexionar sobre las razones de sus fracasos anteriores, Cornell consideró que era necesario que los posibles testigos concentraran su atención en el lugar donde ocurriría la aparición, por lo que decidió llevar a cabo su experimento en un cine. Sin embargo, como le preocupaba que sus apariciones pudieran aterrorizar a los niños que pudiera haber, optó por realizarlo en una sala que proyectara películas clasificadas para adultos.


Tampoco era conveniente que el público estuviera demasiado absorto en la película, así que eligió realizar su «experimento» durante los minutos previos a la proyección, es decir, en el tramo de los tráilers o publicidades.


La "aparición experimental" fue claramente visible durante aproximadamente 50 segundos mientras cruzaba frente a la pantalla. Seis asistentes de investigación, distribuidos estratégicamente entre el público, observaban atentamente cualquier reacción.


Al concluir su «pasaje aparicional» y antes de que comenzara la película, Cornell —esta vez sin la sábana— reapareció en la sala con un micrófono para interrogar al público sobre lo que acababa de ocurrir.


Sin embargo, una vez más, el experimento fue un fracaso.


Nadie en la audiencia reportó nada remotamente paranormal. Muchos no percibieron nada inusual: el 46 % de los encuestados no notó la «aparición fantasmal» cuando Cornell pasó frente a la pantalla por primera vez, y el 32 % permaneció completamente ajeno a su presencia. Incluso el proyeccionista, cuya labor incluía precisamente vigilar cualquier anomalía en la sala, declaró que no había advertido nada extraño.


Entre quienes sí vieron «algo», las descripciones fueron poco precisas: una persona dijo haber visto a una mujer con un abrigo; otra creyó haber visto un oso polar; y otra pensó que se trataba de una falla en el proyector. Solo una persona describió con exactitud a un hombre vestido con una sábana fingiendo ser un fantasma.  

Las conclusiones de Cornell

El investigador publicó sus "experimentos" y conclusiones en el Journal of the Society for Psychical Research 

en 1960. Concluyó que estos fracasos perceptivos se debían a la ausencia de un «Factor Psi sutil» o de una «estimulación telepática» que normalmente acompañaría a una aparición «auténtica». Llegó incluso a sugerir que el número real de «auténticas» apariciones podría estar considerablemente subestimado.

Por el contrario, el psicólogo experimental Matthew Tompkins, autor del artículo aquí reseñado, piensa que los resultados de Cornell anticiparon, sin proponérselo, una comprensión moderna de la mente que no tiene nada que ver con lo paranormal.


Cornell, precursor de los estudios cognitivos sobre ceguera inatencional

El autor nos recuerda el famoso estudio de Christopher Chabris y Daniel Simons , presentado en el libro "El gorila invisible" , en el que se les propuso a los espectadores de una escena de baloncesto una tarea específica: contar los pases que se daban entre los jugadores vestidos de blanco. Mientras realizaban esta tarea, aparecía repentinamente un gorila que entraba en escena, se detenía en el centro, se golpeaba el pecho y luego salía. Sorprendentemente, cerca de la mitad de los espectadores no notó nada inusual, ya que estaban completamente concentrados en contar los pases.

En psicología cognitiva, este fenómeno se conoce como  "ceguera por falta de atención" (inattentional blindness).

El término fue acuñado por primera vez en 1998 por los psicólogos Irving Rock y Arian Mack, quienes demostraron que, cuando los observadores están enfocados en una tarea —en sus experimentos originales, la identificación de figuras geométricas simples presentadas en monitores de computadora—, pueden volverse funcionalmente ciegos ante objetos o sucesos inesperados. Simons y Chabris ampliaron este concepto con su célebre experimento del gorila.


Desde entonces, como señala Matthew Tompkins, la investigación sobre la atención ha proliferado, generando numerosos informes sobre «cosas vistas pero no notadas», que incluyen motocicletas, agresiones simuladas, piratas e incluso payasos montados en monociclo.


Para el psicólogo experimental, el paradigma de Cornell presenta varios paralelismos con el juego de baloncesto: observar los tráilers en el cine equivale, en cierto modo, a la tarea de contar pases, y la «aparición experimental» funciona como un «gorila» perfecto. Esto sugiere que los resultados de Cornell constituyen, posiblemente, una de las primeras demostraciones —aunque inadvertida— de ceguera por desatención.


Aunque hoy en día este fenómeno está sólidamente establecido en la comunidad científica, la mayoría de las personas no suelen ser conscientes de su existencia. Encuestas recientes han mostrado que la mayoría cree firmemente que notaría cualquier objeto o evento inesperado, incluso si estuviera concentrada en otra cosa.

Concluye el artículo de Tompkins con la siguiente reflexión:

"La investigación continua sobre la ceguera por desatención podría tener implicaciones importantes en ámbitos del mundo real, como la seguridad, la publicidad, la seguridad vial y los testimonios de testigos presenciales. Pero, mirando hacia atrás, resulta interesante que Cornell lograra —de forma totalmente involuntaria— diseñar y llevar a cabo un experimento tan perfectamente adecuado para demostrar este fenómeno". 

20.9.25

"La marca de la bestia” : el movimiento antivacunas de la Gran Bretaña georgiana (1714 - 1837)

 

 Grabado en color de James Gillray, 1803, que representa a Edward Jenner vacunando a pacientes que posteriormente desarrollan características de vacas

 

“La marca de la bestia” El movimiento antivacunas de la Gran Bretaña georgiana

Niños con rostro de buey, ancianas con cuernos y mentes agrietadas: estas eran algunas de las terribles características que se atribuían a la vacuna de Edward Jenner contra la viruela. Al presentar a los primeros movimientos antivacunas, Erica X Eisen analiza el significado de "vacca" en la primera vacuna, explorando su origen bovino y el temor generalizado de que la inmunización provocara efectos secundarios atroces.

  
 
 Ilustración de un niño vacunado con rostro de buey, un ejemplo de los supuestos efectos secundarios bovinos de la vacuna contra la viruela, tal como aparece en "Cow-Pox Inoculation" (1805) del doctor William Rowley
 
 

Desde la primera página del folleto del doctor William Rowley, un niño con rostro de buey miraba fijamente, con unos ojos extrañamente alargados: uno de ellos inyectado en sangre y el otro sano. Su mejilla derecha aparecía enrojecida, mientras que el lado izquierdo de su rostro estaba tan desproporcionadamente hinchado que alteraba por completo sus facciones.

Varias páginas más adelante, se mostraba el retrato de la niña de la sarna, una pequeña de quizás cuatro años, que miraba a los lectores con expresión lastimosa. Su piel, desde la mejilla hasta la cadera, estaba cubierta de racimos de llagas de aspecto doloroso.

Según se advertía en el texto que acompañaba estas ilustraciones, estas afecciones —y (supuestamente) las de miles de otros niños en Gran Bretaña— no eran síntomas de ninguna enfermedad humana natural, sino consecuencia de la recién desarrollada vacuna contra la viruela. Rowley afirmaba que esta exposición provocaba “enfermedades propias de bestias, de naturaleza y apariencia repulsivas, que afectaban al rostro, ojos y oídos, causando ceguera y sordera, mientras extendían su influencia devastadora por todo el cuerpo”.1

Rowley era una figura prominente en el movimiento anti-vacuna de la Inglaterra del siglo XIX, el precursor más antiguo de los anti-vacunas de hoy. Varios años antes de que Rowley publicara su virulento folleto, el descubrimiento de Edward Jenner de una vacuna contra la viruela había causado una revolución de salud pública y dado a luz al campo de la inmunología como disciplina — pero también llegó décadas antes de que la teoría de los gérmenes fuera conocida por los científicos. Como resultado, incluso aquellos que adoptaron la vacuna de Jenner carecían del marco conceptual necesario para entender precisamente cómo funcionaba. Esta brecha entre la evidencia y la explicación permitió que las dudas afloraran y se extendieran mientras el clero, miembros del parlamento, trabajadores e incluso doctores expresaban su oposición a la vacuna por motivos religiosos, éticos y científicos. Los partidarios de Jenner veían como su deber moral avanzar en la causa de una tecnología salvadora de vidas; sus oponentes sentían una obligación moral igualmente fuerte de detener la vacunación a toda costa. En las décadas siguientes al descubrimiento de Jenner, este conflicto se desarrollaría con amargura en los periódicos, en el arte e incluso en las calles mientras ambos bandos luchaban por el cuerpo y el alma de Gran Bretaña.

  

 La campaña del miedo de los anti-vacunas trascendió las fronteras de Gran Bretaña. En este grabado francés de alrededor de 1800 se ve a una especie de sirena enferma siendo llevada a la fuerza por un médico cabalgando una vaca y un farmacéutico empuñando una jeringa, y los niños, obviamente, miran todo el espectáculo, asustados.

 Viviendo como lo hacemos en una época en la que la aparición repentina de un nuevo virus ha alterado drásticamente los patrones normales de vida, puede ser difícil imaginar un entorno donde la enfermedad epidémica era la norma. Antes del advenimiento de la vacunación, la viruela estaba muy extendida, era mortal y prácticamente intratable dado el estado del conocimiento médico de la época. 

Aproximadamente un tercio de aquellos que contraían la viruela no sobrevivían; los que sí lo hacían a menudo portaban siniestros recordatorios de la enfermedad por el resto de sus vidas.[2] Podía dejar a las víctimas ciegas; podía alcanzar sus huesos y dejar las articulaciones y extremidades permanentemente deformadas. Y dejaba las caras de la gran mayoría de sus víctimas marcadas con los reveladores hoyos de viruela, a veces de forma severa: el historiador Matthew L. Newsome Kerr estima que “probablemente entre una cuarta parte y la mitad de la población [de Gran Bretaña] estaba visiblemente marcada de alguna manera por la viruela antes de 1800”.[3]

La sabiduría popular, mientras tanto, había observado desde hacía tiempo que aquellos que trabajaban estrechamente con el ganado poseían una extraña resistencia a la enfermedad incluso mientras esta devastaba las comunidades a su alrededor. Jenner, un médico rural, decidió someter esta idea a una prueba formal. En 1798, cortó una llaga en la mano de la ordeñadora Sarah Nelmes e inyectó la linfa resultante en el brazo del hijo de su jardinero, James Phipps. Una semana después, Jenner expuso al niño a la viruela para ver si se enfermaría: tal como Jenner había hipotetizado, el niño permaneció sano. Solo un año después, los primeros ensayos masivos de la vacuna contra la viruela ya estaban en marcha. (La piel preservada de la vaca Blossom, reside ahora en la biblioteca de St. George’s, una escuela de medicina en Londres).

                                        Aguafuerte en color de una lechera mostrando su mano con viruela bovina a Jenner, mientras un médico corpulento intenta convencer a un dandi para que se vacune, ca. 1800

 

La mano de Sarah Nelmes infectada de viruela bovina.

El experimento de Jenner había tenido éxito porque las extrañas llagas en la mano de Nelmes eran síntomas de la viruela bovina, una prima mucho menos peligrosa del virus de la viruela que causaba pústulas en las manos pero que generalmente dejaba a sus víctimas ilesas. Los dos patógenos eran lo suficientemente similares como para que la exposición a la viruela bovina preparara efectivamente las defensas del cuerpo contra la viruela humana también. Las infecciones de viruela bovina —y la inmunidad que venía con ellas— se transferían con frecuencia a los trabajadores lecheros después de que tocaban las ubres de animales infectados: de hecho, el nombre que Jenner eligió para esta terapia, vacunación, deriva en última instancia de la palabra latina para vaca (vacca). Y crucialmente, como Jenner demostró, la viruela bovina también podía transferirse cortando las llagas de un humano e inyectando el fluido en otra persona —el método llamado “de brazo a brazo”, que garantizaba un suministro virtualmente inagotable de la vacuna incluso en áreas urbanas lejanas al prado lechero más cercano.

Pero Jenner no habría podido explicar el funcionamiento de su descubrimiento si se le hubiera preguntado: en ese momento, se pensaba que la viruela se transmitía a través de aire envenenado, o miasma, y los mecanismos precisos de la respuesta inmune eran aún desconocidos para la ciencia. A medida que un número creciente de personas adoptaba la vacuna, la oposición comenzó a organizarse. Para estos escépticos, la misma noción de inyectar una sustancia que derivaba en última instancia de un animal enfermo en un humano sano parecía no solo absurda sino un peligro serio para la salud pública. El folleto alarmista de Rowley advertía que aquellos que recibían la vacuna se arriesgaban a desarrollar “males, manchas, úlceras y mortificación”, entre otras enfermedades “bestiales”.[4] Con la segunda edición de su folleto, una nueva ilustración entró en el museo de horror de las víctimas de la viruela bovina: Ann Davis, una mujer anciana que, tras recibir su dosis, supuestamente había desarrollado cuernos.

 Ann Davis, una mujer con viruela y cuernos que le crecían en la cabeza. Grabado de Thomas Woolnoth, 1806

 Otros se centraron en los supuestos efectos cognitivos de la viruela bovina: Halket admitió que los relatos lúgubres de Rowley eran quizás inverosímiles pero no obstante insistió en que los llamados “cuernos mentales y pezuñas hendidas brotan con demasiada frecuencia”, una metáfora de la “estupidez insuperable [que] se ha observado en algunos niños desde el momento en que fueron vacunados, ningún síntoma de lo cual apareció antes de ese momento”.[5] Uno de los oponentes más feroces de Jenner, Benjamin Moseley, escribió una diatriba contra la vacuna derivada de la viruela bovina en la que advirtió de sus efectos no solo en el cuerpo sino también en la mente:

¿Quién puede predecir qué ideas aberrantes podría generar, con el tiempo,el que una fiebre
 animal haya dejado impresiones tan grotescas en el cerebro? [6]

Rowley juega con una insinuación similar en su folleto cuando se pregunta si recibir la vacuna podría violar la prohibición bíblica contra acostarse con un animal.[7] La viruela bovina llegaría a estar estrechamente vinculada a la sífilis (que en el pasado a menudo se había referido como “viruela”) en la imaginación popular, con rumores que circulaban de que el ganado contraía la viruela bovina por contacto con lecheras sifilíticas. 

La precaria higiene y los estándares médicos deficientes que con frecuencia se daban en los hospitales de vacunación para la población urbana pobre de Gran Bretaña, lejos de calmar estas preocupaciones, las exacerbaban. En estos centros, la vacuna no se obtenía directamente de vacas, sino que se extraía de las pústulas de otros niños previamente inoculados de la zona, quienes no siempre habían sido examinados médicamente de forma rigurosa antes de proceder a la extracción de su "donación". Así pues, los padres no carecían de fundamento al temer que una inyección concebida para proteger a sus hijos de una enfermedad mortal pudiera, irónicamente, convertirse en la puerta de entrada para otra infección.[8] 

El caricaturista satírico James Gillray canalizó estas ansiedades populares sobre los aspectos monstruosos de la vacuna en su caricatura de 1802 ¡La viruela bovina—o—los maravillosos efectos de la nueva inoculación! En el centro, se ve a Jenner aplicando una incisión profunda y brutal en el brazo de una mujer con su lanceta, mientras a su alrededor los pacientes ya vacunados experimentan horribles transformaciones: vacas en miniatura brotan de forúnculos y salen de sus bocas, mientras a las mujeres les aparecen cuernos y dan a luz terneros en el acto. Ese mismo año, Charles Williams publicó un grabado anti-vacuna en el que médicos (a todos los cuales les han crecido colas y cuernos ) están dispuestos ante las fauces de un monstruo semejante a una vaca cubierto de pústulas supurantes. Un cheque de £10.000 que sobresale de un bolsillo trasero identifica a uno de estos médicos como Jenner, que había recibido una recompensa en efectivo del gobierno en reconocimiento a sus contribuciones a la medicina. Solo que ahora se transforma de médico en mercenario, arrojando bebés con sus colegas en las fauces abiertas de la bestia y esperando a que sean excretados con cuernos. A lo lejos, médicos anti-vacuna que portan las armas de la verdad se acercan para librar batalla con la criatura y los médicos que la alimentan.[9]

 
Un monstruo siendo alimentado con cestas llenas de bebés y devolviéndolos transformados con cuernos ; símbolo de la vacunación y sus efectos. Grabado de Charles Williams, 1802.
 
Particularmente en los primeros días, algunos objetaron la vacuna por motivos religiosos, argumentando que la vacunación era un intento arrogante de evadir el castigo divino. Argumentos similares se habían hecho en torno a la técnica anterior de la inoculación preventiva contra la viruela, en la que personas sanas eran expuestas deliberadamente al virus de la viruela con el objetivo de provocar un caso leve de la enfermedad que no obstante conferiría inmunidad. En 1721, cuando la Colonia de la Bahía de Massachusetts fue golpeada por un severo brote de viruela, los líderes puritanos debatieron acaloradamente (y finalmente decidieron a favor de) la permisibilidad de la inoculación, que el predicador Cotton Mather argumentó había sido puesta en las manos de la humanidad por Dios. Un siglo después, los debates teológicos sobre la medicina preventiva continuaban con furia: “La viruela es una visita de Dios”, escribió Rowley, “pero la viruela bovina es producida por el hombre presuntuoso: la primera era lo que el cielo ordenó, la última es, quizás, una atrevida violación de nuestra santa religión”.[10] “Matusalén y sus contemporáneos antediluvianos no fueron vacunados lo que explica completamente que llegaran a un final tan repentino y prematuro”, anotó Halket de manera mordaz.[11] “El Creador estampó en el hombre la imagen divina, pero Jenner colocó en él la marca de la bestia”.[12] Los caricaturistas frecuentemente representaban la vacuna derivada de la viruela bovina como un becerro de oro que sería la perdición de la sociedad moderna a manos de aquellos que tontamente abrazaban su adoración. 
 

 Grabado coloreado a mano de George Cruikshank del “becerro de oro” de la viruela bovina, 1812
  
Pero aunque el escepticismo hacia la vacuna estuvo presente desde el principio, la virulencia de los ataques contra el método de la viruela bovina y sus proponentes se expandiría enormemente a mediados del siglo XIX, cuando el parlamento aprobó múltiples leyes que hacían la vacunación obligatoria, proporcionaban vacunación gratuita para los pobres y creaban un sistema de castigos para aquellos que no se ponían la inyección. Estas nuevas medidas hicieron la cuestión de la vacunación imposible de ignorar —y muchos vieron tales leyes como una supresión inaceptable de sus libertades personales por parte del estado.[13] En la escritura popular, las vacunas fueron comparadas con tatuajes o marcas de ganado (particularmente debido a la cicatriz dejada por la inyección), y aquellos que se resistían a ponérselas se compararon histriónicamente con esclavos fugitivos. A lo largo de Gran Bretaña, las sociedades anti-vacunación organizaron fondos de ayuda mutua para sufragar las multas incurridas por sus miembros por negarse a vacunar a sus hijos; si los objetores de vacunas de la clase trabajadora tenían sus propiedades incautadas como castigo, los simpatizantes protestaban en voz alta en la subasta, a veces incluso agrediendo al subastador. Los periódicos de la época describieron efigies de Jenner o de las autoridades públicas de vacunación siendo quemadas; en Leicester, un semillero de resistencia al método de la viruela bovina, un carnaval anti-vacunas atrajo a hasta 100000 manifestantes y provocó que una comisión parlamentaria revisara las leyes de vacunación.[14]

Pero los proponentes del uso de la viruela bovina no se quedaron de brazos cruzados ante todo esto. Como muchos se apresuraron a señalar, varias de las voces principales en el movimiento anti-vacunación tenían un gran interés financiero en impedir que el descubrimiento de Jenner se popularizara. De hecho, tanto Moseley como Rowley habían practicado previamente la inoculación, que antes de Jenner había sido considerada la mejor manera de prevenir un caso grave de viruela. Pero la técnica era más arriesgada que la vacunación —tanto para el paciente como para quienes lo rodeaban, que eran propensos a infectarse por el paciente convaleciente. Una vez que estuvo entre los procedimientos médicos más comunes en Gran Bretaña, la inoculación estuvo bajo una seria amenaza de su nuevo competidor incluso antes de que el parlamento la prohibiera completamente a mediados del siglo XIX.[15] Como tal, cuando médicos como Moseley escribían diatribas contra la vacuna de la viruela, no solo estaban tratando de defender a sus lectores —también estaban tratando de defender su fuente de ingresos.


  Las profecías del doctor Moseley, un crítico temprano de la vacunación y el oponente más encarnizado de Jenner, 1806

 

 

Edward Jenner y dos colegas despidiendo a tres oponentes antivacunación, con víctimas muertas de viruela esparcidas a sus pies. Viñeta coloreada de Isaac Cruikshank, 1808

Precisamente este punto fue tratado por Isaac Cruikshank en una estampa satírica de 1808 que representa a Jenner y sus colegas desterrando a los inoculadores de la tierra. Este último grupo, enarbolando cuchillos masivos y ensangrentados sobre sus hombros, proclama abiertamente su deseo de esparcir la enfermedad aún más mientras caminan más allá de los cadáveres de víctimas de viruela. En el extremo derecho de la caricatura, una lechera interviene: “Surley [sic] el desorden de la vaca es preferible al del asno”.

El mismo Jenner haría acusaciones similares cuando decidió defender sus ideas y su honor por escrito, publicando con seudónimo una refutación a Rowley, cuya portada estaba grabada con su propia versión del niño con rostro de buey. Las palabras de Jenner para aquellos que atacan el método de la viruela bovina para proteger sus propios intereses financieros son cáusticas; sin embargo, escribe, “confío en que el buen sentido de la gente de Inglaterra sentirá el daño, y sabrá cómo repelerlo como deben”.[16] Doscientos años después, sin embargo, los intentos de desacreditar la seguridad y confiabilidad de la vacunación —ya sea contra el sarampión o contra el COVID— persisten. Los argumentos expuestos por los anti-vacunas de hoy a menudo repiten los argumentos de sus predecesores del siglo XIX: alegatos de ineficacia, alegaciones de efectos secundarios horripilantes, apelaciones a la religión. Jenner parece haber asumido que los beneficios de la vacunación serían tan autoevidentes que cerrarían todo debate. Que muchos continúen asaltando la seguridad y confiabilidad del método que él fue pionero en desarrollar , no solo décadas sino siglos después, es algo que, con toda probabilidad, el buen doctor nunca podría haber imaginado. 

Sobre la autora: El trabajo de Erica X Eisen ha sido publicado en The Washington Post, The Guardian, The Baffler, *n+1*, The Boston Review, AGNI y otras prestigiosas plataformas. Obtuvo su licenciatura en Historia del Arte y Arquitectura por la Universidad de Harvard, con especialización en arte japonés, y una maestría en Historia del Arte Budista y Conservación por The Courtauld Institute of Art. En la actualidad, es editora de la revista Hypocrite Reader. Sus escritos pueden consultarse en www.ericaxeisen.com.